Solo una murió Capítulo 15 — Duna #2
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Capítulo 15 — Duna #2

—No quiero ocultar una prueba que pueda protegernos. Pero tampoco quiero entregar la vida de cuatro familias enteras porque alguien nos esté obligando a correr.

—Ni yo —dijo Isara.

Cora señaló el teléfono.

—Entonces esto sí va.

—Esto sí.

Isara envió la captura al contacto policial junto con el vídeo que Cora había grabado y añadió únicamente que estaban investigando cuestiones familiares relacionadas con un antiguo centro infantil y que las amenazas parecían vinculadas a esa búsqueda, sin contar nada más.

La patrulla llegó poco después.

Las tres denunciaron el seguimiento, las maniobras del vehículo, el golpe contra el coche y la amenaza recibida inmediatamente después. Entregaron el vídeo y permitieron que los agentes fotografiaran el retrovisor.

Cuando les preguntaron por el posible motivo, Isara repitió exactamente lo que habían acordado.

—Estamos investigando hechos antiguos relacionados con un hogar infantil en el que estuvimos de niñas. Desde que empezamos, alguien intenta impedir que continuemos.

—¿Qué hechos?

Isara miró brevemente a Leire y Cora.

—Todavía estamos intentando averiguarlo.

No estaba esquivando la pregunta: todavía intentaban averiguarlo.

—¿Sabéis quién puede estar detrás?

—No.

—¿Alguna persona relacionada con aquel centro?

—Es posible.

No mencionó a Amparo ni habló de Celia, las rutas, el dinero o los nombres originales. La policía podía investigar una amenaza de muerte, un vehículo peligroso y una serie de episodios de acoso sin convertirse todavía en depositaria de toda la historia familiar que ellas mismas no comprendían.

Cuando terminaron, Duna les había escrito dos veces. La primera preguntaba si iban a acudir y la segunda decía únicamente:

¿HA PASADO ALGO?

Cora la llamó.

—Hemos tenido un problema en carretera.

—¿Qué clase de problema?

Cora miró a Isara y Leire.

—Un coche nos ha seguido, nos ha cerrado el paso y nos ha golpeado. Después hemos recibido una amenaza diciendo que la próxima vez puede ser peor.

Hubo un silencio prolongado.

—¿Tiene que ver conmigo?

—No sabemos si sabe que íbamos a verte. Sí sabemos que tiene que ver con que seguimos investigando.

—¿Y aun así pensáis venir?

Cora no intentó convertir aquello en una demostración de valentía.

—Si tú quieres vernos. Ahora sabes lo que está ocurriendo.

Duna tardó en responder.

—¿La policía lo sabe?

—Sabe lo del coche, los mensajes y que todo está relacionado con una investigación familiar antigua.

—¿Le habéis contado qué investigáis?

—No todo.

—¿Por qué?

Cora miró a Leire.

—Porque hay cosas que también afectan a nuestras familias y no podemos decidir por ellas.

Esta vez Duna tardó más.

—Bien.

Cora pareció sorprendida.

—¿Bien?

—Si dentro de diez minutos descubro que mis padres están metidos en algo que no entiendo, prefiero decidir yo qué información privada sale de mi familia antes de encontrarla en una declaración policial.

Leire cerró los ojos un instante al comprobar que Duna acababa de comprenderlo sin conocerlas.

—La cafetería sigue abierta —continuó—. Si queréis venir, os espero. Pero no vengáis a mi casa y, si volvéis a ver ese coche, os dais la vuelta.

—Eso haremos.

Llegaron a Zaragoza más de una hora tarde.

Duna estaba sentada al fondo de la cafetería, frente a un ordenador portátil cerrado. Tenía el pelo oscuro a la altura de la mandíbula, gafas finas y había elegido una mesa desde la que podía controlar la entrada y parte del aparcamiento.

No se levantó.

—¿Estáis bien?

—Sí —respondió Leire.

Duna miró a Isara.

—¿Seguro?

—Sí.

—Entonces quiero ver qué habéis encontrado para que alguien esté dispuesto a hacer algo así con tal de que no lleguéis hasta mí.

Cora dejó la carpeta sobre la mesa, pero Duna levantó una mano.

—Antes quiero saber tres cosas. ¿Queréis dinero?

—No.

—¿Queréis demandar a mi madre?

—No sabemos siquiera qué ocurrió —respondió Isara.

—¿Queréis hacer pública esta historia?

Cora negó.

—No.

Duna asintió.

—Ahora sí.

Isara empezó por la fotografía de las seis niñas.

Duna la observó durante bastante tiempo.

—Me parezco a dos.

—Nosotras creemos que podrías ser esta.

Isara le indicó a Marta.

—¿Por qué?

Le mostraron la ficha.

MARTA.

La ficha indicaba siete años y un número de ingreso; la hoja de rutas repetía ese mismo número, Zaragoza y dos iniciales. Duna dejó de mirar la fotografía.

—Son las de mis padres.

Cora se inclinó.

—¿Estás segura?

—Mi padre se llamaba Eduardo Vidal. Mi madre, Carmen Ruiz.

Las letras coincidían.

Duna señaló la hora.

—¿Qué es esto?

—No lo sabemos. Puede ser una salida, una cita, un traslado o un punto intermedio.

—¿Y esta hoja?

Le explicaron el respaldo de la fotografía de Cora.

Duna escuchó hasta el final.

—¿Confiáis en Celia?

La pregunta llegó cuando Isara todavía estaba intentando encajar la fotografía de Celia junto a las bolsas.

Isara no la esquivó.

—No sé hasta dónde puedo hacerlo.

Duna levantó la mirada.

—Eso me tranquiliza más que si hubieras dicho que sí.

—¿Por qué?

—Porque una prueba no se vuelve buena porque la guardara tu madre.

Isara casi sonrió.

—En eso estamos de acuerdo.

Duna regresó a la ficha.

—Mi madre me contó anoche algo que nunca me había dicho. Cuando llegué a casa respondía a otro nombre.

Ninguna interrumpió.

—Ellos pensaron conservarlo, pero la persona que llevaba los papeles insistió en que utilizaran desde el principio el nombre nuevo.

Cora preguntó:

—¿Cuál era el antiguo?

Duna miró la ficha.

—Marta.

Los datos coincidían: Marta, siete años, Zaragoza, las iniciales de Eduardo Vidal y Carmen Ruiz, y una niña que al llegar a aquella casa todavía respondía a ese nombre.

Duna se quitó las gafas, se frotó los ojos y volvió a ponérselas.

—Esto ya merece una explicación.

—Eso pensamos nosotras —dijo Leire.

Duna miró a Cora.

—¿Tú eres Clara?

—Sí.

Cora le contó lo de Teresa, la cicatriz y la búsqueda de su madre biológica. Después llegó a la transferencia.

Duna levantó inmediatamente una mano.

—Espera.

Cora abrió el justificante en el teléfono.

Duna amplió la imagen y leyó la fecha, el destinatario y el concepto.

DONACIÓN Y GASTOS.

—¿Cuánto fue?

Cora se lo dijo y Duna permaneció mirando la cifra.

—Esto necesita una explicación.

Cora miró a Isara.

—Gracias.

—No he dicho que pagaran por ti.

—También gracias.

—He dicho que esa cantidad, en 1989, no se puede despachar con «gastos» sin preguntar cuáles.

Isara se inclinó ligeramente hacia ella.

—¿Tu familia conserva papeles de aquella época?

Duna guardó silencio.

—Mi padre guardaba todo.

—¿Todo cuánto es todo? —preguntó Cora.

—Bancos, impuestos, sociedades, seguros, inversiones, facturas y extractos de cuentas que cualquier persona normal habría tirado hace décadas.

Cora sonrió.

—Te quiero un poco.

—Eso se te pasará.

Leire también sonrió mientras Duna cerraba el portátil.

—No vais a venir hoy a casa de mi madre.

—No te lo hemos pedido —respondió Isara.

—Lo sé. Por eso quizá os deje hacerlo mañana.

Miró la fotografía.

—Primero voy a hablar con ella. Después revisaré yo sola los papeles de mi padre.

—De acuerdo.

—Y si encuentro algo que afecte a mi familia, no se entrega a la policía ni a nadie sin hablarlo conmigo, salvo que tenga relación directa con las amenazas o haya alguien en peligro.

Isara miró a Leire. Era exactamente la regla que acababan de decidir en la estación de servicio.

—De acuerdo.

Duna sostuvo su mirada.

—¿De verdad?

—Sí.

—Entonces seguimos hablando.

Cogió la fotografía por los bordes.

—Mandadme una copia de esto.

—Sí.

—Y del justificante.

Cora dudó un instante y después asintió.

—Sí.

—No voy a buscar recuerdos.

Leire preguntó:

—¿Qué vas a buscar?

Duna devolvió el teléfono a Cora.

—Números.

Cuando salieron de la cafetería, las tres comprobaron el aparcamiento antes de acercarse al coche. Isara revisó las ruedas, las puertas y los bajos antes de entrar.

Leire la observó.

—¿Vamos a hacer esto siempre?

Isara miró el retrovisor roto.

—Espero que no.

Cora abrió la puerta del acompañante.

—No ha conseguido que paremos.

Isara pensó en el mensaje: HOY HE QUERIDO QUE SALIERAIS DE LA CARRETERA VIVAS.

—No —respondió—. Pero a partir de ahora decidimos nosotras cuánto sabe cada persona.

Antes de arrancar recibió un mensaje de Duna.

MI PADRE TENÍA UNA CUENTA QUE MI MADRE NUNCA UTILIZÓ. EMPIEZO POR AHÍ MAÑANA.

Isara mostró la pantalla.

Duna todavía no se veía como parte del grupo, pero Marta acababa de convertirse en la cuarta niña a la que podían seguir hasta una vida adulta.

Alguien había amenazado con matarlas si continuaban. La policía conocía la amenaza, no toda la historia, y por el momento las tres habían decidido que seguiría siendo así.