Solo una murió Capítulo 12 — Leire
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Capítulo 12 — Leire

Leire las estaba esperando junto a la puerta cuando llegaron a Tudela, aunque no porque hubiera aceptado creer una sola palabra de lo que Cora le había contado por teléfono.

Tardaron dos días en llegar hasta ella. Las iniciales de la hoja de rutas habían resultado mucho menos precisas de lo que parecieron al descubrirlas.

Cora encontró varias coincidencias en antiguas guías telefónicas y en la hemeroteca local, descartó familias que no encajaban por fechas y terminó siguiendo un apellido que reaparecía años después vinculado a una mujer llamada Leire, maestra de primaria y de una edad compatible con Elena.

No demostraba que Leire fuera Elena, pero justificaba intentar el contacto.

Cora no apareció en ninguna puerta sin avisar. Llamó al colegio, dejó únicamente su nombre y un teléfono y pidió que Leire se pusiera en contacto con ella si quería hacerlo. La llamada llegó aquella misma tarde.

Habían hablado menos de diez minutos. Cora le explicó que buscaban a una niña llamada Elena, de seis años en 1989, relacionada con un hogar infantil llamado La Esperanza. Mencionó Tudela, las iniciales y la fotografía.

Leire no preguntó por la fotografía, sino por quién les había dado su nombre.

Cora le explicó cómo habían llegado hasta ella, pero la mujer apenas la dejó terminar.

—Esta mañana alguien avisó a mis padres de que podíais aparecer.

Aquella llamada fue la razón por la que Isara condujo a Navarra a la mañana siguiente.

La casa de Leire estaba en una calle tranquila, no muy lejos del colegio donde trabajaba. Había dos bicicletas apoyadas junto al garaje y una mochila deportiva en uno de los escalones. Nada de lo que Isara veía tenía relación con 1989, y eso fue precisamente lo primero que le impresionó.

Durante días habían hablado de Elena como un nombre escrito en una ficha, una niña de seis años dentro de una fotografía y un número conectado con Tudela. La mujer que las esperaba tenía una casa, un trabajo, una familia y una mañana de sábado que ellas acababan de alterar.

Leire tendría poco más de cuarenta años.

Llevaba vaqueros, un jersey ancho y el pelo recogido de cualquier manera, como alguien que había empezado el día haciendo cosas antes de recibir visitas.

No se parecía a Cora ni a Isara, pero cuando Isara pensó en la niña de la fotografía encontró algo reconocible en la forma de los ojos.

El parecido no demostraba nada y no dijo una palabra.

—Pasad —dijo Leire.

No sonó hostil, aunque tampoco amable.

Un hombre apareció desde el salón mientras se quitaba unas gafas. Leire lo presentó como Raúl, su marido.

—Sabe por qué estáis aquí.

Cora miró a Isara antes de sentarse.

Sobre una estantería había fotografías familiares. Leire con Raúl, dos niños en distintas edades, cumpleaños, excursiones, una comida con muchas personas alrededor de una mesa y otra imagen en la que aparecían cuatro hermanos adultos junto a una pareja anciana.

Isara se demoró unos segundos en aquella última y Leire lo advirtió.

—Mis padres y mis hermanos.

No dijo adoptivos ni pareció necesitar hacerlo.

—Mis padres ya tenían tres hijos cuando llegué —añadió—. Nunca entendí cómo hicieron sitio para una cuarta con el dinero que había en casa.

Raúl sonrió.

—Según tu madre, poniendo otra patata en el guiso.

Leire también sonrió, aunque la expresión desapareció enseguida.

—Yo siempre he sabido que llegué después. En mi casa nunca fue un secreto. Lo que no sabía era nada de un incendio, ni de un sitio llamado La Esperanza ni de una niña llamada Elena.

Cora sacó la carpeta que habían preparado, pero no la abrió todavía.

—Antes de enseñarte nada queremos saber quién te avisó.

Leire apoyó las manos alrededor de una taza que ya debía de estar fría.

—No lo sé. Llamaron a casa de mis padres esta mañana.

Isara se inclinó ligeramente hacia delante.

—¿Después de que Cora hablara contigo ayer?

—Sí. Mi madre me llamó cuando ya veníais de camino. Estaba bastante nerviosa.

—¿Qué le dijeron?

Leire miró a Raúl antes de responder.

—Que podían aparecer dos mujeres haciendo preguntas sobre mi adopción. Que llevaban tiempo buscando documentos antiguos y que estaban intentando remover cosas de hace muchos años.

Cora abrió la boca, pero Isara la vio contenerse.

—¿Dieron nuestros nombres?

—No.

—¿El de Elena?

—Sí.

El nombre de Elena hizo que todos se quedaran quietos un instante, y Leire continuó antes de que nadie preguntara.

—La persona que llamó dijo que si alguien preguntaba por Elena no debíamos enseñar papeles ni responder preguntas. Que había gente intentando convertir adopciones antiguas en algo que no habían sido.

—¿Qué dijo que habían sido? —preguntó Isara.

—Adopciones irregulares, pero adopciones al fin y al cabo. Según esa persona, estabais buscando problemas donde no los había.

Cora se movió en la silla.

—¿Y también dijo que queríamos dinero?

Leire negó.

—Dijo algo peor. Que queríais destrozar familias para demostrar una historia.

Cora bajó la mirada.

Isara entendió por qué Leire había accedido a recibirlas. No porque confiara en ellas, sino porque alguien había intentado impedir aquella conversación antes de que ellas llegaran a Tudela.

—Tus padres fueron quienes recibieron la llamada —dijo Isara—. ¿La persona preguntó por Leire?

—No. Eso es lo extraño.

Leire se quedó mirándola.

—Preguntó si seguía viviendo allí la familia Ardanaz. Después habló de una niña que había llegado a finales de 1989. Mi madre fue quien entendió que hablaban de mí.

Isara entendió entonces cómo podía haberse adelantado sin conocer la vida actual de Elena. Si las había seguido hacia Tudela y reconocía la ruta de 1989, podía recurrir al apellido de la familia receptora y ganar solo unas horas. Cora la miró con la misma inquietud.

—Entonces quien llamó conocía a tus padres desde aquella época.

—O conocía algo de aquella época —corrigió Leire.

Isara la miró y agradeció aquella precisión.

—Sí.

Leire retiró las manos de la taza.

—Ahora enseñadme lo que tenéis.

Cora abrió la carpeta.

No empezaron por las cartas ni por la hoja de rutas. Isara sacó primero la fotografía de la habitación 6 y la dejó sobre la mesa sin señalar a ninguna niña.

Leire tardó apenas unos segundos en encontrarla y, sin decir «soy yo», se acercó a la imagen y frunció el ceño.

—Esa niña se parece a mí.

Señaló a Elena.

Raúl se levantó y se colocó detrás de ella. Miró primero la fotografía y después a su mujer.

—Podrías ser tú.

—Podría —repitió Leire.

En la respuesta todavía no había miedo, sino resistencia.

Isara sacó después la copia de la ficha: el número, la edad y el nombre.

ELENA.

Leire leyó la hoja completa antes de volver a la fotografía.

—Yo tenía seis años.

—Sí —dijo Isara.

—Eso no demuestra que sea yo.

—No.

Cora no añadió nada.

Leire levantó la vista hacia ella, quizá esperando que intentara convencerla. Al no hacerlo, volvió al documento.

—¿Cómo llegasteis hasta Tudela?

Entonces Isara sacó la fotografía de la hoja de rutas. No entregó el original.

Leire leyó la fecha, después la línea correspondiente al número de Elena: Tudela, las iniciales y la hora.

—¿Qué significan esas letras?

—Creemos que identificaban a una persona o a una familia relacionada con el traslado —respondió Isara—. No hemos conseguido demostrar todavía qué función tenían.

—Pero os trajeron hasta mis padres.

—Nos permitieron reducir la búsqueda hasta encontrar una familia compatible con esas iniciales y con las fechas.

Leire volvió a mirar la hoja.

—¿Y las demás?

Cora señaló las otras cinco líneas.

—También tenían un destino.

Leire leyó las localidades una por una. Cuando llegó a Logroño, Cora le explicó que aquella era su propia línea y que había crecido allí. Después le enseñó la cicatriz y la conversación avanzó sin más explicaciones.

La incredulidad de Leire empezó a adquirir una forma distinta. No desapareció, pero ya no parecía destinada únicamente a protegerse de ellas.

—¿Tú también estabas en esa fotografía?

—Me llamaba Clara.

—¿Y tú? —preguntó Leire mirando a Isara.

—Irene.

Leire se recostó lentamente y Raúl volvió a sentarse a su lado.

Durante unos segundos se oyó movimiento en el piso superior. Una puerta, unos pasos y después música amortiguada. Leire levantó la vista hacia el techo.

—Mi hija.

Aquellas dos palabras volvieron a colocar la conversación en el presente.

—Tengo dos hijos —dijo—. Un marido, un trabajo y unos padres que me han querido toda mi vida. También tengo tres hermanos que son mis hermanos aunque mañana aparezcan veinte papeles diciendo otra cosa.

—Nadie viene a quitarte eso —respondió Cora.

Leire la miró.

—No podéis saber qué puede quitarme esto.

Cora guardó silencio.

Isara comprendió que era la primera vez que alguien les devolvía una pregunta que ellas apenas habían tenido que hacerse.

Isara había perdido a Celia antes de descubrir la verdad.

Cora había podido hablar con su madre adoptiva y comprobar que el amor entre ambas seguía allí incluso después del dinero.

Leire recibía aquella historia con todas las personas de su vida todavía alrededor.

—No hemos venido a decirte quién tienes que ser —dijo Isara—. Ni a pedirte que cambies de nombre, ni de familia, ni de vida.

—Entonces ¿qué queréis de mí?

—Saber si eres una de las seis.

Leire miró otra vez la fotografía.

—¿Y después?

La pregunta era más difícil.

—Después lo decides tú.

Cora asintió.

—Nosotras estamos buscando a las demás, pero no necesitas hacerlo con nosotras.

—Aunque resulte que soy Elena.

—Aunque lo seas.

Leire se levantó y caminó hasta las fotografías de la estantería. Cogió una de ellas.

Era una imagen antigua, tomada probablemente a comienzos de los noventa. Cuatro niños aparecían frente a una casa. Dos chicos mayores, una niña y, en un extremo, otra niña más pequeña con el pelo cortado a la altura de la mandíbula.

Leire se la tendió a Isara.

—Esta es la primera fotografía que tengo con mi familia.

Isara la observó sin tocar la superficie. La niña podía ser la de La Esperanza unos meses después, pero nada más podía afirmarse.

—Mis padres siempre me dijeron que llegué muy asustada —continuó Leire—. Que durante semanas me despertaba por la noche y que no quería dormir con la puerta cerrada. Mi madre pensaba que era por el cambio de casa.

Raúl le cogió la mano y Leire no lo miró.

—Yo no recuerdo casi nada de antes. A veces tengo imágenes, pero nunca he sabido si son recuerdos o cosas que he construido después. Trabajo con niños desde hace veinte años. Sé perfectamente lo fácil que es colocar una explicación adulta encima de algo que un niño no entendió.

Isara pensó que Celia habría apreciado aquella mujer, o quizá le habría resultado incómoda.

—No vamos a pedirte que recuerdes nada —dijo.

Leire dejó la fotografía sobre la mesa.

—Hay algo más.

Cora se enderezó.

—¿Qué?

Leire tardó en contestar.

—Mi madre guardó lo que llevaba conmigo cuando llegué a casa.

Isara miró la fotografía antigua.

—¿Qué cosas?

—Muy pocas. Algo de ropa, una cinta del pelo, un muñeco pequeño... No lo sé exactamente. Hace años que no abro esa caja.

—¿Está aquí?

Leire negó.

—En casa de mis padres.

Raúl la observó.

—Leire.

—No estoy diciendo que vaya a meterlos en esto sin hablar con ellos.

—Les han llamado ya —dijo él.

El comentario quedó flotando.

Leire cerró los ojos durante un instante y después miró a Isara y Cora.

—Eso es lo que más me preocupa.

—¿La llamada?

—Que alguien supiera que ibais a buscarme antes de que vosotras supierais quién era yo.

Ninguna intentó tranquilizarla porque no había una explicación tranquilizadora.

Leire recogió la fotografía de las seis niñas y volvió a fijarse en Elena. Esta vez tardó más.

—Mi madre dice que entre las cosas que llevaba había una pieza con un número.

Isara sintió que Cora se quedaba inmóvil a su lado.

Leire levantó la vista antes de que ninguna pudiera preguntar.

—No recuerdo qué era ni qué número tenía. Tampoco voy a llamar ahora mismo y pedirle que revuelva una caja porque dos desconocidas han aparecido con una fotografía de 1989.

Cora asintió.

—Me parece razonable.

Leire pareció sorprendida.

—Esperaba que insistieras.

—Hace dos semanas lo habría hecho.

Isara ocultó una sonrisa.

Leire volvió a dejar la fotografía sobre la mesa.

—Voy a hablar con mis padres. Yo sola. Si la caja sigue allí y mi madre está de acuerdo, mañana iremos a verla.

—¿Nosotras también? —preguntó Cora.

Leire la miró durante unos segundos.

—Eso todavía no lo he decidido.

No era una invitación, pero tampoco una despedida definitiva.

Cuando Isara guardó los documentos, Leire apartó la fotografía de la habitación 6 antes de que pudiera recogerla.

—¿Puedo verla un momento más?

Isara la dejó sobre la mesa.

Leire apoyó un dedo cerca de la niña identificada como Elena sin llegar a tocarla.

—No os creo todavía.

—No tienes por qué hacerlo —respondió Isara.

—Pero tampoco creo a la persona que llamó a mis padres.

Afuera, Cora esperó hasta que llegaron al coche para hablar.

—No nos ha echado.

Isara miró hacia la ventana de la casa. Leire seguía dentro, frente a la fotografía.

—No.

—Y hay una caja.

—Sí.

Cora abrió la puerta del coche, pero no llegó a entrar. El teléfono de Isara vibró en ese momento y las dos miraron la pantalla.

Era el mismo número desconocido.

El mensaje incluía una fotografía tomada desde el otro lado de la calle. Se veía el coche de Isara aparcado frente a la casa de Leire y, junto a él, a Cora inclinándose hacia la puerta. Por el ángulo y la luz, la imagen tenía que haberse hecho hacía apenas unos minutos.

Debajo aparecían dos líneas.

YA SON TRES.

LA PRÓXIMA VEZ NO VOY A AVISAR.

Cora levantó la cabeza y recorrió la calle con la mirada. Había coches aparcados, ventanas cerradas y un hombre paseando a un perro al final de la acera, pero nada que permitiera saber desde dónde se había tomado la fotografía.

—Nos ha seguido hasta aquí.

Isara guardó una captura en la carpeta de pruebas y la envió al contacto policial al que ya había remitido los mensajes anteriores. Después volvió a mirar la casa de Leire.

—Y ahora sabe quién es.

No se marcharon sin avisarla. Leire abrió de nuevo la puerta unos minutos después y leyó el mensaje en silencio. Cuando levantó la vista, la desconfianza seguía allí, pero ya no estaba dirigida únicamente hacia Isara y Cora.

—¿Esto os pasa desde que empezasteis a buscar?

—Desde la noche del entierro de Celia —respondió Isara.

Leire miró la fotografía de su propia casa en la pantalla y después la calle a espaldas de ellas.

—Mañana vamos a ver esa caja.

No dijo que las creyera ni que fuera Elena.

Pero esta vez la persona que intentaba apartarla de la investigación había conseguido exactamente lo contrario.

Cuando Isara y Cora se alejaron de Tudela, Isara entendió que algo había cambiado. Hasta entonces quien las vigilaba había intentado saber cuánto conocían y disuadirlas de seguir. Ahora acababa de comprobar que habían encontrado a una tercera mujer y había dejado de limitarse a observar.

La amenaza ya no hablaba del pasado, sino de la próxima vez.