Capítulo 14 — Antes del fuego
Leire tardó cinco días en volver a llamarlas.
Durante ese tiempo no apareció ningún mensaje nuevo y nadie volvió a fotografiar su casa.
La policía había tomado declaración a la familia, recogido las imágenes enviadas al teléfono de Isara y recomendado varias precauciones que Leire aplicó sin discutir, aunque se negó a modificar por completo las rutinas de sus hijos.
—Si empiezo a tratarlos como si estuvieran en peligro cada vez que salen de casa, esa persona ya habrá conseguido algo —dijo cuando llamó.
Después añadió que necesitaba verlas.
Isara y Cora regresaron a Tudela aquella misma tarde.
Se reunieron en casa de Leire. Raúl estaba trabajando y los hijos no volverían hasta varias horas después. Sobre la mesa del comedor no había fotografías, fichas ni carpetas, solo tres cafés y un cuaderno cerrado.
Leire esperó a que se sentaran.
—He recordado algo.
Cora dirigió una mirada rápida hacia Isara, pero ninguna preguntó enseguida.
—No sé si recordado es la palabra correcta —continuó Leire—. Desde que abrimos la caja me vuelve una escena. Puede que siempre haya estado ahí y no le hubiera prestado atención, o puede que ahora esté intentando ordenar cosas que sé porque vosotras me las habéis contado.
—No hace falta que decidas qué es todavía —dijo Isara.
Leire asintió.
—Por eso no quería hablaros inmediatamente.
Puso una mano sobre el cuaderno.
—Lo escribí la primera noche. Antes de volver a mirar la fotografía y sin preguntarle nada a mis padres. Trabajo con niños. Sé lo fácil que es cambiar un recuerdo cada vez que lo cuentas.
Cora miró el cuaderno.
—¿Quieres que lo leamos?
—No todavía. Primero quiero contároslo.
Leire se acomodó en la silla y cerró los ojos durante unos segundos.
—Hay bolsas.
Isara no se movió.
—No maletas. Bolsas de viaje. Algunas eran de tela y creo que había una de plástico grueso, pero eso puede estar mezclándose con otra cosa. Lo que recuerdo mejor es la ropa encima de las camas.
Abrió los ojos.
—Doblada.
Cora se inclinó hacia delante.
—¿En la habitación seis?
—Creo que sí. Hay camas de hierro y una ventana. Eso coincide demasiado con la fotografía para que pueda asegurar que no estoy tomando la imagen de ahí, así que prefiero no utilizar esa parte.
Isara agradeció que Leire separara lo que podía reconstruir de lo que sentía como propio.
—¿Y qué parte sí reconoces como recuerdo?
Leire tardó un poco.
—La sensación de que iban a llevarnos a algún sitio.
Cora respiró más despacio.
—¿A las seis?
—No lo sé.
La respuesta llegó sin vacilar.
—No veo seis bolsas. Veo varias. Recuerdo adultos entrando y saliendo y que a nosotras nos pedían que no desordenáramos la ropa. Alguien había preparado cosas para llevarse.
—¿Quién? —preguntó Cora.
Leire negó.
—No veo caras.
Miró a Isara.
—Hay una frase.
—Dila como la recuerdes.
—«Pronto vais a salir».
La habitación quedó en silencio mientras Leire se frotaba las manos.
—No sé quién la dijo. Tampoco sé si dijo exactamente «vais» o «vas». Eso puede haber cambiado. Pero la idea era esa: que saldríamos pronto.
Isara pensó en la hoja escondida detrás de la fotografía de Cora.
17 NOV. 1989.
SALIDAS — 18 NOV.
Hasta aquel momento, la hoja demostraba que alguien había organizado unos desplazamientos. El recuerdo de Leire añadía algo distinto: las niñas también habían percibido que se preparaba una marcha antes de que comenzara el incendio.
—¿Recuerdas fuego en esa escena? —preguntó Isara.
—No.
—¿Humo?
—No.
—¿Gente corriendo?
Leire volvió a negar.
—Eso es precisamente lo que me hizo llamaros.
Abrió el cuaderno.
—Lo escribí así.
Leyó unas pocas líneas.
—«Todo está tranquilo. Hay bolsas. Hay ropa doblada. Los adultos entran y salen. No parece que esté pasando nada malo. Alguien dice que pronto vamos a salir».
Cerró el cuaderno.
—Si esto es un recuerdo verdadero, ocurrió antes.
Cora apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Antes del incendio.
—Sí.
Ninguna necesitó mencionar la hoja de rutas.
Isara volvió a pensar en la fecha. Ya sabían que los destinos habían sido asignados el día anterior al fuego. Ahora una de las niñas recordaba preparativos dentro del centro cuando todavía no existía ninguna emergencia que pudiera justificarlos.
—¿Recuerdas tu bolsa? —preguntó.
Leire arrugó la frente.
—Quizá una azul. Pero no quiero que pongáis eso en ninguna parte. No estoy segura.
—No lo pondremos como un dato.
—Gracias.
Cora sonrió ligeramente.
—Estás empezando a hablar como Isara.
—Una en el grupo es más que suficiente.
La respuesta hizo reír a Cora y aflojó durante unos segundos la tensión de la habitación.
Después Leire abrió de nuevo el cuaderno.
—Hay otra cosa.
Isara esperó.
—Zapatos.
—¿Qué pasa con ellos?
—Creo que nos hicieron dejarlos preparados.
Cora frunció el ceño.
—¿Junto a las bolsas?
—No exactamente. Tengo la sensación de estar sentada en una cama poniéndome unos zapatos cuando todavía no tocaba dormir ni salir. Pero esa parte está muy rota.
Leire dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Esto es lo que quería evitar. Cuanto más intento agarrarlo, más empieza mi cabeza a construir una escena completa, y no quiero hacerlo.
—Entonces paramos ahí —dijo Isara.
Cora no protestó y Leire pareció agradecérselo.
Durante los días anteriores, Isara había comprendido que la profesión de Leire iba a resultar tan útil como la impulsividad de Cora o su propia experiencia con fotografías.
Leire no podía recuperar por voluntad lo que una niña de seis años había olvidado, pero sí sabía reconocer cuándo un adulto empezaba a rellenar los huecos.
Y, con lo poco que conservaba, podían seguir avanzando.
No para explicar por qué iban a salir, quién las esperaba ni si las seis niñas habían sido preparadas de la misma manera. Sí servía para separar los preparativos del incendio.
Las bolsas estaban allí antes, y Cora fue quien formuló la consecuencia.
—Entonces el fuego no hizo que alguien decidiera sacaros.
Leire la miró.
—Eso parece.
Isara cogió el teléfono y abrió la fotografía de la hoja de rutas.
—La decisión ya estaba escrita el día anterior.
Leire contempló las seis líneas.
—Y alguien había empezado a preparar nuestras cosas.
Isara guardó el móvil.
Seguían sin saber qué significaban realmente aquellas salidas.
Podían haber sido traslados, encuentros con familias, puntos intermedios o cualquier otra cosa para la que todavía no tenían una explicación completa.
Sin embargo, una posibilidad había desaparecido: ya no podían considerar que las niñas hubieran terminado en distintos lugares simplemente como consecuencia improvisada del incendio.
Los preparativos habían empezado antes, una idea que siguió presente mientras Cora se levantaba para servirse otro café.
—Quiero hacer una pregunta y prometo intentar no estropear ningún recuerdo.
Leire la miró con resignación.
—Solo esa introducción ya me preocupa.
—¿Recuerdas a Celia?
Isara volvió la cabeza hacia Cora mientras Leire se tomaba unos segundos antes de responder.
—No.
—¿Nada?
—He dicho que no.
Cora levantó las manos.
—Vale.
Leire miró entonces a Isara.
—¿Tú la recuerdas de allí?
La pregunta la sorprendió.
Isara buscó en las imágenes dispersas que desde el principio se le aparecían sin orden: frío, una pared áspera, una muñeca agarrada por alguien, estrellas vistas desde algún lugar que no conseguía situar.
Celia no estaba en ninguna.
—No.
—Pero sabemos que estaba relacionada con La Esperanza.
—Sí.
Isara pronunció la respuesta con más dificultad de la que esperaba.
Desde la muerte de su madre había descubierto que Celia conocía el centro, que había conservado las fichas, que sabía que las cartas no llegaban y que había podido reconstruir parte de las rutas. Amparo también la había situado dentro de aquella historia.
Aun así, Isara seguía separando mentalmente dos versiones de su madre: la mujer que la había criado y la Celia de 1989, todavía borrosa, de la que apenas tenía hechos concretos.
No sabía cuánto tiempo podría seguir haciéndolo cuando Leire cerró el cuaderno.
—Por hoy no tengo más.
No intentaron sacar nada adicional.
Antes de marcharse, Isara fotografió únicamente las páginas que Leire había escrito aquella primera noche. Leire conservó el cuaderno y dejó claro que cualquier recuerdo nuevo seguiría el mismo procedimiento: anotarlo primero, hablar después.
Cora la abrazó al despedirse.
Fue un abrazo rápido, todavía sin la familiaridad de quienes llevan años conociéndose, pero tampoco con la distancia de la primera visita.
—Te escribo cuando lleguemos —dijo.
—Y si recibís algo, me lo decís.
—Todo.
Leire miró a Isara.
—Todo.
—Todo —confirmó ella.
Salieron a la calle poco antes de las siete e Isara se detuvo antes de llegar al coche, al ver el cristal roto.
La ventanilla del conductor estaba hundida hacia el interior y había pequeños fragmentos de vidrio sobre el asiento, en el suelo y junto a la puerta. No faltaba ninguna rueda, el capó estaba intacto y, desde donde se encontraba, no veía ningún otro daño.
Cora dejó de caminar.
—No te acerques.
Isara ya había sacado el teléfono.
Fotografió el coche desde varios ángulos antes de avanzar lo suficiente para mirar dentro.
No habían registrado el vehículo. La carpeta con copias que había dejado escondida en el maletero seguía fuera de la vista y la guantera estaba cerrada.
Sobre el asiento del conductor había una fotografía.
Era una impresión reciente de una imagen de 1989.
Isara no la tocó y Cora se colocó a su lado.
—¿Es Celia?
Sí.
Isara la reconoció antes de fijarse en nada más.
Su madre tendría poco más de treinta años. Llevaba el pelo más largo de como Isara la había conocido y un jersey oscuro que le resultaba completamente ajeno. Estaba de pie junto a una puerta que Isara reconoció después: la salida de servicio de La Esperanza.
En el suelo había varias bolsas y Celia sostenía una de ellas.
A su lado aparecía otra persona, casi fuera del encuadre. Se veía parte de un brazo, un hombro y apenas el perfil de la cabeza, demasiado poco para identificarla o extraer ninguna conclusión segura.
Cora miró primero la fotografía y después el cristal roto.