Solo una murió Capítulo 18 — Salma #3
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Capítulo 18 — Salma #3

La inspectora dejó de escribir durante un instante.

—¿De 1989?

—Sí.

—¿Quién es?

—No sé el apellido.

—¿Nombre?

—Tomás.

Salcedo volvió a escribir.

—¿Trabajaba allí?

—No lo sé.

—¿Lo veías habitualmente?

Salma negó despacio.

—Alguna vez. Cerca de los coches. No era una de las personas que estaban siempre con nosotras.

—¿Cómo sabes que se llamaba Tomás?

—Porque aquella noche alguien lo llamó así.

—¿Quién?

—No lo recuerdo.

Salcedo esperó un momento.

—Salma, han pasado treinta y siete años. Necesito que distingas entre lo que recuerdas ahora y lo que puedes haber reconstruido después.

—Lo sé.

—¿Estás segura de que la persona que te ha atacado hoy es la misma?

Salma no dudó.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque lo he reconocido antes de recordar el nombre. Y cuando lo he dicho...

Miró su brazo vendado.

—Ha intentado matarme.

El silencio se volvió más pesado mientras Salcedo miraba a Isara.

—¿Qué viste tú?

—Salma dijo «Tomás». La persona sacó el arma inmediatamente y apuntó hacia ella.

—¿Estás segura de que apuntó?

—Sí.

—¿Y tú qué hiciste?

Isara miró su propia mano, todavía temblando.

—Me lancé encima.

Cora intervino.

—Si Isara no hubiera chocado contra él, el tiro habría ido directo a Salma.

Salcedo anotó sin hacer comentarios.

—Desde este momento estamos investigando una tentativa de homicidio.

Escuchar la expresión «tentativa de homicidio» volvió oficial una gravedad que todas habían entendido ya.

La inspectora llamó desde allí mismo para comprobar el nombre.

Pasaron varios minutos y, cuando regresó, tenía el gesto serio.

—No hay ningún Tomás entre las personas que hemos localizado oficialmente alrededor de La Esperanza.

Duna se acercó.

—¿Ninguno?

—Ninguno en plantilla, dirección, cuidados, mantenimiento ni entre los colaboradores profesionales que tenemos identificados.

Isara pensó inmediatamente en Pilar.

Gente que entraba sin formar parte de los turnos.

—Entonces venía de fuera.

Salcedo la corrigió.

—Todavía no puedo afirmar eso. Puedo afirmar que no figura en la documentación que hemos reconstruido.

—Amparo puede conocerlo.

La inspectora la miró e Isara recordó la última llamada de Amparo.

No quiero morirme con todo esto dentro.

—¿Por qué lo dices?

—Porque estaba allí. Porque conocía a la gente que entraba y salía. Y porque cada vez estoy más segura de que sabe mucho más de lo que nos ha contado.

Salcedo guardó el teléfono.

—Volveré a hablar con ella.

Un sanitario se acercó.

—Tenemos que llevarnos a Salma.

Isara se volvió mientras Salma intentaba incorporarse.

—Voy con vosotros.

—No hace falta.

—Sí hace falta.

La inspectora intervino.

—Salma, antes de que se vaya necesito que entienda algo. Quien ha disparado sabe ahora que usted lo ha reconocido.

La expresión de Salma cambió.

—Ya.

—Esta noche no vuelve sola a casa.

—Tengo un hijo.

—¿Está allí?

—No. Estudia fuera.

—Entonces hablaremos de dónde puede quedarse y de las medidas de protección.

Cora levantó la mano.

—¿Y nosotras?

Salcedo la miró.

—Vosotras tampoco vais a seguir moviéndoos como si esto fuera una investigación privada.

—Sabía que ibas a decir eso.

—Hace menos de media hora alguien ha intentado matar a una mujer delante de vosotras.

Cora bajó la mano.

—Sí. Vale.

Antes de subir a la ambulancia, Salma miró las hojas que seguían dispersas dentro del área acordonada.

—La carpeta.

—La tiene quien te atacó —dijo Isara.

—Y mi teléfono.

—Lo bloquearemos.

Duna se acercó.

—Lo importante estaba fotografiado.

Salma la miró.

—Sí.

—Entonces no se ha llevado lo que cree.

Saber que el contenido estaba copiado pareció darle a Salma algo a lo que aferrarse.

Isara se quedó mirando las luces de la ambulancia hasta que desaparecieron mientras Salcedo seguía junto a ella.

—Hay una cosa que necesito aclarar.

—¿Cuál?

—¿Salma había recibido amenazas antes de que la localizarais?

—No.

—¿Había visto a esta persona antes durante su vida adulta?

—Que sepamos, no.

La inspectora miró hacia la salida del garaje.

—Entonces resulta especialmente importante reconstruir cómo llegó hasta aquí. Si no conocía el domicilio ni la identidad actual de Salma y aparece precisamente cuando vosotras venís a verla, tenemos que estudiar vuestros desplazamientos.

Isara entendió.

—Nos siguió.

—Es una hipótesis muy fuerte, pero quiero demostrarla.

La hipótesis explicaba algo que llevaba semanas inquietando a Isara.

Quien las perseguía parecía ir encontrando a las demás a medida que ellas mismas avanzaban.

No parecía haber sabido desde el principio dónde estaban; estaba utilizando la propia búsqueda de las mujeres para llegar hasta ellas.

Horas después, cuando Salma salió del hospital, llevaba el brazo vendado desde poco más arriba del codo hasta casi el hombro. Le habían limpiado la herida, cerrado varios puntos de la zona más profunda del roce y confirmado que no había lesión importante en hueso ni articulación.

Cora la esperaba con Leire y Duna, e Isara estaba con ellas cuando Salma miró a las cuatro.

—Esto es una pésima forma de conocer gente.

Cora sonrió.

—Te aseguro que normalmente soy encantadora.

—Eso todavía está por demostrar.

Incluso Duna sonrió.

Salcedo había organizado que Salma no durmiera aquella noche en su casa y había pedido protección mientras determinaban qué podía saber Tomás sobre su rutina.

Ninguna quiso separarse todavía.

Acabaron en una sala tranquila del propio hospital mientras esperaban que llegara la persona con la que Salma iba a quedarse.

Isara sacó la copia de la fotografía y la colocó en medio. Irene, Clara, Elena, Marta y Sara: las cinco niñas que ya habían identificado estaban allí, mientras Mara seguía siendo la única ausente, la única que, según todo lo que sabían, no había llegado a tener una vida adulta.

Salma contempló la fotografía durante un rato antes de mirar a Isara.

—Hay algo que no os he contado.

—¿Sobre Tomás?

—No.

Señaló el plano que había dibujado antes del ataque y que Duna había fotografiado.

—Sobre aquella noche.

Leire se acercó.

—¿Qué recuerdas?

Salma pasó la mano sana por el borde de la fotografía.

—Creo que puedo reconstruir cómo salimos de La Esperanza.

Isara esperó hasta que Salma levantó los ojos.

—Y estoy casi segura de que no salimos las seis juntas.