Solo una fan #43 La última jugada #2
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#43 La última jugada #2

—¡No lo estoy! —digo rápidamente—. No me refería a eso. Solo necesito una confesión pública.

Draven se ríe, y una nueva oleada de escalofríos recorren mi cuerpo con ese sonido. Chasquea los dedos y, en un segundo, aparece un camarero con dos copas sobre su bandeja de cristal.

—Lo público no va mucho conmigo, pajarito. Y no hemos hablado de cómo me pagarás.

—¿Estás seguro de que esto va a funcionar? —pregunto nerviosa, colocándome la camisa en su sitio con dedos temblorosos.

—Así está bien —me asegura Viktor, uno de los hombres de confianza de Draven, sentado en mi mesa del café. Hace comprobaciones en un aparato que todavía no he descubierto para qué sirve.

—¿Me oís? —pregunto, quizás más alto de lo que debería. Acto seguido, echo un vistazo a mi alrededor, donde todos los clientes del café siguen con su vida sin percatarse de mi comportamiento extraño.

Al fondo, el pulgar de Susan, que se negó en rotundo a quedarse al margen, se alza en el aire.

—Uno, dos… —repite Viktor varias veces—. Está listo —confirma después con un semblante serio que no me tranquiliza en absoluto—. Estaremos al otro lado del café.

Yo asiento, aún nerviosa, mientras sigo con la mirada la figura enorme de Viktor, que se aleja, dejándome sola ante el peligro.

Tyler y yo nos prometimos que haríamos que funcionase y, tras marcharse aquella noche, me di cuenta de que lo que habíamos conseguido no era suficiente.

Desvelar el documento de la Combine arrebataría el poder que su madre tenía sobre él, pero también acabaría con su carrera, con su vida. Necesitábamos algo más.

Por eso, ahora estoy en deuda con la persona más peligrosa de Redmont.

Draven no quiso decirme cuánto costaría exactamente su favor.

«Solo otro favor», me dijo. El problema es no saber de qué se trata ni cuándo lo pedirá de vuelta, pero sé que lo hará.

Por muy fan de los Stallions que sea, la gente como él no da nada gratis.

Pero, si con su ayuda consigo acabar con el reinado de terror de Aurora Kelscot, si consigo liberar a Tyler, estoy dispuesta a pagar el precio.

Y por eso me encuentro en la cafetería Bajo las Nubes sin que él lo sepa, esperando a conseguir la pieza que nos falta para hacer que funcione.

Miro mi teléfono para comprobar el reloj. Han pasado varios minutos desde la hora acordada, y empieza a preocuparme que no vaya a aparecer. Es la única idea que podría funcionar, y necesito que salga bien.

Unos minutos más tarde, ya desesperada, veo a la señora Kelscot cruzar la puerta, vistiendo el trench que reconozco y unos tacones tan altos que me marea mirarlos. Se quita las gafas de sol al entrar y hace un barrido de la estancia.

Yo me quedo muy quieta. No quiero darle ninguna pista de que no estoy sola. Si es tan controladora como Tyler me ha comentado, lo más seguro es que reconozca a Susan.

Se acerca a mí, con una sonrisa espléndida, como si fuéramos amigas de siempre, como si no hubiera puesto mi mundo patas arriba.

—Hola, querida —espera a que le devuelva el saludo. No lo hago. En parte, por los nervios; en parte, porque creo que la odio. O, por lo menos, la detesto lo suficiente como para no fingir amabilidad con ella.

Mi reacción le hace reír, marcando las arrugas a ambos lados de sus ojos que el maquillaje no consigue disimular y poniéndome más nerviosa según se sienta despreocupada frente a mí.

—Bueno, tú dirás a qué debo este honor.

—Quiero saber por qué.

Ella vuelve a reírse, haciendo que mi piel se erice.

—Vaya, directa al grano. Ni siquiera me han servido el café.

Además, no me queda muy clara tu pregunta.

¿Por qué mi hijo no quiere estar contigo?

Eso podría responderlo un espejo. —Se me escapa una bocanada de aire al escuchar sus palabras, que reabren el cajón de mis inseguridades—. ¿O te preguntas por qué lo controlo?

—Eso ya lo sé —respondo enfadada.

Mi respuesta la pilla desprevenida, porque se queda en silencio por un instante, estudiándome con sus ojos entrecerrados. Luego, sonríe, aunque sé que no es sincera. Dudo que algo en ella lo sea, y no me refiero solo a la cantidad ingente de maquillaje que lleva encima.

—¿Me has estado investigando?

—Sé lo de la Combine. Sé que falsificaste su test. Por eso no se atreve a hacer nada contra ti.

Su mueca se congela. Después de un momento, recobra la compostura.

—No sé de qué me hablas, querida —me asegura con una voz más dulce de lo normal.

—Yo creo que sí.

De nuevo guarda silencio, y me parece que está sopesando sus posibilidades.

—¿Qué te ha contado? Mi hijo tiene una imaginación muy vívida, ¿sabes? Cuando era niño le encantaba escribir cuentos de princesas y jugadores de la NFL. Pero no recuerdo ninguno con trepas inútiles como tú.

Aprieto los dientes hasta que me duele la mandíbula. Si está siendo tan cruel es porque me estoy acercando. Nada como acorralar a un perro para que empiece a ladrar.

—Él no ha sido —le aseguro—. No quiere ni mirarme.

Prefiero dejar a Tyler fuera de esto. Apuesto a que se va a poner hecho una furia cuando se entere de que he estado aquí a solas con su madre, poniendo todo en riesgo.

No me habría dejado hacerlo si llega a enterarse, y necesitamos hacer que funcione.

—¿Entonces quién? —insiste.

—Dime lo que hiciste. Dime cómo lo manipulas —le pido torpemente.

Ella me observa con extrañeza, y sé que he dado un paso en falso. Recoloco mi camisa, y cuando sus ojos vuelan hasta mi mano, la aparto rápidamente, más nerviosa de lo que debería.

—¿Por qué iba a hacerlo, querida?

Mi mano vuela hasta mi camisa una vez más, y la aparto velozmente cuando ella se fija.

—Porque… necesito escucharlo… de tu voz.

La mía empieza a temblar, fruto de los nervios. Temo que se levante antes de contarme todo. No puedo dejar que se marche sin hablar.

Pero, en lugar de alejarse, se acerca un poco más a mí, apoyándose en la mesa.

—¿Y qué te hace pensar que me importa lo que necesites?

—me susurra. Luego, de un rápido movimiento que no puedo detener, abre mi camisa de un tirón, dejando a la vista el micrófono que Viktor me había colocado.

Tira de él sin ningún cuidado, arrancando el pequeño esparadrapo con el que lo mantenía pegado a mi cuerpo, desenganchándolo de la petaca que guardaba en la cinturilla de mis vaqueros.

Mis pulsaciones se aceleran tanto que me cuesta mantener los ojos abiertos.

—Eres patética, niña —dice y, acto seguido, aplasta el micrófono con el servilletero que había sobre la mesa. Da varios golpes, llamando la atención de los que están a nuestro alrededor, que poco después continúan con sus conversaciones—. ¿Quieres oír la verdad? Entre tú y yo.

—Ya sé la verdad —digo furiosa.

—Vaya, ¿ya no te sirve que te la cuente? ¿He estropeado tu plan maestro?

Me lanza el micrófono estropeado a través de la mesa.

—¿Cómo conseguiste que saliese positivo? Tyler no toma drogas.

—Claro que no. —Se ríe de forma siniestra—.

Te contaré un secretito, querida. Conozco a los jugadores.

En cuanto llegan las modelos con ínfulas de esposas mantenidas, les cortan el grifo a las madres.

Yo no iba a permitírselo. He trabajado muy duro para que llegue donde está. No me quedaré sin mi parte del pastel.

Trato de mantener a raya la cara de asco que me genera su discurso. ¿Cómo puede pensar así?

Si se da cuenta de lo que me provoca, hace caso omiso y sigue hablando.

—Así que, esa mañana, le eché algo en el desayuno.

Poco. Tampoco quería que se pusiera malo.

Solo lo suficiente para que diera positivo.

Claro que ya me había encargado de conseguir su resultado.

Algunos técnicos de laboratorio están necesitados de cariño, ¿sabes?

Únicamente tienes que saber a dónde dirigirlo.

Quizá te iría mejor en ese nicho —me dice, echándome un vistazo de arriba abajo, como si estuviera valorando mi valía para semejante hecho.

Yo me mantengo en silencio.

—Dime, querida. ¿Eso es lo que querías que le contase a tu micrófono?

Su sonrisa se hace más grande en su cara, marcando las arrugas de sus comisuras y sus ojos.

—Esa es la razón por la que no me denuncia, por la que me deja seguir jugando. Porque, si yo caigo, ese test sale a la luz y todo el mundo sabrá que hizo la Combine dopado.

—Ha demostrado que no necesita las drogas para ser un buen jugador.

—Claro que sí. Pero diles eso a la comisión de la NFL. ¿De verdad crees que le perdonarán entrar en la liga haciendo trampas? ¿Que sus patrocinadores seguirán queriéndolo? Si esto se sabe, está acabado.

—¡Tú lo engañaste! ¡Él ni siquiera sabía que estaba drogado! —digo apenas conteniendo mi volumen de voz.

Ella, en cambio, se divierte con mi reacción.

—Claro que no. Con lo ilusionado que estaba, ni se le habría pasado por la cabeza, a pesar de mis esfuerzos. Por el amor de Dios, pagué drogas a todos sus amigos, y no picó ni una vez. Así que tuve que tomar las riendas.

»Sacrifiqué mi vida para que él tuviera la mejor. Y por eso no voy a permitirle que me eche como a un perro en un día de lluvia. Su éxito es mío, me pertenece.

—Si te delatara… —comienzo, hasta que ella me corta.

—Venga, querida. Sabes que no puede hacerlo. No sin caer conmigo. Puede renunciar a ti, hay muchas otras morenas por ahí con mejores tetas que las tuyas; pero no renunciará a su carrera. Sin la NFL, no tiene nada.

—Ahora yo sé la verdad —le recuerdo.

—¿Y qué vas a hacer con ella? ¿Vas a descubrirme? ¿Vas a dejar que pierda su carrera? Tienes las mismas opciones que él.

Me mira con una sonrisa satisfecha, recostada en el respaldo de su silla.

—¿Alguna otra pregunta estúpida?

—Quiero que acabes con esto —digo en un último intento, consciente de que no servirá de nada.

Ella se ríe, como si le hubiera contado el mejor chiste que jamás hubiera escuchado. Luego, se apoya sobre la mesa.

—Deberías superarlo. Si sigues feliz con tu vida es porque él insiste en no sentir nada por ti.

Obviamente no me lo creo, pero así se queda más tranquilo y yo me guardo tu baza.

Ahora, aléjate de él, como ya te avisé en mis primeros mensajes.

No tienes opciones. Este down es mío; he ganado la jugada.

Y, sin darme la oportunidad de responder, se levanta de la silla y se aleja.

«Eso está por ver», le respondo en mi cabeza.

Mientras veo cómo desaparece tras la puerta de la cafetería, me prometo que haré que funcione. La última jugada será mía.