Capítulo 4 — Lo que quedó de La Esperanza
Habían salido del taller de madrugada y ninguna de las dos había dormido más de unas horas.
A las ocho y cuarto de la mañana, Isara aparcó frente a una verja oxidada y comprobó por tercera vez la dirección que había guardado en el teléfono, aunque el nombre apenas se distinguía ya en la piedra situada junto a la entrada y todavía podían leerse algunas letras bajo el musgo.
HOGAR INFANTIL LA ESPERANZA
Cora se inclinó hacia el parabrisas.
—Pues parece que existió.
—Eso ya lo sabíamos.
—Saberlo desde un ordenador no es lo mismo.
Isara tampoco podía discutir aquello. Durante el trayecto desde San Tirso había conseguido pensar en La Esperanza como una dirección, una fecha y una fotografía.
Ahora tenía delante un edificio real, o al menos lo que quedaba de él, y desde la muerte de Celia no había sentido con tanta claridad que todo aquello también podía formar parte de su propia vida.
El incendio había destruido buena parte del cuerpo central.
Una de las alas había desaparecido por completo y en su lugar crecían zarzas y dos árboles jóvenes.
La otra conservaba parte del tejado y una sucesión de ventanas sin cristales.
El patio estaba cubierto de hierba alta, y en la fachada podían verse franjas oscuras que quizá fueran humo antiguo o simplemente décadas de humedad.
No había ninguna puerta cerrada que forzar. La verja se mantenía unida por una cadena rota y, detrás, un sendero de tierra mostraba huellas recientes de bicicletas y perros. Un cartel municipal advertía del peligro de desprendimientos y recomendaba no acceder al interior del edificio.
Cora leyó el aviso.
—Eso significa que no deberíamos entrar.
—Sí.
—¿Vamos a entrar?
Isara cogió la carpeta con la fotografía de Celia, la llave y las copias de trabajo que había preparado en el taller.
—Solo hasta donde sea seguro.
—Me tranquiliza muchísimo que la restauradora de fotos sea ahora también arquitecta.
—Puedes quedarte en el coche.
—Ni hablar.
Rodearon primero el edificio por el exterior.
Isara prefería comprobar cuánto permanecía en pie antes de meterse bajo ningún techo, pero también quería encontrar el ángulo desde el que pudiera reconocer la ventana de la fotografía.
La fachada principal no le decía nada. Tampoco el patio, aunque al pasar junto a un muro bajo notó un olor a tierra mojada que le produjo una sensación extraña, demasiado rápida para llamarla recuerdo.
Se detuvo.
Cora dio dos pasos más antes de darse cuenta.
—¿Qué pasa?
Isara miró el muro, cubierto de líquenes y sin nada que pareciera particular.
—Nada.
—Has puesto cara de que sí.
—Me ha resultado familiar el olor.
Cora esperó unos segundos.
—¿De aquí?
—No lo sé. También puede oler igual cualquier jardín después de llover.
Continuó andando antes de que aquella impresión adquiriera más importancia de la que merecía. No quería convertir cada sensación en una prueba de que había estado allí.
La parte trasera del edificio estaba mejor conservada. Había un tramo de fachada de dos plantas y, en el piso inferior, cuatro ventanas estrechas casi a la misma altura. Isara sacó la fotografía de Celia y buscó el marco que aparecía detrás de la niña situada junto a la ventana.
Cora se colocó a su lado.
—La tercera.
—Puede ser.
—No, mira el ladrillo.
Señaló una hilera irregular bajo el alféizar. En la fotografía aparecía la misma pequeña desviación, apenas visible porque la pared estaba desenfocada.
Isara acercó la copia.
—Es esa.
La hilera irregular de ladrillos confirmaba la coincidencia. La ventana seguía allí treinta y siete años después, sin cristal y con una rama entrando desde fuera, pero era la misma frente a la que había posado una niña con una hendidura en la oreja izquierda.
Encontraron el acceso por un antiguo pasillo lateral cuyo techo aún permanecía intacto. Isara encendió la linterna del teléfono y avanzó despacio, evitando las zonas donde el suelo estaba cubierto de cascotes. El aire olía a humedad, madera podrida y polvo. Cora caminaba detrás sin hacer bromas.
Al fondo quedaban varias habitaciones abiertas. De algunas solo permanecían dos paredes, pero la tercera conservaba un marco de puerta y, encima, el rectángulo más claro donde alguna vez había habido una placa.
Isara consultó la fotografía.
—Tiene que ser esta.
Cora pasó junto a ella y entró primero.
La habitación era más pequeña de lo que parecía en la imagen.
Faltaba una parte del techo y el suelo estaba cubierto de hojas que el viento había arrastrado desde el exterior.
Las camas habían desaparecido, igual que la mayor parte del yeso, pero junto a la ventana sobrevivía una franja de pared protegida por lo que debió de ser un armario o una estantería.
Cora se acercó.
—Isara.
En la pintura azul aparecían varias estrellas blancas.
No estaban enteras. Algunas habían perdido puntas, otras apenas conservaban una mancha clara, pero la forma era inequívoca. Isara buscó la fotografía y amplió con el teléfono la pared situada detrás de las camas.
Las estrellas estaban allí, y Cora dejó escapar el aire muy despacio.
—Vale. Ya no me parece que estemos imaginándonos nada.
Isara guardó el teléfono sin responder. Se acercó a la pared y apoyó la mano sobre una de las zonas donde todavía quedaba pintura.
La superficie estaba fría.
Durante un instante le llegó una sensación tan rápida que no consiguió transformarla en imagen: la palma apoyada contra algo helado, una humedad que subía desde el suelo y alguien tirando suavemente de su muñeca, sin un rostro ni una voz que pudiera reconocer.
Cuando intentó sujetar aquella impresión, desapareció.
Retiró la mano.
—¿Otra vez?
Isara miró a Cora.
—¿Qué?
—La misma cara que fuera.
—He recordado algo. O creo que lo he recordado.
Cora no preguntó qué. En lugar de eso se volvió hacia el pasillo, y durante unos segundos permaneció inmóvil.
—Por la noche dejaban una luz encendida.
Isara esperó.
Cora frunció el ceño como si quisiera recuperar la frase.
—No sé por qué he dicho eso.
—¿Lo recuerdas?
—No sé si lo recuerdo o si me lo estoy inventando ahora que estoy aquí.
—Entonces no decidamos todavía qué es.
Cora asintió y volvió a mirar la habitación. La cautela no borraba lo evidente: ambas estaban sintiendo algo que no les había ocurrido delante de una pantalla ni al mirar la fotografía.
Isara abrió la carpeta y sacó la llave que Celia había dejado en la caja. El número 6 colgaba todavía de la pequeña placa ovalada.
—Quiero probar una cosa.
La puerta había desaparecido, pero el marco conservaba parte de la cerradura. Isara limpió con cuidado el polvo acumulado alrededor y acercó la llave. Cora se agachó a su lado.
El metal apenas entró unos milímetros antes de detenerse.
Isara lo intentó una segunda vez, sin forzarlo, y después retiró la llave.
—No es de aquí.
Cora miró la pequeña placa con el número.
—Entonces el seis significa otra cosa.
Isara guardó la llave. Durante treinta y siete años, su madre había conservado una fotografía y una llave relacionadas con un lugar que Isara ni siquiera sabía que existía, pero al menos una de las interpretaciones más evidentes acababa de fallar.
Exploraron el resto de la habitación sin mover cascotes ni acercarse a la parte más dañada. En la pared opuesta aparecía la marca rectangular de una segunda cama y, detrás, un tramo de yeso había quedado protegido del humo. Cora pasó la linterna por allí y se detuvo.
—Hay algo escrito.
Isara se acercó.
Al principio parecían simples arañazos, pero a la altura de la cintura de una niña podían distinguirse letras torcidas hechas directamente sobre la pintura.
MARA
—¿Conoces a alguna Mara? —preguntó Cora.
—No.
—Yo tampoco.
Isara fotografió la pared desde distintos ángulos. El nombre no demostraba que Mara fuera una de las seis niñas de la imagen, pero era la primera identidad que encontraban dentro de aquella habitación.
—El primer nombre que no nos ha dado Celia —dijo Cora.
Isara guardó el teléfono.
Cuando salieron al pasillo, Isara advirtió una abertura estrecha detrás de lo que habría sido una puerta de servicio.
No daba hacia la entrada principal, sino hacia la parte trasera del edificio.
Avanzaron unos metros hasta comprobar que desembocaba en una antigua zona de lavandería y, desde allí, en un corredor exterior que terminaba junto al muro del patio.
Cora miró hacia atrás.
—Desde la habitación se podía salir sin pasar por la entrada.
—Desde esa zona, sí.
—En un incendio eso importa.
Isara volvió a fotografiar el recorrido.
—Puede importar. Todavía no sabemos por dónde salió nadie.
El dato del expediente municipal seguía acompañándolas incluso allí: seis fallecidas. Sin embargo, el hecho de que ambas estuvieran de pie en aquel corredor convertía cada acceso, cada puerta y cada ventana en una posibilidad.
La antigua lavandería conservaba muy poco: un fregadero roto, una conducción oxidada y, empotrada en una pared, una fila de pequeños casilleros metálicos numerados, casi todos abiertos o sin puerta. El número 6, en cambio, seguía cerrado.
Cora señaló la llave que Isara acababa de guardar.
—Ahora sí.
Isara volvió a sacarla. Antes de introducirla se fijó en el borde de la cerradura. El metal estaba oscuro casi por completo, salvo alrededor del ojo de la llave, donde aparecía una zona más limpia. También faltaba polvo en la parte inferior de la puerta.
—Alguien lo ha abierto no hace demasiado.
—¿Celia?
—No lo sé.
Esta vez la llave entró hasta el fondo. Isara la giró con cuidado y oyó un pequeño chasquido.
Ninguna de las dos habló mientras abría la puerta.
Dentro había una funda de plástico grueso, demasiado limpia para haber permanecido allí durante décadas.
Isara la sacó y comprobó que estaba cerrada con una tira adhesiva reciente.
En el interior distinguió una pequeña hoja doblada, otra fotografía o copia de trabajo y una tira de negativos protegida entre dos cartulinas.
Cora se inclinó sobre su hombro.
—Eso lo puso alguien hace poco.
Isara abrió la funda con cuidado. La primera hoja contenía únicamente seis números escritos en dos columnas, sin nombres ni fechas.
En la segunda, una copia sencilla de la fotografía de la habitación 6 mostraba pequeñas anotaciones junto a las niñas, demasiado breves para que Isara entendiera allí qué relación guardaban con los números.
Los negativos ocupaban seis fotogramas. A simple vista no parecían fotografías de personas, sino reproducciones de documentos, con líneas de texto tan pequeñas que no podían leerse sin ampliación.
Isara no los sacó de la protección.
—Esto lo miraré en el taller.
—¿Puedes sacar algo?
—Con el equipo, sí. Aquí solo conseguiríamos llenarlo de polvo.
La última hoja estaba escrita con la letra de Celia.
EMPEZAD POR CÓMO ENTRASTEIS.
Cora leyó la frase dos veces.
—¿Entramos dónde?
Isara miró los seis números y después los negativos.
—Supongo que eso es lo que quería que averiguáramos.
Volvió a guardar todo dentro de la funda.
El hallazgo cambiaba la naturaleza de lo que Celia había hecho.
La caja del armario podía haber sido una confesión tardía o una forma de empujarla a buscar respuestas, pero el compartimento escondido en La Esperanza demostraba otra cosa: había preparado un recorrido y había esperado que Isara fuera capaz de seguirlo.
Antes de abandonar el edificio pasaron por una estancia que debió de servir como despacho.
Un cajón metálico yacía en el suelo y varios archivadores estaban abiertos.
No era extraño encontrar destrozos en unas ruinas accesibles, pero sobre una mesa cubierta de polvo quedaban dos marcas rectangulares mucho más limpias que el resto, como si alguien hubiera retirado allí objetos no hacía demasiado.
Cora las señaló.
—¿También Celia?
Isara miró los archivadores abiertos.
—O cualquiera que haya entrado aquí. No podemos saberlo.
La respuesta no consiguió tranquilizar a ninguna de las dos. La funda escondida en el casillero era reciente y aquellas marcas también lo parecían; Isara pensó que quizá no fueran las únicas que habían regresado a La Esperanza después de Celia.
Regresaron al patio poco antes de las diez. Desde fuera, La Esperanza volvía a parecer simplemente un edificio abandonado. A Isara le resultó difícil aceptar que hubiera bastado una hora dentro para cambiar la naturaleza de la fotografía que Celia había guardado durante décadas.
La imagen de seis niñas desconocidas había adquirido otra dimensión: mostraba una habitación en la que Isara había estado, quizá incluso una habitación en la que había dormido, y desde esa mañana era también el lugar donde Celia había dejado la primera pieza de algo que todavía no entendían.
Cora se sentó sobre el muro bajo de la entrada mientras Isara guardaba la funda junto a las fotografías.
—Mara y seis números.
—Sí.
—¿Por dónde empezamos?
Isara miró primero las ruinas y después el camino que salía de la parte trasera del edificio.
Si Celia estaba en lo cierto, cinco de las seis niñas no habían muerto allí, y el corredor de servicio demostraba que existía una salida que no pasaba por la entrada principal.
Sin embargo, Mara era el primer nombre que habían encontrado y la única de la que todavía no sabían nada.
—Primero quiero saber quién era Mara.
Cora señaló la funda.
—¿Y eso?
Isara la sostuvo un instante antes de guardarla.
—Después vamos a descubrir por qué Celia quería que empezáramos por cómo entramos.
Mientras se alejaban, comprendió que su madre no le había dejado una respuesta. Le había dejado un camino.