Capítulo 9 — Las cartas que nunca llegaron
Isara envió a la policía las capturas de los dos mensajes antes de acostarse.
No esperaba que pudieran hacer mucho con ellas.
El número era el mismo que ya habían comunicado después del allanamiento de la casa y, hasta ese momento, nadie había conseguido relacionarlo con una persona concreta.
Desde entonces, Isara guardaba cada mensaje, cada fotografía y cada fecha en la misma carpeta digital de pruebas.
Si quien las vigilaba cometía algún error, prefería que no dependiera de su memoria.
A la mañana siguiente volvió a leer la anotación de Celia.
LAS CARTAS TAMPOCO LLEGARON.
Durante el desayuno había intentado encontrar en la frase algo que no estuviera escrito, pero acabó obligándose a aceptar que solo tenían una dirección posible.
Si Celia hablaba de unas cartas relacionadas con La Esperanza, el primer lugar donde debían preguntar era el mismo archivo en el que habían encontrado el libro de entradas.
Cora llegó al taller poco después de las nueve.
—He pensado una cosa.
—Eso siempre me preocupa.
—Muy graciosa. Si existían cartas, alguien tuvo que recibirlas.
Isara cerró el ordenador.
—O registrarlas.
Cora dejó las llaves sobre la mesa.
—Eso también.
Llamaron al archivo antes de salir. La funcionaria que las había atendido dos días antes recordó enseguida las páginas que faltaban del registro de La Esperanza.
—¿Conservan correspondencia del centro? —preguntó Isara.
Hubo un breve silencio mientras la mujer consultaba algo.
—Correspondencia administrativa, sí. No sé hasta qué punto está completa.
—Buscamos cartas relacionadas con las menores.
—Eso ya es otra cosa.
La funcionaria les pidió que esperaran y volvió varios minutos después.
—Hay una incorporación reciente que quizá os interese.
Isara miró a Cora.
—¿Reciente cuánto?
—De este año.
Las dos se quedaron inmóviles.
—¿Quién la incorporó?
La mujer volvió a consultar la pantalla.
—Celia Ardanza.
Isara cerró los ojos un instante y Cora se limitó a decir:
—Vamos para allá.
Cuando llegaron a Valdemora, la funcionaria había preparado dos cajas.
La primera pertenecía al fondo histórico de La Esperanza y contenía correspondencia administrativa ordinaria: facturas, solicitudes, comunicaciones con organismos públicos y copias de escritos que no parecían tener relación con las seis niñas.
La segunda era mucho más pequeña.
En la etiqueta aparecía el nombre de Celia, una fecha de hacía cuatro meses y una breve descripción:
COPIAS DE CORRESPONDENCIA. HOGAR INFANTIL LA ESPERANZA. 1988–1989.
Isara pasó un dedo por el borde de la caja sin abrirla.
—¿Mi madre trajo esto personalmente?
—Sí.
—¿Habló con usted?
—No. Con mi compañera. Yo estaba de vacaciones.
La mujer consultó la ficha del depósito.
—Dejó documentación privada para incorporarla como copia complementaria del fondo. No puso ninguna condición especial de consulta.
Cora frunció el ceño.
—Entonces cualquiera podría haberla visto.
—Cualquiera que supiera que existía y pidiera exactamente esto. La incorporación todavía no está descrita en el catálogo público.
Isara entendió por qué Celia había elegido aquel lugar.
No había escondido las cartas detrás de otra llave ni dentro de una pared. Las había colocado donde debían estar: junto a los documentos de La Esperanza, pero separadas del fondo antiguo, que ya constaba incompleto cuando fue incorporado al archivo.
—¿Podemos verla?
La funcionaria abrió la caja. Dentro había seis carpetas finas, ninguna con un nombre: solo los mismos seis números de ingreso que Celia había dejado en el compartimento de La Esperanza.
Cora soltó el aire.
—Vale. Esta vez admito que tu madre sabía organizarse.
Isara no respondió y cogió la primera carpeta, cuyo número correspondía a Sara.
Dentro había tres cartas fotocopiadas y una hoja de Celia con una anotación de apenas dos líneas. Las cartas llevaban fechas distintas y estaban dirigidas al Hogar Infantil La Esperanza. En dos aparecía el mismo apellido y una localidad de Huesca.
La tercera era de un hombre y no necesitaron leerla entera para entender lo esencial: preguntaba cuándo podría regresar su hija a casa.
Cora levantó la vista.
—¿Su hija?
Isara volvió al encabezado y comprobó que la carta utilizaba el nombre Sara, el mismo de la ficha.
—Sí.
La segunda carpeta, la de Marta, contenía varias cartas de una mujer que preguntaba por su situación y reclamaba respuestas sobre una visita que le habían prometido.
La de Elena guardaba correspondencia de dos personas distintas con el mismo apellido.
Una de ellas hablaba de «su hermana».
Las palabras de Celia empezaron a adquirir un sentido más preciso. Las cartas sí habían llegado al centro; lo que no había llegado hasta las niñas eran esas preguntas, esas promesas de regreso y la noticia de que alguien seguía buscándolas.
Cora fue perdiendo la impaciencia a medida que avanzaban.
Ya no hojeaba los documentos deprisa. Esperaba a que Isara terminara cada página antes de pasar a la siguiente.
Cuando llegaron al número de Clara, Cora se quedó con las manos apoyadas sobre la mesa.
Había dos cartas.
La primera procedía de una mujer mayor y preguntaba por la niña después de varias semanas sin noticias.
La segunda estaba escrita meses después.
El tono había cambiado: ya no preguntaba cuándo podrían verla, sino directamente dónde estaba. Cora leyó la firma.
—No conozco ese apellido.
Isara comprobó el número de la carpeta una vez más.
—Pero esta es Clara.
—Ya.
Cora volvió a leer la carta.
La mujer decía ser hermana de la madre de la niña.
No había ninguna acusación concreta ni nada que explicara cómo había llegado Clara a La Esperanza. Solo una sucesión de preguntas que parecían haber quedado sin respuesta: dónde estaba, quién la tenía y por qué nadie contestaba.
Cora dejó la hoja sobre la mesa.
—Mi madre siempre me dijo que no sabían nada de mi familia biológica.
—Puede que fuera verdad.
—O puede que no.
—Todavía no lo sabemos.
Cora la miró, pero esta vez no protestó.
Habían llegado demasiado lejos para que una carta bastara por sí sola para condenar a alguien.
La carpeta de Mara era distinta.
Solo contenía una copia incompleta, sin firma legible, y una nota manuscrita que no aclaraba quién había escrito ni cuándo. Isara no intentó completar lo que faltaba. Mara ya tenía demasiados huecos como para añadir otro basado en una suposición.
Después quedó Irene.
Isara reconoció el número antes de tocar la carpeta.
Durante unos segundos pensó en dejarla para el final, aunque ya no quedaba ninguna otra.
Cora no dijo nada mientras Isara abría la carpeta. Había cuatro cartas y todas procedían de la misma mujer.
La primera estaba fechada varios meses antes del incendio.
La autora explicaba que su situación económica seguía siendo difícil, pero que esperaba poder recuperar pronto a Irene. Preguntaba por su salud, por si seguía durmiendo mal y por una chaqueta que había dejado con ella.
Isara tuvo que volver a leer esa parte: una chaqueta.
No sonaba a una fórmula administrativa, sino a una madre recordando qué ropa llevaba su hija.
Pasó a la segunda carta.
La mujer preguntaba por qué no había recibido respuesta.
En la tercera decía que había conseguido trabajo y que su situación de vivienda empezaba a estabilizarse. Pedía una fecha para ir a buscar a Irene.
Isara dejó de leer y Cora permaneció a su lado sin tocarla.
—¿Quieres parar?
Isara negó y cogió la cuarta.
Era posterior a las anteriores, aunque seguía siendo de antes del incendio.
La letra ocupaba casi toda la página.
La mujer decía que nunca había autorizado que Irene fuera entregada de forma definitiva a otra familia y exigía saber por qué le impedían verla. Había acudido dos veces a una oficina cuya dirección figuraba en la parte superior de la carta y no había obtenido respuesta.
Al final aparecía una firma, un nombre y dos apellidos que Isara leyó dos veces sin reconocerlos. Debajo había una dirección antigua.
Cora señaló la localidad.
—Eso podemos buscarlo.
Isara no contestó porque seguía mirando la firma.
No sabía qué había esperado encontrar cuando Celia escribió que las cartas no habían llegado. Quizá mensajes destinados a las niñas, felicitaciones, papeles perdidos o cualquier otra cosa que pudiera mantenerse a cierta distancia.
No aquello.
—Dice que iba a volver a por ti —murmuró Cora.
—Dice que quería hacerlo.
—Y que no autorizó que te entregaran a otra familia.
Isara levantó la mirada.
—La carta termina ahí.
—No. Pero sabemos esto.
Cora tocó suavemente el borde de la hoja mientras Isara volvía a leer la última parte.
Desde que había descubierto el nombre Irene, Isara había intentado llenar el hueco anterior a Celia con la explicación más sencilla: quizá alguien la había dejado allí y no había vuelto.
Celia nunca le había hablado de otra madre ni de una familia anterior, y ella no había sabido siquiera que debía hacerse esas preguntas. La carta obligaba a cambiar esa idea.
La carta decía otra cosa: alguien había preguntado por Irene más de una vez y había querido recuperarla.
—¿Por qué Celia tenía estas copias? —preguntó Cora.
Isara miró las seis carpetas.
—Eso todavía no lo sabemos.
—Pero sabía que no llegaron.
—Sí.
—Y sabía lo que decían.
Isara cerró lentamente la carpeta de Irene ante una pregunta que todavía no quería formular.
La funcionaria apareció unos minutos después para avisarles de que el archivo cerraría al mediodía.
Isara pidió copias digitales de todo lo que pudieran reproducir legalmente, anotó las referencias de cada documento y, con permiso, fotografió las cartas que necesitaban revisar antes de recibir las reproducciones.
Antes de marcharse, la mujer se quedó unos segundos junto a la mesa.
—Esta mañana ha llamado una persona preguntando por documentación de La Esperanza.
Cora levantó la cabeza.
—¿Qué quería saber?
—Preguntó qué se había consultado estos últimos días y si podíamos decirle qué documentación se había solicitado.
Isara sintió que se le tensaban los hombros.
—¿Se lo dijeron?
—No. No facilitamos información sobre las consultas de otros usuarios.
—¿Preguntó por nosotras?
—No dio ningún nombre. Tampoco dejó el suyo.
Cora miró a Isara.
La llamada no demostraba que fuera la misma persona que les enviaba los mensajes, pero llegaba demasiado cerca de sus movimientos como para ignorarla.
—¿Consiguió saber algo? —preguntó Isara.
—No por nosotros.
Isara guardó el teléfono en el bolso.
Quien había llamado sabía que La Esperanza seguía siendo un lugar por el que preguntar.
Lo que no sabía, al menos por aquella llamada, era qué habían encontrado ellas dentro de la caja de Celia.
Salieron por una puerta lateral y no regresaron directamente a San Tirso. Cora condujo durante varios kilómetros antes de detenerse en un área de servicio, cambiar de dirección dos veces y volver a incorporarse a la carretera.
No vieron ningún vehículo repetir sus movimientos, pero Isara tardó en dejar de mirar el retrovisor.
Solo entonces Isara abrió de nuevo en el teléfono la fotografía que había hecho de la última carta.
Cora la miró de reojo.
—Podemos buscar ese nombre esta tarde.
Isara tardó en responder.
—Podemos.
—Pero no quieres hacerlo todavía.
—Quiero saber primero qué tenemos.
Cora asintió sin insistir mientras Isara ampliaba la firma.
La investigación ya no la conducía hacia una niña que había dejado de existir.
La llevaba hacia una mujer que la había llamado Irene.
Una mujer que había escrito una vez, después otra y después otra.
Y que, al menos hasta la última carta conservada, seguía preguntando cuándo podría llevarse a su hija a casa.