Capítulo 18 — Salma #2
—Porque significa que no todas las familias llegaron a nosotras de la misma manera.
Salma la observó.
—Tú eres la de las cuentas.
Cora sonrió.
—Se nota enseguida.
Duna la ignoró.
Isara señaló la fotografía.
—¿Nos recuerdas?
Salma volvió a mirarla.
—No como sois ahora. Algunas cosas sí.
Leire fue la primera en preguntar.
—¿A mí?
Salma tardó apenas unos segundos.
—Llorabas cuando apagaban las luces.
Leire bajó la mirada.
—Y tenías una cinta azul.
Volvió a levantarla inmediatamente.
—La tengo.
Salma asintió.
—Entonces eres Elena.
Cora se señaló.
—A ver qué haces conmigo.
Salma la miró.
—Te enfadabas mucho.
Cora sonrió.
—Esa confirmación me parece casi definitiva.
La tensión disminuyó durante unos segundos.
Salma miró a Duna.
—Tú preguntabas continuamente cuándo iban a buscarte.
Duna no sonrió.
—¿Quién?
—Tu madre. O eso decías.
Después llegó Isara.
Salma la observó más tiempo.
—Tú eras muy pequeña.
—Cuatro años.
—Celia estaba mucho contigo.
Al oír el nombre de Celia, la conversación perdió la poca ligereza que había ganado.
—¿La recuerdas?
—Sí.
—¿Qué recuerdas de ella?
Salma tardó unos segundos antes de responder.
—Que te llevaba con ella más que a las demás. Y que a veces discutía con otros adultos.
—¿Sobre qué?
—No lo sé.
—¿La noche del incendio?
—No sé si aquella noche discutió. No quiero rellenar los huecos solo porque ahora sabemos que ocurrió algo.
Isara asintió.
Prefería aquella prudencia a un recuerdo perfecto que no pudiera sostenerse.
Hablaron durante casi una hora.
Salma conservaba una memoria distinta a la de las demás. No recordaba cada conversación ni cada cara, pero sí parecía capaz de reconstruir espacios.
Cuando Isara le describió las ruinas actuales de La Esperanza, Salma pidió papel.
Dibujó la entrada, un corredor, un giro y otro pasillo.
—La salida de servicio estaba aproximadamente aquí.
Duna se acercó.
—¿Se veía desde las habitaciones?
—No.
—¿Desde el patio?
—Desde una parte, quizá.
Salma añadió el exterior.
—Los coches podían colocarse detrás sin que se vieran desde la entrada principal.
Isara se quedó mirando el dibujo.
—¿Qué coches?
Salma levantó el bolígrafo.
—Los de aquella noche.
Leire habló casi al mismo tiempo.
—Había bolsas preparadas.
Salma la miró.
—Sí.
—Yo las recuerdo.
—Yo también.
Aquella coincidencia procedía de dos recuerdos separados, no de una pista de Celia.
Salma señaló la zona exterior.
—Había varios coches.
—¿Cuántos?
—No lo sé.
Isara estuvo a punto de insistir y se detuvo.
Salma asintió antes de continuar.
—Recuerdo más de uno. Eso sí.
Cora preguntó:
—¿Había adultos fuera?
—Sí.
—¿Amparo?
Salma respondió inmediatamente.
—Sí.
Isara sintió cómo todas se inclinaban un poco.
—¿Qué recuerdas de ella?
Salma dejó el bolígrafo.
—Llevaba a Mara.
Cora se quedó inmóvil.
—¿Cómo estaba?
—Tosiendo.
—¿Estaba viva?
Salma miró a Isara sorprendida.
—Sí.
No contradecía la historia de Amparo. Ella siempre había dicho que Mara había sobrevivido al incendio y había muerto después por los efectos del humo.
También confirmaba que Amparo había salido del edificio con Mara.
—¿Sabes dónde se la llevó?
—No.
—¿Recuerdas en qué coche?
—No.
Isara no siguió.
Salma bajó la vista hacia las seis niñas.
—Durante muchos años pensé que había hecho algo mal.
Leire frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque era la mayor.
—Tenías ocho años.
—Lo sé ahora.
—También lo sabías hace diez años.
Salma sonrió sin alegría.
—Saberlo y conseguir creerlo no son exactamente lo mismo.
Isara entendió demasiado bien aquella diferencia.
—Yo intentaba saber dónde estabais —continuó Salma—. Contaros cuando nos movían, saber quién lloraba o quién estaba enferma. Me parecía que tenía que vigilaros.
—Eras una niña —dijo Cora.
—Sí. Pero después nos separaron y durante mucho tiempo pensé que, si hubiera hecho algo distinto, quizá habría podido evitarlo.
Nadie intentó convencerla con una frase fácil y, cuando el teléfono vibró sobre la mesa, Salma miró la pantalla.
—Número oculto.
Dejó que terminara.
Un minuto después recibió un mensaje desde otro número.
NO LES DES NADA.
Llegó un segundo.
NO SABES QUIÉNES SON.
Salma levantó los ojos.
—Supongo que esto es lo que queríais decir.
Isara ya estaba llamando a Salcedo.
La inspectora pidió capturas, el número y la hora exacta.
—No salgáis todavía.
—¿Crees que nos han seguido?
—Es posible.
—Salma no había recibido nada antes.
La propia Salma respondió:
—Nada.
Salcedo guardó silencio unos segundos.
—Entonces tenemos que contemplar que la persona que os vigila haya llegado hasta ella siguiendo a alguna de vosotras.
Isara miró a las otras. La explicación encajaba con lo ocurrido hasta entonces: quien las perseguía podía haber llegado hasta Salma sin conocer desde hacía años quién era ni dónde vivía, simplemente siguiendo al grupo cuando ellas la encontraron.
Esperaron más de media hora.
Una patrulla revisó las calles próximas sin encontrar ningún vehículo ni persona que llamara la atención y quedó en una vía cercana, fuera de la vista directa del portal. Salcedo les pidió que salieran juntas y que avisaran en cuanto estuvieran dentro del coche.
Salma guardó sus documentos en la carpeta azul.
—Esto viene conmigo.
—Haz fotos antes —dijo Duna.
Salma levantó el teléfono.
—Ya están hechas. Y os las acabo de enviar.
Duna asintió.
—Bienvenida.
Salma sonrió ya con cierta naturalidad.
Después salieron.
El aparcamiento ocupaba la planta baja del edificio y daba a una calle secundaria mediante una puerta automática. A aquella hora había pocos coches.
Isara miró a ambos lados y no vio nada.
Salma caminaba delante, con la carpeta azul bajo un brazo y el móvil en la otra mano y con Cora a su lado, mientras Leire, Duna e Isara avanzaban apenas unos pasos detrás.
Al llegar al coche, alguien salió de entre dos vehículos y fue directamente hacia Salma antes de que Isara tuviera tiempo de distinguirlo bien.
Le arrancó el teléfono de una mano y agarró la carpeta con la otra.
Salma reaccionó antes de entender qué estaba ocurriendo.
—¡Suéltala!
Salma tiró hacia atrás y la persona respondió con la misma fuerza, hasta que el cartón se dobló entre ambas manos.
Cora avanzó.
—¡Eh!
Un empujón lanzó a Salma contra el lateral del coche.
La carpeta siguió entre las dos manos mientras Duna sacaba el teléfono.
—Estoy llamando.
Leire gritó que venía la policía. La persona volvió a tirar hasta arrebatarle la carpeta y varias hojas cayeron al suelo.
Salma se lanzó hacia delante, quizá por los documentos o quizá por el móvil, pero no llegó a tocar ninguna de las dos cosas.
Durante un instante quedaron frente a frente, e Isara vio cómo el miedo de Salma se convertía en reconocimiento y la hacía dejar de forcejear.
—Tomás.
La persona no respondió, pero su reacción fue inmediata: una mano desapareció bajo la ropa e Isara vio el arma y comprendió hacia dónde empezaba a subir, hacia Salma, antes de tener tiempo para pensarlo. Se lanzó contra quien disparaba justo cuando sonó el tiro.
El impacto la hizo perder el equilibrio y sintió un dolor seco en la ceja al golpear con el hombro contra su cuerpo. Durante un instante no supo quién estaba cayendo ni dónde estaba el arma.
Entonces oyó gritar a Salma.
Cora la sujetó antes de que cayera del todo.
—¡Está sangrando!
Isara levantó la cabeza.
La manga de Salma empezaba a oscurecerse a la altura del brazo.
—¡Salma!
La persona empujó a Isara con violencia para quitársela de encima.
Ella cayó contra el suelo.
Leire corrió hacia Salma mientras Duna gritaba la dirección al teléfono.
La puerta de uno de los locales del aparcamiento se abrió y alguien salió preguntando qué había ocurrido. La persona que había disparado miró alrededor sin soltar el móvil ni la carpeta de Salma.
Durante un segundo Isara temió que volviera a levantar el arma, pero la persona echó a correr y nadie intentó seguirla.
Cora se arrodilló junto a Salma.
—Déjame ver.
—Me quema.
—No te toques.
La tela de la manga estaba rota y la sangre bajaba por la parte exterior del brazo.
Isara llegó hasta ellas todavía aturdida por la caída.
—¿Te ha atravesado?
—No sé.
Leire apartó con cuidado la tela suficiente para mirar.
—Creo que la ha rozado.
—¿Crees?
—No veo entrada.
Salma respiraba demasiado deprisa e Isara le cogió la mano.
—Mírame.
Salma la miró.
—Estoy bien.
—No digas eso todavía.
—Me duele muchísimo.
—Eso sí puedes decirlo.
La sirena empezó a oírse casi inmediatamente.
Habían avisado a la policía antes de salir y la patrulla no estaba lejos.
Los agentes llegaron primero y la ambulancia lo hizo pocos minutos después.
Uno de los sanitarios cortó la manga de Salma y limpió la herida mientras ella apretaba los dientes.
—Te ha rozado —confirmó—. Hay una herida superficial larga, pero no parece que el proyectil haya quedado dentro.
—¿Necesito hospital?
—Sí. Hay que limpiarlo bien, valorar tejidos y cerrar donde sea necesario.
Salma miró a Isara.
—Si no te hubieras tirado encima...
Salma dejó la frase a medias e Isara tampoco la completó.
Las dos sabían dónde había apuntado el arma antes de que ella chocara contra quien disparaba.
Cora sí lo dijo.
—Te habría dado de lleno.
Salma cerró los ojos.
La policía acordonó el aparcamiento, localizó el punto de impacto, recogió restos y pidió las imágenes de las cámaras.
Había al menos dos testigos parciales: el hombre que había salido después de escuchar el disparo y una mujer que había visto a alguien correr hacia la calle lateral.
La escalada ya no podía confundirse con un empujón, una amenaza o una persecución por carretera: habían disparado a Salma y la habían herido.
Salcedo llegó desde la comisaría antes de que se llevaran la ambulancia y fue directamente hasta ellas.
Vio a Salma sentada en la camilla con el brazo vendado, a Isara con la ceja otra vez enrojecida por el golpe y a Cora junto a ambas.
—¿Qué ha ocurrido?
Isara señaló a Salma.
—La ha reconocido.
Salcedo se volvió hacia ella.
—Cuéntamelo.
Salma respiró hondo.
—Ha venido a por mi carpeta y mi móvil.
—¿Se los ha llevado?
—Sí.
—¿Viste su cara?
—Sí.
—¿La conocías?
Salma la miró.
—De La Esperanza.