Solo una murió Capítulo 3 — Seis muertas
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Capítulo 3 — Seis muertas

Isara no tenía intención de pasar la noche en casa de Celia mirando por la ventana cada vez que un coche redujera la velocidad en la plaza, de modo que guardó la fotografía, la carta y la llave en una carpeta rígida, dejó una nota para la policía por si regresaban y se llevó a Cora al taller.

Estaba a menos de diez minutos andando, aunque ninguna de las dos habló demasiado durante el trayecto.

Cora miraba hacia atrás de vez en cuando y a Isara le sorprendió descubrir que ella hacía lo mismo en los escaparates, aprovechando el reflejo para comprobar si alguien seguía sus pasos.

No vieron a nadie, pero el mensaje recibido en el dormitorio había conseguido que la ciudad pareciera distinta.

Ya no era solo el lugar donde Isara había vivido durante años; de pronto podía contener a alguien que conocía a Celia, sabía quién era Cora y había decidido observarlas sin dejarse ver.

El taller ocupaba el bajo de un edificio antiguo. Isara desactivó la alarma, encendió únicamente las luces de la zona de trabajo y dejó las dos fotografías sobre una mesa amplia. Cora se quedó junto a ella mientras Isara colocaba primero una copia y luego la otra bajo el escáner.

—¿Qué buscas exactamente?

—Algo que no hayamos visto.

—Eso suena bastante poco científico.

—A estas horas es lo mejor que puedo ofrecerte.

Isara colocó primero la copia de Celia y después la de Cora bajo el escáner, sin desmontarla del soporte rígido sobre el que había llegado.

Amplió las imágenes y comprobó enseguida que ambas procedían de la misma toma.

No tuvo que medir fibras ni analizar el papel: un diminuto defecto junto al marco de la ventana y la posición exacta de varias motas coincidían en las dos copias.

—Son hermanas —dijo.

—¿Las fotos o nosotras?

Isara volvió la cabeza.

—Las fotos. De lo otro todavía no sabemos nada.

—Bien. Prefiero que me avises antes de ampliar la familia.

La copia de Celia estaba más deteriorada y había sido recortada de manera ligeramente distinta.

En la de Cora se conservaba una franja estrecha del lateral derecho que apenas llamaba la atención a simple vista.

Isara aumentó aquella zona y ajustó el contraste hasta que unas letras, casi perdidas entre la pared y el borde de la imagen, empezaron a distinguirse.

—Espera.

Cora acercó la silla.

Las primeras letras no formaban una palabra completa, pero debajo aparecía otra mucho más clara. Isara la leyó una vez y después la escribió en el buscador.

VALDEMORA

El nombre correspondía a un municipio situado a poco más de cuarenta kilómetros. Al añadir «Hogar Infantil La Esperanza» aparecieron varios resultados antiguos, casi todos repetidos en páginas que copiaban unas de otras, hasta que uno de ellos las llevó a un índice digital del archivo municipal.

Isara abrió la ficha.

HOGAR INFANTIL LA ESPERANZA. INCENDIO. NOVIEMbrE DE 1989.

Cora se inclinó sobre la mesa.

—La fecha coincide.

—Sí.

Isara abrió la referencia y encontró una descripción breve del expediente.

No contenía fotografías ni informes completos, solo la localización del edificio, la fecha del incendio y una relación resumida de las consecuencias.

Leyó despacio, porque la última línea parecía incompatible con la carta que seguía guardada a menos de un metro.

Seis menores fallecidas: las seis niñas que residían entonces en el centro.

Cora se quedó mirando la pantalla y tardó unos segundos en decir algo.

—Vuelve arriba.

Isara lo hizo y comprobó que la fecha seguía siendo noviembre de 1989, el nombre continuaba siendo Hogar Infantil La Esperanza y Valdemora era el lugar que acababan de descubrir en la fotografía.

—Busca otra fuente —pidió Cora.

Isara abrió un resultado de prensa digitalizada.

El texto era escueto y había sido reproducido de un periódico provincial: un incendio nocturno había destruido buena parte del hogar y el balance oficial hablaba de la muerte de las seis niñas que residían entonces en el centro.

No aparecían nombres en el fragmento visible.

Cora apoyó una mano en la mesa.

—Celia escribió que solo murió una.

—Lo sé.

—Y aquí dice seis.

—También lo sé.

—Entonces una de las dos cosas es mentira.

Isara volvió a mirar la fotografía: la niña de la ventana tenía su oreja y la marcada en la copia de Cora, una cicatriz idéntica a la que Cora llevaba sobre la ceja.

Todavía podían existir errores, coincidencias y recuerdos mal construidos, pero la combinación dejaba cada vez menos espacio para una explicación sencilla.

—O «seis fallecidas» no significa lo que estamos dando por hecho —dijo.

Cora frunció el ceño.

—Explícamelo.

Isara señaló la pantalla.

—Esto no dice que hayan encontrado seis cuerpos. Dice que oficialmente hubo seis fallecidas.

—¿Y qué diferencia hay?

—No lo sé todavía, pero si Celia decía la verdad y nosotras somos dos de esas niñas, la diferencia tiene que existir.

Cora se quedó callada. Después miró su propia fotografía y pasó el dedo por encima de la niña señalada sin llegar a tocar el papel.

—Si esa soy yo, entonces llevo muerta desde los cinco años.

En cualquier otra noche habría resultado absurda, pero allí no sonó así.

Isara buscó de nuevo la ficha municipal y leyó la palabra «fallecidas» hasta que perdió por completo su apariencia cotidiana.

Si la fotografía era auténtica y Celia estaba en lo cierto, alguien había conseguido que cinco niñas que, según Celia, no habían muerto allí desaparecieran también de los registros.

Entonces recordó otra frase de la carta.

—No te fíes de los nombres.

Cora levantó la cabeza.

—¿Crees que nos cambiaron el nombre?

—Creo que Celia sabía que buscar a cinco mujeres por los nombres que usamos ahora podía no llevarnos a ninguna parte.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Porque todavía no puedo responderla.

Cora dejó escapar el aire y se apartó un poco de la mesa. Durante varios minutos había parecido más impaciente que asustada, pero aquella posibilidad consiguió modificarle la expresión.

—Mi madre me puso Cora.

Isara no contestó enseguida.

—La mía me puso Isara, o eso he creído siempre.

Las dos permanecieron en silencio frente a la fotografía, ya sin intentar reconocer sus propios rostros. Miraban a las otras cuatro niñas, tratando de imaginar qué nombres tendrían entonces y cuáles habrían recibido después.

Isara abrió uno de los documentos asociados al archivo y encontró una dirección antigua en las afueras de Valdemora. La copió en el teléfono, comprobó la distancia y cerró el navegador.

Cora la observó con incredulidad.

—¿Ya está?

—Ya sabemos dónde estaba.

—Podemos seguir buscando. Noticias, expedientes, nombres de trabajadores, lo que sea.

—Y dentro de tres horas tendremos cuarenta pestañas abiertas y seguiremos sin saber por qué dos niñas que supuestamente murieron están sentadas en este taller.

—Técnicamente solo una está sentada.

Isara la miró y Cora señaló la silla que ocupaba.

—Era por rebajar un poco el ambiente.

—Lo estás haciendo fatal.

—Mejoraré con práctica.

A Isara se le escapó una sonrisa que desapareció en cuanto volvió a mirar la pantalla apagada. La dirección de Valdemora permanecía guardada en el teléfono y al fin tenían un lugar físico al que dirigirse: un edificio real que había ardido treinta y siete años antes.

Cora se levantó.

—¿Cuándo vamos?

—En cuanto haya luz.

—¿Y la policía?

—La policía sabe que alguien entró en la casa y que estoy recibiendo mensajes. No sabe todavía qué significa La Esperanza, y yo tampoco pienso explicárselo hasta entender al menos qué estamos buscando.

Cora pareció aceptar la respuesta, aunque recogió su fotografía antes de ponerse el abrigo.

—Hay una cosa que sí sabemos.

—¿Cuál?

—Que quien nos está vigilando no quiere que lleguemos allí.

Isara pensó en el mensaje recibido en casa y negó con la cabeza.

—No. Lo que sabemos es que no quiere que encontremos a las demás. Todavía no sabemos qué le preocupa de La Esperanza.

Aquella diferencia podía parecer pequeña, pero Isara necesitaba conservarla. Desde que Celia había muerto, cada respuesta traía consigo dos preguntas nuevas, y si empezaban a convertir las sospechas en certezas demasiado pronto acabarían construyendo una historia que quizá nunca hubiera ocurrido.

Isara guardó la copia de Celia en la carpeta rígida y dejó la llave número 6 encima. Cora ya había recogido su propia fotografía, todavía montada sobre el soporte con el que había llegado.

Mientras cerraba el taller, Cora volvió a mirar hacia la calle.

—¿Sabes qué es lo peor?

—A estas alturas puedes elegir.

—Que, si Celia tenía razón, una de esas seis niñas murió y las otras cinco tuvimos que desaparecer para que alguien pudiera decir que habíamos muerto con ella.

Isara cerró la puerta y sostuvo durante un momento la carpeta contra el pecho. No sabía todavía cómo podían haber declarado muertas oficialmente a cinco niñas que seguían vivas ni qué parte había desempeñado Celia en aquello, pero entonces entendió la dimensión de lo que su madre le había dejado.

Después de encontrar a Cora, ya no estaba buscando únicamente a tres mujeres, sino a tres mujeres cuyas identidades infantiles figuraban como fallecidas desde 1989.