Solo una fan #43 La última jugada
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#43 La última jugada

LA ÚLTIMA JUGADA

—¿Estás segura de esto? —me pregunta Susan en el coche donde esperamos. En realidad, no lo estoy, pero no puedo echarme atrás.

—Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas, ¿no?

Ahora soy yo quien lo está, y no se me ocurre otra forma para detener a una mujer que lleva demasiado tiempo en el negocio de extorsionar.

Vuelvo a mirar el Midnight Casino desde donde estamos aparcadas. Es un edificio histórico precioso y, sin embargo, solo su imagen lleva escalofríos por todo mi cuerpo.

Echo un vistazo a los alrededores, dando paso a mi paranoia de ser perseguida. Desde que salí de la casa de la señora Kelscot, no me ha abandonado.

La calle está desierta, salvo por las pocas personas que se dirigen al casino.

Me giro hacia mi amiga, que continúa esperando a que me mueva.

—No hace falta que vengas. No voy a tardar —le ofrezco, aunque por dentro prefiero que siga obstinada en acompañarme.

En parte, me siento mal por haberla arrastrado aquí, pero no podía hablar con nadie más. A Tyler le costó mucho contar conmigo para colarnos en casa de su madre, por lo que visitar a la persona más peligrosa de Redmont sería un «no» rotundo.

—¿Bromeas? No me he puesto esto solo por envidia. —Se señala el corsé de encaje granate que cubre su cuerpo. Está más guapa y sexy de lo que nunca la he visto.

Finalmente, respiro hondo y abro la puerta del coche.

Moverme con los pantalones tan apretados que Susan me ha escogido es más fácil de lo que esperaba. Cuando se acerca a mí, hace descender mi mano que, sin darme cuenta, intentaba cerrar mi escote. No me siento tan segura como ella con este tipo de ropa.

—Para ya, ¿quieres? No se te va a ver nada —me promete.

—Sabes que no me gusta…

—La clave está en mostrar confianza. ¿Qué crees que va a pensar quien lo vea? Si es un tío, estará encantado. Si es una tía, tendrá envidia, porque las tienes muy bien puestas, nena.

—Ay, cállate ya. No sé ni por qué te hago caso.

—Porque sabes que tengo razón. ¿No te consiguió mi falda de botones el polvo de tu vida?

El calor sube por mi cuello, y casi veo todo del rojo que tiñe mi rostro.

—En serio, quédate en el coche. Mejor voy sola —le pido mientras giro sobre mis talones. Aun así, soy incapaz de dar un paso adelante hasta que tira de mí, todavía riéndose.

Llegamos a la entrada y, si no fuera porque mi amiga aferra mi mano con fuerza, estaría tratando de cerrar de nuevo mi escote imposible. Los porteros, dos hombres enormes vestidos de negro, nos sonríen y se apartan para dejarnos entrar.

Me cuesta devolverles el gesto; tanto como hacer que mis pies sigan moviéndose al interior del local.

—¡Guau! ¡Este sitio es una pasada! —dice Susan junto a mí, mirando de un lado a otro de la gran sala frente a nosotras. Según cruzamos las gigantescas cortinas granates de terciopelo, el ruido y la luz nos envuelven como si hubiéramos entrado en otra dimensión.

Mi mirada está fija en el reservado que hay en el segundo piso, tras la barandilla dorada. Hay bastantes personas, pero no encuentro a Draven entre ellos.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunta Susan.

Miro a mi alrededor, en busca de alguna idea.

—¿Una copa? No me vendría mal para los nervios.

—Me gusta cómo piensas.

Nos dirigimos a la barra, donde un camarero nos espera con una enorme sonrisa y ganas de cobrarnos un dineral por una copa. Un minuto más tarde, tenemos nuestras bebidas, aunque a mí me cuesta dar un trago. Mi garganta lleva bloqueada desde que entramos al casino.

—¿Y ahora?

—No estoy segura —digo, al tiempo que encuentro la cara de Draven entre los invitados de su reservado. Lo reconozco por su pelo engominado, que brilla tanto como la lámpara de cristales que cuelga del techo—. Está ahí.

El ritmo frenético que alcanza mi corazón deja mi pecho agotado en un instante, y únicamente me percato de que he hablado en voz alta cuando Susan, a mi lado, se gira para ver de qué estoy hablando.

No sé cómo voy a hacerlo.

—¿Nos reímos para llamar su atención?

Me vuelvo hacia mi amiga, y mi cara de agobio es suficiente para que deseche esa idea. Llamar la atención es exactamente lo contrario a lo que quiero hacer. Preferiría que nadie me reconociese por allí, salvo el hombre más peligroso de la ciudad.

El golpeteo incesante de mi corazón frena en seco cuando su mirada se cruza con la mía y, durante un segundo, no puedo moverme. El miedo me tiene paralizada, y solo cuando regresa junto a sus invitados, consigo respirar de nuevo.

—Me ha visto —susurro, sin poder alzar más la voz.

—Entonces, ve.

Miro aterrada a mi amiga.

—Nena, ¿por qué estamos aquí? —pregunta, conociendo tan bien como yo el motivo. Me lo recuerdo, y empiezo a repetirlo en mi cabeza como un mantra. «Tenemos que hacer que funcione. Tenemos que hacer que funcione. Tenemos que hacer que funcione».

Respiro hondo.

—Vale, voy para allá.

Antes de moverme, bebo de un trago lo que queda en mi vaso, ignorando el calor sofocante que recorre mi garganta. Cierro los ojos para evitar que el sabor seco del alcohol me obligue a vomitar y, cuando mi cuerpo se relaja, comienzo a cruzar el salón.

Tengo la vista fija en el reservado que quiero alcanzar, y no me percato de la gente que se cruza delante de mí.

Me llevo algún empujón que no he podido esquivar de un grupo celebrando en una mesa de dados, pero permanezco centrada en mi objetivo, y únicamente freno cuando casi choco contra un cuerpo gigante que se interpone en mi camino.

Alzo la vista y encuentro al hombre de facciones angulosas que nos ayudó a salir del casino en plena redada de la policía. Me mira con la misma cara seria e impasible de aquella noche, y no sé si estoy metida en un lío, o si voy a conseguir lo que me proponía.

Abro la boca para saludar, pero él lo hace primero.

—El señor Draven quiere verla.

Se queda quieto observándome, esperando mi respuesta y poniendo mis nervios de punta. Cuando echo un rápido vistazo al reservado, el dueño del casino sigue hablando con la persona sentada a su lado. Me alienta que parece de buen humor.

—Vale —es todo lo que digo.

Al oír mi respuesta, el hombre se gira y comienza a andar, dando unos pasos demasiado largos para mí.

Camino detrás de él, agradeciendo que Susan no insistiera en ponerme tacones.

No necesito hacer el ridículo tambaleándome sobre ellos y, tras mi última experiencia aquí, prefiero la seguridad de un calzado cómodo, por si tengo que salir corriendo.

Además, no creo que la señora Kelscot me advirtiera ahora de una posible visita de la policía.

Subimos la escalera dorada con mis pulsaciones aumentando a cada escalón que piso.

Una vez arriba, el guardaespaldas de coleta rubia se queda en un lateral como una estatua, controlando todo a su alrededor.

—Mi querida Nora. ¿A qué debo esta agradable visita? —Draven se acerca a mí con los brazos extendidos antes de que pueda alejarme un poco más de la barandilla.

Soy incapaz de responder a su cortesía. Permanezco inmóvil en mi sitio mientras él me da dos besos, dejando sobre mi piel su fuerte perfume. Mi concentración está puesta en continuar respirando y no huir despavorida.

—¿Cómo está Kelscot? ¿Sigue con problemas? ¿Aún lo molestan?

—Sí. Es el motivo de mi visita.

Mi respuesta le gusta, pues enseguida mejora su carácter.

—Vaya. Así que vienes a hacer negocios. ¿Quieres que vayamos a mi oficina? —me ofrece, extendiendo el brazo hacia la salida.

—¡No! No es necesario.

Doy un paso hacia atrás, chocando contra la barandilla detrás de mí. Si ya me pone de los nervios hablar con él, hacerlo a solas, en lo que seguro que es un terrorífico despacho, sería mucho peor.

—Muy bien —dice, y luego alza el mentón hacia su guardaespaldas, que empieza a echar a la gente de allí. Cuando me vuelvo hacia el mafioso, está estudiándome con la mirada—. No queremos testigos de nuestra conversación, ¿verdad? Basta con que haya gente presente, por si te tiro por la barandilla.

Pese a que lo intento, no logro separarme de ella, pues él inmoviliza mi mano sobre el metal dorado que se me empieza a clavar en la piel.

Se acerca un poco más a mí, mirando al salón bajo nosotros, y se ríe suavemente, haciendo que pequeños escalofríos estremezcan mi cuerpo.

No dejo de repetirme que es un error haber venido aquí a medida que el miedo crece en mi interior.

—Pajarito, este casino se rige por las mismas reglas que Las Vegas —dice—.

Lo que ocurre en el Midnight Casino, se queda entre sus paredes.

Al menos, hasta que yo decido airearlo. Si te tirara por aquí —Me hace girar en un movimiento brusco, de forma que quedo asomada por la barandilla, retenida contra ella por la fuerza de sus manos mientras las mías se aferran a su fría superficie tanto como pueden—, ninguno de mis invitados diría nada.

Cuando hago un barrido por la sala, todos continúan con el juego. Únicamente los ojos de Susan controlan cada uno de mis movimientos. Me gustaría cambiar mi gesto, hacerle pensar que no hay ningún problema. En cambio, estoy aterrada y no consigo fingir.

Los dedos de Draven sobre mi cintura se suavizan, y él se acerca a mi oído.

—Pero si estás más cómoda con tu amiga viéndote, me parece bien. —Se separa y toma asiento en uno de los sofás de aquel espacio, tapizado en un cuero oscuro y brillante—. Cuéntame, ¿de qué negocio querías hablarme?

Cuando consigo soltar las manos, me las froto y muevo los anillos que cubren mis dedos, y que ahora siento hundidos en mi piel. Me acerco a él, únicamente por el hecho de dejar atrás la barandilla y las imágenes de mi cuerpo cayendo al vacío que se han instalado en mi cabeza.

—Yo… Necesito ayuda para acabar con quien lo amenaza —confieso. No tengo muy claro cómo hacerlo, y quizás él pueda proponerme algo.

Por si acaso, no digo que se trata de la madre de Tyler. Quiero saber qué cartas hay sobre la mesa antes de jugar.

—«Acabar». Pensaba que no estabas interesada en ese tipo de finales.