Solo una murió Capítulo 13 — La tercera niña #2
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Capítulo 13 — La tercera niña #2

—No. Quiero que la hagas tú bien. La chapa, la bolsa, la caja, todo como estaba. Y después se queda aquí.

—Por supuesto.

—No pienso llevarme la prueba y dejar a mis padres sin lo único que demuestra cómo llegué.

Isara asintió; aquella forma de proteger el origen de la pieza también le gustó de Leire.

Durante casi una hora fotografió el contenido de la caja, la chapa junto a una regla de escala y después el número sin tocar el metal más de lo necesario. También fotografió la ficha de Elena al lado, no como si fueran un único documento, sino dejando claro que pertenecían a procedencias distintas.

Mientras trabajaba, Cora habló con los padres de Leire sobre la llamada que habían recibido.

No consiguieron mucho más: la persona había utilizado un número oculto, no se había presentado y sabía que una niña había llegado a aquella casa a finales de 1989.

Conocía el nombre Elena, aunque no había mencionado La Esperanza, y había insistido en que no enseñaran documentos ni recuerdos a nadie.

—Parecía saber mucho —dijo la madre.

—¿Sobre Leire? —preguntó Cora.

—Sobre aquello. Sobre cómo había llegado.

El padre añadió:

—Pero no preguntó por ella. Eso me pareció raro después.

Isara levantó la vista desde la mesa.

Encajaba con lo que ya habían pensado: la persona que las vigilaba conocía la ruta antigua, no necesariamente la vida actual de Elena, hasta que las siguió.

Cuando terminaron, Leire acompañó a Isara y Cora al jardín. Raúl se quedó dentro con sus suegros.

—Quiero seguir —dijo Leire.

Cora no pudo evitar sonreír.

—Eso ha sonado bastante claro.

—No he terminado.

Cora cerró la boca.

—Quiero seguir, pero no voy a hacerlo como vosotras.

—¿Cómo lo hacemos nosotras? —preguntó Isara.

—Como si vuestra vida pudiera ponerse en pausa hasta que esto termine.

Cora abrió la boca otra vez, pero Leire levantó una mano.

—Tengo que trabajar. Tengo dos hijos. Mis padres ya están asustados y mi marido acaba de descubrir que alguien nos está vigilando por algo que ocurrió cuando yo tenía seis años. No voy a ir corriendo detrás de cada pista.

Isara asintió.

—Bien.

—Y si aparece algo que afecte a mis hijos, quiero saberlo antes de que decidáis qué hacer.

—También.

Leire miró a Cora.

—¿Tú aceptas?

—Estoy haciendo un esfuerzo enorme por parecer una persona madura.

Leire sonrió.

—Lo tomaré como un sí.

Isara iba a responder cuando su teléfono vibró. Las tres miraron la pantalla y reconocieron el mismo número, aunque esta vez no había una fotografía de ellas.

La imagen mostraba la entrada de la casa de Leire en Tudela, la de su vida actual. Raúl estaba junto al coche y, unos metros más allá, la hija de Leire caminaba hacia la puerta con una mochila colgada del hombro. La fotografía había sido tomada desde lejos, probablemente aquella misma mañana.

Leire dejó de sonreír cuando Isara abrió el mensaje.

TRES.

NO HAbrÁ UNA CUARTA.

Nadie habló durante varios segundos.

Leire cogió el teléfono de las manos de Isara. Amplió la fotografía hasta reconocer a su hija y después miró hacia la calle.

—¿Cuándo ha hecho esto?

Isara observó la ropa de la chica, el cielo y las sombras.

—Hoy.

Cora ya estaba mirando alrededor.

—Puede seguir aquí.

Leire volvió a la pantalla.

El miedo apareció de una manera que Isara no había visto el día anterior y ya no tenía que ver con descubrir que se llamaba Elena ni con poner en duda la historia de sus padres, sino con alguien que no tenía ninguna relación con 1989.

—Voy a llamar a Raúl.

Entraron de nuevo en la casa.

Mientras Leire hablaba con su marido, Isara guardó la imagen y el mensaje en la carpeta de pruebas y los remitió al mismo contacto policial al que había enviado los anteriores.

Añadió que la amenaza había escalado al incluir la imagen de una familiar que no participaba en la investigación y que parecía tomada aquella mañana.

Cora estaba furiosa.

—Esto ya no es una advertencia.

—No.

—Está utilizando a su hija.

Isara miró hacia Leire.

Había terminado la llamada y permanecía de pie junto a la ventana.

Cuando volvió con ellas, tenía la cara pálida.

—Mis hijos no entran en esto.

—No —dijo Isara.

—Ni sus nombres, ni sus colegios, ni dónde están. Nada.

—De acuerdo.

—Y quiero que la policía sepa que esa persona ha fotografiado a mi hija.

—Ya lo sabe.

Leire la miró.

—¿Tan rápido?

—No pensaba esperar.

Leire pareció agradecer la forma de actuar de Isara sin discutirla.

Cora se acercó.

—Si quieres parar, paramos contigo.

Leire miró la chapa que seguía sobre la mesa del comedor, visible a través de la puerta abierta. Después volvió a mirar la fotografía de su hija en el teléfono.

Isara creyó durante un instante que iba a retirarse, y habría sido razonable.

En cambio, Leire respiró hondo.

—Eso es lo que quiere.

Cora no respondió.

—Ayer llamó a mis padres para que no os escuchara. Hoy mete a mi hija en esto para que me calle. No sé quién es, pero sabe demasiado sobre cómo llegué aquí.

Se volvió hacia Isara.

—Voy a seguir.

—No tienes que demostrar nada.

—No estoy demostrando nada. Estoy poniendo condiciones.

Cogió el teléfono de Isara y se lo devolvió.

—No voy a investigar sola. No vais a venir a mi casa sin avisar. Todo lo que encontremos se copia y se entrega a la policía si puede servir. Y si esa persona vuelve a acercarse a mi familia, paramos lo que estemos haciendo en ese momento y nos ocupamos primero de eso.

Cora asintió.

—Me parece bien.

Leire la miró.

—Y no llames a nadie relacionado conmigo sin decírmelo.

Cora tardó un segundo más.

—También.

—Entonces estoy dentro.

Leire no dijo «soy Elena»; la forma en que miró la chapa ya había respondido por ella.

Sobre la mesa quedaban una ficha fotografiada por Celia, una ruta escrita antes del incendio y una pequeña chapa que había viajado con una niña de seis años hasta la casa en la que crecería.

Tres caminos distintos habían terminado en la misma mujer.

Isara miró a Leire y comprendió que acababan de encontrar a la tercera.

Quien las vigilaba también lo sabía y ya no intentaba convencerlas de que se detuvieran: había empezado a enseñarles qué podían perder si seguían.