Capítulo 17 — La mujer equivocada
El morado había aparecido durante la noche y, al mirarse en el espejo del baño, Isara comprobó que se extendía alrededor de las tiras que le cerraban la herida de la ceja.
La sangre había desaparecido, pero la piel empezaba a adquirir un tono oscuro que bajaba hacia el párpado y convertía el golpe en algo mucho más visible de lo que había sido el día anterior.
Celia habría dicho que parecía peor de lo que era, pero pensar en ella ya no producía únicamente tristeza. Isara apartó la mirada del espejo.
Salcedo había pedido verlas aquella mañana, no en comisaría, sino en el taller, porque Isara todavía tenía molestias y porque la inspectora quería hablar también con Cora, Leire y Duna.
Las tres llegaron antes de las diez. Duna seguía en Zaragoza, pero había insistido en desplazarse pese a que Isara le había ofrecido conectarse por teléfono.
—Después de que alguien entrara en casa de mi madre para robar los papeles de mi padre, creo que ya he superado la fase de participar por videollamada.
Cora le acercó una silla con una sonrisa.
—Te adaptas rápido.
Duna sostuvo su mirada antes de responder.
—A ti todavía no.
—Eso también es cariño.
Leire llegó con café para todas y se detuvo al ver la cara de Isara.
—Ha salido más.
—Ya me he dado cuenta.
—¿Te duele?
—Cuando hago determinados gestos.
Cora sonrió al escucharla.
—No la hagáis reír.
—Gracias.
Salcedo apareció pocos minutos después con una carpeta fina y un ordenador. Nada en su forma de entrar recordaba a alguien dispuesto a anunciar una gran revelación; saludó, preguntó por la herida de Isara y esperó a que estuvieran sentadas antes de abrir la carpeta.
—Ayer os dije que, desde el momento en que alguien había entrado a robar documentación de 1989 y había agredido a Isara, necesitábamos entender mejor qué estabais investigando.
Duna cruzó las manos sobre las rodillas antes de recordárselo.
—Y os dimos las transferencias.
—Y las fotografías de la libreta. Con eso hemos podido abrir una línea que hasta ahora no teníamos.
Cora se inclinó hacia delante.
—¿Habéis encontrado algo?
—Hemos encontrado gente.
Ninguna la interrumpió mientras Salcedo giraba el ordenador para que pudieran ver una lista.
—Estoy reconstruyendo quién tenía responsabilidad en La Esperanza, quién gestionaba documentación, quién trabajaba allí y qué personas externas tenían una relación profesional demostrable con el centro.
No significa que ninguna de ellas tenga relación con las amenazas.
De momento solo significa que existían y que pueden ayudarnos a comprender qué estaba ocurriendo en 1989.
El primer nombre, AMPARO ROLDÁN, hizo que Isara sintiera una presión desagradable en el estómago. Debajo aparecían otros cuatro.
ÁLVARO MENDÍA. JULIÁN FERRER. MATEO SANZ. PILAR CIFUENTES.
—¿Quiénes son? —preguntó Leire.
Salcedo fue señalándolos mientras explicaba qué había podido reconstruir.
—Mendía era presidente de la asociación que sostenía formalmente La Esperanza durante parte de los años ochenta. Murió hace bastante tiempo, así que de él solo podemos reconstruir documentación. Su firma aparece en cuentas, contratos y algunas autorizaciones.
Después pasó a Julián.
—Julián Ferrer era gestor. No trabajaba dentro del centro, pero llevó documentación administrativa y económica. Sigue vivo.
—¿Habéis hablado con él? —preguntó Duna.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque prefiero saber qué preguntarle antes de avisarle de que estamos interesados en sus recuerdos de hace treinta y siete años.
Duna aceptó la explicación y Salcedo continuó con el siguiente nombre.
—Mateo Sanz figuraba como mantenimiento y conductor. Transportaba material, llevaba personal y hacía desplazamientos para La Esperanza.
Cora miró a Isara al reconocer la posible conexión.
—Coches.
Salcedo siguió aquella mirada.
—Sí. También lo he pensado. Pero conducir para el centro en 1989 no lo convierte en la persona que os siguió la semana pasada.
—¿Sigue conduciendo?
—Sí.
El dato hizo que Isara retuviera el nombre un poco más.
Salcedo dejó el último nombre para el final.
—Pilar Cifuentes era cuidadora de noche. He hablado con ella esta mañana.
—¿Y?
—Recuerda a Celia. Recuerda a Amparo. Recuerda que, en las últimas semanas antes del incendio, hubo más movimiento del habitual durante la noche y que algunas personas entraban sin formar parte del turno.
Isara levantó la vista hacia la inspectora.
—¿Quiénes?
—No me ha dado nombres.
—¿No los recuerda?
—Dice que no.
Cora hizo una mueca antes de intervenir.
—Eso empieza a ser una epidemia.
Salcedo cerró parcialmente el ordenador.
—Hay que tener cuidado con esto. Pilar tiene sesenta y ocho años y le estoy preguntando por noches concretas de 1989. Que no recuerde un nombre no significa que esté mintiendo.
Duna señaló la lista, pero volvió al asunto que más le preocupaba.
—¿Y la entidad a la que fueron los pagos?
Salcedo abrió otra página del expediente.
—Eso es más interesante. La cuenta no pertenecía a La Esperanza.
—Eso ya lo sospechábamos.
—Tampoco pertenecía al abogado ni a la gestoría que aparecen después en vuestros documentos. Era una asociación privada que se disolvió a comienzos de los noventa.
Duna se inclinó hacia la pantalla para leer mejor.
—¿Quién estaba detrás?
—Ahí vuelve a aparecer Álvaro Mendía. No como único responsable, pero sí dentro de su junta durante un periodo. Y Julián Ferrer presentó parte de su documentación administrativa.
El silencio duró unos segundos hasta que Cora preguntó:
—Entonces el dinero sí estaba conectado con gente de La Esperanza.
Salcedo corrigió con calma.
—Está conectado con dos personas que también tuvieron relación con La Esperanza. No es exactamente lo mismo.
Duna asintió sin apartar la vista de los nombres.
—Pero reduce las casualidades.
—Sí.
Isara contempló los nombres. Hasta aquel momento habían tenido personas, lugares y documentos; ahora empezaban a aparecer cruces, aunque todavía no sabía qué dibujo formaban.
—¿Habéis hablado con Amparo? —preguntó.
Salcedo la miró.
—Sí.
Isara necesitó un momento antes de preguntar.
—¿Cuándo?
—Ayer por la tarde.
—No me lo dijiste.
—No necesitaba tu permiso para entrevistar a una antigua responsable de un centro que aparece relacionado con una investigación.
La respuesta no fue brusca, sino simplemente cierta.
—¿Qué te contó?
—Poco.
Aquello sí hizo que Cora soltara una risa seca.
—Eso suena a ella.
Salcedo volvió a abrir la carpeta.
—Confirmó que trabajó allí y que conocía a Celia. Admitió que después del incendio hubo mucha confusión documental y que se tomaron decisiones que hoy no se gestionarían de la misma manera.
Duna levantó las cejas, poco impresionada por la formulación.
—Eso no significa absolutamente nada.
—Lo sé.
—¿Le preguntaste por los pagos?
—Sí.
—¿Y?
—Dijo que no llevaba las cuentas.
Isara recordó la primera visita a la casa de Amparo y la seguridad con la que había pronunciado la muerte de Mara.
—¿Creíste que estaba diciendo la verdad?
Salcedo cerró la carpeta.
—Creo que sabe más de lo que me contó.
La conclusión tampoco era nueva. Lo nuevo era que ahora otra persona había llegado a ella sin que Isara se la hubiera entregado.
Salcedo dejó pasar un momento antes de continuar.
—Pilar también me dio un dato que puede interesaros. Le pregunté si recordaba algo sobre las niñas que salieron del centro alrededor del incendio. No le hablé de vuestra hoja de rutas. Mencionó que una de las mayores podía haber terminado con una familia de Huesca. Le sonaba el apellido Rivas.
Leire se enderezó al reconocer la coincidencia.
—Sara iba a Huesca.
Salcedo volvió la atención hacia ella.
—Eso no lo sabía.
Isara sintió el impulso de levantarse para buscar la carpeta, pero se obligó a permanecer sentada mientras Duna ya abría el portátil.
—¿Rivas?
—Eso ha dicho.
—¿Nombre?
—No.
Cora buscó la mirada de Isara.
—Tenemos una ciudad y un apellido.
—Tenemos un recuerdo de hace treinta y siete años —respondió ella.
Duna levantó la cabeza del portátil.
—El recuerdo puede ser impreciso y el apellido seguir siendo Rivas.
Salcedo indicó a Isara con un gesto.
—Hazle caso.
Cora resopló.
—Cada vez sois más.
La búsqueda no tardó mucho en ofrecer una posibilidad: Nuria Rivas, cuarenta y cinco años, residente en Huesca y adoptada a finales de los años ochenta. Los datos públicos eran escasos, pero la edad encajaba y la coincidencia resultaba demasiado cercana para ignorarla.
No fueron a verla aquella misma mañana. Después de lo ocurrido en Zaragoza, ya no se movían así.
Isara comunicó a Salcedo el nombre antes de hacer nada. La inspectora hizo sus propias comprobaciones y les pidió que esperaran unas horas.
A media tarde, Salcedo volvió a llamar.
—Nuria Rivas existe, vive en Huesca y no he encontrado nada que permita descartar de entrada la pista.
Cora, que estaba al lado de Isara, se acercó al teléfono.
—¿Entonces?
—Entonces nada todavía.
—Salcedo...
—No puedo acceder de forma indiscriminada a una historia personal porque vosotras tengáis una fotografía y un apellido recordado por una antigua cuidadora. Si queréis contactar con ella, podéis hacerlo. Pero no la tratéis como si fuera Sara antes de tener una segunda comprobación.
Isara ya había aprendido esa lección con Leire y Duna; el método empezaba a ser casi una obligación moral.
Cora telefoneó a Nuria. No le habló de niñas muertas ni de pagos, sino que le dijo que estaban investigando historias de menores que habían pasado por instituciones a finales de los años ochenta y que su nombre había aparecido asociado a La Esperanza.
La mujer permaneció en silencio unos segundos.
—Yo estuve en un centro.
Cora miró a Isara.
—¿En La Esperanza?
—No recuerdo ese nombre.
—¿Podríamos hablar contigo?
Nuria terminó aceptando verlas al día siguiente.
Salcedo conoció la dirección, Raúl conoció el viaje y Carmen sabía dónde estaría Duna. Las pruebas principales seguían duplicadas. Habían aprendido demasiado deprisa una rutina que ninguna había querido necesitar.