Capítulo 16 — El precio #2
Duna dejó la libreta sobre la mesa mientras Carmen, muy pálida, negaba con la cabeza.
—No sé qué significa.
—Yo tampoco —respondió su hija.
Isara fotografió las páginas después de pedir permiso. Ninguna pronunció la palabra precio porque todavía no tenían derecho a convertir una sospecha en una conclusión.
A media tarde hicieron una pausa. Carmen preparó café y algo de comer, Leire salió al jardín para llamar a Raúl y Cora acompañó a Carmen a la cocina. Duna permaneció en el despacho ordenando los documentos exactamente como los habían encontrado.
Isara recibió entonces un mensaje de Salcedo.
SEGUIMOS CON LAS CÁMARAS. SI APARECE ALGO NUEVO, LLÁMAME DIRECTAMENTE.
Respondió con un simple «De acuerdo» y, cuando levantó la vista, descubrió que Duna la observaba.
—¿La policía?
—Sí.
—¿Les has contado esto?
Duna miró las transferencias.
—No.
—Todavía.
—Todavía.
Duna asintió. Más que alivio, aquello le daba tiempo para entender qué había hecho su padre antes de decidir qué parte de aquella historia estaba dispuesta a sacar del ámbito familiar.
Cora regresó desde la cocina.
—Tu madre pregunta si queremos tortilla.
—Mi madre cree que cualquier problema mejora si alguien come.
—Tu madre y la mía se habrían llevado bien.
Duna estuvo a punto de contestar cuando escucharon un golpe procedente del despacho. Las tres se quedaron quietas porque Isara recordaba haber dejado la puerta entornada al salir y ahora estaba cerrada.
Duna avanzó hacia ella.
—Espera —dijo Isara.
Otro sonido llegó desde el interior, como si algo metálico hubiera rozado madera. Isara sacó el teléfono.
—Cora, llama.
Duna ya estaba llegando al pasillo.
—No abras.
La puerta se abrió desde dentro antes de que pudiera tocarla. Una persona vestida con ropa oscura salió con una carpeta bajo el brazo, una gorra baja y algo cubriéndole la parte inferior del rostro. Todo ocurrió demasiado deprisa para distinguir rasgos.
Duna retrocedió, e Isara vio la puerta lateral del jardín y comprendió hacia dónde intentaba llegar la persona.
Se movió para cerrarle el paso, pero recibió un choque mucho más fuerte de lo que esperaba: una mano le golpeó el hombro y, un instante después, el lateral de la cara se estrelló contra el marco de madera.
El dolor fue inmediato. Una luz blanca le cruzó la cabeza y durante un segundo perdió la noción exacta de dónde estaba, mientras escuchaba gritar a Cora y la carpeta caía al suelo con las hojas desparramándose por el pasillo.
Isara consiguió agarrar la parte trasera de la chaqueta, pero la persona se revolvió y el segundo empujón fue todavía más violento. Cayó de rodillas y apoyó una mano contra el suelo para no golpearse otra vez; notó algo caliente junto al ojo y, al tocarse la ceja, vio los dedos manchados de sangre.
—¡Isara!
Leire apareció desde el jardín justo cuando la persona atravesaba la puerta lateral y Duna intentó seguirla.
—¡No! —gritó Isara.
Leire alcanzó a sujetarla.
—Déjalo.
—Se lleva algo.
Duna tenía razón: la carpeta estaba en el suelo, pero la libreta negra ya no.
Cora hablaba con emergencias mientras se acercaba a Isara.
—Estás sangrando.
—Estoy bien.
Cora se arrodilló delante de ella.
—No. Estás consciente. No es lo mismo.
La sangre empezaba a bajar por el lateral de la cara. Leire volvió al interior, cogió un paño limpio de la cocina y se lo tendió sin tocar la herida.
—Aprieta aquí.
Isara obedeció mientras el dolor se hacía más claro al disminuir el aturdimiento.
—La libreta —dijo Duna.
—Tenemos las fotografías.
Duna la miró.
—¿De todo?
—De las páginas de noviembre que hemos visto.
Cora terminó la llamada.
—Vienen policía y sanitarios.
—No necesito...
Cora la interrumpió antes de que terminara.
—Ni se te ocurra.
Nadie recogió los papeles del suelo. Los sanitarios llegaron antes que Salcedo, limpiaron la herida y comprobaron que el golpe no hubiera provocado algo más serio. La brecha era pequeña, pero lo bastante profunda para necesitar varias tiras de aproximación.
Isara soportó el escozor mientras le limpiaban la sangre seca de la sien.
—Vas a tener un buen morado —dijo uno de los sanitarios.
Cora, a su lado, respondió:
—Estupendo. Le faltaba uno.
Isara la miró.
—No empieces.
—No estoy empezando nada.
Cuando Salcedo entró en la casa, Isara ya tenía la herida cerrada y una mancha violácea empezaba a extenderse alrededor de la ceja. La inspectora se detuvo un segundo al verla antes de mirar hacia el despacho.
—Cuéntamelo desde el principio.
Era la primera vez que se encontraban cara a cara. Salcedo tendría alrededor de cincuenta años, llevaba el pelo recogido y hablaba sin prisas, pero sin desperdiciar ninguna pregunta.
La policía fotografió la puerta lateral, la cerradura, el despacho, las hojas del suelo y la herida de Isara como parte de las diligencias. Uno de los agentes encontró marcas recientes junto a la cerradura, aunque todavía no sabían si servirían para identificar a alguien.
Salcedo preguntó por la libreta.
—Era de mi padre —respondió Duna—. Contenía anotaciones de 1989.
La inspectora esperó.
—¿Relacionadas con aquello que investigáis?
Duna miró a Isara. Habían llegado exactamente al límite del que habían hablado en la estación de servicio.
—Sí.
—¿Qué habíais encontrado justo antes de que alguien entrara aquí?
Nadie respondió inmediatamente y Salcedo miró la ceja de Isara antes de volver a los documentos esparcidos.
—Esto es lo que hablamos esta mañana. Si alguien entra en una casa ocupada, golpea a una de vosotras y se lleva un documento concreto, necesito saber qué había en ese documento.
Duna respiró hondo.
—Pagos.
Carmen levantó la cabeza y Salcedo se volvió hacia ella.
—¿Qué pagos?
—Mi padre hizo una transferencia importante en noviembre de 1989. Creemos que está relacionada temporalmente con mi llegada a esta familia. Otra familia tiene una transferencia parecida al mismo destinatario.
Cora dio un paso adelante.
—La otra familia es la mía.
Salcedo las miró a ambas.
—¿Tenéis copias?
—Sí —respondió Isara.
—Quiero verlas.
Duna tardó unos segundos.
—Las páginas relacionadas con esto. No todo el archivo de mi padre.
—No te estoy pidiendo toda su vida financiera. Te estoy pidiendo lo que puede explicar por qué alguien acaba de entrar aquí y agredir a una persona.
Duna asintió. Cora abrió en el teléfono el justificante encontrado entre los papeles de su padre e Isara enseñó las fotografías de la transferencia de Duna y las páginas de la libreta.
Salcedo las revisó sin formular ninguna conclusión.
—¿Cuándo habéis encontrado esto?
Duna respondió.
—¿Quién sabía que estabais aquí?
Las mujeres se miraron. Carmen sabía que habían ido, Raúl sabía dónde estaba Leire y la policía conocía la dirección; fuera de ese círculo, la vía más evidente era que alguien hubiera seguido sus movimientos.
—¿Y quién sabía que estos documentos existían?
Duna negó.
—Hasta esta mañana, ni siquiera yo.
Salcedo observó la libreta fotografiada.
—Entonces tenemos dos posibilidades generales. Que alguien supiera que este archivo podía contener algo que le preocupaba o que os haya seguido y haya aprovechado la oportunidad.
—¿Se nos puede haber seguido otra vez? —preguntó Leire.
—Sí.
—¿Después de lo de la carretera?
—Precisamente después de lo de la carretera no podemos descartarlo.
Cora miró a Isara y Salcedo dejó el teléfono sobre la mesa.
—Necesito que entendáis una cosa. Hasta ahora habíamos separado bastante bien dos asuntos.
Por un lado estaban las amenazas, el seguimiento y los daños actuales.
Por otro, una historia antigua que vosotras estabais intentando reconstruir y de la que decidisteis reservar parte porque afectaba a varias familias.
Isara sabía lo que iba a decir.
—Esa separación acaba de romperse.
Duna miró las transferencias.
—Porque ha venido a por la libreta.
—Porque una persona ha entrado en una casa, ha agredido a Isara y se ha llevado documentación que, según vosotras, está relacionada con aquello que investigáis.
A partir de este momento, cualquier documento de 1989 que provoque una amenaza, un robo o una agresión también forma parte de nuestra investigación.