Solo una murió
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Capítulo 1 — La fotografía
La noche del entierro de su madre, Isara tardó varios minutos en comprender que no estaba sola en la casa.
Desde que había regresado sola, poco después de las seis, la vivienda llevaba ofreciéndole su repertorio habitual de ruidos: las tuberías, una persiana golpeando dos casas más abajo, el cierre metálico del bar de la esquina, unas ruedas arrastrándose por los adoquines de la plaza.
Celia decía que en aquella casa no hacía falta asomarse a la ventana para saber qué estaba ocurriendo en el barrio.
Aquella noche, sin embargo, todos los sonidos parecían distintos porque no había nadie más respirando dentro.
Isara estaba doblando una chaqueta de su madre cuando oyó un golpe apagado en la planta baja. Se quedó quieta, con la prenda entre las manos, y esperó, pero no oyó nada más.
Miró hacia la puerta abierta del dormitorio.
—¿Hay alguien?
Se arrepintió nada más decirlo. Si realmente había alguien abajo, difícilmente iba a responder.
Esperó unos segundos más, pero el silencio continuó y terminó convenciéndose de que procedía de la calle, de una tubería o de cualquier otra parte.
Llevaba dos semanas durmiendo mal, primero entre el hospital y el taller y después entre el funeral y aquella casa, y empezaba a desconfiar de su propio cansancio.
Dejó la chaqueta sobre la cama y abrió de nuevo el armario.
Celia se habría enfadado si la hubiera visto vaciándolo el mismo día de su entierro. Le habría dicho que los muertos podían esperar perfectamente a que los vivos se tomaran un café y, probablemente, habría empezado a tirar ropa antes de terminar la frase.
Isara sonrió, aunque la sonrisa duró poco. Al apartar una manta gruesa apareció una caja de cartón gris escondida al fondo. No tenía nada especial salvo una cinta de algodón y una palabra escrita en la tapa con la letra recta e inconfundible de Celia.
ISARA
Se agachó. Su madre etiquetaba cualquier cosa que pudiera acabar perdida dentro de un armario, pero nunca utilizaba nombres. Escribía «manteles», «invierno», «facturas» o, cuando perdía la paciencia, simplemente «tirar».
Isara sacó la caja y observó el fondo del armario. Sobre la madera había quedado un rectángulo más claro, suficiente para indicarle que aquella caja no llevaba allí tanto tiempo como todo lo demás.
La llevó hasta la cama, desató la cinta y levantó la tapa. Dentro había una fotografía, una llave antigua y un sobre cerrado.
Cogió primero la fotografía y la sostuvo por los bordes casi sin pensarlo, como hacía cada día en el taller.
El papel estaba algo ondulado, tenía una esquina oscurecida y el borde superior mostraba señales de haber estado cerca de una fuente de calor.
En cualquier otro momento habría seguido examinando el soporte, pero aquella vez miró la imagen.
Seis niñas ocupaban una habitación estrecha. Dos estaban sentadas en una cama de hierro; otra aparecía junto a una segunda cama, parcialmente fuera de encuadre; dos permanecían cerca de la puerta y la última estaba junto a la ventana.
Ninguna parecía tener más de ocho años.
Sobre la puerta había una placa con un único número: 6 .
Isara acercó la fotografía a la lámpara. La niña situada junto a la ventana miraba directamente a la cámara. Tenía el pelo oscuro, una cinta clara apartándole un mechón de la frente y una expresión seria que hizo que Isara se demorara en ella más que en las demás.
El parecido apareció después, primero en la barbilla y los ojos y, quizá, también en la forma de la boca.
Isara apartó la fotografía unos centímetros. Había visto demasiadas familias convencidas de reconocer a un abuelo, una hermana o un hijo en imágenes deterioradas como para dejarse llevar por una semejanza. El cerebro completaba rostros con una facilidad asombrosa cuando deseaba encontrar a alguien.
Sacó el móvil, amplió la imagen y dejó de pensar en parecidos.
La oreja izquierda de la niña tenía una pequeña hendidura en el cartílago superior. Isara se tocó la suya y la encontró enseguida.
Celia la llamaba su mordisco de luna. Desde pequeña le había dicho que había nacido con aquella marca y, como apenas se veía salvo que alguien supiera dónde buscarla, se había convertido en una de esas historias pequeñas que solo compartían ellas dos.
Isara amplió todavía más la fotografía y comprobó que la hendidura seguía allí.
Dejó el teléfono sobre la cama. No conservaba fotografías de sus primeros años, ninguna anterior a los siete.
Celia siempre había contado que una tormenta inundó el sótano de la casa en la que vivían entonces y arruinó álbumes, ropa y documentación.
Con el tiempo, Isara había terminado convirtiéndolo en una broma: se ganaba la vida devolviendo fotografías a los demás y era incapaz de enseñar una sola de su propia infancia.
Giró la copia. En el reverso había tres líneas escritas con bolígrafo azul.
HOGAR INFANTIL LA ESPERANZA HABITACIÓN 6 NOVIEMbrE DE 1989
Isara volvió a mirar la fecha y calculó que en noviembre de 1989 tenía cuatro años.
Buscó en su memoria algún lugar llamado La Esperanza, una habitación, una cama de hierro o una ventana, pero no encontró nada reconocible.
Sus recuerdos de aquella edad eran escasos y desordenados: imágenes sueltas que a veces ni siquiera sabía si recordaba de verdad o si había construido después de escuchar a Celia contarlas tantas veces.
Cogió el sobre. En el exterior aparecía otra vez su nombre y, debajo, su madre había añadido una frase.
PARA ISARA. SOLO CUANDO YO YA NO ESTÉ.
Desde que encontró la caja no había sentido miedo de abrir nada, pero ante aquella pieza se detuvo. Celia llevaba menos de doce horas enterrada y durante un instante Isara volvió a sentirse como una niña a punto de desobedecerla.
Después introdujo un dedo bajo el borde del sobre y encontró dentro una sola hoja.
La letra de Celia empezaba firme y terminaba ligeramente temblorosa.
Perdóname por no contártelo yo.
Isara dejó de respirar durante un momento y siguió leyendo.
No te fíes de los nombres.
Busca a las otras.
Debajo había una última frase, separada de las demás.
De las seis niñas de la fotografía, solo una murió.
Isara volvió a leerla y después miró la fotografía. La cuenta era sencilla y aterradora: seis niñas, una muerta y cinco vivas; ella podía ser una de ellas.
El ruido de un cajón al abrirse en la planta baja la puso en pie.
Esta vez no había tuberías ni persianas capaces de explicarlo.
Dejó la carta sobre la cama, cogió el móvil y salió al pasillo. La escalera comenzaba a pocos metros del dormitorio. Desde arriba podía ver una parte del salón, la puerta de la cocina y un fragmento del recibidor.
La luz de la entrada estaba encendida y Isara estaba segura de haberla apagado.
Desbloqueó el teléfono. Debería haberse encerrado en el dormitorio y haber llamado a la policía. Lo sabía mientras bajaba el primer escalón y también mientras descendía el segundo.
Entonces alguien cruzó el salón e Isara se agarró a la barandilla. La figura llevaba ropa oscura y algo que le cubría la cabeza.
—¡Eh!
La persona se detuvo y, durante un instante, quedaron separados por el recibidor y los últimos escalones. Isara no llegó a verle la cara antes de que se volviera hacia la puerta, la abriera y saliera.
Isara bajó corriendo y salió detrás, donde el frío de la calle le golpeó la cara; las luces del bar de la esquina iluminaban parte de la plaza y un coche oscuro esperaba junto a la acera.
La persona llegó hasta él, abrió la puerta del conductor y se puso al volante. Isara corrió unos metros, pero el coche arrancó antes de que pudiera acercarse y desapareció por la esquina.
Un hombre que fumaba junto al bar se volvió hacia ella.
—¿Está bien?
Sin apartar la vista de la calle, Isara respondió:
—Han entrado en mi casa. Llame a la policía, por favor.
El hombre tiró el cigarrillo y sacó el teléfono.
Isara regresó al interior. El cajón del escritorio de Celia estaba abierto, varias carpetas habían caído al suelo y las puertas del aparador permanecían abiertas.
Sin embargo, el portátil seguía allí, igual que el televisor y el bolso de Celia, exactamente donde Isara lo había dejado aquella mañana.
La persona no había entrado a robar, sino a buscar algo.
Entonces recordó la caja y miró hacia la escalera antes de subir corriendo.
La fotografía seguía sobre la cama, igual que la carta, y dentro de la caja permanecía la llave, a la que hasta entonces apenas había prestado atención.
La cogió. Era antigua, pesada, con el metal oscurecido por el tiempo. Del aro colgaba una pequeña placa ovalada.
Isara la giró entre los dedos y encontró grabado el mismo número de la fotografía: 6 .
Un sonido de sirenas comenzó a acercarse desde alguna calle próxima y, en ese momento, el móvil vibró.
La pantalla mostraba un número desconocido. Isara abrió el mensaje y tardó apenas un segundo en reconocer la imagen adjunta: era la misma fotografía.
Las seis niñas aparecían exactamente en la misma posición, pero aquella copia no tenía el borde quemado ni manchas de humedad. La imagen era mucho más limpia.
Isara amplió a la niña de la ventana hasta que la hendidura de la oreja se vio perfectamente.
Debajo de la fotografía había una frase.
CELIA NO DEBÍA HABER GUARDADO NADA.
Isara levantó la vista y vio que la cortina de la ventana continuaba abierta. La cerró de inmediato.
El móvil volvió a vibrar con un segundo mensaje.
NO BUSQUES A LAS OTRAS.
Isara permaneció inmóvil antes de volver a mirar la carta que Celia había dejado sobre la cama.
Busca a las otras.
Una persona acababa de entrar en su casa, alguien sabía que Celia había conservado material de aquella época, alguien tenía otra copia de la fotografía y, por algún motivo, tenía miedo de que ella encontrara a las otras cuatro.
Isara fotografió la carta, la llave y las dos caras de la copia antigua. Guardó los originales dentro de la caja y cerró la tapa.
Las sirenas entraban ya en la plaza cuando abrió de nuevo el mensaje de aquella persona. No preguntó quién era ni quién había muerto; en lugar de hacerlo, escribió cuatro palabras.
Voy a encontrarlas.