#44 Esta historia termina aquí #2
No tengo ni idea de qué está hablando y, al parecer, mi madre tampoco.
Antes de que pueda contestarla, su voz suena a través del teléfono de Nora.
«Así que, esa mañana, le eché algo en el desayuno. Poco. Tampoco quería que se pusiera malo. Solo lo suficiente para que diera positivo. Claro que ya me había encargado de conseguir su resultado».
«¡Tú lo engañaste! ¡Él ni siquiera sabía que estaba dopado!», escucho la voz de Nora.
«Claro que no. Con lo ilusionado que estaba, ni se le habría pasado por la cabeza, a pesar de mis esfuerzos. Por el amor de Dios, pagué drogas a todos sus amigos, y no picó ni una vez. Así que tuve que tomar las riendas echándoselo en el café».
Nora apaga el móvil y mantiene la vista fija en mi madre.
—Creo que con esto es suficiente, aunque nuestra conversación fue más larga, ¿verdad? —le pregunta, con una seguridad que me maravilla, que nunca he tenido yo contra mi madre, y que me encanta ver en ella.
—¿Esa es usted? —pregunta Patrick, más por cortesía que porque tenga alguna duda.
—Esa es Aurora Kelscot —responde Nora—, confesando que cometió varios delitos federales dopando a Tyler sin que él lo supiera y amañando unos resultados médicos oficiales, para así manipular a su hijo durante el resto de su carrera.
Se hace el silencio en la sala, hasta que mi madre se altera por completo y se levanta del sofá en dirección a Nora con los brazos en alto.
—¡Serás zorra! —Intenta agarrarla. Ella da un paso atrás antes de que lo consiga y, para cuando trata de atacarla de nuevo, Patrick y yo se lo impedimos.
La sujeto sin esfuerzo a pesar de su rabia—.
¿Crees que va a querer estar contigo cuando lo echen de la NFL?
—sigue gritando, escupiendo sus palabras, buscando conseguir el último daño que pueda infligir en Nora.
Patrick, después de preguntarnos con la mirada si todo está controlado, sale de la sala en busca del personal de seguridad.
—Esto no va a terminar aquí —nos amenaza mi madre tirando, sin conseguir liberarse de mi agarre.
Nora se acerca a ella a una distancia prudente.
—Claro que sí, querida —imita su voz—. La Comisión Antidopaje va a abrir una investigación sobre esto y, si no quieres que tu nombre salga a la luz, te mantendrás callada y alejada de Tyler.
—De nosotros —la corrijo.
—O puede que prefieras enfrentarte a la cárcel. Quizás te dejen comprar maquillaje desde allí. —Escucho la primera crueldad salir de los labios de Nora, y las ganas de soltar a mi madre para solo tenerla a ella entre mis brazos se disparan.
Nora de chica mala puede ser un verdadero problema para mi autocontrol.
Mi madre, en cambio, grita impotente al verse acorralada.
Sigue chillando cuando llegan los de seguridad y la invitan a marcharse de manera calmada. Por supuesto, es incapaz de hacerlo, y no deja de dar voces según se la llevan.
Para entonces, ya tengo a Nora delante de mí, con mis brazos a su alrededor, sin intención de alejarme de ella.
Cuando nos quedamos solos, me agacho para susurrarle.
—¿De dónde has sacado esa grabación?
Ella se gira, y me encanta ver que su sonrisa permanece intacta.
—Teníamos que hacer que funcionase.
—¿No confiabas en que pudiera hacerle hablar?
—Si tu terquedad viene de ella, lo veía improbable.
Me río suavemente, estrechando un poco más el abrazo entre nosotros.
—Se te ve un poco desesperada, Appaloosa.
Sus manos suben hasta el cuello de mi camiseta, que agarra con fuerza para acercarme a ella. Y yo me muevo, porque no pienso en otra cosa.
—Aún no me has visto desesperada, 89 —me dice.
Me agacho un poco más, pese a que ha dejado de tirar de mí, y beso sus labios con delicadeza.
—No pienso pasar por alto lo temeraria que has sido —le advierto sin nada en concreto. Aunque haya conseguido su objetivo, no me gusta que se haya enfrentado sola a mi madre. A otros no les salió tan bien en el pasado.
—Ni yo que estuvieras dispuesto a desvelar todo por estar conmigo. —Acaricia mi nuca con unos movimientos tan lentos que apenas puedo sentirlos, salvo por la electricidad que su tacto despierta sobre mi cuerpo.
—Soy todo un caballero —le digo encogiéndome de hombros.
Patrick irrumpe en ese momento en la sala, llamando nuestra atención. Parece que se haya bebido varios cafés hasta arriba de cafeína.
—¡Joder! Si con esto no me ascienden, tengo que buscarme otro trabajo.
Nora se ríe bajo mi abrazo, haciendo que el calor de mi cuerpo amenace con derretirme.
Luego, se mueve, manteniendo uno de sus brazos alrededor de mi cintura mientras busca algo en su bolsillo trasero. Se lo extiende al reportero, pero no lo suelta de momento.
—Aquí tienes todo para tu artículo. No queremos que salga el nombre de Aurora. Al menos, por ahora. Esa jugada es nuestra —termina su última frase mirándome a mí.
—¿No te importa? —me pregunta Patrick, aunque no consigue que deje de mirar a Nora—. Puede salir mucha mierda. La Comisión de Integridad de la NFL va a ir a por ti. Podrías perder tu puesto.
Yo sostengo a Nora por la barbilla.
—Supongo que no me importa tanto —digo, y me siento satisfecho cuando su boca cerrada se ladea con vergüenza.
—Precioso —dice el reportero con su mejor voz de asco—. Venga, todavía quiero vuestra foto. —Tira de Nora, apartándola de mi lado.
—¿Qué? —pregunta ella agobiada.
—Lo que oyes. Tyler Kelscot y su directora de comunicación acaban con su peor acosadora — dice con tono dramático—. Bueno, el título lo tengo que pensar mejor.
—Pero… yo…
Nora trata de escaquearse con Patrick avanzando hasta la puerta.
—Venga, ¿te enfrentas a mi madre y no puedes ponerte delante de una cámara? —le digo divertido. Todo el peso que llevaba sobre mis hombros cada vez que estaba junto a ella se ha esfumado.
Sé que llegarán consecuencias por airear este secreto, aunque apenas lo pienso. Únicamente me importa poder estar a su lado.
—No estaba sola —me discute nerviosa, y me pregunto qué me está ocultando—. Y, además, ella da menos miedo.
Me agacho hasta quedar a su altura, y le doy un pequeño beso en la nariz.
—Mentirosa.
Después de mucho contenerse, Nora se deja caer desde el sofá y termina de rodillas en el suelo, llevándose las manos a la boca. Juraría que no se muerde las uñas, pero está tan agobiada, que no me sorprendería que lo estuviera haciendo ahora.
A mí se me pasan todos los nervios observándola en mi casa de invitados, donde tenía tantas ganas de verla desde nuestra primera noche allí; donde nos hemos refugiado los últimos días para recuperar el tiempo perdido.
Las sábanas han rescatado su olor a flores, y la casa me parece más bonita con ella recorriéndola de manera despreocupada.
Mi imagen, por el contrario, no tiene el mismo resultado en ella y, en cuanto me acerco un poco, me aparta, más nerviosa todavía.
—¿Quieres tranquilizarte? —le pido ahogando una risa.
—¡Calla! —Airea su mano en mi dirección, instándome a guardar silencio, lo que hace que suelte una pequeña carcajada.
Me muevo en el sofá hasta colocarme detrás de ella y rodeo su cintura.
—Cualquiera diría que eres tú quien se está jugando la carrera —digo contra su cuello.
La noticia salió hace unas semanas y fue un bombazo. Patrick consiguió su ascenso y Nora una cantidad ingente de trabajo. En cuanto Matthew vio lo que ocurría, se olvidó de su ultimátum y quiso mantenerla en los Stallions, controlando la turba de la prensa.
Y lo hizo tan bien, que mi reputación subió como la espuma en cuestión de días.
Aun así, no importa lo que la opinión pública diga.
Mi continuidad en la NFL depende ahora de la Comisión de Integridad en el Juego y de varios otros organismos antidopaje.
Hemos conseguido detener la investigación ahí, porque, de meterse el FBI, el nombre de mi madre saldría a la luz, y ese secreto es lo único que la mantiene alejada de nosotros.
—No tendríamos que haberlo hecho. Podríamos haber seguido viéndonos a escondidas, o haber buscado…
Hago callar a Nora apretando mis brazos a su alrededor.
—Eh. No me arrepiento —le aseguro.
Sopesa su respuesta durante un momento y respira hondo.
—Ya… Yo tampoco. Es solo que… —Vuelve a fijarse en la televisión con un rápido movimiento y se separa de mí—. ¡Calla!
Cuando miro al televisor, veo al portavoz de la NFL acercándose a un pequeño atril que han preparado para él.
Nora sube el volumen varios puntos, aunque estamos tan callados que no haría falta.
Después del pequeño saludo que hace el delegado a la sala de medios, abre su carpeta y se dirige a la cámara. Los comentaristas también dejan de hablar.
—En relación con las recientes revelaciones sobre el jugador Tyler Kelscot y los acontecimientos vinculados al Proceso de Evaluación de la Combine del Draft de hace cinco años, la NFL desea informar de lo siguiente: »Tras una investigación interna preliminar y la entrega de material documental que confirma la manipulación no autorizada de los resultados médicos del jugador, se ha determinado que el Sr. Kelscot no tuvo conocimiento ni participación activa en el procedimiento de dopaje antes del Draft.
»Si bien lamentamos profundamente que un jugador haya comenzado su carrera profesional bajo estas circunstancias, reconocemos la valentía del señor Kelscot al compartir esta información de manera pública y voluntaria.
»Como organización, la NFL reitera su compromiso con la integridad del deporte y tomará medidas disciplinarias contra cualquier individuo externo que haya influido de manera ilegal o fraudulenta en los procesos oficiales.
»El estatus del jugador Tyler Kelscot no se verá afectado, y se le permite continuar su carrera profesional sin sanciones.
»La liga continuará colaborando con las autoridades pertinentes respecto a las acciones de terceras partes implicadas en este caso.
El portavoz termina de hablar, cierra su carpeta y se va. Los comentaristas explican a los espectadores que no aceptan preguntas, al tratarse de una investigación todavía en curso por otras autoridades. Pero la NFL ya ha dado un veredicto sobre mi carrera.
Cuando miro a Nora, ella continúa inmóvil.
—Eh, ¿Nora? —la llamo con suavidad. No estoy seguro de si se ha quedado en trance, o si los nervios han terminado con ella.
Cuando mis manos alcanzan su cintura, se despierta y se gira hacia mí, rodeando mi cuello.
—¡Ya está! —me grita al oído, tan entusiasmada que me es imposible no contagiarme de su alegría—. ¡Eres libre!
Yo aprovecho su abrazo para levantarla del suelo y sentarla sobre mí. Ella, incapaz de contener su felicidad, empieza a cubrir mi cara con pequeños besos, haciéndome olvidar lo que estamos celebrando.
—Debería revelar mis secretos más a menudo —digo con una risa tiñendo mis palabras.
—¡De eso nada! Creo que ya he cubierto mi cupo de estrés contigo. A partir de ahora vas a comportarte —me dice mirándome seria.
—¿No me digas?
Con su euforia calmada, busco otro modo de hacer resurgir sus nervios. Uno mucho más divertido.
—Tendrás un comportamiento modélico —continúa exigiéndome. Sin embargo, a medida que mi boca recorre su cuello, sus palabras van perdiendo fuerza.
—Puede que lo intente. Pero solo en el campo, Appaloosa —le pongo mi condición.
—Hablo en serio —responde ella, y se me escapa una risa.
—Me encanta cuando te pones mandona.
Ella me agarra del pelo para conseguir que abandone su piel, y siempre que me sujeta así, un pequeño gruñido sube por mi garganta.
—Tienes una forma extraña de hacer cumplidos, 89.
Y, sin darme opción a responder, funde su boca con la mía, haciéndome olvidar todo a mi alrededor. Solo existe Nora, su cuerpo sobre el mío, su voz lenta y suave en mi oído.
No puedo creer que en algún momento pensara que podría vivir alejado de ella, que podría olvidarla o pasar página. Que mi vida tendría sentido sin mi Chica del Móvil.
Mientras recorro su cuerpo con la yema de mis dedos me pregunto cómo pude ser tan ingenuo.
Su lengua humedece mis labios de forma pausada, atormentándome a cada segundo. Y se separa, sin darme el beso que me estaba prometiendo.
—Esta vez no desaparezcas —me advierte.
Escondo alguno de sus mechones detrás de su oreja y me centro en sus ojos, grandes, brillantes, del marrón más bonito que me haya hipnotizado nunca, a juego con las pecas salteadas que cubren su rostro.
Me pregunto qué sentido tiene darle mi palabra con algo que ocurrirá de todos modos, porque no hay forma de que pueda abandonarla, separarme de ella o sacarla de mi cabeza.
Pero quiero prometerle todo, cada día, cada instante, sin que nada rompa mi promesa.
—No me iré a ningún lado, Appaloosa.