#44 Esta historia termina aquí
ESTA HISTORIA TERMINA AQUÍ
Nora me pasa la mano por el pelo tratando de colocarlo y descubriendo que no hay mucho que pueda hacer con él.
No ha dicho ni una palabra desde que llegamos al edificio de Game On .
La sujeto por las caderas mientras sigue concentrada en mi cabello, y la empujo hasta la silla donde espero sentado. Solo entonces se percata de que me encuentro frente a ella.
Le ofrezco una sonrisa esperando recibir la suya de vuelta, pero se pierde en el camino.
—¿Estás seguro de esto? —Es lo primero que me pregunta, después de toda la mañana en silencio.
—Es la única forma de que termine.
—Podríamos hacerlo sin la prensa de por medio —dice mirándome con preocupación.
Yo la acerco un poco más a mí.
—Quiero contarlo de una vez. No quiero seguir guardando este secreto.
—La junta irá a por ti. Podrías acabar expulsado de la NFL —me dice, volviendo a centrarse en mi pelo.
Una pequeña risa hace vibrar mi pecho de un modo similar a cuando sus dedos recorren mi cabeza.
—Ya te dije que lo único que puede dañarme eres tú. A las malas, siempre puedes contratarme de secretario.
Entonces es ella quien se ríe, devolviendo a mis oídos ese sonido que tanto echaba de menos.
—No sé si aguantarías más de dos jornadas conmigo. Acabarías en el hospital, y no haciendo una campaña de buenas acciones.
Según termina de hablar, contiene el aire y se queda callada. Sus ojos, en cambio, no cesan en su movimiento.
—¿Qué? —pregunto, necesitando saber qué pasa por su cabeza.
—¡Acabo de caer! —dice, y aguarda un minuto más para ordenar sus ideas antes de seguir hablando—. Tu visita al hospital, de la que no quisiste decirme nada. No fuiste por ti. Fuiste a visitar… ¿Fuiste a visitar niños? ¿O…?
Me mira con los ojos entrecerrados, y sus dedos se aferran con más fuerza a mi pelo frenando mi movimiento en caso de que quisiera desviar la mirada de ella, cosa que no quiero.
—¿Siempre esperas lo mejor de mí, Appaloosa?
Entonces es ella la que me deja entrever su mueca de buen humor bajo unos labios apretados.
—En realidad solía pensar lo peor. Por eso no lo descubrí en su momento. Fue eso, ¿verdad? —Se queda a la espera de que le dé una respuesta que no necesita—. ¿Por qué no quisiste decir nada?
Después de un momento, suspiro.
—Porque los niños no son un producto para mejorar la imagen.
Se queda observándome en silencio, posiblemente pensando que soy un tío de lo más raro.
Luego, abre la boca al mismo tiempo que sus ojos bajan hasta la mía, y casi puedo sentir sus ganas de besarme, lo que hace que la pequeña llama que siempre se enciende cuando estoy junto a ella se convierta en un incendio descontrolado.
Antes de que pueda arrastrarla hasta su rendición, la escucho respirar hondo y, sin mirarla, sé que su sonrisa ha desaparecido y que hemos vuelto al punto anterior de agobio por lo que vamos a hacer.
—Tyler, estás arriesgando mucho.
La sostengo por la barbilla hasta que consigo que sus ojos se queden fijos en los míos.
—Perdí más aceptando sus condiciones.
Ella permanece callada y, una vez más, me pregunto qué pasa por su cabeza. Posiblemente esté pensando en una mejor forma de hacerme cambiar de opinión.
—Tranquila. Llevo queriendo hacer esto mucho tiempo. Solo necesitaba la motivación adecuada.
Sigue sin decir nada, y yo me quedo mirándola; cada pequeña peca que decora su rostro, las pestañas que enmarcan sus preciosos ojos marrones, sus labios, rosados después del poco tiempo que hemos pasado juntos en el ascensor.
No quiero perder esta vista más. No seguiré moviéndome bajo los hilos de mi madre. No me importa lo que pierda en el camino, si Nora sigue junto a mí.
Ella se aparta sutilmente, y es entonces cuando veo a mi madre llegando.
Me imagino el dineral que se ha gastado en la ropa y maquillaje que lleva puestos, por supuesto, a mi cargo.
Pero no puede hacer sombra a la preciosa chica que tenía entre mis brazos hace unos segundos, con su camiseta vieja y sus vaqueros desgastados.
—Vaya, querida. Otra vez coincidimos. —La saluda con un gesto frío.
—¿Otra vez? —pregunto confuso, porque hace semanas que no se ven, desde que Nora la encontró en el hotel de Brentwood. O eso es lo que pensaba.
—Sí —me explica ella—. Nos encontramos ayer en un café. Por casualidad.
La sonrisa de Nora es casi tan falsa como la de mi madre, y siento que me estoy perdiendo algo.
—Claro, querida. ¿Y qué haces tú aquí?
—Vengo en representación de los Stallions, para cuidar la imagen del equipo.
—Vaya, te tomas muy en serio tu trabajo —responde con una fingida amabilidad que en realidad quiere decir «sería una pena que lo perdieras».
En ese momento, aparece una chica del periódico para guiarnos hasta donde nos harán la entrevista. Me levanto de mi silla y le ofrezco el brazo a mi madre para salir cuanto antes de allí.
Antes de movernos, echo un rápido vistazo a Nora, que se mantiene seria, a pesar de la pequeña sonrisa que intenta mostrarme con sus labios apretados, de nuevo dejándome ciego ante lo que estará pensando.
Llegamos a un pequeño salón con colores chillones. Hay varios sofás, algunas plantas y un carrito de bebidas delante de un ventanal con unas vistas espectaculares de la ciudad.
Nos sentamos en el sofá verde, y Nora se acerca al bar, donde la chica que nos ha dirigido hasta allí empieza a preparar cafés y refrescos sobre una bandeja.
Aún está trabajando en ello cuando la puerta de la sala se abre y llega nuestro entrevistador.
—Ah, la señora Kelscot, ¿no? —dice amistosamente, estrechándole la mano—. Soy Patrick Crawford.
Se sienta en el sillón individual de color amarillo y, tras un momento de silencio incómodo, encuentra a Nora junto al ventanal, una vez más, perdida en su teléfono.
—¿Vienes, Nora? —le pide Patrick.
—La entrevista va a ser con mi madre —le informo.
—¿Qué? Quería una entrevista exclusiva con los dos. Es lo que habíamos acordado. —Está claro que no es lo que esperaba.
Yo me apoyo sobre mis rodillas.
—Lo que tengo para ti es mejor que una historia de amor. Tengo tu portada.
—¿Y qué historia es esa? —pregunta con cierto aire de escepticismo en su voz.
—Es algo… confidencial —respondo, haciendo un gesto hacia la chica que deja la bandeja sobre la mesa frente a nosotros.
Esa palabra despierta la curiosidad de Patrick, que no tarda en despachar a la pobre ayudante.
—Muy bien, tú dirás —me presiona el reportero, ansioso por conocer mi propuesta.
Yo respiro hondo y busco a Nora con la mirada. Ha dejado el móvil y se estruja los dedos nerviosa. Y esa imagen me da la calma que necesito para enfrentarme a esto. Porque sé que estará a mi lado cuando todo explote.
Me giro hacia Patrick y suelto el peso que lleva aplastándome durante años.
—Pasé la Combine dopado.
—¡No jodas! —exclama Patrick al instante. Su boca se abre a niveles imposibles, mientras mi madre grita mi nombre escandalizada. Un grito que yo ignoro, pues pienso seguir adelante.
—¿Te parece lo suficientemente bueno? —le pregunto. Estoy tan nervioso que no soy capaz de sacar a relucir mi sonrisa.
Ya está hecho.
Mi madre me agarra del brazo y me gira hacia ella.
—¿Qué estás haciendo? —me pregunta enfurecida.
—Te doy el protagonismo que siempre has querido, mamá.
—No pienso quedarme aquí escuchando —masculla entre dientes clavando sus uñas en mi antebrazo. Sin embargo, no dejo que me afecte su enfado. Ya no.
—Puedes contar tu versión, o cuento yo la mía. Pero esta historia termina aquí —le prometo en un susurro.
—¡Vas a arruinar tu carrera!
—Entonces no dejes que se hunda. Tú sabes la verdad. Si me hundo, tú te hundes también.
—¿De verdad vas a hacer esto por una chica? —pregunta ella, incapaz de contener el volumen de su voz y su enfado. Sabe como yo que sin ese secreto, no puede manipularme más—. ¿Qué pasa con los Stallions?
—Esta historia termina aquí —le repito sin dar mi brazo a torcer. Estoy decidido.
—¿Qué es eso de que pasaste la Combine dopado?
—Patrick retoma la palabra, forzando a mi madre a mantener su fachada un poco más—.
¿Es cierto? ¿Por qué nadie dijo nada? Hay controles para eso —sigue preguntando el reportero, posiblemente igual de confuso que yo cuando me enteré de todo lo que había hecho la mujer sentada a mi lado.
—Bueno, esa es una historia curiosa. Nadie llegó a saberlo. Ni siquiera yo, hasta hace unos años.
—Tyler… —Mi madre me llama entre dientes, y yo finjo que no la escucho.
—Cuéntaselo —le pido, poniendo el foco sobre ella.
—¿Usted lo sabía, señora Kelscot?
—¡Claro! —me adelanto a su respuesta—. Si no es por ella, yo no estaría donde estoy. Se lo debo todo. ¿Verdad, mamá? —le dedico una sonrisa tan falsa como la que cubre ahora su rostro—. Cuéntaselo —le insisto.
Nunca la había visto así de inquieta.
—Lo cierto es que Tyler era un poco problemático en aquella época. Ya sabes lo que le gustan las fiestas…
—Culpable —corroboro esa parte. Levanto mi mano con una pequeña risa. Obviamente no esperaba que confesase de primeras.
—Hice…—continúa dubitativa.
—Díselo. Di lo que me hiciste. Cuéntale también por qué di positivo —la presiono un poco más.
Ella se gira hacia mí, con la cara desencajada, más enfadada de lo que nunca la he visto. Es como si esa fachada de calma que siempre muestra en mis peores momentos se hubiera resquebrajado.
—¿Quién va a creer que una madre drogó a su propio hijo? —susurra, apenas moviendo su boca al hablar.
Yo me acerco a ella.
—No me importa que me crean. Si tengo que dejar de jugar, lo haré. Pero tus manipulaciones acaban aquí.
—Tyler, ¡vas a arruinar tu carrera! ¡Te quedarás sin nada! —dice irritada, utilizando los últimos rescoldos de sus amenazas para mantenerme bajo su control.
—Yo creo que no —escucho a Nora detrás de ella, y ambos nos giramos a mirarla.
—¿Y tú qué quieres, niñata? —le espeta mi madre, que ha perdido los nervios.
—Nada —le muestra su preciosa sonrisa—, es que acabo de recordar algo que no te dije ayer… Verás, rompiste el micrófono equivocado.