Solo una murió Capítulo 18 — Salma
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Capítulo 18 — Salma

Salcedo llamó a Isara poco después de las nueve de la mañana.

El morado alrededor de la ceja había empezado a aclararse, aunque las tiras de aproximación seguían allí y la piel tiraba cada vez que gesticulaba demasiado.

Habían pasado varios días desde la agresión en casa de Carmen, suficientes para que el dolor dejara de ocuparlo todo y demasiado pocos para que pudiera olvidar por qué llevaba aquella marca en la cara.

—He hablado con Mateo Sanz y con Julián Ferrer —dijo la inspectora—. También he vuelto a ver a Pilar.

Isara apartó la fotografía que estaba restaurando.

—¿Algo que nos haga avanzar?

—Mateo reconoce que hizo bastantes desplazamientos para La Esperanza. Llevaba personal, documentación, material y algunas veces menores.

—¿A dónde?

—A las direcciones que le daban. Dice que nunca se ocupaba de lo que ocurría después.

—Muy cómodo.

—Que le convenga decirlo no significa que sea mentira.

Isara no discutió.

—¿Sigue conduciendo?

—Sí, y ya hemos comprobado sus vehículos actuales. De momento no puedo relacionarlo con el coche que os siguió.

—¿Y Ferrer?

—Admite que gestionó documentación de la asociación que recibió las transferencias de las familias de Cora y Duna. Mantiene que eran aportaciones destinadas a acogimientos, manutención, trámites y gastos extraordinarios.

—Los abogados y la gestoría se pagaron aparte.

—Se lo he enseñado. Dice que él preparaba documentación, pero no fijaba cantidades.

Isara apoyó la espalda en la silla.

Cada vez que aparecía una persona nueva relacionada con La Esperanza, parecía haber realizado una parte concreta del proceso y desconocer la siguiente. Uno transportaba, otro firmaba, otro tramitaba y otro recibía dinero. Nadie reconocía haber tenido delante el conjunto.

—¿Pilar ha recordado algo más?

—Sigue manteniendo que antes del incendio entraba gente que no formaba parte de los turnos. Después de lo ocurrido con la llamada de Rivas no voy a ponerle nombres delante para ver si alguno le suena. Prefiero obtener menos información a fabricar recuerdos sin querer.

—Nosotras también hemos vuelto al principio.

—¿Sara?

—Sí.

Durante el día anterior, Cora y Duna habían cruzado las iniciales de la hoja de rutas con antiguos domicilios y documentación que podían consultar sin entrar en expedientes privados. Leire había añadido fechas escolares y datos familiares que permitieron eliminar varias posibilidades.

Una posibilidad seguía abierta: Joaquín Latorre y Maribel Aso, en Huesca, con cuatro hijos a finales de los ochenta y una quinta menor escolarizada con ellos a comienzos de 1990. Esa menor era Salma Latorre, de cuarenta y cinco años, arquitecta técnica, separada y con un hijo casi adulto.

—Las iniciales encajan con la hoja —explicó Isara—. La edad también.

—Eso os da una candidata.

—Nada más.

Salcedo guardó silencio un instante.

—Después de Nuria Rivas, me tranquiliza oírte decirlo.

—A mí también.

—¿Vais a contactar con ella?

—Hoy.

—Avisadme antes de moveros.

—Lo haremos.

La inspectora estaba a punto de despedirse cuando añadió:

—Isara, hay otra cosa. Quien os está siguiendo sabe ya que estamos investigando La Esperanza. Después de lo que hizo con Pilar, no deis por hecho que sois las únicas capaces de localizar a alguien.

Isara miró el nombre de Salma escrito en una hoja junto al ordenador.

—No lo damos por hecho.

Cuando colgó llamó a Cora.

Salma no se escondía. Tenía una actividad profesional pública y una oficina en Huesca. Encontrarla había requerido trabajo porque ellas desconocían su nueva identidad, pero una vez obtenido el nombre no resultaba difícil llegar hasta ella.

Eso significaba que cualquier persona podría llegar hasta ella una vez que supiera a quién buscar.

Cora llamó desde el taller mientras Isara permanecía a su lado.

Salma respondió al tercer tono.

—¿Sí?

—¿Salma Latorre?

—Soy yo.

—Me llamo Cora. Estoy intentando reconstruir la historia de varias niñas que pasaron por un hogar infantil a finales de los años ochenta.

No hubo respuesta y Cora miró a Isara antes de continuar.

—Se llamaba La Esperanza.

La respiración al otro lado cambió, pero Salma no preguntó qué era aquello.

—¿De dónde has sacado ese nombre?

Cora dejó de mirar el teléfono.

—Porque estuvimos allí.

Pasaron varios segundos.

—¿Quiénes?

Isara se acercó al altavoz.

—Ahora somos cuatro.

—¿Cuatro qué?

—Cuatro mujeres que creemos haber estado contigo.

—¿Quién habla?

—Isara.

—No conozco a ninguna Isara.

—Entonces me llamaba Irene.

El silencio duró tanto que Isara creyó por un momento que Salma había colgado.

—No volváis a llamarme a este número.

Cora abrió la boca, pero Isara le hizo un gesto para que esperara.

—De acuerdo.

—Os mandaré otro.

La llamada terminó y, un minuto después, llegó un mensaje.

Mañana. 18:00. Mi oficina. Las cuatro.

Debajo apareció otro.

Si os está siguiendo alguien, quiero saberlo antes.

Leire leyó la pantalla cuando se reunieron aquella tarde.

—Sabe que pasa algo.

—Eso no significa que sepa quiénes somos —dijo Duna—. Ni qué estamos buscando.

Isara llamó a Salcedo.

La inspectora quiso hablar con Salma antes de que viajaran. Isara pidió permiso y obtuvo respuesta enseguida.

Que me llame.

A partir de ese momento el encuentro dejó de parecerse a los anteriores.

Salma sabía que existían amenazas, Salcedo tenía la dirección y el horario y la policía de Huesca conocía el desplazamiento y la posibilidad de que hubiera vigilancia alrededor del grupo.

La inspectora había coordinado el dispositivo con la policía de Huesca y se había desplazado aquella tarde a su comisaría para atender cualquier incidencia sin presentarse en la oficina de Salma.

No habría agentes esperando delante de la oficina porque la inspectora no quería convertir la vida de una mujer que todavía no había aceptado participar en la investigación en un escenario policial.

—Pero si ocurre algo —les dijo—, esta vez quiero saberlo mientras está ocurriendo.

Cora miró a Isara.

—Creo que eso iba por nosotras.

—Principalmente por ti.

—Qué fama.

Ninguna tuvo muchas ganas de reír y, al día siguiente, salieron juntas.

Durante el trayecto, Isara miró tantas veces los retrovisores que terminó perdiendo la cuenta. Duna anotó varias matrículas de vehículos que permanecieron detrás durante algunos kilómetros, pero todos acabaron tomando otras salidas.

—No podemos apuntar media autopista —dijo Leire.

—Lo sé.

Aun así, Isara volvió a comprobar el espejo y no vio a nadie que pudiera reconocer, aunque sabía que esa ausencia no demostraba nada.

La oficina de Salma ocupaba la primera planta de un edificio reformado cerca del centro de Huesca. Una placa junto al portal mostraba su nombre y el de otro arquitecto técnico.

Salma abrió personalmente.

Era alta, llevaba el pelo oscuro recogido y tenía una expresión seria que no desapareció cuando vio a las cuatro mujeres.

Sus ojos se detuvieron en la ceja de Isara.

—Eso no tiene mucho tiempo.

—No.

—¿Está relacionado con esto?

—Sí.

Salma se apartó.

—Entonces entrad.

El despacho estaba lleno de planos, muestras de materiales y fotografías de edificios en distintas fases de rehabilitación. Sobre una mesa lateral había una imagen de Salma junto a un adolescente ya casi adulto.

Cora la miró apenas un segundo.

—Mi hijo —dijo Salma.

Isara respondió antes de que surgiera ninguna pregunta.

—No queremos meterlo en esto.

—Eso mismo me ha dicho Salcedo.

Duna levantó ligeramente la mirada.

—Habéis hablado bastante.

—Lo suficiente para saber que alguien os ha perseguido en coche, ha entrado en una casa y ha abierto la cabeza a una de vosotras.

Miró otra vez a Isara.

—Así que prefiero que no intentéis protegerme ocultándome la parte desagradable.

—No lo haremos.

Isara sacó la fotografía de las seis niñas y la dejó sobre la mesa.

Salma se quedó inmóvil y no preguntó quiénes eran.

Se inclinó despacio, miró primero a la niña mayor y después recorrió los otros cinco rostros.

—No necesitáis convencerme de que soy una de ellas.

Nadie respondió.

Salma señaló a la mayor.

—Esa soy yo.

Leire tragó saliva.

—¿Lo recuerdas?

—Tenía ocho años.

Isara sacó la ficha.

SARA. OCHO AÑOS.

Salma la leyó.

—Sí.

—¿Te llamabas Sara?

—Sí.

Lo dijo sin esfuerzo, como si aquel nombre nunca hubiera desaparecido del todo.

Después vio la hoja de rutas, encontró Huesca y leyó las iniciales.

—Joaquín Latorre y Maribel Aso.

—¿Tus padres?

—Sí.

Duna se inclinó ligeramente.

—¿Tienes algo de esa época que conserve el nombre Sara?

Salma asintió y se levantó.

Abrió un armario del fondo y sacó una carpeta de cartón azul muy gastada.

—Mi madre murió hace nueve años y mi padre dos antes. Cuando vaciamos la casa repartimos las cosas entre mis hermanos. Yo me quedé con esto porque eran mis papeles.

Regresó a la mesa, donde había certificados escolares, cartillas médicas, fotografías y dibujos infantiles, y Salma encontró uno entre ellos.

Representaba una casa, dos árboles y varias figuras. En la esquina inferior había un nombre escrito con letras torcidas.

SARA.

Debajo, con una letra adulta:

SALMA LATORRE. ENERO 1990.

Leire acercó la cara.

—¿Lo escribió tu madre?

—Lo segundo, sí.

—Entonces sabía que antes eras Sara.

—Siempre lo supo.

—¿Por qué te cambiaron el nombre?

Salma se encogió de hombros.

—Me dijo que quienes gestionaron mi llegada les recomendaron empezar con el nombre nuevo desde el principio. Como ese nombre ya lo llevaba una pariente, escogieron Salma.

Duna y Cora se miraron.

Otra familia a la que alguien había recomendado abandonar la identidad anterior.

—Mis padres no eran ricos —añadió Salma.

Duna levantó la vista.

—¿Por qué lo dices?

—Porque Salcedo me preguntó por documentación bancaria.

Cora se acomodó en la silla.

—En dos de nuestras familias aparecieron pagos importantes.

—En la mía no creo que encontréis nada parecido. Éramos cuatro hermanos antes de que yo llegara. Mi padre trabajaba muchísimo y mi madre hacía cuentas para todo. Cuando llegué yo fuimos cinco hijos en un piso que ya era pequeño para seis personas.

Duna no mostró decepción.

—Eso también es importante.

—¿Por qué?