Capítulo 11 — Seis destinos
Cora volvió al taller a media mañana con la fotografía que Celia le había enviado semanas atrás, todavía dentro del mismo sobre y montada sobre el cartón rígido con el que había llegado.
Isara la vio dejarla sobre la mesa y apartó el trabajo que tenía delante.
—Llevo desde anoche pensando en esto —dijo Cora—. Tu madre te dejó una caja, una llave y una carta; después aparecieron los negativos y las cartas del archivo. A mí, en cambio, solo me mandó esta fotografía.
—Y consiguió que vinieras hasta mí.
—Precisamente. Si yo formaba parte del recorrido, quiero saber por qué necesitaba que conservara la copia.
La pregunta tenía sentido. Hasta entonces habían utilizado aquella fotografía para reconocer a Cora y, más tarde, para localizar Valdemora gracias a la franja lateral que no aparecía en la copia de Celia.
Después la investigación había seguido por otros caminos y la imagen se había convertido casi en un objeto personal, algo que Cora guardaba porque era la primera prueba material de una infancia que no sabía que había tenido.
Isara la tomó por los bordes y la llevó a la mesa de trabajo.
La primera noche la había escaneado sin desmontarla del soporte, concentrada en la imagen y en las pequeñas diferencias entre las dos copias.
Ahora se fijó en el cartón, en su grosor y en la forma en que una de las esquinas parecía haberse separado apenas una fracción de milímetro.
—¿La has guardado siempre en el sobre?
—Sí. La he sacado muchas veces, pero no la he doblado ni he hecho nada raro con ella, si es eso lo que estás pensando.
Isara pasó un dedo por el canto inferior y después pidió la lupa. En el lateral derecho aparecía una línea demasiado regular para ser una simple fibra levantada. El soporte parecía una sola pieza de frente, pero en el borde se distinguían dos capas unidas con adhesivo.
—El respaldo es doble.
Cora se acercó hasta rozarle el hombro.
—¿Eso es normal?
—Puede serlo. Lo que no es tan normal es esto.
Le mostró una esquina de la parte posterior.
El adhesivo llegaba casi hasta el borde, pero dejaba un pequeño punto sin sellar, como si alguien hubiera querido que el montaje pudiera abrirse sin romperlo.
Isara cogió una espátula fina de conservación y la introdujo con cuidado.
La capa cedió con mucha menos resistencia de la que habría esperado en un montaje cerrado de manera definitiva.
Cora dejó de hacer preguntas mientras Isara levantaba apenas unos centímetros el respaldo. Entre las dos capas apareció el borde de un papel doblado.
Isara retiró la espátula, amplió la abertura lo justo y extrajo la hoja sin dañar la fotografía. El papel era fino, estaba amarillento y conservaba dos pliegues antiguos. Cuando lo desplegó, las dos se inclinaron sobre la mesa.
En la parte superior había una fecha mecanografiada: 17 NOV. 1989. Debajo, una segunda línea decía: SALIDAS — 18 NOV.
La hoja no parecía un expediente ni una carta, sino una copia de trabajo. Seis líneas formaban una tabla sencilla y cada una comenzaba con uno de los números de ingreso que ya conocían. Después aparecían una localidad, dos iniciales y una hora.
Cora fue la primera en reconocer lo que significaban los números.
—Somos nosotras.
Isara buscó la copia de trabajo de Celia y la colocó al lado. Los seis números correspondían, en el mismo orden, a Sara, Marta, Elena, Clara, Mara e Irene. La hoja nueva no utilizaba ninguno de esos nombres, pero ya no los necesitaban para leerla.
La primera ruta, la de Sara, terminaba en Huesca. La de Marta señalaba Zaragoza; la de Elena, Tudela; la de Clara, Logroño; la de Mara, Pamplona, y la de Irene, Calahorra. Las horas aparecían escalonadas a partir del anochecer del 18 de noviembre.
Cora apoyó un dedo junto a su número.
—Logroño.
Isara comprobó la correspondencia antes de asentir. Clara tenía asignado Logroño, la misma ciudad en la que Cora había crecido y donde empezaban sus documentos bajo el nuevo nombre.
—Yo acabé allí —dijo Cora.
—Sí.
La coincidencia era demasiado concreta para ignorarla, pero Isara volvió a la cabecera. La hoja estaba fechada el día anterior al incendio y las seis salidas figuraban previstas para el dieciocho.
Cora también lo vio.
—Entonces esto ya estaba preparado antes de que ardiera el centro.
Isara recorrió de nuevo las seis líneas.
Hasta ese momento el incendio y la desaparición de las niñas habían permanecido unidos en su cabeza, incluso después de descubrir que los registros mentían.
Siempre quedaba la posibilidad de que el fuego hubiera provocado decisiones tomadas con prisas, traslados improvisados o una cadena de irregularidades nacidas del caos.
Aquella hoja cambiaba el orden de las cosas: antes del incendio, alguien ya había asignado un destino y una hora a las seis niñas.
—Había seis salidas organizadas —dijo al fin—. Eso sí podemos afirmarlo.
Cora se apartó de la mesa y caminó unos pasos por el taller antes de volverse.
—De las seis, el mismo día, con localidades y horarios. Y mi localidad coincide con el lugar al que llegué. Esto no nació del incendio.
—No.
La respuesta salió sin matices y Cora la miró con sorpresa, como si esperara otra corrección.
Isara señaló las iniciales que acompañaban cada ruta.
—Lo que todavía no podemos saber es quiénes son estas personas o qué representan las letras. Pueden ser familias, conductores, intermediarios o puntos de contacto. Pero las salidas estaban previstas.
Cora volvió junto a la mesa y buscó la línea de Irene.
—Calahorra. Tú no terminaste allí.
—No. Me quedé con Celia.
La hoja se convertía así en un plan que no se había cumplido de la misma forma para todas. La ruta de Clara parecía haber llegado a su destino final; la de Irene, en cambio, se había roto en algún momento de aquella noche.
Cora pasó entonces al número de Mara y leyó Pamplona.
Isara se detuvo en esa línea, pero no encontró ninguna contradicción inmediata: una salida prevista antes del incendio no demostraba que Mara hubiera llegado a realizarla.
Sí demostraba, en cambio, que también formaba parte de los planes de aquella noche.
—Las seis estaban incluidas —dijo Cora—. Incluso Mara.
Isara asintió y, mientras fotografiaba la hoja por las dos caras, Cora abrió en el teléfono la imagen del justificante bancario que habían encontrado el día anterior.
—Una ruta preparada, un nombre nuevo y dinero —dijo, dejando el móvil junto a la línea de Clara.
—No sabemos todavía si forman parte del mismo mecanismo.
Cora no se enfadó. Miró la transferencia, después la hoja de rutas y finalmente a Isara.
—No estoy diciendo que ya sepamos qué hicieron. Estoy diciendo que yo aparezco aquí con un destino, que acabé en ese destino y que mis padres hicieron una transferencia importante relacionada con mi llegada. Separarlo también sería engañarnos.
Isara sostuvo su mirada y terminó asintiendo. La prudencia servía para impedir que una sospecha se convirtiera en prueba, pero no para fingir que tres hechos comprobados no podían estar conectados.
Guardó la hoja de rutas en una funda limpia y dejó la fotografía de Cora sobre la mesa, con el respaldo abierto por un lateral. Ya no volvería a esconder el documento allí.
Durante la siguiente hora compararon cada línea con todo lo reunido.
La ruta de Sara apuntaba a Huesca, y en las cartas de su carpeta aparecía también una localidad de esa provincia vinculada a su familia de origen, aunque no coincidía con el dato de la nueva hoja.
Eso impedía saber si Huesca señalaba una familia receptora, un punto de encuentro o una parada intermedia.
Marta conducía a Zaragoza y no tenían todavía nada con lo que cruzarla.
La línea de Clara era distinta porque Logroño coincidía con la vida que Cora podía documentar después del incendio. La fecha, además, encajaba con el hueco de pocas semanas entre la ficha de Clara y los primeros papeles de Cora Beltrán.
—Esta es la única ruta cuyo resultado podemos comprobar de momento —dijo Isara.
Cora recorrió las demás hasta detenerse en Elena.
—Tudela. Dos iniciales y una hora. ¿Tenemos algo más de ella?
Isara abrió las fotografías de las cartas depositadas por Celia.
En la carpeta del número de Elena aparecían varias personas con el mismo apellido y una referencia a una hermana mayor, pero no había un nombre actual ni una dirección que condujera directamente hasta la mujer en la que se hubiera convertido.
Aun así, Tudela ofrecía un campo de búsqueda mucho más acotado que una provincia entera. Las iniciales podían cruzarse con rastros públicos, y la edad de Elena —seis años en 1989— permitía calcular un margen razonable para buscar a una mujer de poco más de cuarenta años.
Cora acercó la silla.
—Podemos empezar por ella.
—Sí. Pero sin asumir que las iniciales sean sus apellidos actuales.
—Eso ya lo he aprendido.
Isara la miró con cierta desconfianza divertida, pero Cora ya estaba ampliando la fotografía de la hoja en el ordenador.
Cora no había intentado convertir el hallazgo en una respuesta completa; parecía haber entendido que aquellas dos letras podían llevarlas a Elena o a alguien que solo había formado parte del trayecto.
El descubrimiento cambiaba algo más profundo que la dirección de la siguiente búsqueda.
Hasta aquella mañana habían reconstruido las consecuencias de una noche que parecía haberlo roto todo.
Ahora sabían que, antes de que empezara el fuego, alguien había organizado seis desplazamientos y había decidido que cada niña debía abandonar La Esperanza por una ruta distinta.
Isara volvió a mirar el respaldo abierto de la fotografía.
Celia había elegido aquella copia para Cora no solo porque había conseguido localizarla antes de morir, sino porque una de las seis líneas escondidas detrás terminaba en la ciudad donde Cora había pasado toda su vida.
El documento había estado delante de ellas desde la primera noche, aunque entonces todavía no poseían las piezas necesarias para entenderlo.
Cora leyó otra vez las seis localidades y se quedó un momento con la vista fija en Tudela.
—Seis destinos —murmuró.
Isara pensó en Sara, Marta, Elena, Clara, Mara e Irene, seis nombres infantiles que ahora podían colocar detrás de aquellos números: el incendio no había decidido adónde iban, porque cuando comenzó el fuego alguien ya lo había hecho.