Solo una fan #41 No sabes a lo que te enfrentas #2
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#41 No sabes a lo que te enfrentas #2

Pongo la mano bajo su barbilla para que me mire. Para disfrutar del tono dorado de sus ojos un poco más.

—Ni todo el tiempo del mundo me haría olvidarte, Appaloosa.

¿Podría ella? ¿Lo ha hecho ya? No me atrevo a preguntárselo, así que nos quedamos en silencio, porque ninguno sabe qué más decir. Tampoco nos movemos.

Al final, es ella quien habla.

—Eddie y Maly vinieron a hablar conmigo.

Con ver mi gesto es consciente de lo poco que me va a gustar lo que tenga que decir. Me preocupa lo que hayan podido contarle, y lo que signifique para ella.

—Dijeron que… sigues coladito por mí. —Nora tuerce la boca en una pequeña sonrisa.

Eso sí que no me lo esperaba. Se me escapa una risa corta.

—No he estado de mi mejor humor estos días.

—También —continúa hablando y, por cómo cambia el gesto, sé que viene la parte que no quiero escuchar —me pidieron que te ayudara con lo de tu madre.

—¡No! —digo más alto de lo que pretendía. Con solo nombrarla, el enfado ha vuelto a colmar mi cuerpo.

—Eso es lo que les dije —me asegura ella, cortando todos los pensamientos agresivos acaparando mi mente.

Suspiro.

—Bien. Nunca me perdonaría si te hiciera daño —le digo, volviendo a acariciar su mejilla y bajando hasta su cuello.

—Es mejor que lo hagas tú, ¿no?

—Aunque no lo creas, sí —le aseguro.

—¿Y si quisiera ayudarte?

—He dicho que no.

—Y yo digo que sí —responde terca—. No puedes impedírmelo. No pudiste en el hotel.

—Y mira cómo ha terminado todo.

Contesto de forma dura y tajante, dejando claro que no voy a cambiar de opinión. Sin embargo, eso no le impide seguir intentándolo.

No sé qué le habrán dicho Eddie y Maly, pero tendré unas palabras con ellos en cuanto vuelva a casa.

—He pensado que…

—La respuesta sigue siendo no.

Doy un paso hacia atrás. Si acercarme a ella va a meterle esas ideas en la cabeza, debería alejarme. No tendría que haber hablado con ella, para empezar.

Nora da un paso hacia mí.

—Lo haría por cualquier otro del equipo. ¿Por qué no me dejas hacerlo por ti?

—Porque no sabes a lo que te enfrentas. Yo sí.

Suelta una bocanada de aire, dejándome ver el enfado en su rostro.

—¿Entonces qué? ¿Te irás del equipo cuando tu madre quiera volver a cobrar? ¿No volveremos a vernos nunca más? ¿Eso es lo que quieres?

Claro que no, joder. Cada una de esas preguntas me rompe por dentro, porque sé que ese es mi futuro; porque no puedo darle otra respuesta.

—Eso es lo que te mantendría a salvo —le digo, colocando de nuevo los mechones que se han escapado a su oreja.

—No quiero estar a salvo. No así. No puedo dejar que rompas mi corazón cada vez que ella amenace con romperlo en tu lugar.

Yo suspiro. Acaba de describir lo que llevo haciéndole durante semanas, y me siento aún peor por estar aquí con ella, dándole unas esperanzas que no guardo para mí.

Apoyo mi frente en la suya.

—No es lo que quiero.

—Entonces dime cómo puedo ayudarte —susurra contra mi boca, haciendo que sea más complicado seguir negándome.

—No, Nora —repito, más por inercia que por creer realmente en mis palabras.

—Sabes que lo haré de todas formas. Puede ser con tu ayuda o sin ella. Y has visto que sola no me va tan mal.

Me separo para poder ver su rostro, que solo muestra determinación.

Entonces cambia, y una sonrisa preciosa ilumina su cara. Me jugaría mi alma a que no va a gustarme lo que está a punto de decir.

—A lo mejor Kylen se ofrece a ayudarme.

Efectivamente, oír ese nombre saliendo de su boca hace que el fuego que había conseguido disipar aparezca en mi pecho, con ganas de prenderlo todo.

La agarro de la cintura y, de un tirón, la aproximo a mí hasta que nuestras caras se rozan. Puedo oler las flores de su perfume cosquilleando mi nariz, suplicándome que me rinda a ella y a sus labios, que la bese hasta que no recuerde cómo pronunciar otro nombre que no sea el mío.

—Eso es un golpe bajo, Appaloosa —la amenazo.

Sus brazos recorren lentamente mi torso, sin perder de vista mis ojos, para después enrollarlos alrededor de mi cuello.

—Entonces estamos de acuerdo —dice satisfecha—. Dime. Tiene que haber algo que podamos hacer —susurra frente a mí.

Me quedo observándola durante un momento, dándome cuenta de que mi madre puede manejar mi carrera, pero es Nora la que gobierna mi cuerpo y mi alma, y no hay nada que pueda negarle. Sobre todo, si me lo pide de forma tan convincente.

Soy suyo de una manera que no puedo controlar, de una manera que ya no sé cómo combatir, y por eso soy incapaz de alejarme de ella.

Por supuesto, no pienso dejar que corra peligro. Eso está fuera de la ecuación. Pero, si puedo asegurarlo, todo lo demás es suyo.

—Hay algo —me rindo finalmente—. He estado pensando en ello últimamente.

Empujo a Nora dentro de la casa y cierro rápidamente. No me puedo creer que haya accedido a traerla conmigo. Espero que encontremos rápido lo que hemos venido a buscar.

Agarro su mano y me muevo alrededor, buscando alguna habitación que sea parecida a un estudio.

La encuentro tras la segunda puerta.

—¿Estás seguro de que no vendrá? —pregunta. Esconde bien sus nervios, salvo por la voz, que le ha fallado al final.

—Estoy seguro de que lo hará —digo llevándola conmigo al interior del estudio.

Hay varias estanterías a lo largo de la pared del fondo y una mesa de escritorio en el centro, con un gran sillón de piel detrás.

Desde luego que mi madre es lo más dramático que existe.

Apuesto a que ha escogido imágenes de El padrino para diseñar esta habitación—.

Habrá colocado alguna alarma, así que no tendremos mucho tiempo.

Me quedo quieto, pensando en lo que estoy diciendo.

—De hecho, no me sorprendería que me hubiera puesto un rastreador en el móvil.

Lo saco del bolsillo y lo apago. Nora hace lo mismo con el suyo, por precaución.

—Ya, no es para nada controladora, ¿no? —me pregunta de buen humor, guardando su teléfono.

Yo tiro de la trabilla de su pantalón para acercarla a mí de un empujón.

—¿Celosa? Sé que te gusta tener todo bajo control.

Su sonrisa se expande por su cara cuando se acerca.

—Todavía no me has visto celosa, 89.

Choca su nariz con la mía, y se aleja, dejándome devastado.

Las ganas que tengo de agarrarla y no soltarla, de llevármela de allí, de secuestrarla en mi casa de invitados y hacer con ella todo lo que no he podido hacer en estas últimas semanas, me dejan bloqueado, observándola en silencio mientras se mueve por la habitación.

Siempre me ha vuelto loco cuando se dirigía a mí por mi número, y sigue haciéndolo ahora, al bromear conmigo a pesar de todo lo ocurrido entre nosotros. A pesar de que la he traído, poniendo todo su mundo en peligro. «Tiene que salir bien», me digo, y comienzo a moverme, revisando las estanterías.

—Si me dijeras lo que tengo que encontrar, sería un poco más fácil —dice ella, buscando por la mesa la llave que abre los cajones del escritorio.

—Cualquier documento con mi nombre.

—Ya… —dice, no muy satisfecha con mi respuesta.

—Oye —me acerco para sujetarla por la barbilla y que no escape a mi mirada—, voy a contarte todo, ¿vale? Te lo prometo.

—Vale —accede, dejando su boca abierta. Cada pequeño gesto que hace me tortura, y no se da ni cuenta.

Después de ignorar los impulsos primitivos que inundan mi cuerpo en un segundo, seguimos con nuestra búsqueda a tanta velocidad como podemos.

Nora ha conseguido abrir los cajones y yo continúo rebuscando entre los libros y cajas que hay por el estudio.

—¿Te valdría una carpeta con tu nombre? —escucho a Nora detrás de mí. Me acerco hasta donde está y reviso con ella los documentos.

Entonces lo encuentro. Casi no puedo creerlo. Tanto tiempo bajo el control de un simple papel.

—Es esto —confirmo.

—Es de la Combine —dice Nora confusa a mi lado.

—Sí.

—Pero…

—Oye, te juro que tiene una explicación. Dame un…

Me quedo en silencio, agudizando el oído para comprobar que lo que he escuchado no es imaginación mía.

Acto seguido, guardo los papeles y cierro los cajones.

—¡Escóndete! —le urjo, dándole la carpeta.

—¿Y tú? —pregunta nerviosa.

—Nora, escóndete. Yo la sacaré de aquí.

—Tyler… —Tira de mi mano, como si no quisiera separarse de mí. Puede que incluso esté preocupada. Pero no voy a dejar que mi madre la encuentre aquí.

Sin pensarlo, acerco mis labios a los suyos, dejando mi suave despedida sobre ellos.

—Llévate todo cuando te vayas —le digo antes de salir por la puerta y lanzarme sobre el sofá. Saco mi móvil del bolsillo y lo enciendo en el mismo momento en el que mi madre aparece por la puerta.

Su respiración está agitada, como si hubiera venido corriendo, y escanea la estancia nada más abrirla. Su cara es de confusión cuando me encuentra tirado en su sofá.

—¿Tyler? ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has entrado?

Yo le dedico mi mejor sonrisa. Una tan falsa como las que me obligaba a lucir en los eventos a los que tenía que acudir con ella.

—El portero es fan de los Stallions.

Cierra la puerta y echa otro vistazo a su alrededor, puede que buscando algo fuera de lugar.

—¿Quieres registrarme? —le ofrezco levantando los brazos.

—¿Qué haces aquí? —Obvia mi pregunta y me lanza de nuevo una suya.

—Traigo una propuesta.

Me recuesto en mi asiento para que me vea relajado; por dentro estoy aterrado por permanecer allí. Tengo que sacarla de la casa antes de que empiece a registrarla por completo.

Por suerte, parece que mi fachada está funcionando, porque se sienta en el sillón contiguo al mío con la seguridad de quien tiene todo bajo control.

—Te escucho.

—Tengo una entrevista con Game On . Una portada —le digo al mismo tiempo que una idea empieza a tomar forma en mi cabeza.

Ella se queda en silencio, sopesando las posibilidades de sacar rédito con ello.

—Muy bien. ¿Y cuál es mi papel ahí?

—Puedes hacerla conmigo. —Me encojo de hombros.

—¿Y qué quieres a cambio? —su sonrisa se expande al mismo tiempo que la mía, porque he conseguido interesarla.

Me apoyo sobre mis rodillas.

—Cuatro años en los Stallions. Sin filtraciones.

Mi madre se ríe, poniendo mis nervios de punta.

—¿No incluyes a tu chica en las peticiones?

Mi sonrisa flaquea por un momento.

—Quiero centrarme en mi carrera.

Se cruza de brazos y me observa intensamente. Es como si tratara de descubrir lo que estoy pensando. Yo hago lo posible por vaciar mi mente, porque la veo capaz de conseguirlo.

—Es un poco caro para una entrevista, ¿no te parece? Me pagan muy bien por tus fotos. —Levanta su dedo índice, moviéndolo en círculos, dándome a entender que esta casa y todo lo que hay en ella es fruto de lo que ha conseguido a mi costa.

Me levanto del sofá, haciendo lo posible por mantener mi falso buen humor, y me dirijo a la entrada.

—Hablemos de dinero entonces. Pero prefiero hacerlo con el estómago lleno. ¿Vamos?

Abro la puerta para que me siga, sin darle opción a que decida quedarse en la casa e invitarme a comer allí.

Mantener la vista al margen de la habitación de estudio ya me está costando más de lo que creía.

Mi cabeza regresa constantemente a Nora, preguntándome cómo he sido tan estúpido de traerla conmigo.

Finalmente, mi madre recoge sus cosas y me sigue. El único problema es que, al hacerlo, cierra la puerta con llave.

Mientras nos alejamos, hablamos sobre el equipo y la pretemporada.

Actúa como si no hubiera dedicado el verano a amargarme la vida, y yo hago lo posible por mantenerme de buen humor.

Se me hace más duro de lo que esperaba, pues cada vez que la miro, solo veo el motivo por el que no puedo estar con mi Chica del Móvil.

Al llegar a la cafetería, la conversación se centra de nuevo en la entrevista, y yo accedo a todo lo que quiere, esperando que nunca llegue a conseguirlo.

Cuando hablamos de la manera en la que podríamos enfocarla, como solíamos hacer antes de que descubriera lo manipuladora que es, me percato de algo.

—¿La filtración de mi contrato fue cosa tuya? Todo lo de Hunter.

Mi madre me muestra una sonrisa orgullosa. Ni siquiera necesito una respuesta.

—¿Fue muy obvio?

Tomo un sorbo de mi café, nervioso porque todavía no sé nada de Nora. Necesito alargar esto tanto como pueda. Al menos, hasta que se me ocurra una forma de ayudarla a salir de allí.

—La verdad es que no había caído en ello hasta ahora —confieso, pese a que tiene claramente su firma. Me imagino el motivo por el que no lo vi antes: preciosa, morena, con pecas y experta en fútbol americano.

—El odio hacia ti ya lo llevaba de serie. Habías llegado al equipo para sustituirlo. Únicamente tuve que avivarlo un poco más —me cuenta su estrategia para atormentarme nada más llegar al equipo.

A veces creo que es una auténtica psicópata, y me pregunto cómo aguanté tanto bajo su control.

Sin embargo, todo mi malestar se disipa cuando mi teléfono vibra y veo un mensaje en la pantalla.

Chica del móvil:

Estoy fuera.