Solo una murió Capítulo 15 — Duna
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Capítulo 15 — Duna

La ruta de Marta terminaba en Zaragoza.

Al final fue esa idea la que decidió por ella: no iba a permitir que la persona que las amenazaba eligiera qué investigaban.

Leire escuchó los apellidos por teléfono sin reaccionar al primero, pero guardó silencio al oír el segundo.

—Repítelo.

Cora lo hizo.

—Vidal.

Leire tardó unos segundos en responder.

—No quiero que utilicéis esto como una prueba.

—No lo haremos —dijo Isara.

—Me suena.

—¿De qué?

—No lo sé. Desde que recordé las bolsas me aparece a veces una mujer entrando en la habitación. No le veo la cara. Solo tengo la sensación de que alguien la llamaba por un apellido parecido. Vidal, Vilar... Puede que ahora esté completándolo porque Cora acaba de decirlo.

—Entonces nos sirve para decidir por cuál de las dos posibilidades empezamos, nada más.

—Exactamente.

Cora suspiró.

—Ya sois dos.

Leire ignoró el comentario.

—Voy con vosotras.

Isara miró a Cora.

—No tienes que hacerlo.

—Ya lo sé. Quiero hacerlo.

La familia Vidal seguía vinculada a Zaragoza. El padre había fallecido seis años atrás; la madre, Carmen, continuaba viviendo en la misma casa de un barrio residencial al oeste de la ciudad. Habían tenido una única hija, Duna Vidal, nacida en 1982 según los registros que Cora había localizado.

La edad encajaba con Marta.

Duna trabajaba además como responsable de control financiero para una empresa industrial.

—Una contable —dijo Cora—. Como resulte ser ella, voy a obligarla a explicarme qué demonios significa «donación y gastos» hasta que lo entienda.

Isara llevaba demasiado tiempo haciéndose la misma pregunta como para reírse.

No llamaron primero a Duna, sino a su madre.

La reacción de Carmen Ruiz fue inmediata en cuanto Isara mencionó La Esperanza y el nombre Marta; apenas la dejó terminar la explicación.

—No quiero hablar de eso.

—Solo quería preguntarle si ese nombre le resulta familiar.

—Mi hija tiene una vida y yo también. No quiero que vengáis aquí.

Isara no intentó convencerla.

—De acuerdo.

Carmen pareció desconcertada por la facilidad con que aceptaba.

—¿Eso es todo?

—Si no quiere recibirnos, sí. Pero antes de colgar, solo una cosa: ¿Duna llegó a su casa respondiendo al nombre de Marta?

El silencio se prolongó demasiado y Carmen terminó colgando; Cora se levantó al instante.

—Eso ha sido bastante claro.

—Claro sobre que el nombre le afecta —dijo Leire—. No sobre por qué.

—Y tampoco demuestra que Duna sea ella —añadió Isara.

Isara anotó la hora de la llamada, más por costumbre que porque hubiera aparecido una amenaza nueva. Carmen había reaccionado al nombre Marta por motivos que todavía no conocían; nada en aquella conversación demostraba que la persona que las vigilaba hubiera llegado antes que ellas.

Veinte minutos después sonó el teléfono desde un número desconocido. Isara pensó inmediatamente en los mensajes, pero esta vez era una llamada.

—¿Isara?

La voz pertenecía a una mujer.

—Sí.

—Soy Duna Vidal.

Isara se incorporó.

Cora entendió de quién se trataba antes de que dijera nada.

—Mi madre acaba de llamarme. Está alterada y dice que unas mujeres le han preguntado si yo me llamaba Marta antes de llegar a casa.

—No hemos intentado convencerla de nada.

—Ya me lo ha explicado después.

Duna hablaba con una calma seca, casi profesional.

—Quiero ver qué tenéis.

—Podemos enviarte algunas copias.

—No quiero copias seleccionadas por vosotras. Quiero ver de dónde habéis sacado mi nombre, qué documentos tenéis y qué partes de la historia no conocéis.

Cora sonrió y Leire la vio.

—No digas nada.

—No he dicho nada.

Duna continuó.

—Hay una cafetería junto al parque del Agua. Mañana a las once.

—De acuerdo.

—Y mi madre no viene.

La llamada terminó.

A la mañana siguiente viajaron las tres en el coche de Isara.

Desde la fotografía de la hija de Leire y la ventanilla rota habían empezado a tomar más precauciones. Isara llevaba duplicadas las pruebas principales, Cora había dejado otra copia digital fuera de su teléfono y Leire había compartido con Raúl la ruta que pensaban seguir.

Todavía no podía llamarse una estrategia organizada; era la forma en que habían empezado a asumir que alguien podía estar observándolas.

Durante la mayor parte del trayecto no ocurrió nada. Cora hablaba de Duna y de lo poco que le había gustado que una desconocida consiguiera interrogarla en menos de dos minutos de llamada, mientras Leire respondía correos del colegio desde el asiento trasero e Isara conducía.

El coche apareció después de abandonar la autovía.

Isara lo vio en el retrovisor porque se acercó demasiado.

Era oscuro, de tamaño medio y no consiguió distinguir la matrícula. Permaneció pegado a ellas durante varios cientos de metros antes de aumentar ligeramente la distancia.

Isara tomó una salida y el vehículo hizo lo mismo, de modo que Cora dejó de hablar.

—¿Lo estás viendo?

—Sí.

Leire guardó el teléfono.

—¿Creéis que es esa persona?

—No lo sé.

Isara redujo ligeramente la velocidad; el coche la imitó y después volvió a acercarse, mientras Cora sacaba el móvil.

—Voy a grabar.

—Hazlo sin girarte demasiado.

El vehículo pasó al carril izquierdo y aceleró. Durante unos segundos pareció que iba a adelantarlas, pero al llegar a su altura redujo la marcha hasta quedar prácticamente paralelo.

Los cristales delanteros reflejaban el cielo e Isara no consiguió ver a quien conducía. Entonces el vehículo se desplazó hacia ellas y tuvo que corregir la dirección.

—¿Qué coño hace? —dijo Cora.

Leire se agarró al respaldo del asiento delantero.

El coche se separó, aceleró y las adelantó, pero Isara apenas tuvo tiempo de respirar antes de que frenara delante de ellas.

Pisó el freno y el cinturón le clavó el cuerpo contra el asiento. Cora golpeó una mano contra el salpicadero y Leire soltó un grito.

—¿Estáis bien?

—Sí.

Cora ya estaba marcando el 112 cuando el coche volvió a acelerar.

Isara cambió de carril y el otro vehículo hizo lo mismo. Ya no había ninguna posibilidad de considerar aquello una coincidencia: les estaba cerrando el paso.

Cora explicó a emergencias dónde se encontraban mientras Isara intentaba mantener la distancia y buscaba una salida. Vio una estación de servicio unos cientos de metros más adelante.

—Voy a entrar ahí.

El coche oscuro volvió a aproximarse por el lado izquierdo y, esta vez, el espejo de Isara golpeó contra su lateral con un chasquido seco. El plástico salió despedido y Cora gritó.

Isara sujetó el volante.

El vehículo aceleró y por un instante creyó que se alejaba, pero frenó de nuevo unos metros más adelante.

Isara no esperó. Giró hacia la estación de servicio, atravesó el aparcamiento y detuvo el coche junto a los surtidores, donde había cámaras, empleados y varios clientes.

El vehículo continuó por la carretera mientras Cora seguía hablando con emergencias.

Leire abrió la puerta y salió. Isara necesitó unos segundos para soltar el volante porque le dolían las manos de apretarlo.

—Isara.

Cora había terminado la llamada.

—Estoy bien.

—Ya lo sé. Suelta el volante.

Isara miró sus dedos y los abrió lentamente mientras Leire regresaba desde el exterior.

—El retrovisor está roto.

—Lo he oído.

—No ha sido un roce.

Ninguna necesitaba que lo explicara.

El teléfono de Isara vibró y las tres miraron la pantalla.

Era el mismo número e Isara abrió el mensaje.

PARAD AHORA.

Debajo había otra línea.

HOY HE QUERIDO QUE SALIERAIS DE LA CARRETERA VIVAS.

Cora leyó por encima de su hombro y perdió el color de la cara. Leire miró hacia la carretera por la que el coche había desaparecido.

El mensaje cambiaba incluso la interpretación de los minutos anteriores. Ya no podían tranquilizarse pensando que el golpe contra el retrovisor había sido consecuencia de una maniobra mal calculada. Quien lo enviaba afirmaba haber elegido no provocar algo peor.

Isara hizo una captura.

—No lo mandes todavía —dijo Leire.

Isara la miró.

—¿Por qué?

—Porque tenemos que decidir qué vamos a contar.

Cora frunció el ceño.

—Acaban de amenazarnos de muerte.

—Precisamente.

Leire señaló la cafetería de la estación.

—Cinco minutos. Antes de que llegue la patrulla.

Entraron y escogieron una mesa desde la que podían ver el aparcamiento.

Durante unos segundos ninguna habló, hasta que Leire empezó.

—Yo quiero denunciar esto.

—Yo también —dijo Cora.

—Y yo —añadió Isara.

—Entonces eso está claro. Pero no quiero que la siguiente pregunta sea «¿por qué os persigue?» y terminemos entregando la historia de mis padres, la chapa, las cartas de Cora, las cuentas de sus padres y los nombres de mujeres que ni siquiera saben todavía que las estamos buscando.

Cora apoyó los brazos sobre la mesa.

—Si no explicamos nada, parecerá que ocultamos el motivo.

—No he dicho que no expliquemos nada.

Leire miró a Isara.

—Cuéntales solo lo que podemos contar sin hablar por los demás.

Isara entendió lo que quería decir. Podía entregar la fotografía encontrada en casa de Celia, los mensajes que había recibido y todo lo relacionado con la ventanilla rota, el seguimiento y el coche.

Sin embargo, las cartas de las familias biológicas hablaban de otras personas, la transferencia afectaba también a los padres de Cora, la caja de Leire estaba en casa de los suyos y Duna ni siquiera sabía todavía por qué estaban yendo a verla.

—Decimos que estamos investigando una historia familiar relacionada con La Esperanza —dijo Isara—. Que desde que empezamos alguien intenta que paremos y que creemos que conoce hechos de 1989.

Leire asintió.

—Eso es verdad.

Cora seguía pensativa.

—¿Y las seis niñas?

—Podemos explicar que hemos encontrado indicios de que algunas personas dadas por fallecidas podrían seguir vivas —respondió Isara—. Pero no tenemos por qué entregar ahora cada nombre, cada familia y cada documento.

—Hasta que sepamos qué significa todo esto —añadió Leire.

Cora miró el mensaje en el teléfono.

—Y si encontramos algo que parezca un delito serio.

Leire guardó silencio y dejó que Isara terminara la frase.

—Lo volvemos a hablar.

Cora asintió.

—Vale.

Leire respiró algo más tranquila.