Capítulo 10 — Lo que dejamos atrás
Cora aguantó hasta la mañana siguiente.
Isara había pensado que intentaría localizar a la mujer de la carta en cuanto regresaran de Valdemora, pero aquella noche no llamó. Le envió un mensaje poco antes de acostarse para decirle que había encontrado varias personas con el mismo apellido y que prefería esperar a tener algo más firme.
A Isara le sorprendió más aquello que cualquiera de sus bromas.
A la mañana siguiente, sin embargo, Cora apareció en el taller antes de las nueve.
—Creo que la tengo.
Isara dejó a un lado la fotografía que estaba limpiando.
—¿A quién?
—A la mujer que escribió preguntando por Clara.
Dejó el teléfono sobre la mesa y le mostró lo que había encontrado.
Una de las cartas conservadas por Celia estaba firmada por Teresa Molina.
Cora había seguido el nombre y la localidad hasta encontrar varias referencias antiguas, entre ellas una asociación vecinal en la que aparecía una mujer con ese nombre.
Después había localizado una mención más reciente que permitía situarla todavía en la misma provincia.
—Puede ser otra Teresa Molina —dijo Isara.
—Lo sé.
—Y aunque sea ella, todavía no sabemos si la carta se refería a ti.
—También lo sé.
Isara la miró.
—Estás aprendiendo.
—No te acostumbres.
Cora había conseguido un número de teléfono. No explicó todos los pasos que había seguido hasta llegar a él, solo que procedía de una referencia pública y que no había llamado todavía.
—Quería hacerlo contigo delante.
Isara apartó las herramientas de la mesa.
—Primero piensa qué vas a decirle.
—Que creo que soy Clara.
—No sabes cómo recibió ella todo aquello ni qué sabe ahora.
Cora se pasó una mano por el pelo.
—Isara, esa mujer escribió preguntando dónde estaba una niña de cinco años. Han pasado treinta y siete años.
—Precisamente.
Cora la observó unos segundos y después cogió el teléfono.
—No quiero esperar tres días esta vez.
—No te estoy pidiendo tres días.
—¿Una hora?
—Cinco minutos.
—Negociadora implacable.
Prepararon las pocas cosas que podían explicar sin obligar a nadie a creerlas.
La fotografía de la habitación 6, la ficha de Clara, las cartas del archivo y la cicatriz que Cora seguía teniendo junto a la ceja.
Isara quería que, si la conversación avanzaba, pudieran distinguir un reconocimiento real de la necesidad de que todo encajara.
Cora marcó el número y una mujer respondió después de varios tonos.
—¿Sí?
Cora activó el altavoz, aunque mantuvo el teléfono cerca.
—¿Teresa Molina?
—Sí.
Cora miró a Isara.
—Me llamo Cora Beltrán. Estoy buscando a una mujer que en 1989 escribió varias veces al Hogar Infantil La Esperanza preguntando por una niña llamada Clara.
Al otro lado no se oyó nada y Cora dejó pasar unos segundos.
—Si me he equivocado de persona, lo siento.
—¿De dónde has sacado ese nombre?
La voz había cambiado y Cora se sentó.
—De una carta.
—¿Qué carta?
—Una que usted escribió.
Hubo otro silencio.
—¿Quién eres?
Cora respiró hondo.
—Eso estoy intentando averiguar.
Isara vio cómo apretaba el teléfono con más fuerza.
—Tenemos documentos de La Esperanza. Una ficha de ingreso de una niña llamada Clara, de cinco años. Y una fotografía.
La mujer tardó tanto en responder que Cora comprobó la pantalla para asegurarse de que la llamada seguía activa.
—Clara era mi sobrina.
Cora cerró los ojos mientras Isara guardaba silencio.
—Era hija de mi hermana —continuó Teresa—. ¿Quién te ha dado mi número?
—Lo encontré buscando su nombre.
—¿Y por qué me llamas tú?
Cora volvió a mirar a Isara, pero esta vez no buscaba permiso.
—Porque creo que Clara puedo ser yo.
La respiración de Teresa llegó claramente a través del teléfono.
—No puedes decirme una cosa así.
—Lo sé.
—No, no lo sabes.
Cora bajó la cabeza.
—Tiene razón.
La respuesta pareció desarmar algo al otro lado; durante unos segundos ninguna habló, hasta que Teresa preguntó:
—¿Tienes alguna marca en la cara?
Cora levantó la vista de inmediato mientras Isara se inclinaba hacia el teléfono.
—¿Qué marca? —preguntó Cora.
—Al lado de una ceja. Aquí.
Teresa se detuvo como si acabara de darse cuenta de que Cora no podía verla.
—La derecha. Se cayó contra una mesa cuando era pequeña. No fue nada grave, pero se abrió y le quedó una línea.
Cora se tocó la cicatriz sin necesidad de mirar la fotografía.
—La tengo.
Teresa empezó a llorar.
No fue un llanto fuerte. Isara apenas oyó algo más que una respiración entrecortada y después el ruido de la mujer alejando el teléfono.
Cora permaneció inmóvil.
—Teresa.
—Estoy aquí.
—No quiero hacerle daño.
—No eres tú quien me lo hace.
Cora se quedó sin respuesta.
Teresa tardó unos minutos en poder continuar. No intentó reconstruir treinta y siete años por teléfono y Cora, por una vez, tampoco la empujó.
Confirmó que Clara era hija de su hermana y que había llegado a La Esperanza siendo pequeña. Su madre había intentado recuperarla. Teresa había escrito cuando su hermana empezó a recibir cada vez menos respuestas y, en algún momento, dejaron de saber dónde estaba la niña.
—¿Mi madre siguió buscándome? —preguntó Cora.
Isara advirtió el cambio de palabra —mi madre— y Teresa respondió con cuidado.
—Sí.
—¿Está viva?
La pausa fue breve, pero Cora entendió antes de escuchar la respuesta.
—No. Murió hace años.
Cora bajó los ojos.
—¿Supo alguna vez qué me había pasado?
—No.
Aquella vez el silencio duró más.
Teresa les pidió que no continuaran hablando por teléfono. Quería ver la fotografía y los documentos antes de decir nada más. Cora estuvo de acuerdo y quedaron en volver a llamarse al día siguiente para organizar un encuentro.
Antes de despedirse, Teresa pronunció su nombre actual.
—Cora.
—Sí.
—No sé cómo hacer esto.
Cora se llevó una mano a la boca.
—Yo tampoco.
Cuando terminó la llamada, dejó el teléfono sobre la mesa.
Isara esperó.
—Mi madre me buscó —dijo Cora.
—Eso parece.
—No. Ahora sí podemos decirlo.
Isara asintió.
La carta ya lo indicaba, pero Teresa acababa de convertirse en una segunda vía independiente. Sabía quién era Clara, recordaba una cicatriz que seguía en la cara de Cora y confirmaba que su hermana había intentado recuperar a la niña.
Cora se levantó y caminó hasta la ventana.
—Mis padres me dijeron siempre que mi familia biológica había renunciado.
Isara entendió enseguida a qué padres se refería.
—Eso no significa que ellos supieran que era mentira.
—Ya.
—Cora.
—Ya lo sé.
La prudencia no la irritó. Se quedó un rato mirando la calle antes de volverse.
—Quiero hablar con mi madre.
Viajaron a Logroño esa misma tarde.
No fueron a casa de Cora. Su marido estaba trabajando y su hija seguía en clase, y Cora solo pasó por allí unos minutos antes de conducir hasta la antigua casa familiar, donde vivía su madre.
Era la misma casa a la que habían ido unos días antes para revisar la carpeta de ADOPCIÓN.
Su madre las recibió con una expresión de preocupación que aumentó al ver la cara de Cora.
—¿Qué ha pasado?
—He hablado con alguien de mi familia biológica.
La mujer se quedó quieta.
Cora le contó lo imprescindible: Teresa, la carta, la cicatriz y que su madre biológica la había buscado hasta morir años después sin saber dónde estaba.
La mujer escuchó sin interrumpir y, cuando Cora terminó, se sentó.
—Nos dijeron que habían renunciado a ti.
—¿Quién?
Su madre tardó en responder.
—La persona que llevaba los trámites.
—¿Qué persona?
—No recuerdo todos los nombres. Tu padre se ocupó de casi todo.
Aquella frase no era nueva. Cora ya les había explicado que su padre, fallecido años atrás, se había encargado de la parte práctica de la adopción.
Esta vez formuló una pregunta distinta.
—¿Pagasteis dinero?
Su madre la miró.
—¿Qué quieres decir?
—Por mí.
—No.
La respuesta llegó inmediatamente, pero Cora no apartó la mirada.
—Mamá.
—No pagamos por ti.
—¿Hubo dinero?
La mujer bajó la vista.
—Hubo gastos.
Cora se sentó frente a ella.
—¿Qué gastos?
—Gestiones. Abogados, creo. Una aportación. No lo sé todo, Cora. Tu padre llevaba esa parte.
—¿Una aportación a quién?
—No lo recuerdo.
—¿Cuánto?
La madre negó despacio.
—No sabría decírtelo.
Cora miró a Isara sin necesidad de decir nada.
—¿Se guardan los papeles de papá?
Su madre señaló hacia el pasillo.
—Los de aquellos años, seguramente sí.
La carpeta de ADOPCIÓN seguía en el despacho, en el mismo lugar donde Cora la había encontrado días antes, pero no la tocaron.
Su madre abrió otro armario.
Allí estaban las carpetas que había llevado su marido: bancos, declaraciones fiscales, seguros, recibos y documentación de la pequeña empresa familiar. No tenían relación aparente con la adopción y estaban ordenadas por años.
Por eso Cora nunca había buscado allí; ahora sacaron la carpeta correspondiente a 1989.
Tardaron bastante más de lo que Cora habría querido. Había extractos, justificantes, recibos domiciliados y papeles que ninguna de las dos necesitaba revisar. Isara se limitó a las últimas semanas del año.
Cora encontró el movimiento.
—Aquí.
Era una transferencia.
La fecha correspondía a finales de noviembre de 1989, antes de que comenzaran los documentos en los que ya aparecía como Cora Beltrán.
La entidad receptora no era La Esperanza ni ninguna administración pública que reconocieran.
Isara leyó el concepto.
DONACIÓN Y GASTOS.
Cora se quedó mirando la cantidad.
—Eso era mucho dinero.
Su madre se acercó y palideció al ver el papel.
—Sí.
Cora levantó la cabeza.
—¿Esto fue por mí?
La mujer no respondió inmediatamente.
—Sí.
No había forma de suavizarlo, y Cora volvió al justificante.
—¿A quién se lo pagasteis?
—A la gente que llevaba el proceso. Yo no trataba directamente con ellos.
—¿Quiénes eran?
—No lo sé. Tu padre decía que todo estaba siendo gestionado de forma privada y que después quedaría regularizado.
—¿Sabíais que era irregular?
Su madre apretó las manos.
—Sabíamos que no era una adopción normal. Nos dijeron que había circunstancias especiales, que la familia había renunciado y que aquello podía hacerse así.
Cora tragó saliva.
—Mi madre no había renunciado.
—Yo no lo sabía.
—Me estaba buscando.
—No lo sabía.
La voz de la mujer se quebró.
—Cora, si hubiera sabido que alguien estaba intentando recuperarte...
No terminó la frase y Cora tampoco pareció necesitarlo; durante unos segundos solo miró el justificante antes de preguntar:
—¿Me queríais?
Isara entendió que Cora ya no estaba preguntando por el justificante.
Su madre se acercó a ella.
—Desde el primer día.
Cora asintió.
—Eso me lo creo.
La mujer se detuvo.
—Pero no cambia esto —añadió Cora.
—No.
Su madre se sentó a su lado.
No intentó tocarla hasta que Cora fue quien acercó primero una mano.
Isara apartó la vista y, cuando salieron de la casa ya de noche, Cora no arrancó inmediatamente.
Dejó el justificante fotografiado en el teléfono y apoyó las manos sobre el volante.
—Mi madre me quiere.
Isara esperó.
—La que me crió —aclaró Cora—. Me quiere de verdad. Mi padre también me quiso.
—Sí.
—Y mi otra madre me buscó.
—Sí.
Cora respiró despacio.
—Y mis padres dieron una cantidad enorme de dinero para que yo llegara a ellos.
Isara miró el móvil que Cora había dejado entre ambas.
—Sabemos que hicieron esa transferencia.
—No empieces.
—El concepto no explica qué pagaba exactamente.
Cora estuvo a punto de protestar, pero terminó asintiendo.
El concepto decía donación y gastos. Podía ocultar muchas cosas: una aportación, gastos inflados, dinero entregado a un intermediario o algo mucho peor. Aún no tenían elementos para escoger una de esas posibilidades.
—Pero alguien mintió —dijo Cora.
—Eso sí.
—A mi madre de aquí le dijeron que mi familia había renunciado. Mi familia de allí me estaba buscando.
Isara pensó en las cartas.
—Las dos cosas no pueden ser verdad.
Cora apoyó la cabeza contra el asiento.
Había crecido en una casa cómoda, había querido a sus padres, había tenido cumpleaños, vacaciones, discusiones adolescentes y una madre que todavía guardaba papeles de cuando llegó a la familia. Nada de aquello desaparecía porque Teresa hubiera contestado al teléfono aquella mañana.
Tampoco desaparecían Teresa, las cartas ni la transferencia mientras Cora encendía el coche.
—Durante toda mi vida pensé que mi historia empezaba el día que llegué a casa de mis padres.
Isara la miró.
—Ahora sabes que había algo antes.
Cora negó ligeramente.
—No. Ahora sé que había alguien detrás intentando que volviera.
Cora arrancó y salió despacio de la calle mientras Isara volvía a mirar la fotografía del justificante.
Había una cantidad elevada, una entidad que todavía no conocían y dos palabras demasiado ambiguas para explicar nada, aunque lo bastante concretas para abrir una pregunta nueva.
DONACIÓN Y GASTOS.
Todavía no sabían qué había comprado aquel dinero; ni siquiera podían afirmar que hubiera comprado algo.
Ahora el cambio de nombre de una de las niñas ya no estaba unido únicamente a papeles, silencios y recuerdos.
También había dinero.