Capítulo 16 — El precio
La inspectora Salcedo llamó a Isara antes de las nueve de la mañana.
Duna las esperaba en Zaragoza a mediodía, pero Isara todavía estaba en el taller cuando vio el número que la policía había utilizado desde el episodio de la carretera. Cora había llegado unos minutos antes y Leire debía reunirse con ellas directamente en casa de Carmen.
—Isara, soy Salcedo.
—Sí.
—Tengo algo sobre el coche.
Cora levantó la vista desde el otro lado de la mesa. Isara avisó a la inspectora y activó el altavoz.
—Las cámaras de la estación de servicio confirman parte de lo que nos contasteis. El vehículo aparece detrás del vuestro y continúa por la misma carretera después de que entréis. También hemos conseguido imágenes anteriores en las que se aprecia una maniobra de aproximación.
—¿La matrícula?
—No completa. Tenemos una lectura parcial, pero encaja con demasiados vehículos. Estamos cruzándola con las cámaras de otros puntos.
Isara sabía que habían pasado pocos días y que no podía esperar una identificación inmediata, pero aun así sintió decepción.
—Entonces seguimos sin saber quién conducía.
—Sí, aunque ya podemos sostener que hubo seguimiento y contacto entre los vehículos. El mensaje que recibisteis inmediatamente después también permite relacionar la amenaza con lo ocurrido en carretera.
Cora se acercó un poco más al teléfono.
—¿Y el número?
—De momento no nos lleva a ninguna persona concreta.
Salcedo hizo una pausa antes de continuar.
—Hay otra cosa que quiero hablar contigo. Desde que empezaron los mensajes, cada vez que avanzáis en esa investigación familiar aumenta la gravedad de lo que os hacen.
Isara miró a Cora.
—Nosotras también lo hemos visto.
—Entonces comprenderás lo que voy a decirte. Me resulta difícil protegeros si no sé qué está provocando esas reacciones.
Era la conversación que habían sabido que llegaría tarde o temprano.
—No sabemos todavía qué las provoca exactamente.
—Pero estáis encontrando cosas.
Salcedo lo planteó como una constatación. Isara pensó en las cartas de las familias biológicas, en la hoja de rutas, en la transferencia encontrada por Cora y en la fotografía de Celia junto a las bolsas.
—Todavía no sabemos qué significa lo que tenemos.
La inspectora no insistió enseguida.
—No voy a pediros que entreguéis la intimidad de varias familias porque sí. Pero quiero que quede claro algo: si encontráis un documento y después alguien intenta robarlo, destruirlo o haceros daño por él, ese documento deja de ser únicamente un asunto familiar.
Isara lo entendió, y también Cora.
—Sí.
—Y si hoy vais a desplazaros otra vez, quiero saber dónde.
Dos semanas antes, aquella petición le habría parecido excesiva; después del coche no.
—Zaragoza.
—Envíame la dirección cuando la tengáis. No necesito saber a quién vais a ver mientras no haya una razón para ello, pero sí quiero saber dónde estáis.
—Te la envío.
Cuando terminó la llamada, Cora permaneció mirando el teléfono.
—Ya está dentro.
Isara sabía a qué se refería.
—En las amenazas sí.
—De momento.
No discutieron porque las dos sabían que aquella frontera podía moverse en cuanto los hechos de 1989 se mezclaran con otro delito presente.
Duna las recibió en casa de su madre sin ceremonia. Carmen Ruiz abrió la puerta y saludó a Cora y Leire con una incomodidad que no intentó ocultar. Cuando llegó a Isara, la observó unos segundos.
—Mi hija dice que no habéis venido a acusarnos de nada.
—No.
—Bien.
No pareció completamente convencida, pero las dejó pasar.
La casa explicaba una parte de la infancia de Duna sin necesidad de preguntas.
Era amplia, silenciosa y estaba llena de muebles que parecían haber permanecido durante décadas en el mismo lugar.
Había cuadros, libros encuadernados, alfombras y fotografías familiares colocadas con una simetría que Cora contempló mientras seguían a Duna hasta el fondo de la vivienda.
Duna apareció con dos cajas de archivo.
—Antes de empezar quiero dejar una cosa clara. Mi madre no sabía que mi padre tuviera aquella cuenta.
Carmen bajó la mirada.
—Tu padre tenía muchas cosas de las que yo no sabía nada.
Duna no respondió y llevó las cajas hasta un despacho situado en la planta baja. La habitación llevaba años utilizándose casi como almacén, aunque todavía conservaba una mesa grande, un archivador metálico y varias estanterías llenas de carpetas.
—Mi padre murió convencido de que algún día Hacienda iba a pedirle un recibo de 1987 —dijo Duna—. Por una vez agradezco su manía de guardarlo todo.
Cora dejó el bolso en el suelo.
—Retiro cualquier comentario que haya hecho sobre gente que conserva papeles durante cuarenta años.
Duna abrió la primera caja.
—Dame una hora.
Necesitó bastante menos para encontrar la cuenta.
No estaba escondida. Figuraba entre la documentación bancaria de 1989, mezclada con otras cuentas personales y con movimientos de la empresa familiar. Carmen confirmó que nunca había operado con ella y que hasta la noche anterior apenas recordaba su existencia.
Duna fue directamente a noviembre. Isara observó la forma en que trabajaba: no buscaba palabras conocidas ni papeles llamativos, sino fechas, saldos, transferencias y justificantes. Cada pocos minutos separaba una hoja sin explicar todavía por qué.
Cora intentó preguntarle dos veces y, a la tercera, Leire le tocó el brazo.
—Déjala.
Pasados veinte minutos, Duna colocó tres documentos sobre la mesa.
—Esto es lo que tenemos.
El primero era una transferencia realizada el 15 de noviembre de 1989, tres días antes del incendio. La cantidad era elevada y el nombre del destinatario hizo que Cora sacara inmediatamente el teléfono.
—Espera.
Abrió la fotografía del justificante encontrado entre los documentos de su padre y Duna acercó ambas hojas. El destinatario era el mismo.
Durante unos segundos nadie dijo nada, hasta que Duna señaló primero el papel de su padre.
—Este dinero sale de una cuenta que mi madre no utilizaba tres días antes de que, según vuestra hoja, Marta tuviera prevista una salida hacia Zaragoza.
Después indicó la transferencia de Cora.
—Y este otro sale de la familia de Clara pocos días después del incendio y antes de que aparezcan sus primeros documentos como Cora Beltrán.
Cora comparó las cantidades.
—No son iguales.
—No.
—Pero están cerca.
—Son del mismo orden y terminan en el mismo sitio.
Leire se inclinó sobre los documentos.
—¿Puede ser una gestoría?
—Puede ser muchas cosas.
Duna sacó otra hoja.
—Por eso he separado esto.
Era una factura de un abogado de Zaragoza fechada a comienzos de diciembre de 1989. El concepto incluía trámites civiles y honorarios profesionales, y la cantidad era muy inferior. Después apareció una segunda factura, esta vez de una gestoría, también pequeña en comparación con la transferencia.
Duna se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa.
—Si mi padre pagó abogado y gestoría aparte, la transferencia grande no puede justificarse simplemente como los gastos de esos trámites.
Carmen había permanecido en la puerta.
—¿Cuánto pagó?
Duna se lo dijo y su madre se sentó.
—Eso no puede ser.
—Está en el extracto.
—Pero nosotros no teníamos que pagar...
Carmen dejó la frase sin terminar y Duna levantó la mirada.
—¿Qué ibas a decir?
Carmen se llevó una mano a la frente.
—Nos dijeron que había que hacer una aportación.
Cora dejó de mirar los documentos.
—¿Quién os lo dijo?
—No lo sé.
—Mamá.
—De verdad que no. Tu padre se encargó de casi todo. Yo sabía que había gastos y una aportación, pero no conocía esa cantidad.
—¿Aportación a qué?
Carmen respiró hondo.
—A la gente que lo estaba gestionando. Yo creía que serviría para el centro, los abogados, los papeles... No pregunté.
No había defensa en su voz, sino vergüenza, y Duna tampoco la atacó.
—¿Sabías que yo tenía una familia que podía estar buscándome?
—No.
—¿Sabías que me llamaba Marta?
—Eso sí. Los primeros días.
—¿Y quién os dijo que dejarais de utilizar ese nombre?
Carmen cerró los ojos unos segundos.
—La persona que hablaba con tu padre. Creo.
—¿Un hombre o una mujer?
Carmen volvió a mirarla.
—No lo recuerdo.
Ni Isara ni Duna insistieron y ambas regresaron a los papeles.
El segundo documento que Duna había separado era otra transferencia, realizada doce días después de la primera, cuando ella ya vivía con los Vidal. La cantidad era mucho menor y el concepto hacía referencia a regularización documental; además, el destinatario era diferente.
Duna apoyó un dedo sobre la hoja.
—Esto sí podría encajar con trámites posteriores. La otra transferencia no.
Cora volvió a mirar los dos pagos grandes.
—¿Qué estás diciendo?
Duna tardó en responder.
—Que tenemos dos familias distintas, dos niñas distintas, dos ciudades distintas y pagos elevados al mismo destinatario alrededor de la llegada de ambas.
—¿Eso ya es un patrón?
—Es el principio de uno.
Leire miró hacia Carmen.
—¿Qué haría falta para poder llamarlo patrón de verdad?
—Más casos. Dos coincidencias pueden responder a una estructura compartida, una asociación, una intermediación irregular, una aportación obligatoria o muchas otras cosas. Si encontramos una tercera familia con un pago similar, entonces cambia bastante.
Cora apoyó la espalda contra la silla.
—¿Y si la cantidad era por nosotras?
Duna la miró.
—No voy a decir eso.
—Ya.
—Y no porque quiera tranquilizarte. No puedo demostrarlo.
Cora asintió, e Isara pensó que Duna y ella iban a entenderse bastante bien.
Siguieron revisando hasta que apareció una libreta pequeña de tapas negras que había pertenecido al padre de Duna. Mezclaba fechas, teléfonos, iniciales y anotaciones de trabajo con asuntos personales.
Duna empezó por noviembre de 1989 y encontró varias páginas arrancadas.
—Eso no me gusta —dijo Cora.
—A mí tampoco, pero unas páginas arrancadas no prueban por sí solas por qué faltan.
Dos hojas después apareció una anotación que Duna leyó tres veces.
15/11 — APORTACIÓN. CONFIRMADO.
Debajo figuraban dos iniciales que ninguna reconoció y, más abajo, otra línea.
18/11 — RECOGER INSTRUCCIONES.