Capítulo 13 — La tercera niña
Leire llamó poco después de las nueve de la mañana.
Isara estaba abriendo el taller cuando vio su nombre en la pantalla. Durante un instante pensó que habría cambiado de opinión después de dormir, pero la voz de Leire sonó más firme que el día anterior.
—La caja sigue allí.
Isara dejó las llaves sobre la mesa.
—¿Has hablado con tus padres?
—Anoche. Mi madre no durmió mucho y yo tampoco.
Hubo una pausa breve.
—Quiere que vayáis.
Cora apareció media hora después y, cuando Isara le contó la llamada, no celebró haber tenido razón ni preguntó cuánto tardarían en llegar a Tudela. Se limitó a coger el abrigo.
—Vamos.
La casa de los padres de Leire estaba en las afueras, en una calle de viviendas bajas construidas hacía décadas y reformadas a medida que las familias habían podido permitírselo.
El jardín delantero tenía un limonero demasiado grande para el espacio disponible y una mesa de plástico cubierta con una lona.
Junto a la puerta había varios pares de zapatos infantiles embarrados que no podían pertenecer ya a ninguno de los hijos de la casa.
—Nietos —explicó Leire al ver que Isara los miraba—. Aquí siempre hay alguien entrando o saliendo.
Aquello se notaba también dentro. Había fotografías por todas partes, no colocadas con ningún criterio especial, sino acumuladas durante años: comuniones, bodas, excursiones, nietos recién nacidos, los cuatro hermanos en distintas edades y una imagen reciente en la que Leire aparecía junto a sus padres y tres adultos más.
La mujer de la fotografía era la misma que abrió la puerta.
Tendría más de setenta años, quizá cerca de ochenta, y abrazó a Leire antes de mirar a las otras dos.
—Vosotras sois Isara y Cora.
Lo dijo con seguridad, sin esperar confirmación.
—Sí —respondió Isara.
—Pasad. Mi marido está dentro.
El padre de Leire las esperaba en el comedor. Se levantó despacio cuando entraron y les dio la mano a las dos. No parecía enfadado, pero tampoco cómodo.
Leire se sentó junto a sus padres, Raúl ocupó una silla algo apartada e Isara y Cora quedaron frente a ellos.
Durante unos segundos nadie habló, hasta que la madre de Leire rompió el silencio.
—Ayer nos enseñó la fotografía.
Miró a su hija.
—Yo no habría sabido decir que eras tú.
Leire sonrió sin humor.
—Yo tampoco puedo decirlo todavía.
—Ya.
La mujer volvió la vista hacia Isara.
—Pero la edad coincide.
—Sí.
—Y Tudela.
—También.
El padre de Leire se inclinó hacia delante.
—Nosotros no sabíamos nada de ese sitio.
—¿La Esperanza?
—Nunca oí ese nombre hasta ayer.
Isara había aprendido a desconfiar de las preguntas demasiado amplias. En lugar de pedirles que reconstruyeran treinta y siete años, preguntó por lo único que necesitaban saber primero.
—¿Qué os dijeron cuando Leire llegó con vosotros?
Los padres se miraron.
—Que era una niña que necesitaba una familia —respondió la madre—. Nosotros llevábamos años ayudando en la parroquia y habíamos acogido alguna vez a niños durante temporadas cortas. Nada parecido a una adopción. Un verano, unos días, cosas así.
—¿Y con Leire iba a ser temporal?
—Al principio no nos dijeron gran cosa. Todo fue muy rápido.
El padre movió la cabeza.
—Demasiado rápido, visto ahora.
Leire lo miró.
—Nunca me habíais dicho eso.
—Porque no nos parecía extraño entonces.
Se quedó un momento pensando.
—Nos dijeron que la situación familiar estaba cerrada y que la niña no podía volver. Nosotros preguntamos si tenía padres. Nos dijeron que no había posibilidad de reintegración.
—¿Quién os lo dijo? —preguntó Cora.
El hombre frunció el ceño.
—No sabría darte un nombre después de tantos años.
—¿Una persona del centro?
—No lo sé.
La madre intervino.
—Vino un hombre una vez. No a traerla, antes. Habló con nosotros y explicó cómo iba a hacerse todo. Después hubo una gestoría, papeles y visitas.
Isara sintió la atención de Cora a su lado, pero ninguna preguntó por el hombre. Todavía no tenían un nombre que ofrecer ni una razón para convertir aquel recuerdo impreciso en algo más de lo que era.
—¿Pagasteis algo? —preguntó Cora.
Leire giró la cabeza hacia Cora, que no se disculpó, y fue la madre quien respondió primero.
—Los trámites.
—¿Una cantidad grande?
—No.
El padre negó también.
—No teníamos una cantidad grande.
No había vergüenza en la frase, solo un hecho.
—Pagamos papeles, desplazamientos, alguna gestión. No recuerdo exactamente cuánto, pero desde luego nada parecido a comprar una casa o a algo que nos hubiera resultado imposible.
Cora asintió sin insistir, algo que Isara agradeció porque la experiencia de Cora no tenía por qué repetirse exactamente en todas las familias.
La madre de Leire se levantó.
—La caja está arriba.
Leire hizo ademán de acompañarla, pero la mujer le puso una mano en el hombro.
—Déjame.
Regresó unos minutos después con una caja de cartón que alguna vez había contenido unas botas. En la tapa había escrito LEIRE con rotulador negro.
La dejó sobre la mesa.
—No la abría desde que os mudasteis —dijo mirando a su hija—. Quizá antes.
Leire no tocó la tapa.
—¿Por qué guardaste todo esto?
Su madre pareció sorprendida.
—Porque era tuyo.
La respuesta fue tan sencilla que Leire bajó la mirada.
La mujer abrió la caja.
Dentro había muy poco: un jersey infantil doblado, una cinta azul para el pelo, un muñeco de tela al que le faltaba parte de una oreja y una bolsa pequeña de algodón amarillento cerrada con un cordón.
Leire cogió el muñeco.
—No me acuerdo de esto.
—Dormías con él cuando llegaste.
—¿Lo llevaba conmigo?
—Sí.
Leire pasó el pulgar por la tela desgastada.
—Nunca me lo enseñaste.
—Cuando eras pequeña sí. Luego dejaste de preguntar por esas cosas y yo pensé que era mejor no obligarte a mirar atrás.
Leire dejó el muñeco en la caja. No parecía enfadada, solo sorprendida de que una parte de su propia infancia hubiera permanecido tan cerca sin que necesitara verla.
Isara no tocó nada. Esperó hasta que la madre sacó la bolsa de algodón.
—Esto venía con la ropa.
La abrió y volcó sobre la mesa dos botones, una horquilla, una moneda antigua sin valor y una pequeña pieza metálica.
Leire la vio antes que Isara.
—Eso.
Su madre asintió.
—Eso era lo del número.
La pieza era una chapa estrecha de aluminio, del tamaño de una uña grande, con un pequeño agujero en un extremo. Debía de haber estado atada o cosida a algo. El metal estaba rayado y tenía los bordes redondeados por el uso.
En el centro había cinco cifras estampadas.
Isara reconoció la secuencia antes de sacar ninguna fotografía; había pasado demasiadas horas mirando aquel número.
Cora se quedó inmóvil.
Leire miró primero la chapa y después a Isara.
—¿Qué pasa?
Isara abrió la carpeta que llevaba consigo y sacó la copia de la ficha de Elena. La giró para que Leire pudiera verla.
En la esquina superior estaba el número de ingreso.
Eran las mismas cinco cifras, y Leire acercó la chapa al papel.
El número coincidía por completo; no se trataba de unas cuantas cifras parecidas.
Su padre dejó escapar el aire.
—Eso venía con ella.
Isara levantó la mirada.
—¿Estás seguro?
—Completamente. Estaba atado a la bolsa. Tu madre lo quitó porque le arañaba la mano cada vez que metía algo dentro.
La mujer asintió.
—Lo guardé dentro sin pensar para qué servía.
Cora miró a Isara.
Ninguna discutió sobre probabilidades. La ficha que Celia había fotografiado tras el incendio, y cuyo negativo habían digitalizado, asignaba aquel número a Elena; la hoja de rutas vinculaba el mismo número con Tudela; y una familia que no conocía a Celia, que había conservado desde 1989 los objetos con los que recibió a su hija, tenía físicamente una chapa con ese mismo número.
Las tres vías se encontraban en Leire.
Isara sintió que la comprobación tenía un peso distinto de todo lo anterior.
Con Cora habían contado con la cicatriz y con Teresa; con ella misma seguían acumulando piezas que procedían en buena parte de Celia.
La chapa, en cambio, había permanecido durante treinta y siete años dentro de una caja que Celia nunca había controlado.
—Leire —dijo.
La mujer seguía mirando la chapa.
—Ya.
—No iba a decir nada más.
—Menos mal.
La voz le salió débil, pero sonrió apenas mientras Raúl acercaba una mano a su espalda sin abrazarla. Leire cogió la chapa y la sostuvo entre dos dedos.
—Entonces era Elena.
Leire lo dijo como una conclusión y su madre cerró los ojos.
—Parece que sí.
Leire negó despacio.
—No. Ya no parece.
Miró a Isara.
—¿No es eso lo que necesitabais? Una segunda comprobación.
Isara sintió algo parecido al orgullo y enseguida se dio cuenta de que no tenía ningún derecho a sentirlo.
—Sí.
—Pues ahí está.
Leire dejó la chapa sobre la mesa y durante unos minutos nadie intentó llenar el silencio, hasta que su madre fue la primera en romperlo.
—¿Te hemos hecho daño?
Leire levantó la cabeza.
—¿Vosotros?
—Al traerte aquí.
Aquella pregunta cambió su expresión.
—Mamá, no.
—Pero si había una familia...
—No lo sabíais.
—No lo sé.
Leire se levantó y se sentó junto a ella.
—Yo sí sé una cosa. He sido vuestra hija toda mi vida.
La mujer empezó a llorar y Leire le cogió las manos.
—Eso no desaparece porque antes me llamara Elena.
Su padre permanecía callado hasta que Leire lo miró.
—Ni tú tampoco.
El hombre asintió una sola vez.
Isara apartó la vista hacia la ventana y pensó en Celia.
En lo fácil que habría sido convertir todo aquello en una historia sencilla si las familias que recibieron a las niñas hubieran sido monstruos y las familias que las perdieron hubieran sido únicamente víctimas perfectas.
Lo que empezaba a aparecer era más incómodo: había adultos que habían mentido, otros que quizá habían preferido no preguntar demasiado y algunos que podían haber actuado convencidos de que todo terminaría regularizándose.
Todavía no sabían qué había detrás de aquellas salidas ni hasta dónde llegaba la responsabilidad de cada uno.
Leire regresó a su silla después de unos minutos.
—Quiero una fotografía de todo.
Isara la miró.
—Podemos hacerlo aquí.