Solo una fan #42 ¿Aunque quieras estar conmigo?
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#42 ¿Aunque quieras estar conmigo?

¿AUNQUE QUIERAS ESTAR CONMIGO?

Cuando entro por la puerta, lo hago asfixiada.

Fuimos a casa de la señora Kelscot en el coche de Tyler, y cuando conseguí salir de mi improvisada cárcel, me vi sola, sin transporte y sin dinero para pedir un taxi.

Había dejado todo en el asiento del copiloto.

Tampoco podía encender el móvil por miedo a que la señora Kelscot descubriera que andaba cerca.

Por lo tanto, he pasado cuarenta minutos caminando.

Al menos, no me he quedado en la calle por falta de llaves, ya que, tras lo ocurrido el día de la fiesta, guardé una copia en el porche, enterrada bajo las hortensias.

Lo hice al percatarme de lo mucho que me distraía cerca de Tyler, imaginando que en algún otro momento olvidaría mis llaves y todas mis cosas solo por estar con él.

Sin embargo, nunca hubiera esperado que el motivo fuera huir de la casa de su madre con una carpeta que podría destruir su vida y su carrera.

No dejo de pensar en el documento que vi al abrirla. No puedo entenderlo. Pero Tyler me dijo que me explicaría todo, y prefiero que lo haga él, a sacar conclusiones precipitadas.

Así que dejo la carpeta sobre la mesa del comedor y me dirijo a la ducha, esperando quitarme tanto el sudor como la sensación de ser pillada en cualquier momento, que no me abandona desde esta tarde.

Lo que no consigo sacarme de la cabeza, por fría o caliente que ponga el agua, es la lista de preguntas sin respuesta, ya al borde del colapso.

Salgo de la ducha intentando dejar mi mente en blanco sin demasiado éxito. Una vez vestida, me dirijo al salón y empiezo a escuchar sonidos provenientes de mi cocina. Me pongo alerta enseguida, imaginando a la policía entrando en mi casa, cuando me cruzo con la mirada de Tyler.

Vuelve a golpear el cristal de mi ventana.

Me acerco corriendo hasta donde está, y la abro al mismo tiempo que sus manos cruzan el umbral para sujetarse mejor.

—¿Qué estás haciendo? —le pregunto agobiada sujetándolo por el brazo, pese a que poco puedo hacer si se cae.

—Lo recordaba más fácil.

Tiro de su camiseta blanca para ayudarlo y, un momento después, nos encontramos los dos en el suelo, tal y como ocurrió la primera vez que entró de este modo en mi casa. Su cuerpo ha envuelto el mío en un segundo, y apenas he notado el impacto.

Cuando abro los ojos, solo veo el cuello de Tyler demasiado cerca de mí, lanzándome su perfume, dejándome sin fuerzas.

—¿Estás bien? —me pregunta él, separándose un poco para poder verme la cara, que recorre con su mirada lentamente.

Es como si el beso que dejó sobre mis labios en el estudio de su madre todavía bailara sobre ellos, llevando una corriente electrizante hasta mis dedos. Y que sus ojos se hayan detenido en mi boca, no me ayuda a apagarla.

Sabía que mantener la mente fría iba a ser difícil, pero él no me está ayudando, y estoy cansada de luchar sola contra cada cosa que me hace sentir. Hasta la última fibra de mi cuerpo quiere rendirse.

—Tyler, ya no hay paparazzis en mi puerta —le explico, aún hipnotizada por su cercanía.

Su risa me sorprende mientras se agacha a mi lado, escondiendo su cara en el hueco de mi cuello y poniendo mi piel de gallina con ese movimiento.

—Tenía que haberlo comprobado antes. Supongo que es la costumbre.

—Solo has entrado una vez por mi ventana —le recuerdo.

Él alza la cabeza, recorriendo mi piel hasta mi mejilla con su nariz.

—Pero he pensado en ello demasiadas veces —dice volviendo a mirarme, y acariciando mi frente en el nacimiento del pelo.

Muevo mis brazos entre nosotros y coloco mis manos sobre su pecho. Necesito que se mueva si quiero seguir respirando, aunque la falta de aire es lo único que me mantiene serena.

En contra de mis deseos, finalmente lo empujo y me levanto incómoda del suelo, recordándome que no puedo dejar que todo se repita.

—Tengo aquí la carpeta —le informo, señalándole la mesa del comedor a sus espaldas.

A él parece importarle poco. Me mira entrecerrando los ojos.

—¿Cómo saliste de la casa?

Yo me aguanto la risa.

—No eres el único capaz de saltar por las ventanas —digo satisfecha.

Su sonrisa se hace más visible, y soy incapaz de contener la mía. Me mira como si estuviera maravillado, y en un instante recuerdo el calor que me hacía sentir cuando estábamos juntos.

Me aclaro la garganta y volvemos a centrarnos en el asunto que tenemos entre manos. Él se gira y alcanza la carpeta.

—¿No la has mirado? —pregunta confuso.

—Dijiste que ibas a explicármelo tú. Y tampoco sabía si te molestaría que mirara todo eso.

Tyler se acerca y me sostiene por la barbilla.

—No tengo más secretos para ti, Appaloosa. Ya no —me asegura. Luego, baja su mano hasta encontrar la mía, y tira de mí—. Ven.

Nos sentamos juntos en el sofá y abre la carpeta que lleva atormentándome toda la tarde. Comienza a revisar lo que contiene y yo echo un vistazo por encima. Hay expedientes y distintos contratos.

Escucho a Tyler murmurar de vez en cuando, preguntándose por qué su madre tiene toda esa documentación.

Después de revisar cada hoja, solo me pasa una de ellas: su informe médico de la Combine.

—Es esto. Lo demás lo guardaría por precaución.

—Tyler, podrían echarte de la NFL. ¿Esto es lo que tenía contra ti?

Él asiente a mi lado, pero no dice nada. No puede usarlo para librarse de su madre. Acabaría con él también.

—¿Por eso no has hecho nada para detenerla en todo este tiempo?

Entierra los dedos en su pelo antes de recostarse en el sofá.

—¿Decepcionada?

Miro de nuevo el papel que me ha dado.

—Fue hace mucho tiempo.

Tyler se yergue al escuchar mis palabras, acercándose a mí.

—¿Por qué lo haces? —pregunta, mirándome tan intensamente que me cuesta mantenerme firme.

—¿El qué?

—Intentar salvarme, una y otra vez. Incluso cuando soy un capullo. O cuando tienes pruebas en tu mano de que no hay nada que haya hecho bien.

—No digas eso. No… —Quiero hacerle cambiar de opinión. Se ha comportado como un idiota conmigo, pero siempre tuvo un motivo. Y uno bueno, al parecer.

Me fijo en cómo nos hemos acercado el uno al otro, con un movimiento lento, como si existiera una gravedad entre nosotros que nos empuja a nuestro encuentro.

Alcanza mi cuello y lo acaricia lentamente, despertando mi piel con el contacto de la suya.

—Solo me pregunto por qué lo haces —me interrumpe con una voz grave, gutural, que se cuela hasta el centro de mi pecho y se resiste a marcharse.

—Supongo que he perdido la cabeza —susurro, esperando que su boca acabe con el poco espacio que nos separa.

Y lo hace.

Su beso se vuelve real en mis labios, adorándolos con delicadeza, temeroso de que el momento termine antes de que hayamos podido calmar la sed que nos agota. Sus dedos se pierden en mi pelo, mientras su otra mano se aferra a mi cintura, empujándome hacia él.

Me dejo caer en lo que me he prohibido buscar en las últimas semanas por miedo a que la realidad volviera a golpearme. Un miedo que empieza a subir por mi garganta, más rápido que la pasión que me consume.

Y entonces, me aparto.

Me muevo insegura agarrando el cuello de su camiseta, como si necesitase sostenerme.

—Tyler, yo… —susurro. No sé si puedo seguir cediendo a un deseo que un momento después tiene que desaparecer.

Escucho el aire de sus pulmones abandonando su cuerpo, y apoya su frente sobre la mía.

—Lo sé. Perdona —me dice. No me promete que todo irá bien, o que estaremos juntos. Solo se disculpa, porque sabe como yo que esto no irá a más.

—Es que… querías estar alejado de mí —le recuerdo. Me recuerdo. Volverá a marcharse.

—Quiero protegerte, eso no ha cambiado, Nora. —Acaricia mi cara una vez más. Con calma, al mismo tiempo que la recorre con su mirada—. Si esto no sale bien…

—Volveremos a ser unos extraños —termino su frase, ignorando el dolor y la desesperación que despierta en mí—. ¿Aunque quieras estar conmigo?

—Esa pregunta no importa.

—A mí sí.

Tyler mueve mi cabeza para dejar un pequeño beso en mi mandíbula, desarmándome en un instante. Accedería a todo con tal de seguir sintiendo sus labios sobre mi piel.

—Da igual lo que yo quiera, Appaloosa —dice dejando más besos a medida que habla—. No puede ocurrir. No voy a ponerte en peligro.

—Según tú, estar aquí juntos ya es peligroso.

Gira mi cabeza para que vuelva a mirarlo.

—Por diversos motivos. —Me dedica una sonrisa socarrona que llevaba demasiado tiempo sin ver.

—Hablo en serio.

—Yo también, Appaloosa.

Mantengo mi silencio durante un momento, sin encontrar la forma de hacerle cambiar de opinión.

Un momento que él aprovecha para continuar transitando mi cuerpo, empezando por mi cintura, colándose por debajo de mi camiseta y subiendo por mis costillas.

Cuando ahogo un pequeño jadeo, sus ojos regresan a mí.

De un movimiento, me empuja a sentarme sobre él a horcajadas, como hicimos hace semanas en este mismo sofá. Hace semanas, cuando las cosas que nos ocultábamos no habían salido todavía a la luz. Cuando todo parecía ir bien.

Mi corazón se acelera tanto, que todo a mi alrededor se ralentiza. Su mirada sobre mi boca, sus dedos rozando mi piel, mi respiración, aguardando el siguiente movimiento que la hará enloquecer.

—Estoy cansada de tantas mentiras, de tantos dobles sentidos, de decir una cosa y pensar la contraria. —Suelto las palabras en un susurro, porque todo está tan calmado entre nosotros que no quiero perturbarlo.

Tyler termina de recorrer mi espalda y me empuja hacia él de forma que tengo que apoyarme en su pecho para no darme de bruces con su cara.

—Solo he dicho una mentira desde que te conozco, y me arrepiento de ella cada día.

—¿Y cuál es la verdad?

Sus cejas se arrugan ante mi pregunta, y su lengua sale a humedecer sus labios, que de pronto se han quedado secos.

Su respiración choca contra la mía en un silencio cargado de lo que no nos hemos dicho, lo que nos negamos a confesar, como si estuviéramos al borde de un precipicio.

—La verdad es que te quiero, Nora —dice, llevándose el poco aire que había conseguido llegar a mi cuerpo—.

La verdad es que no soy capaz de seguir sin ti.

Llevo días aguantando con las migajas, mirándote a lo lejos, recordando tu risa, que ya no tengo el privilegio de escuchar, soñando cada noche contigo, imaginando que recorro tu piel con mis dedos, con mis besos.

Esa es la verdad, Appaloosa. Y me duele, a la vez que me da la poca vida que me permite seguir respirando.

Doy una bocanada de aire, esperando que un poco de oxígeno consiga cruzar mi garganta.

—Di algo —me pide, desenterrando una de sus manos de debajo de mi camiseta para ponerla sobre mi mejilla—.

Di que sientes lo mismo. Di que no la he cagado tanto —me suplica, y algo dentro de mí se rompe.

Una grieta que no debería abrir, que amenaza con sacar lo que me he esforzado tanto en contener.

—Yo también te he estado mirando a lo lejos —respondo con un hilo de voz, rindiéndome a su tacto, a sus palabras, a su sonrisa, que aparece de pronto iluminando su cara y despojándolo de los miedos que acaba de revelarme—.

Y puede que haya soñado contigo. Una vez, o dos.

—Es lo máximo que me permito concederle, a pesar de que no ha salido de mi cabeza, lúcida o no, desde hace semanas.

Su mirada desciende hasta mi cuello, donde un momento más tarde deja otro de sus besos, otra cicatriz que no querré borrar.

—¿Algo más? —pregunta sobre mi piel, feliz por mi pequeña confesión, ignorante al tormento que atraviesa mi cuerpo.

Lo agarro del pelo y lo alejo de mí para poder mirarlo. En cuanto lo hago, la verdad me golpea como un mazo, dejándome hecha añicos.

«Esto no tenía que ocurrir».

Y, sin embargo, solo pensar en levantarme hace que un dolor desgarrador se instale en mi pecho. Separarnos será arrancarme el corazón de un tirón.

Las lágrimas cubren mis ojos. Los cierro, tratando de contenerlas y apoyo mi frente en la de Tyler. Sacudo suavemente la cabeza y mis dedos buscan su pelo. Se escurren y se me escapa, como se me ha escapado él tantas veces en el pasado.

Pensaba que no quedaban más trozos que romper para Tyler, que estaba vacía. Entonces, ¿qué es lo que me duele? ¿Por qué siento que me resquebrajo?

Aprieto la mandíbula con fuerza. No puedo decirlo. No puedo dejar que sea verdad. No, si quiero sobrevivir esta vez.

Contengo las palabras, las retengo aunque me ahogan, aunque arden en mi garganta.

Tyler rodea una de mis manos y se la lleva a los labios, dejando un beso en la palma.

«Para», pido desesperada en silencio. «Esto no tenía que ocurrir».

Otro beso lento, y otro más en el interior de mi muñeca mientras sus dedos se hunden en mi cintura.

Lo miro. Sus ojos esperan mi respuesta, aguardan a que termine de romperme, a que confiese lo que llevo tanto tiempo evitando. Pierdo su imagen tras las lágrimas que han inundado los míos y que amenazan con precipitarse.

—Yo… nunca he dejado de quererte —digo con voz temblorosa, entregándole lo que queda de mí. La grieta en mi pecho alcanza todo mi cuerpo en un instante. La muralla que creía haber construido de forma sólida sobre la mentira de que ya no me importaba se derrumba.

Solo era una forma de continuar respirando sin él.

Su pulgar se mueve por mi mejilla hasta alcanzar la lágrima que la recorre sigilosa.

—¿Incluso cuando querías matarme? —Escucho su voz afligida, a pesar de que, por su sonrisa, intenta bromear.

—Especialmente cuando quería matarte, enfadarme contigo, olvidarte. Todo eso era más duro que seguir amándote en silencio.

Sin previo aviso, me envuelve y empuja mi cuerpo hacia el suyo en un abrazo que me rompe y me recompone a partes iguales. Me aprieta contra él y, lejos de asfixiarme, siento que, por primera vez en semanas, soy capaz de respirar hondo.

Mis ojos siguen despidiendo lágrimas silenciosas que se funden en la camiseta de Tyler.

—Me prometiste que no desaparecerías —dejo que mi débil susurro se cuele entre los dos.

—Y quiero volver a prometértelo —dice él, sin llegar a hacerlo.

—Solo si esto sale bien.

—Solo si sale bien, Appaloosa —me confirma lo que lo detiene, a pesar de lo que ambos sentimos—. No puedo permitirme otra cosa.

Me separo un poco. Lo justo para poder verle la cara. Él se fija en mi mirada, que debe estar tan roja como mi camiseta.

—Entonces hagamos que funcione.

No responde nada. Solo me besa, lenta y suavemente. Como si fuera nuestro primer beso, o el último. Como una promesa de que seguiremos amándonos, aunque no podamos estar juntos. La peor promesa de todas, porque sé que la cumpliremos.

—Hagamos que funcione —repite mis palabras con una pequeña sonrisa ladeada—. Es la primera vez que me merece la pena el riesgo.