Capítulo 16 — El precio #3
Cora cruzó los brazos.
—Eso no significa que vayamos a entregaros treinta años de papeles de nuestras familias.
—No os lo he pedido.
Salcedo miró a Duna.
—Si un papel habla de la declaración de la renta de tu padre en 1998 y no tiene ninguna relación con esto, no me interesa. Si mañana encontráis algo relacionado con estas transferencias y recibís una amenaza cinco minutos después, sí.
Duna asintió.
—Eso me parece razonable.
La inspectora se volvió hacia Isara.
—Y otra cosa. Ya no puedo tratar esto como si alguien únicamente quisiera asustaros.
Isara se tocó sin pensar junto a la ceja y se detuvo al recordar las tiras.
—No.
—Te ha hecho sangrar para llevarse un documento.
Aquellas palabras pesaron más que el dolor y Salcedo continuó.
—No sé qué ocurrió en 1989. No sé todavía quién os está haciendo esto. Pero la persona que os persigue está dispuesta a utilizar violencia física para impedir que avancéis. Así que, desde ahora, nosotros estamos dentro.
Cora miró a Isara, porque era la misma frase que había utilizado aquella mañana y ahora significaba algo distinto.
—¿Dentro de qué? —preguntó Leire.
—De todo aquello que tenga relación con las amenazas y con los intentos de impedir vuestra investigación.
No voy a decidir por vosotras qué información familiar queréis compartir ni qué queréis saber de vuestros orígenes, pero si una parte de esa historia está provocando delitos ahora, deja de ser únicamente privada.
Ninguna discutió, no porque hubieran renunciado al acuerdo tomado en la estación de servicio, sino porque aquel acuerdo ya contemplaba exactamente ese límite: si algo ponía a alguien en peligro, se compartía. Isara tenía todavía sangre seca junto al nacimiento del pelo.
Salcedo tomó declaración a las cinco mujeres y vinculó formalmente la entrada, el robo y la agresión con las denuncias anteriores. Antes de marcharse regresó al despacho.
—Hay algo más. Cada vez que encontráis una pieza importante, esta persona aumenta el nivel. Eso significa que sus reacciones también nos dicen algo.
Duna miró los papeles.
—El dinero.
Salcedo siguió su mirada.
—Puede ser.
—No ha venido por la fotografía de las seis niñas. Ha venido después de que encontráramos las transferencias y la libreta.
Isara intervino.
—No sabemos que conociera exactamente lo que habíamos encontrado.
—No —admitió Duna—. Pero llegó hasta el despacho y fue directo a la documentación.
Salcedo asintió.
—Y eso ya es una pregunta que nos corresponde investigar a nosotros también.
Dejó una tarjeta sobre la mesa.
—Quiero que cualquier desplazamiento relacionado con esto se comunique. Y si encontráis algo que pueda explicar un ataque, no esperéis a que haya otro ataque para enseñármelo.
—Lo hablaremos entre nosotras —dijo Isara.
—Habladlo. Pero recordad la ceja antes de decidir que algo no es relevante.
Salcedo lo dijo como una advertencia práctica, difícil de discutir.
Cuando la policía se marchó, Carmen se sentó en el comedor y permaneció varios minutos sin decir nada. Duna siguió de pie junto a las copias de los dos pagos que habían quedado sobre la mesa.
Cora se acercó.
—¿Quieres que paremos?
Duna negó.
—Quiero saber qué pagó mi padre.
—Puede que no te guste.
—Eso ya lo había supuesto.
Leire cerró la puerta del despacho, aunque aquella vez comprobó primero la cerradura.
Isara volvió a mirar las transferencias: dos familias, dos niñas que habían cambiado de nombre, el mismo destinatario, cantidades elevadas, gastos legales pagados por separado, una anotación sobre una aportación, otra sobre recoger instrucciones el mismo día previsto para las salidas y una persona que acababa de entrar en una casa para llevarse la libreta en la que estaba escrito.
—¿Lo llamarías ya un patrón? —preguntó Cora.
Duna tardó unos segundos.
—Sí. Un patrón económico.
—¿Y qué significa?
—Que el dinero formaba parte de lo que ocurrió.
—¿De qué exactamente?
Duna bajó la mirada hacia las hojas.
—Eso todavía tenemos que demostrarlo.
Cora permaneció frente a ella.
—¿Y si era el precio?
La palabra dejó a todas en silencio y Duna no intentó suavizarla.
—Entonces habrá que demostrar que lo era.
Isara se apoyó con cuidado contra el borde de la mesa mientras la ceja le latía al mismo ritmo que el corazón.
Hasta aquella tarde, una parte de la investigación todavía podía separarse del peligro como si fueran dos historias distintas: lo que había sucedido en 1989 y lo que alguien estaba dispuesto a hacer en 2026 para impedir que lo descubrieran.
Ya no era posible. La persona que las perseguía había entrado en una casa para llevarse una prueba, había empujado a Isara contra una puerta y la había dejado sangrando.
La policía tenía las fotografías de los pagos, las páginas de la libreta y la agresión; ellas, en cambio, tenían una palabra que todavía no podían utilizar como respuesta y que se había convertido en una pregunta inevitable: precio.
Aún no podían demostrar que aquel dinero hubiera pagado por una niña, pero ya tampoco podían fingir que era una casualidad.