Solo una murió Capítulo 5 — La lápida de Mara
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Capítulo 5 — La lápida de Mara

—Podemos mirar antes de volver —dijo Cora—. Si Mara fue una de las seis, quizá allí aparezca su nombre.

El cementerio quedaba a menos de diez minutos.

Ocupaba una ladera baja al otro lado de Valdemora, rodeado por un muro de piedra y dividido en pequeñas terrazas.

Junto a la entrada había una caseta municipal y, detrás del cristal, un hombre de unos sesenta años levantó la vista cuando Isara preguntó por las víctimas del incendio de La Esperanza.

—¿Familia? —preguntó.

Isara estuvo a punto de responder que no, pero Cora se adelantó.

—Todavía no lo sabemos.

El hombre las observó durante un instante y después salió de la caseta sin abrir ningún registro ni pedirles nombres; se limitó a señalar una zona próxima al muro norte.

—Lo que hay es un memorial. No hay enterramientos de las niñas aquí.

Isara se detuvo.

—¿De ninguna?

—De ninguna que figure vinculada al incendio. La documentación municipal de la época las da por fallecidas, pero en este cementerio no consta la entrada de restos.

Cora miró a Isara antes de seguir al hombre.

Las palabras de Celia regresaron de inmediato, aunque Isara se obligó a no convertirlas todavía en una explicación.

Que no hubiera enterramientos no demostraba que cinco niñas hubieran sobrevivido; únicamente demostraba que la documentación municipal que las daba por fallecidas y el registro del cementerio contaban historias distintas.

El memorial ocupaba un espacio sencillo entre dos cipreses. Era una piedra rectangular, colocada años después del incendio, con una inscripción que se leía desde varios metros.

EN MEMORIA DE LAS SEIS NIÑAS DEL HOGAR INFANTIL LA ESPERANZA, FALLECIDAS EN EL INCENDIO DEL 18 DE NOVIEMbrE DE 1989.

Debajo no había nombres, y Cora leyó la frase dos veces.

—Seis muertas y ningún cuerpo aquí.

El hombre señaló entonces una piedra mucho más pequeña situada a unos metros del monumento. A primera vista parecía una lápida infantil, aunque estaba separada de las sepulturas y no tenía número de parcela.

Solo aparecía un nombre.

MARA

Debajo, dos años:

1984–1989

Isara sintió que Cora contenía el aire.

—Cinco años.

La misma edad que Cora había calculado para sí aquella noche.

Isara se volvió hacia el empleado.

—Ha dicho que no hay enterramientos.

—Eso no es una tumba —aclaró él—. Es una lápida conmemorativa. No hay nadie debajo.

Cora se acercó un poco más.

—¿Y por qué Mara tiene una propia si el monumento recuerda a las seis?

—Eso ya no lo sé. La piedra se puso bastante después. La pidió una mujer y el ayuntamiento permitió colocarla junto al memorial porque no ocupaba ninguna sepultura.

Isara miró el nombre otra vez. Celia había escrito que solo una murió y, treinta y siete años después, la única de las seis que parecía haber recibido un recuerdo individual era Mara. La asociación resultaba casi inevitable.

—¿Sabe quién pidió la lápida?

El hombre tardó muy poco en responder.

—Amparo. Fue directora del hogar.

El nombre cambió el peso de la mañana. Hasta entonces solo habían encontrado objetos, ruinas o registros; Amparo era una persona que había estado allí cuando ellas eran niñas.

Junto a la piedra de Mara había un ramo reciente de claveles blancos. La tierra no estaba removida porque allí no había sepultura, pero alguien había colocado los tallos dentro de un pequeño recipiente de metal sujeto al suelo. Cora se agachó sin tocarlo.

—Esto no lleva aquí mucho.

Del envoltorio colgaba una tarjeta pequeña con una sola palabra escrita a mano.

Perdóname.

No había firma ni nombre.

—¿También viene Amparo? —preguntó Isara.

El empleado asintió.

—Casi todos los meses. A veces se queda cinco minutos y otras veces bastante más. Yo llevo aquí once años y ya venía cuando llegué.

Cora se incorporó despacio.

—¿Vive en Valdemora?

—Ya no. Hace años se marchó, aunque sigue viniendo. No tengo su dirección y tampoco se la daría si la tuviera.

Isara agradeció la respuesta. No quería que aquel hombre empezara a completar lo que desconocía con recuerdos de terceros. Ya tenían bastante con distinguir hechos de suposiciones.

Caminaron de nuevo hacia el memorial. Allí, las seis niñas estaban reunidas en una sola frase y, unos metros más allá, Mara tenía un nombre propio y unas fechas. Cora abrió en el teléfono la fotografía de la habitación 6.

—Si Celia dice que solo murió una y Amparo puso una lápida solo para Mara, parece bastante claro.

—Parece —repitió Isara.

—No me digas que tampoco podemos creer esto.

—Lo único seguro es que Amparo quiso dejar allí el nombre de Mara.

Cora la miró un momento antes de guardar el teléfono.

—Cada vez eres más insoportable.

—Y cada vez tenemos menos margen para equivocarnos.

No discutieron. La hipótesis más sencilla era que Mara hubiera sido la única que murió aquella noche o poco después y que Amparo llevara años visitando su memorial porque había dirigido el hogar entonces. Incluso la palabra de la tarjeta encajaba, pero Isara prefirió esperar a hablar con ella.

Antes de marcharse regresaron a la caseta y preguntaron si existía alguna referencia pública que pudiera ayudarles a localizar a Amparo. El empleado recordó su apellido después de pensarlo un momento.

—Roldán. Amparo Roldán. Salía en algunas noticias antiguas cuando se hablaba del incendio.

Cora escribió el nombre en el teléfono.

Ya en el coche, Isara no arrancó inmediatamente. Desde el aparcamiento alcanzaba a distinguir la parte superior del memorial entre los cipreses y, a su derecha, la piedra pequeña de Mara.

—Hay algo que no me gusta —dijo.

—Solo una cosa.

—Oficialmente murieron seis niñas y aquí no entró ninguna. Eso significa que alguien dio por cerradas seis muertes sin que el cementerio recibiera un solo cuerpo.

Cora apoyó la cabeza contra el asiento.

—Y Celia nos dice que cinco seguíamos vivas.

—Sí.

Cora volvió la cabeza hacia ella.

—Entonces Mara encaja.

Isara tardó unos segundos en responder.

—Encaja. Quiero hablar con Amparo antes de decidir nada.

Isara puso el coche en marcha. Ninguna quiso avanzar más hasta hablar con Amparo. Mara era ya la candidata más clara a ser la niña de la que hablaba Celia, y Amparo llevaba años regresando al único lugar donde su nombre aparecía separado del resto.

Al fin tenían a alguien a quien hacer preguntas.