Solo una murió Capítulo 14 — Antes del fuego #2
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Capítulo 14 — Antes del fuego #2

—Esto no lo ha dejado para ayudarnos.

Isara lo sabía.

En el borde inferior de la imagen aparecía una fecha.

18 NOV. 1989.

No había hora.

Celia estaba junto a la salida de servicio, rodeada de bolsas, el mismo día en que las seis rutas debían ponerse en marcha.

Isara sintió el impulso de coger la fotografía y tuvo que obligarse a retirar la mano.

—Voy a llamar a la policía.

—Hazlo.

Leire había salido de casa y se quedó inmóvil al ver el coche.

—¿Qué ha pasado?

Cora señaló el asiento sin tocar nada.

Leire se acercó lo justo para mirar y su expresión cambió al reconocer las bolsas.

—Son así.

Isara la miró.

—¿Estás segura?

Leire no contestó enseguida.

—No de esas bolsas concretas. Pero eso es lo que intento explicaros desde dentro.

Se llevó una mano a la boca.

—Ropa preparada. Bolsas en el suelo. Adultos moviéndolas.

La fotografía no demostraba que el recuerdo de Leire fuera exacto en todos sus detalles, pero unía dos cosas que hasta aquel momento habían permanecido separadas: los preparativos que una niña recordaba y Celia presente junto a ellos.

El teléfono de Isara vibró con un mensaje del mismo número.

Antes de abrir el mensaje ya sabía que estaba relacionado con lo que tenían delante.

Lo abrió y encontró una única frase.

TU MADRE SABÍA CUÁNDO PARAR.

Isara permaneció mirando la pantalla mientras Cora leía por encima de su hombro.

—Hijo de puta.

Leire recorrió la calle con la mirada.

—Está cerca.

Quizá. O quizá había dejado la fotografía minutos antes y ya se había marchado.

Isara llamó a la policía y después envió una captura del mensaje al mismo contacto que llevaba los anteriores. Mientras esperaba, volvió a mirar la copia dentro del coche.

La persona que las vigilaba había cambiado otra vez la forma de actuar. Primero entró en casa de Celia; después observó, avisó a una familia y utilizó a la hija de Leire. Ahora había roto el coche de Isara y había llegado lo bastante cerca para depositar algo en su asiento.

Ya no intentaba convencerlas, sino marcar hasta dónde podía llegar.

—Isara —dijo Cora.

Ella seguía mirando a Celia.

—Estoy bien.

—No te he preguntado eso.

Isara apartó finalmente los ojos de la fotografía.

—Porque sabes que te diría que sí.

—Exactamente.

Leire permanecía unos pasos más atrás.

—¿Sabías que tu madre estaba allí?

—Sabía que tuvo relación con La Esperanza.

—No te he preguntado eso.

Isara la miró. Leire no había formulado la pregunta con crueldad.

—No —respondió—. No sabía esto.

La policía llegó unos minutos después. Fotografió el vehículo, recogió la impresión utilizando una funda y tomó nota del nuevo mensaje.

La copia, al ser moderna, difícilmente permitiría saber cuándo se había obtenido la imagen original o quién la conservaba, pero quedó incorporada a la denuncia junto con los daños del coche.

Cuando uno de los agentes preguntó si Isara reconocía a la segunda persona, respondió que no porque de verdad no podía identificarla.

Ni siquiera podía asegurar que quien aparecía junto a Celia fuera la misma persona que ahora las amenazaba. El remitente podía conservar aquella fotografía por muchos motivos, haberla recibido de otro lugar o utilizarla únicamente porque sabía lo que provocaría.

Pero había algo que la imagen sí demostraba: Celia había estado junto a aquellas bolsas el día previsto para las salidas. Su relación con lo ocurrido en La Esperanza empezaba antes de cualquier reconstrucción posterior de los hechos.

Cuando terminaron con la policía, Raúl llegó para recoger a Leire y Cora llamó a un taller para solucionar la ventanilla. Ninguna de las dos permitió que Isara regresara sola.

Ella no discutió.

Durante el trayecto de vuelta, Cora condujo y dejó la radio apagada.

—Puede estar mintiendo —dijo al cabo de un rato.

Isara miraba por la ventanilla.

—¿Quién?

—La persona que nos manda esto. Puede estar intentando que pienses lo peor de Celia.

—Lo está intentando.

—No es lo mismo que conseguirlo.

Isara volvió la cabeza.

—La fotografía existe.

—Sí.

—Celia estaba allí.

—Sí.

—Con las bolsas que iban a sacar ese día.

Cora agarró el volante con más fuerza.

—Eso no nos dice por qué.

Isara permaneció en silencio.

Era extraño escuchar a Cora ocupando por una vez el lugar de la prudencia.

—No —admitió—. No nos lo dice.

La fotografía podía tener muchas explicaciones. Celia podía estar ayudando a preparar un traslado que creía legítimo, obedecer instrucciones o desconocer dónde acabarían aquellas niñas. También podía saber mucho más.

Isara ya no estaba dispuesta a elegir la explicación que menos dolía únicamente porque se tratara de su madre.

Al llegar a San Tirso pidió a Cora que la dejara en el taller.

—Me quedo contigo.

—No hace falta.

—Me quedo. No voy a dejarte sola esta noche.

Isara no discutió.

Dentro, encendió el ordenador y abrió la carpeta donde había ido reuniendo todo lo relacionado con Celia.

Hasta aquel momento, casi todos los documentos estaban organizados según lo que su madre había dejado para que ellas encontraran.

Aquella noche creó una carpeta nueva y, en lugar de llamarla «pistas» o «La Esperanza», escribió simplemente:

CELIA — 1989.

Cora observó la pantalla desde detrás de ella.

—¿Qué vas a hacer?

Isara abrió la copia de la fotografía que la policía le había permitido conservar en el teléfono.

—Lo mismo que con todo lo demás.

—¿Comprobarlo?

—Sí.

La palabra sonó distinta esta vez, porque hasta entonces había investigado lo que Celia había ocultado y, a partir de aquella fotografía, tendría que empezar a investigar también lo que Celia había hecho.