Capítulo 8 — Antes de Isara
Cora llevaba casi una semana en San Tirso cuando admitió que tenía que volver a casa.
No lo dijo como quien decide abandonar una investigación, sino mientras recogía su bolso del suelo del taller y comprobaba por tercera vez el teléfono.
—Mi hija empieza a pensar que me he mudado contigo.
Isara levantó la vista del ordenador.
—No hay sitio.
—Eso le diré para tranquilizarla.
Cora había hablado cada día con su marido y con su hija, pero hasta entonces Isara solo los conocía por las interrupciones que aparecían en la pantalla del móvil, por alguna conversación que Cora terminaba alejándose unos pasos y por las fotografías que había enseñado casi sin darse cuenta.
Una adolescente que ponía los ojos en blanco cuando su madre intentaba fotografiarla, vacaciones en la playa, cumpleaños, una mesa demasiado llena durante una Navidad.
Durante esa semana había ido salvando el trabajo con llamadas, reuniones aplazadas y tareas delegadas, mientras dormía en una pensión a pocas calles de la plaza.
Aquel paréntesis no podía prolongarse mucho más.
Una vida completa que había seguido existiendo mientras Cora descubría que durante treinta y siete años había llevado un nombre distinto del que figuraba en sus primeros recuerdos.
—Tengo que buscar una cosa en casa de mi madre —añadió—. Mis padres guardaron allí una carpeta con toda la documentación de mi adopción. Sé dónde está; la he visto muchas veces, pero nunca con lo que sabemos ahora.
Isara cerró el archivo que estaba revisando.
—¿La has mirado?
—Hace muchísimo. Lo suficiente para saber que no contiene ninguna palabra que diga «niña oficialmente muerta en un incendio».
—Eso habría llamado la atención.
—Incluso la mía.
Cora guardó el teléfono.
—Pero ahora sabemos qué buscar.
Isara decidió acompañarla y, a la mañana siguiente, dejó el taller cerrado y viajó con Cora hasta Logroño.
La carpeta de Cora ofrecía algo que los negativos de Celia no podían darles: el momento en que Clara desaparecía de los documentos y empezaba a existir Cora Beltrán. No tenían que convertir cada desplazamiento en una investigación para seguir ese rastro.
La casa estaba en una zona residencial tranquila.
No era especialmente ostentosa, aunque todo en ella hablaba de una comodidad sostenida durante años: libros que nadie había tenido que vender al mudarse, muebles comprados para durar, fotografías familiares en las paredes y una cocina suficientemente grande para que tres personas pudieran estorbarse sin llegar a molestarse.
La hija de Cora abrió antes de que su madre sacara las llaves.
—Por fin.
Cora la abrazó aunque la chica protestó de inmediato.
—Mamá.
—Llevo días sin verte.
—Hemos hablado todas las noches.
—No es lo mismo.
La adolescente acabó sonriendo y permitió que su madre la besara en la frente antes de fijarse en Isara.
—Tú eres Isara.
—Eso parece.
Cora la miró de reojo.
—No empieces.
Su marido apareció detrás y saludó a Isara con una naturalidad que agradeció. Cora les había contado lo suficiente para que nadie necesitara fingir que su presencia allí era casual, pero tampoco habían convertido la llegada en un interrogatorio.
Tomaron café en la cocina. La hija de Cora quiso saber si habían descubierto algo nuevo y su madre permaneció unos segundos jugando con la cucharilla antes de contestar.
—Sí. He descubierto cómo me llamaba de pequeña.
Su marido dejó la taza mientras la chica fruncía el ceño.
—¿No te llamabas Cora?
—No allí.
—¿Cómo?
Cora respiró hondo.
—Clara.
Su hija repitió el nombre en voz baja.
—Clara.
Cora hizo una mueca.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de estar decidiendo si me pega.
—No te pega nada.
Isara vio que Cora volvía a sonreír después de haber leído aquel nombre en la ficha.
—Gracias. Era exactamente la respuesta que necesitaba.
Su marido no sonrió y se quedó observándola.
—¿Estás bien?
Cora tardó un poco en contestar.
—Sí. Creo. No siento que haya recuperado un nombre. Es más raro que eso.
Isara entendió perfectamente lo que quería decir. Había pasado dos noches mirando la palabra Irene y seguía sin encontrar en ella nada que reconociera como propio.
Después del café, Cora miró la hora y cogió las llaves.
—Vamos a casa de mi madre.
La carpeta de adopción seguía allí, en la casa donde Cora había crecido y donde su madre vivía desde que su padre murió años atrás. Cora había avisado de que pasaría a recoger unos papeles; su madre estaría fuera hasta media tarde y ella conservaba una llave.
—Prefiero ver primero qué hay —dijo mientras conducían—. Después le preguntaré lo que tenga que preguntarle.
Quince minutos después entraron en la casa. Cora fue directamente al despacho y abrió el armario donde sabía que se guardaba la documentación familiar. De allí sacó una carpeta rotulada con una sola palabra: ADOPCIÓN.
Era la que conocía desde hacía años. Dentro había certificados, informes, comunicaciones de una gestoría y varios documentos relacionados con su llegada a la familia.
Cora apartó los papeles posteriores y fue colocando sobre la mesa los más antiguos.
El primero en el que aparecía su nombre completo era de diciembre de 1989.
CORA BELTRÁN.
Isara comprobó la fecha y vio que era de menos de un mes después del incendio.
—¿Qué es? —preguntó.
—Un documento de seguimiento de la adopción.
—¿Oficial?
Cora leyó la cabecera.
—De una gestoría que ya no existe.
Había sellos, nombres y una referencia a un expediente que no reconocían. El texto daba por sentado que Cora llevaba tiempo con la familia, aunque no especificaba cuánto.
El siguiente documento era de enero de 1990 y después aparecía otro de febrero. Todos utilizaban ya el nombre Cora y no había ninguno anterior al incendio.
—Tus padres nunca te enseñaron nada anterior —dijo Isara.
—No.
—¿Te dijeron cuándo llegaste con ellos?
Cora se apoyó en el respaldo.
—Siempre me contaron que a finales del ochenta y nueve. Yo sabía que era adoptada. Eso nunca fue un secreto.
—¿Y La Esperanza?
—Jamás.
Isara señaló los documentos más antiguos.
—¿Tu madre sabía que te llamabas Clara?
Cora negó.
—No lo sé. Pero voy a preguntárselo.
—¿Y tu padre?
Cora bajó un momento la vista hacia la carpeta.
—Murió hace años. La parte de los papeles la llevaba casi siempre él.
Isara sacó del bolso las copias de las fichas de ingreso que habían obtenido a partir de los negativos y colocó la de Clara junto al primer documento de Cora Beltrán.
Antes de marcharse, Cora fotografió con el móvil los documentos más antiguos de la carpeta y volvió a guardarlos en el mismo orden. Los originales se quedaron en el despacho de su madre.
No demostraban todavía quién había cambiado el nombre ni cómo se había construido legalmente la nueva identidad, pero la secuencia empezaba a ser visible.
Clara existía en La Esperanza antes del incendio y Cora aparecía en los documentos después.
Entre ambas cosas había un hueco de apenas unas semanas.
—Ahora tú —dijo Cora.
Isara levantó la mirada.
—¿Yo qué?
—Has venido hasta Logroño para abrir mis cajones. Me parece justo.
—No hemos abierto ningún cajón.
—Es una forma de hablar.
Volvieron a San Tirso aquella misma tarde.
La casa de Celia seguía prácticamente como la habían dejado después del registro policial. Isara había cerrado el escritorio, guardado la caja y retirado algunos documentos personales, pero todavía no había sido capaz de ordenar el dormitorio.
Entró en él, algo que no hacía desde la noche del entierro, sin sentir que estaba invadiendo nada.
Cora se quedó junto a la puerta.
—¿Dónde guardaba tus papeles?
—En el mueble del pasillo.
Celia había conservado carpetas por años: declaraciones de la renta, recibos médicos, seguros y certificados escolares. Isara encontró documentos de cuando tenía siete años, después de los seis y de los cinco. Cuanto más retrocedía, menos quedaba.
La carpeta más antigua contenía una cartilla sanitaria expedida a comienzos de 1990.
ISARA.
Sin segundo nombre y sin ninguna referencia a Irene.
Había también una inscripción escolar posterior y una copia de un documento de identidad infantil que Isara no recordaba haber visto nunca.
Cora extendió las hojas sobre la mesa.
—Otra vez después del incendio.
—Sí.
—¿Y antes?
Isara revisó la carpeta por segunda vez.
—Nada.
La ausencia de fotografías anteriores a los siete ya tenía una explicación que Celia había repetido durante años: la inundación, el sótano y los álbumes perdidos. Ahora faltaban también los papeles.
Isara se sentó.
—No sé cuándo empecé a ser Isara.
Cora permaneció en silencio.
—Sé cuándo aparece el nombre —continuó Isara—. No cuándo me lo dieron.
Sacó del bolso la ficha digitalizada de Irene.
La fecha de ingreso en La Esperanza era anterior al incendio. No se remontaba lo bastante atrás como para explicarle toda una infancia, pero sí demostraba que durante meses había existido en aquel lugar con otro nombre.
—¿Qué edad tenías cuando llegaste? —preguntó Cora.
—Cuatro.
—Entonces alguien te llamaba Irene antes.
Isara miró la ficha.
—Alguien me llamaba así en La Esperanza.
—Y antes de La Esperanza.
—Eso todavía no lo sabemos.
Cora resopló.
—Algún día voy a conseguir que aceptes una deducción sin obligarme a llevarla ante notario.
—No hoy.
Pasaron el resto de la tarde comparando las seis fichas.
No podían reconstruir todavía las vidas anteriores, porque los negativos de Celia se habían centrado en la parte identificativa de los documentos. En algunos márgenes se conservaban anotaciones incompletas, iniciales o referencias internas que ninguna de las dos sabía interpretar.
Isara amplió la ficha de Irene, después la de Clara y volvió a la copia de trabajo que Celia había dejado junto a los negativos.
Los seis números estaban escritos a mano y conectados con las posiciones de las niñas en la fotografía. Había revisado aquella hoja varias veces, pero esa tarde dejó de verla como una guía para identificar rostros y empezó a verla como un índice.
Cora estaba ordenando en el portátil las fotografías que había hecho de los documentos de su adopción cuando Isara vio unas palabras escritas en el margen inferior.
Eran tan pequeñas que hasta entonces las había tomado por una abreviatura. Amplió la imagen y reconoció la letra de Celia.
LAS CARTAS TAMPOCO LLEGARON.
Cora dejó lo que tenía entre las manos.
—¿Qué cartas?
—No lo sé.
—¿Dirigidas a nosotras?
Isara volvió a leer la frase.
—No tenemos forma de saberlo.
—Pero Celia sí sabía que existían.
—Eso parece.
La anotación no les decía quién había escrito aquellas cartas, a quién iban dirigidas, quién las había retenido ni dónde podían estar. Solo dejaba una certeza: habían existido y, por algún motivo, no habían llegado. Celia había decidido que esa fuera la siguiente pregunta.
—¿Puede haberlas guardado? —preguntó Cora.
—Puede.
—¿Dónde?
—Si quisiera que lo supiéramos ya, habría puesto una dirección.
Cora la miró.
—Te juro que a veces me dan ganas de discutir con una muerta.
—Ponte a la cola.
El teléfono de Isara vibró sobre la mesa y las dos dejaron de hablar.
Desde la noche del entierro, cada sonido del móvil hacía que Isara mirara primero la pantalla y después las ventanas.
Número desconocido.
El mismo desde el que habían llegado los mensajes anteriores.
Cora se inclinó hacia ella mientras Isara abría el mensaje. Solo había una línea.
IRENE.
Durante unos segundos, el nombre de la ficha y el nombre de la pantalla parecieron dos cosas diferentes.
Cora fue la primera en reaccionar.
—No puede ser casualidad.
Isara no contestó antes de que el teléfono volviera a vibrar.
LOS NOMbrES ANTIGUOS NO CAMBIAN NADA.
Cora se levantó y caminó hasta la ventana antes de apartar apenas la cortina.
—¿Nos está viendo?
—No lo sé.
—¿Cómo sabe lo de Irene?
Isara miró las fotografías de las fichas. Habían encontrado aquel nombre en las copias conservadas por Celia, mientras que el fondo municipal llevaba décadas incompleto. Ahora la persona que las vigilaba conocía el mismo nombre.
—Porque sabe cosas de 1989 —dijo.
—O porque sabe lo que estamos haciendo ahora.
Isara guardó una captura de los mensajes y la añadió a la carpeta digital de pruebas que había abierto después del allanamiento para conservar todo lo relacionado con el acoso: mensajes, fotografías, números, fechas y cualquier nuevo incidente que pudiera entregar a la policía. No respondió.
Cora volvió a la mesa.
—Hasta ahora esa persona podía conocer a Celia, saber que yo había venido y tener una copia de la fotografía. Esto es distinto.
Isara asintió. Quien las vigilaba ya no se limitaba a seguir sus movimientos: acababa de demostrar que también conocía a la niña que había existido antes que Isara.