Capítulo 7 — Los seis números
Durante tres días, los negativos permanecieron dentro de la funda en la que Celia los había dejado.
Isara podría haberlos examinado aquella misma tarde, pero se negó a hacerlo con prisa.
Había pasado demasiadas horas tomando por certezas cosas que apenas unos días antes ni siquiera sabía que existían, y no quería estropear una de las pocas piezas que su madre había conservado durante casi cuatro décadas por la necesidad de obtener una respuesta cuanto antes.
Cora protestó las dos primeras veces que hablaron por teléfono.
A la tercera dejó de preguntar cuándo pensaba empezar y apareció en el taller poco después de las nueve con dos cafés y una bolsa de bollos.
—He decidido respetar tus tiempos —anunció mientras dejaba todo sobre una mesa—, pero necesito estar presente para comprobar que tus tiempos terminan alguna vez.
Isara apartó una caja de material y le hizo sitio.
—Han terminado esta mañana.
—Gracias a Dios.
—No dramatices.
—Llevo tres días sabiendo que hay seis negativos capaces de decirnos quiénes éramos y tú me pides que no dramatice.
Isara no respondió. Había pensado exactamente lo mismo cada vez que pasaba junto al armario del taller donde los había guardado.
Sacó la funda, se lavó las manos y preparó la mesa.
Los seis fotogramas seguían unidos en una sola tira y mostraban documentos fotografiados de frente.
A simple vista solo podían distinguirse líneas claras sobre fondo oscuro, algún sello y una zona rectangular que parecía destinada a una fotografía, aunque en ninguno de los seis negativos se veía un rostro.
Cora acercó una silla.
—¿Cuánto tardaremos?
—Depende de lo que haya.
—Respuesta de restauradora.
—Pregunta de persona impaciente.
Isara colocó el primer negativo y comenzó a trabajar. El proceso fue sencillo: obtuvo una imagen suficientemente limpia, la invirtió y aumentó el tamaño hasta que las letras dejaron de ser manchas.
El encabezado apareció antes que el resto.
HOGAR INFANTIL LA ESPERANZA.
Debajo figuraba una expresión que hizo que las dos se acercaran a la pantalla.
FICHA DE INGRESO.
Cora dejó el café.
—Por cómo entrasteis.
Isara pensó en la nota de Celia.
Empezad por cómo entrasteis.
—Eso parece.
Continuó ampliando.
La ficha tenía un número en la esquina superior, un nombre, una fecha de nacimiento y varios apartados más pequeños. Algunos resultaban ilegibles porque el negativo estaba demasiado contrastado; otros parecían haber sido tapados o recortados antes de fotografiarse.
—¿Lo hizo Celia? —preguntó Cora.
—Las fotografías, seguramente. Lo que no sé es cuándo.
—¿En 1989?
—Puede ser.
No quiso ir más lejos y leyó con Cora el primer nombre.
La primera ficha correspondía a SARA, ocho años en noviembre de 1989; la segunda, a MARTA, siete; la tercera, a ELENA, seis. Después apareció CLARA.
Cora dejó de respirar durante un instante al comprobar que la fecha de nacimiento encajaba con su edad.
—Cinco años —dijo.
Isara miró primero la pantalla y después a ella.
—Sí.
Cora se inclinó hasta quedar casi a la altura del monitor.
—Clara.
Pronunció el nombre despacio, probando cómo sonaba.
—No me dice nada.
—No tiene por qué.
—Ya, pero esperaba alguna cosa.
—¿Qué cosa?
Cora se encogió de hombros.
—No sé. Que me resultara familiar. Que me diera un vuelco el estómago. Algo.
Isara volvió a mirar la ficha.
—También puede ser solo un nombre que dejaste de oír cuando tenías cinco años.
Cora permaneció callada unos segundos.
—Cora me gusta más.
Isara sonrió.
—Eso sí que parece una información útil.
—Muchísimo.
La ligereza duró poco cuando el quinto negativo reveló el nombre de MARA.
La fecha coincidía con la piedra del cementerio: 1984.
Ninguna de las dos dijo nada inmediatamente.
El nombre de la pared, la lápida conmemorativa y aquella ficha se referían ya a la misma niña.
Cora fue la primera en romper el silencio.
—Entonces sí estuvo allí.
—Sí.
—Y era una de las seis.
—Eso también.
No añadió nada sobre lo que Amparo les había contado. Aquella ficha confirmaba, al menos, que Mara había sido una de las seis niñas de la habitación.
Pasó al sexto negativo.
El documento estaba algo peor conservado. Una sombra oscura cubría uno de los márgenes y parte del nombre quedaba afectada por una pequeña abrasión del soporte, aunque la ficha podía leerse.
La sexta ficha correspondía a IRENE, cuatro años en noviembre de 1989.
Isara no dijo nada y Cora se volvió hacia ella.
—Esa edad es la tuya.
—También puede ser la de otra niña.
—Claro.
La respuesta llegó demasiado deprisa y las dos lo supieron.
Todavía quedaba la segunda hoja que habían encontrado en el compartimento: la copia de la fotografía de la habitación 6 contenía pequeñas anotaciones junto a cada niña que, entre las ruinas, parecían solo marcas minúsculas, pero en el taller podían ampliarlas.
Isara la colocó bajo el escáner.
A cada figura le correspondía uno de los seis números de las fichas.
La relación empezó a cerrarse.
La niña mayor, junto a la puerta, tenía el número de Sara.
La que aparecía parcialmente frente a una de las camas correspondía a Marta.
Elena era la niña situada al fondo.
Mara estaba cerca de la pared donde, treinta y siete años después, habían encontrado su nombre arañado sobre la pintura.
Cora buscó su propia figura.
El número situado junto a la niña de la cicatriz coincidía con la ficha de Clara.
Esta vez no hizo ninguna broma.
—Entonces sí.
Isara asintió.
—Entonces sí.
Cora permaneció mirando la fotografía, y durante unos segundos pareció olvidar que Isara seguía a su lado.
—Me llamaba Clara.
Cora lo dijo en voz baja, aceptándolo más que preguntándolo.
—Eso dice la ficha.
—Y alguien decidió que dejara de llamarme así.
Isara miró los otros números.
—Todavía no sabemos quién.
—Ni por qué.
—Ni cuándo.
Cora soltó el aire.
—Qué ganas tienes siempre de estropearme las conclusiones.
—Alguien tiene que hacerlo.
Faltaba una niña, la de la ventana, así que Isara acercó la imagen.
La anotación estaba justo en uno de los bordes más deteriorados de la copia y solo se distinguía una parte del número.
Probó otra ampliación, modificó ligeramente el contraste y comparó la forma del primer dígito con los otros cinco.
La ampliación seguía sin permitirle leerlo completo.
—¿No se ve? —preguntó Cora.
—No entero.
—Pero solo queda una ficha.
—Eso no convierte la asociación en una prueba.
Cora levantó ambas manos.
—Vale. No he dicho nada.
Isara sabía que la lógica era evidente. Seis niñas, seis fichas, cinco correspondencias claras y una sola por asignar. Aun así, Celia había construido todo aquello para que pudieran comprobarlo, no para que completaran los huecos por eliminación.
Aquella misma tarde llamaron al archivo municipal de Valdemora.
La referencia al antiguo Hogar Infantil La Esperanza seguía existiendo dentro de un fondo administrativo trasladado años después del incendio.
La mujer que atendió el teléfono les explicó que parte de los libros podía consultarse previa solicitud y que al día siguiente tendrían preparado el volumen correspondiente a 1989.
Cora sonrió en cuanto terminó la llamada.
—Has conseguido retrasar veinticuatro horas más lo inevitable.
—He conseguido comprobarlo.
—Eso he dicho.
A la mañana siguiente llegaron a Valdemora poco después de abrir.
El archivo ocupaba ahora parte del edificio del antiguo ayuntamiento y no tenía nada que ver con las ruinas de La Esperanza.
Las paredes estaban recién pintadas, olía a papel y a calefacción, y una funcionaria las condujo hasta una mesa donde había dejado un libro grande protegido por una funda transparente.
—Este es el registro general de entradas del centro —explicó—. Está incompleto.
Isara levantó la vista.
—¿Desde cuándo?
—Desde que llegó al archivo. La primera descripción que tenemos es de principios de los noventa y ya constaba así.
Aquella frase descartó una idea que Isara no había querido formular.
No era algo que alguien hubiese hecho la semana anterior ni el mes anterior: el libro llevaba décadas incompleto.
La funcionaria abrió el volumen por la parte correspondiente al otoño de 1989.
Las entradas avanzaban con normalidad hasta que, de pronto, faltaban dos hojas.
No estaban arrancadas de manera reciente. El cosido antiguo mostraba restos de papel junto al lomo y el desgaste tenía el mismo tono que el resto del volumen.
Cora miró a Isara.
—Ahí estaban.
—Probablemente.
—Otra vez probablemente.
Isara señaló las numeraciones anterior y posterior.
Las fichas fotografiadas por Celia encajaban exactamente en el hueco.
El número anterior al primer ingreso aparecía en la última hoja conservada. El posterior al sexto figuraba en la siguiente.
Entre ambos faltaban las seis entradas, y la funcionaria se inclinó sobre el libro.
—Esto no es raro en fondos que llegaron dañados, aunque aquí parece que las hojas se retiraron antes de que el volumen entrara en el archivo.
—¿Hay constancia del motivo?
—Ninguna que yo conozca.
Cora apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—¿Y las fichas individuales?
—Si existieron separadas, no están en este fondo.
Isara pensó en los negativos.
Las fichas individuales que Celia había fotografiado no estaban en el fondo actual, y las dos hojas del registro correspondientes a aquellos seis ingresos habían sido retiradas antes de que el libro llegara al archivo.
Más allá de esos dos hechos, cualquier conclusión habría sido prematura.
Celia había tenido acceso a aquellas fichas en algún momento anterior y las había fotografiado antes de que dejaran de estar disponibles en el fondo que ahora consultaban.
Durante el regreso a San Tirso, Cora condujo porque Isara dijo que necesitaba revisar las imágenes en el portátil. En realidad, pasó buena parte del trayecto mirando por la ventanilla.
La información era sencilla: había tenido otro nombre.
Lo extraño era que no sintiera que acababa de recuperarlo.
En el taller volvió directamente a la copia ampliada de la fotografía.
Ya sabía qué número debía buscar, pero aun así insistió hasta conseguir distinguirlo completo.
Trabajó con varias versiones de la imagen y comparó la forma de los dígitos con las anotaciones que Celia había dejado junto a las otras niñas.
Cuando lo vio, dejó la ampliación abierta en la pantalla.
El número de la niña situada junto a la ventana era el mismo que encabezaba la sexta ficha.
Isara abrió la imagen del negativo.
Cora se colocó detrás de ella, esta vez sin decir nada.
En la pantalla aparecía la ficha de ingreso de una niña de cuatro años.
Isara recorrió con la vista la fecha, el número y después el nombre.
IRENE.
Esperó alguna reacción que no llegó y tampoco recordó a nadie llamándola así.
No apareció ninguna habitación distinta ni una voz de mujer ni una imagen escondida en algún lugar de la memoria.
Solo vio seis letras que nombraban a una niña con su misma oreja, su misma edad y su mismo rostro.
—¿Estás bien? —preguntó Cora.
Isara tardó un poco en contestar.
—No lo sé.
Cora acercó una silla, pero no la tocó.
—No tienes que llamarte así.
—Ya lo sé.
—Ni dejar de ser Isara.
—También lo sé.
Isara volvió a mirar la ficha.
Lo sabía todo y, aun así, no era eso lo que le dolía.
Durante cuarenta años había pensado que Isara era el primer nombre de su historia. Acababa de descubrir que no.
Antes de Isara había existido Irene.
Y todavía no sabía quién la había llamado así por última vez.