Solo una murió Capítulo 2 — La mujer de la plaza
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Capítulo 2 — La mujer de la plaza

Cuando el último policía salió de la casa, Isara seguía sin saber qué había buscado la persona que había entrado allí.

Los agentes habían fotografiado el escritorio revuelto, anotado el número desde el que habían llegado los mensajes y repetido varias veces que no debía tocar nada si descubría que faltaba algún objeto.

También le habían aconsejado que no pasara la noche sola, pero Isara apenas los había escuchado durante los últimos minutos porque, al otro lado de la plaza, una mujer llevaba demasiado tiempo mirando hacia la casa.

Esperaba bajo los soportales, ligeramente apartada de los vecinos que aún comentaban la presencia de la policía.

No prestaba atención a los coches ni a los curiosos; observaba las ventanas.

Cuando Isara apartó un poco la cortina del salón, la desconocida levantó la cabeza y sus miradas se encontraron.

La mujer permaneció inmóvil apenas un instante antes de girarse y echar a andar.

Isara cogió el teléfono y salió. Uno de los agentes estaba entrando todavía en su coche y le preguntó si ocurría algo, pero ella respondió que no sin detenerse.

No sabía quién era aquella mujer ni si tenía relación con la persona que acababa de registrar la casa, pero después de la fotografía, la carta y los mensajes ya no estaba dispuesta a ignorar a nadie que pareciera esperar algo de ella.

La alcanzó en la calle estrecha que discurría detrás de la iglesia.

—Perdone.

La mujer siguió caminando.

—La del abrigo verde.

La mujer se detuvo y se volvió despacio.

Tendría aproximadamente la edad de Isara, llevaba el pelo castaño recogido sin demasiado cuidado y una cicatriz fina le cortaba el extremo de la ceja derecha.

No parecía sorprendida de que la hubiera seguido, y esa tranquilidad hizo que Isara desconfiara todavía más.

—Estabas mirando mi casa.

—Sí.

Isara esperaba una excusa, cualquier explicación improvisada, pero la franqueza de la respuesta la dejó unos segundos sin saber cómo continuar.

—¿Quién eres?

—Cora Beltrán.

El nombre no le dijo nada.

—¿Conocías a Celia?

—No exactamente. Hablé con ella.

Al oír que Cora había hablado con Celia, Isara se acercó un poco más.

—¿Cuándo?

—La última vez, hace nueve días.

Su madre llevaba entonces varios días ingresada y apenas reunía fuerzas para mantener una conversación.

Isara intentó recordar si en algún momento Celia había pedido quedarse sola con el teléfono, pero durante aquellas últimas jornadas todo se había mezclado entre médicos, visitas, noches sin dormir y frases que ahora regresaban demasiado tarde.

—¿Qué quería de ti?

Cora metió la mano lentamente en el bolsillo del abrigo y se detuvo en cuanto vio que Isara retrocedía.

—Voy a sacar una fotografía, nada más.

—Hazlo despacio.

Cora obedeció. Sacó un sobre doblado, abrió una de las solapas y extrajo una fotografía montada sobre un soporte rígido de cartón. Isara reconoció la habitación antes de distinguir los rostros: las dos camas, la ventana, las seis niñas y, sobre la puerta, el número 6.

Era la misma imagen.

No la misma copia. Aquella estaba limpia, sin manchas de humedad ni señales de calor, y una de las niñas aparecía rodeada con un círculo de tinta.

—Mírala bien —dijo Cora mientras se señalaba la ceja.

La niña marcada tenía una pequeña línea junto al extremo de la ceja derecha. Isara levantó la vista hacia Cora y volvió después a la fotografía.

—Puede ser una cicatriz parecida.

—Eso pensé yo al principio.

—¿Quién te dio esto?

—Me llegó por correo hace tres semanas. No había remitente, solo la fotografía y un número de teléfono.

Isara necesitó muy poco para anticipar la respuesta.

—¿Era el de Celia?

Cora asintió.

—Llamé esa misma noche. En cuanto le dije mi nombre, me preguntó si todavía tenía una cicatriz encima de la ceja. Yo le pregunté quién demonios era y colgó.

Isara estuvo a punto de sonreír por fin desde que la había visto bajo los soportales.

—¿Y seguiste llamándola?

—Claro. Tú también lo habrías hecho si una desconocida supiera dónde tienes una cicatriz desde que eras pequeña y acabara de mandarte una fotografía de una niña que podría ser tú.

Isara no intentó discutirlo.

Cora bajó la mirada hacia la fotografía antes de continuar.

—Volví a intentarlo varias veces. Hace nueve días respondió. Apenas podía hablar, pero me dio esta dirección y me pidió que esperara hasta que muriera.

—¿Te dijo eso exactamente?

—Me dijo: «Cuando veas mi esquela, ve a San Tirso y busca a mi hija».

Isara sintió que algo se desplazaba dentro de todo lo que creía saber sobre las últimas semanas de su madre.

—¿Dijo mi nombre?

—Isara.

La calle seguía aparentemente vacía, pero Isara miró hacia ambos extremos antes de volver a fijarse en Cora.

La mujer había llegado a San Tirso porque Celia la había llamado desde el hospital, y eso significaba que la caja escondida en el armario no era una decisión aislada tomada al final de su vida.

Su madre había estado preparando algo sin decirle una palabra.

—¿Por qué no llamaste al timbre?

—Porque cuando llegué había dos coches de policía delante de tu casa. No me pareció el mejor momento para presentarme diciendo que una mujer muerta me había enviado hasta allí.

La explicación tenía sentido, aunque no borraba la desconfianza.

—¿Has entrado en mi casa esta noche?

Cora la miró como si hubiera tardado un instante en comprender la pregunta.

—No.

—Alguien lo ha hecho.

—Yo llegué cuando la policía ya estaba dentro.

Isara no tenía manera de comprobarlo, y Cora debió de leerlo en su expresión porque levantó ligeramente la fotografía.

—Si Celia quería que robara algo de su casa, escogió una forma bastante complicada de pedírmelo.

Isara sí sonrió apenas. La lógica no demostraba que Cora dijera la verdad, pero por el momento era lo único que tenía.

—Ven conmigo.

—¿Adónde?

—A la casa.

Cora miró hacia la plaza y después a Isara.

—Después de contarme que alguien acaba de entrar allí, esperaba que me ofrecieras un café en un sitio con más gente.

—Necesito enseñarte algo y prefiero no sacarlo a la calle.

Regresaron juntas. Los policías ya se habían marchado y la mayoría de los vecinos había perdido el interés. Isara abrió la puerta, dejó pasar a Cora delante y cerró con llave antes de conducirla hasta el dormitorio, donde la caja seguía sobre la cama.

Cora se detuvo al ver la fotografía.

—Es la misma.

—Sí.

Isara le mostró el reverso. Cora leyó en silencio las tres líneas escritas por Celia.

HOGAR INFANTIL LA ESPERANZA HABITACIÓN 6 NOVIEMbrE DE 1989

—En la mía solo pone «La Esperanza» —dijo después—. Nunca había oído hablar de ese lugar.

—Yo tampoco.

Isara sacó la carta, pero no se la entregó. La sostuvo entre las manos mientras leía en voz alta las primeras líneas.

—«Perdóname por no contártelo yo. No te fíes de los nombres. Busca a las otras».

Cora apartó la vista de la fotografía.

—¿Las otras?

Isara continuó hasta la última frase.

—«De las seis niñas de la fotografía, solo una murió».

El silencio que siguió no tuvo nada que ver con el de la casa unas horas antes. Cora volvió a mirar a las niñas y recorrió la imagen con la vista, deteniéndose en cada rostro como si necesitara comprobar por sí misma una cuenta que no ofrecía demasiadas posibilidades.

—Entonces cinco sobrevivimos.

—Eso dice Celia.

—Y tú crees que eres una de ellas.

Isara señaló a la niña junto a la ventana.

—Tengo la misma hendidura en la oreja.

Cora se acercó y, cuando Isara apartó el pelo, observó primero la pequeña marca y después la imagen. La serenidad con la que había soportado las preguntas empezó a resquebrajarse.

—Joder.

—Eso mismo pensé yo.

Cora se sentó en la silla junto a la cama y mantuvo durante unos segundos la fotografía apoyada sobre las rodillas.

—No recuerdo este sitio.

—Yo tampoco. Tenía cuatro años en noviembre de 1989 y de esa época apenas conservo imágenes sueltas.

—Yo tendría cinco, si la fecha es correcta. Tampoco recuerdo una habitación como esta.

A Isara no le sorprendía no recordar una habitación concreta de cuando tenía cuatro años. Lo inquietante no estaba en lo que su memoria había perdido, sino en que Celia hubiera dedicado sus últimas semanas a devolverles una fotografía que las colocaba juntas en un lugar del que ninguna sabía nada.

Cora rozó con un dedo el borde de su copia.

—¿Por qué dice que no nos fiemos de los nombres?

—No lo sé.

—¿Y por qué te dice que nos busques si ya me había encontrado a mí?

Isara volvió a mirar la carta. Hasta aquel momento había pensado que Celia había preparado una caja para ella; ahora empezaba a entender que la caja podía ser únicamente una parte de algo más amplio.

—No me dijo que te buscara a ti. Te mandó a buscarme a mí. Quizá quería que empezáramos juntas.

Cora volvió a mirar la fotografía, como si aquella posibilidad acabara de cambiar el papel que Celia le había asignado sin explicárselo.

Mientras Isara creía que su madre estaba ordenando papeles y preparándose para morir, Celia había estado buscando al menos a una mujer de aquella fotografía y había hecho que llegara hasta ella después de su muerte.

El teléfono de Isara vibró sobre la cama y, al mirar la pantalla, reconoció el mismo número desconocido.

Abrió el mensaje y tardó apenas un instante en comprender qué estaba viendo. Ella y Cora aparecían en la calle detrás de la iglesia, frente a frente, fotografiadas desde bastante lejos apenas unos minutos antes.

Cora se levantó de golpe.

—¿Quién ha hecho eso?

Isara se acercó a la ventana y apartó la cortina lo justo para mirar la plaza, que a aquella hora parecía casi vacía.

—La misma persona que me escribió antes.

Debajo de la imagen había una frase.

YA OS HABÉIS ENCONTRADO.

Cora se colocó a su lado.

—¿Quién sabía que yo estaba aquí?

Isara pensó en Celia y, de inmediato, en la persona que había estado registrando la casa. Entonces comprendió que quizá las dos cosas no podían separarse.

El teléfono volvió a vibrar, esta vez sin ninguna fotografía, solo con cuatro palabras.

NO BUSQUÉIS A LAS DEMÁS.

Cora leyó el mensaje por encima de su hombro y permaneció callada unos segundos antes de preguntar:

—¿Qué hacemos?

Isara dejó el teléfono sobre la cama y miró las dos fotografías.

Dos mujeres acababan de reconocerse, al menos parcialmente, en dos de aquellas seis niñas y, si Celia estaba en lo cierto, una de las otras había muerto mientras tres seguían en algún lugar sin que ellas pudieran asociarlas todavía a ningún nombre.

Además, alguien que conocía a Celia acababa de demostrarles que las estaba observando desde que se habían encontrado.

La advertencia pretendía detenerlas, pero consiguió exactamente lo contrario.

—Encontrar a la siguiente.