Solo una murió Capítulo 17 — La mujer equivocada #3
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Capítulo 17 — La mujer equivocada #3

—Salcedo —dijo Isara—. No vuelvas a entrevistar a ninguno de ellos sin preguntar primero si alguien los ha contactado recientemente.

Salcedo tardó apenas un instante en responder.

—Ya he dado esa instrucción.

Isara tuvo entonces la impresión de que la inspectora estaba tan molesta como ellas.

Cuando regresaron a San Tirso ya había oscurecido. Duna volvió a Zaragoza y Leire se marchó a casa después de hacer prometer a Isara que no trabajaría hasta tarde. Cora se quedó todavía un rato en el taller, repasando con ella lo ocurrido.

—Mateo conduce —dijo.

—Sí.

—Julián sabe de dinero y papeles.

—Sí.

—Pilar acaba de darnos una pista falsa porque alguien le llenó la cabeza con un apellido.

—Sí.

—Amparo sabe mucho más de lo que contó.

Isara la miró, esperando que terminara la idea.

—¿A dónde quieres llegar?

—A que por fin tenemos demasiada gente de la que desconfiar.

Isara estuvo a punto de sonreír, pero le dolió la ceja.

—Eso no suele considerarse una buena noticia.

—En nuestra vida últimamente, casi sí.

Cora se marchó poco después e Isara estaba cerrando el ordenador cuando sonó el teléfono. Al ver el nombre en la pantalla permaneció inmóvil.

AMPARO.

No hablaban desde aquella primera visita a casa de Amparo.

—¿Sí?

Durante unos segundos Isara solo oyó la respiración de Amparo al otro lado.

—La policía ha estado en mi casa —dijo Amparo.

—Lo sé.

—¿Les diste tú mi nombre?

—No.

El silencio que siguió tuvo algo distinto a los anteriores.

—Entonces han llegado solos.

—Sí.

Amparo tardó unos segundos en responder.

—Eso cambia las cosas.

Isara se apoyó contra la mesa mientras esperaba.

—¿Qué cosas?

—No lo sé todavía.

—Tú sí sabes muchas cosas, Amparo. Ese es precisamente el problema.

Amparo no protestó ni intentó corregirla.

—Tienes razón.

Aquella respuesta descolocó a Isara más que una negativa.

—¿Qué les has contado?

—Muy poco.

—También lo sé.

—No estoy orgullosa.

Isara cerró los ojos, cansada de los rodeos.

—No sé qué quieres que te diga.

—Nada.

—Entonces ¿por qué me llamas?

Amparo volvió a guardar silencio y, cuando habló, la voz había perdido parte de la firmeza que Isara recordaba.

—Porque desde que viniste a mi casa he pensado muchas veces en llamarte.

—Y no lo hiciste.

—No.

—¿Por qué?

—Porque cada vez que creo que puedo contar algo pienso en lo que voy a romper.

Isara recordó la fotografía de aquella mujer adulta junto a Amparo y el niño, aquella imagen que ella había resumido con dos palabras: mi familia.

—Ya hay cosas rotas.

—Lo sé.

Isara se tocó el borde del morado sin darse cuenta.

—Alguien entró ayer en una casa para robar documentos.

Al otro lado de la línea, Amparo pareció contener la respiración durante un instante.

—¿Qué documentos?

La pregunta llegó demasiado deprisa e Isara lo notó.

—¿Por qué te importa?

—Porque si alguien está entrando en casas...

—No he dicho que fuera cualquier casa. Era la casa de una de nosotras.

Volvió a abrirse un silencio entre las dos.

—¿Estás bien?

—Me abrió la ceja contra una puerta.

El silencio se alargó mucho más.

—Lo siento.

La irritación regresó con una fuerza inesperada.

—No quiero que lo sientas. Quiero saber por qué alguien está dispuesto a hacer eso para impedir que encontremos la verdad.

Amparo respiró hondo antes de contestar.

—Hay cosas que hice y cosas que permití. Llevo muchos años diciéndome que callar evitaba más daño.

—¿Y lo evitó?

—No.

La respuesta fue inmediata e Isara no dijo nada.

—No quiero morirme con todo esto dentro —continuó Amparo.

Isara ya no oyó miedo en su voz, sino cansancio.

—Entonces cuéntamelo.

Amparo tardó tanto en responder que Isara creyó que la llamada se había cortado.

—Todavía no sé cómo hacerlo sin hacer daño a alguien que no tiene culpa.

Isara pensó en las familias receptoras, en los hijos de Leire y Cora, en Carmen y en Duna. No pensó en Mara.

—Ya no puedes decidir tú sola quién tiene derecho a saber.

—Lo sé.

—No parece que lo sepas.

—Lo estoy empezando a entender.

Isara se quedó mirando la ventana oscura del taller.

—La policía volverá.

—También lo sé.

—Y esta vez quizá encuentren cosas antes que nosotras.

—Puede ser mejor así.

Aquella frase fue la más inesperada de todas.

—¿Me estás diciendo que quieres que encuentren la verdad?

Esta vez Amparo tardó apenas un segundo en responder.

—Te estoy diciendo que ya no sé cuánto tiempo más puedo seguir escondiéndola.

La llamada terminó pocos minutos después. Amparo no confesó nada, no pronunció ningún nombre nuevo ni explicó qué había ocurrido en La Esperanza, y tampoco modificó la versión que había dado sobre Mara. Sin embargo, había dejado de pedirles que se alejaran del pasado.

Mientras guardaba el teléfono, Isara pensó en Nuria Rivas, en Pilar repitiendo un apellido que alguien había colocado en su memoria y en la lista de personas que Salcedo acababa de empezar a reconstruir.

Durante semanas habían buscado respuestas. Ahora alguien intentaba fabricarles respuestas falsas, mientras una de las pocas personas que conocía las verdaderas acababa de admitir que estaba cansada de seguir ocultándolas.