Capítulo 6 — Amparo
Encontraron un teléfono de Amparo Roldán aquella misma tarde, después de regresar a San Tirso.
Cora dio con él en la página antigua de una asociación vecinal de Peñablanca, un pueblo a poco más de una hora de Valdemora, donde Amparo había colaborado durante años.
Llamó antes de que Isara pudiera decirle que quizá convenía esperar.
La mujer respondió al cuarto tono.
—¿Sí?
—¿Amparo Roldán?
—Soy yo.
Cora miró a Isara antes de continuar.
—Me llamo Cora Beltrán. Estoy con Isara, la hija de Celia.
Al otro lado hubo un silencio tan largo que Isara pensó que la llamada se había cortado.
—Celia ha muerto —dijo Amparo al fin.
Amparo lo dijo como una certeza.
—La enterramos ayer —respondió Isara.
Otro silencio.
—¿Qué queréis de mí?
—Hablar de La Esperanza.
La respiración de Amparo cambió apenas, lo suficiente para que Isara la oyera a través del altavoz.
—Por teléfono, no.
—Podemos ir ahora —dijo Cora.
—Mañana. A las diez.
Amparo dio una dirección y colgó sin despedirse.
A la mañana siguiente llegaron a Peñablanca con unos minutos de adelanto.
Isara había dormido poco, pero no por los negativos que seguían guardados en el taller.
Había pasado buena parte de la noche pensando en la piedra de Mara, en las flores recientes y en aquella única palabra escrita en la tarjeta: Perdóname.
La casa de Amparo estaba en una calle tranquila de viviendas bajas, cerca de la salida del pueblo. Tenía la fachada de piedra clara, dos macetas grandes junto a la puerta y un jardín pequeño en el que todo parecía demasiado ordenado para haber crecido por casualidad.
Cora miró el retrovisor antes de bajar.
—No he visto el coche oscuro.
—Ni sabemos si era siempre el mismo coche.
—Gracias por mejorarme la mañana.
Isara cerró el vehículo y caminó hacia la puerta.
Amparo abrió antes de que llamaran. Era una mujer alta, con el pelo blanco recogido detrás de la nuca y un bastón apoyado contra el marco que no llegó a utilizar mientras las observaba. Miró primero a Cora y después a Isara. Sus ojos se detuvieron en el lado izquierdo de su cabeza.
—La oreja —dijo.
Isara se tocó el pelo por reflejo.
—¿Cómo sabe eso?
Amparo apartó la mirada.
—Entrad.
El salón estaba limpio y cálido, con muebles oscuros, una mesa junto a la ventana y varias fotografías familiares sobre un aparador.
Isara apenas las miró al principio. Solo cuando Amparo fue a la cocina reparó en una imagen reciente en la que aparecía abrazada a una mujer de pelo oscuro y a un chico.
Parecían haber posado deprisa, juntos y sonrientes.
Amparo regresó con una cafetera pequeña y encontró a Isara mirando el marco.
—Mi familia —dijo.
Isara asintió y se apartó. No encontró en aquella fotografía nada que la obligara a detenerse más tiempo.
Se sentaron. Amparo sirvió café sin preguntar si querían y dejó la cafetera en el centro de la mesa.
—El hombre del cementerio dijo que usted dirigía La Esperanza —empezó Isara.
—Lo dirigí durante varios años.
—¿En 1989?
—Sí.
Cora dejó el teléfono boca abajo junto a su taza.
—Entonces sabe quiénes somos.
Amparo no contestó.
Isara sacó una copia de la fotografía y la colocó sobre la mesa. No llevó la carta de Celia ni los negativos; todavía no sabía cuánto quería enseñar a aquella mujer.
Amparo miró la imagen sin tocarla.
Su expresión no cambió al ver las seis caras, pero tardó demasiado en apartar los ojos.
—Esa fotografía se hizo en La Esperanza —dijo Isara—. Noviembre de 1989.
—Ya lo sé.
Cora apoyó los brazos sobre la mesa.
—¿Somos nosotras?
Amparo la miró primero a ella y después a Isara.
—Sí.
La respuesta llegó con tanta sencillez que durante unos segundos ninguna de las dos habló.
—¿Las dos? —preguntó Cora.
—Las dos.
Isara sintió una presión incómoda bajo el esternón. Hasta ese momento había reunido coincidencias, una cicatriz, una oreja, fechas y fotografías. Amparo acababa de convertirlo en un recuerdo ajeno que las incluía.
—Los registros dicen que las seis niñas murieron en el incendio —dijo.
Amparo bajó la vista hacia su café.
—Los registros dicen muchas cosas.
—Celia escribió que solo murió una.
Esta vez Amparo levantó la cabeza.
—Celia decía la verdad.
Cora se movió en la silla.
—¿Entonces cinco sobrevivimos?
Amparo sostuvo su mirada unos segundos.
—Sí.
Isara señaló la fotografía.
—¿Quién murió?
Amparo respondió sin mirar la imagen.
—Mara.
Amparo pronunció el nombre con una facilidad que a Isara le desagradó. Durante dos días habían llegado hasta él por una pared, un cenotafio y una suma de indicios; en su boca, en cambio, nunca parecía haber existido ninguna duda.
—¿La niña de la lápida? —preguntó Cora.
—Sí.
—¿Cómo murió?
Amparo se tomó unos segundos antes de responder.
—Por el incendio. El humo le hizo mucho daño. No pudimos salvarla.
—¿La vio morir?
La pregunta de Isara hizo que Amparo apretara ligeramente los labios.
—Murió aquella noche.
—No es lo que le he preguntado.
—Es lo que voy a contestarte.
Cora miró a Isara, pero esta no apartó los ojos de Amparo.
—No hay tumba —continuó—. No hay registro de entrada de sus restos en el cementerio. ¿Qué pasó con ella después?
Amparo se levantó y caminó hasta la ventana. Durante un momento pareció más interesada en una rama que rozaba el cristal que en ellas.
—Aquella noche fue un desastre y después hubo demasiada gente interesada en dejarla atrás.
—¿Qué gente?
—No voy a hablar de eso.
Cora soltó el aire con impaciencia.
—Cada vez que llegamos a algo importante decide que no piensa responder.
Amparo se volvió.
—Yo no os hice venir. Vosotras me encontrasteis.
—Y usted sabía quién era Isara antes de que se presentara.
Amparo volvió a mirar la oreja de Isara.
—Hay cosas que no se olvidan.
—¿Conocía a Celia entonces? —preguntó Isara.
Amparo tardó apenas un instante en responder.
—Sí.
—¿Qué hacía ella en La Esperanza?
—Eso tendrás que averiguarlo sin mí.
Isara sintió una irritación inesperada. No porque Amparo se negara, sino porque cada negativa parecía cuidadosamente colocada alrededor de su madre.
—Celia me dejó una carta. Me pidió que buscara a las otras y me dijo que no me fiara de los nombres. ¿Sabe por qué?
Amparo regresó a la mesa y se sentó despacio.
—Sé por qué una persona puede dejar de llamarse como se llamaba de niña.
—Eso no responde.
—No.
Cora empujó la fotografía unos centímetros hacia ella.
—Entonces díganos al menos los nombres de las otras tres.
Amparo negó con la cabeza.
—No puedo.
Cora abrió la boca, pero Isara se adelantó.
—¿Sabe dónde están?
—No.
—¿Sabe qué pasó con ellas después de 1989?
Amparo tardó un poco más.
—Sé que siguieron viviendo. Nada que pueda ayudaros ahora.
Era más de lo que Amparo había querido darles hasta ese momento y, precisamente por eso, Isara se fijó en la forma en que lo había dicho. No «sé cómo vivieron» ni «sé con quién». Solo que siguieron viviendo.
—¿Y Mara no? —preguntó.
Amparo sostuvo su mirada.
—Mara murió.
No añadió nada.
Cora miró la fotografía de las seis niñas y después a Amparo.
—¿Por eso puso la piedra?
La expresión de la mujer cambió. No mucho: apenas apareció un cansancio más visible alrededor de los ojos.
—La puse porque necesitaba que su nombre quedara en algún sitio.
—¿Y las flores?
—Son mías.
—¿También la tarjeta?
—Sí.
—¿Por qué le pide perdón?
Amparo bajó la mirada hacia sus manos.
—Porque hay cosas que una hace y que no dejan de estar mal solo porque hayan pasado muchos años.
—¿Qué cosas?
—No voy a contártelas hoy.
El «hoy» hizo que Isara levantara la cabeza.
—¿Habrá otro día?
—Eso dependerá de lo que encontréis.
—¿Qué espera que encontremos?
Amparo sonrió sin alegría.
—Si Celia os puso en marcha, supongo que ya pensó en eso mejor que yo.
Era la primera frase que sugería que conocía algo de la forma de pensar de su madre, pero antes de que Isara pudiera insistir, Amparo empujó la fotografía hacia ella.
—Guardadla.
—¿Le molesta verla?
—Me molesta recordar quién era yo cuando se hizo.
Isara recogió la copia con cuidado.
—¿Qué era usted?
Amparo no respondió.
El silencio se prolongó hasta que Cora se levantó, mientras Isara permanecía sentada unos segundos más.
—Una última pregunta.
Amparo esperó.
—¿Celia sabía que Mara era la única?
Amparo pareció sorprendida, aunque la expresión desapareció enseguida.
—Sí.
La respuesta fue firme, e Isara se puso en pie.
En el recibidor volvió a ver de reojo la fotografía del aparador: Amparo, la mujer de pelo oscuro y el chico, juntos y sonrientes. Una familia cualquiera en una casa cualquiera. Después la puerta se abrió y el aire frío de la mañana entró entre ellas.
—No volváis sin avisar —dijo Amparo.
Cora salió primero, mientras Isara se detenía en el umbral.
—Sabe mucho más de lo que nos ha dicho.
—Sí.
No hubo disculpa ni intento de negarlo.
—¿Y piensa seguir callándolo?
Amparo apoyó una mano en la puerta.
—Durante mucho tiempo pensé que callar evitaba hacer más daño. Ya no estoy tan segura.
—Eso tampoco es una respuesta.
—Es la única que tengo hoy.
La puerta se cerró con suavidad.
Caminaron hasta el coche sin hablar y Cora esperó a sentarse para romper el silencio.
—Mara.
Isara se abrochó el cinturón.
—Mara.
—Celia dijo que murió una. Amparo dice que fue Mara. Y Mara tiene una piedra con sus fechas.
—Sí.
—Eso ya son varias cosas apuntando al mismo sitio.
Isara miró la casa por el retrovisor.
—Parecen varias.
Cora giró la cabeza.
—¿Le crees?
Isara tardó en contestar.
—En lo de Mara, sí. En lo demás, creo que apenas ha empezado a hablar.
Cora miró una última vez hacia la casa.
Isara arrancó el coche. Desde que Celia dejó aquella frase escrita, Mara había sido la candidata más probable a ser la única muerta; ahora Amparo acababa de darle un nombre a esa muerte.
Lo que seguía sin entender era por qué, cada vez que preguntaban por las otras cinco, la conversación se llenaba de puertas cerradas.