#39 Siempre quiero más #2
—Te odio —le digo una vez nos separamos. Por engañarme. Por haberlo hecho antes, por hacerlo ahora, como si su único objetivo fuera volverme loca.
Su cuerpo se mueve bajo el mío, fruto de una suave risa que no logro escuchar bajo la música que nos rodea. Su boca se desliza por mi cuello y sube hasta mi oreja.
—¿Quién es la que miente ahora?
Deja sus palabras sin esperar respuesta y regresa a mi cuello, haciendo estragos con mi débil fuerza de voluntad. Después, volvemos a besarnos. Varias veces. Tantas, que olvido que nada de esto es real. Que desaparecerá por la mañana.
Ese pensamiento me ataca de pronto.
—¿Por qué no me dijiste nada? —pregunto.
Tyler suspira, apoyando su frente contra la mía. Mis dedos siguen jugando con el pelo de su nuca. Por un momento, me temo que he estropeado todo, que va a echarme de allí o a largarse.
—Porque no iba a cambiar nada.
—¿Saber que era tu madre? Creo que es un punto importante —digo insegura. No sé hasta dónde puedo presionarlo con esta conversación.
Tyler alcanza mis labios y deja sobre ellos unos besos tan ligeros como el aleteo de una mariposa.
—Tú seguirías sin estar conmigo.
—No lo entiendo, Tyler.
Él se recuesta en el respaldo del sofá, llevándome consigo.
Aprovecho para dejar algún beso en su mandíbula antes de que decida deshacerse de mí una vez más.
Entonces, me sujeta por la barbilla y me pone frente a él, recorriendo con la vista cada centímetro de mi rostro, deteniéndose en mi boca. Luego, regresa a mis ojos.
—Ya has visto lo que me hace la gente que se acerca demasiado.
—¿Piensas que voy a hacer algo así contigo?
Su primera reacción es la risa, tan sutil que únicamente la reconozco porque estoy pendiente de cada uno de sus movimientos.
—Lo que tú has hecho es mucho peor, Appaloosa. —Vuelve a usar ese nombre conmigo, y en esta ocasión no me molesta, pues lo usa como solía hacer antes de que todo se torciera—. Me has roto por completo. Cada pedazo de mí.
—¿Y qué crees que has hecho tú? —replico, sin entender cómo he podido dañarlo, aparte de complicar todo enamorándome de él como una tonta.
—Debí parar esto mucho antes. —El miedo recorre mi cuerpo como un rayo, dejando todo oscuro a su paso con la amenaza de que este momento llegue a su fin—. Pero no soy capaz de hacerlo contigo. Siempre quiero más.
Me acerca hasta él para besarme, y yo dejo que lo haga. Dejo que siga alimentando mi esperanza.
—Podemos… tener más —le propongo entre beso y beso—. Podemos arreglar lo de tu madre. Seguro que…
Sin previo aviso, Tyler me empuja hacia atrás, separándome de él y de las fantasías que empezaban a tomar forma en mi cabeza. Su ceño se muestra fruncido y su mandíbula tan tensa, que parece que se va a romper en cualquier momento.
Mi pecho recupera el dolor al que ya se ha acostumbrado, porque sé lo que va a hacer. Lo que llevo esperando toda la noche.
—¿Qué estás diciendo? —me dice de mala gana, transformando sus palabras en gruñidos.
—Que… Que podemos estar juntos, si tú… —No soy capaz de terminar la frase. El miedo me ha dejado sin habla, y, de todos modos, Tyler no me permite continuar.
—Joder, Nora, ¿estás de broma?
Se pasa la mano por los ojos, y luego recorre su pelo con ella, mostrándose incrédulo.
Yo me quedo mirándolo, incapaz de decir nada, convencida de que cualquier palabra que pronunciara ahora lo haría enfadar todavía más.
—¿De verdad piensas que quiero estar contigo de esa forma? ¿Una relación? Joder—Tyler me lanza su pregunta sin esperar una respuesta. Empieza a reírse y, esta vez, sí soy capaz de escuchar su sonido.
La música debe seguir sonando a mis espaldas, pero no la oigo. Me siento rodeada de oscuridad, como si no hubiera nada más allá de nosotros. Ni siquiera aire.
—¿No escuchaste ayer a mi madre? Mira, estás muy buena y todo eso, pero venga. ¿De verdad crees que querría algo más contigo?
—¿Qué? —digo en un débil susurro al borde de la asfixia.
Sus palabras me ahogan, cada una de ellas como un golpe seco en la boca de mi estómago.
¿Por qué lo hace? ¿Por qué es tan cruel?
Un momento antes estaba segura de que podíamos arreglarlo, de que había algo real entre nosotros.
Ahora, me mira como si fuera otra más de la que se ha cansado.
«Siempre quiero más», su voz resuena en mi cabeza como una burla.
Lo que dice ahora es muy distinto, y siento que me hundo contra el suelo oscuro y asqueroso de este lugar.
—Que eres un pibón —dice, tirando de mis vaqueros hacia él—. Puede que no haya nada más en los Stallions; pero no te confundas, las hay mejores que tú por aquí.
La imagen de la chica de plateado vuelve a mi cabeza, llevándose el poco aire que me quedaba. Se refiere a ella.
Me mantengo en silencio, deseando que sea algún tipo de broma macabra a la que no le encuentro la gracia, conteniendo las náuseas que nublan mi vista, el dolor creciente en mi pecho, el vacío al que caigo.
Se acerca a mí, porque yo me he ido separando a medida que sus comentarios me iban anulando.
—Mira, si quieres vamos al baño, te doy lo que has venido a buscar y quedamos como amigos. Estoy cansado de esta mierda.
—¿Tú estás cansado? —le digo, tratando de levantarme de su regazo. El dolor en mi pecho me resulta insoportable. Necesito salir de allí. Sin embargo, sus manos me sujetan con firmeza. La misma que percibo en su mandíbula.
—Venga, no te pongas así.
—¡Eres un idiota!
—¿Y qué pasa con mi imagen?
Me mira como si me retara a quedarme, a pesar de lo duro que está siendo. En cambio, aparto sus manos de mis piernas con un movimiento brusco.
—Puedes hundirla si quieres, ya que estás tan empeñado. A mí ya me da igual —le grito, agradecida de que el ruido a nuestro alrededor nos de intimidad. Ya he tenido suficiente de ser el centro de atención por motivos erróneos.
Pueden echarme de mi trabajo si quieren, mandarme al almacén, pero no pienso seguir con esto.
Cruzo la discoteca tan rápido como puedo, que no es mucho, pues está lleno de gente y me cuesta hacerme un hueco, agravando mi sentimiento de asfixia.
Me encuentro mareada, aunque hay tanta gente a mi alrededor que creo que es imposible que me caiga al suelo. Solo tengo que avanzar un poco más, hasta llegar a la puerta, y el aire fresco hará el resto.
Entonces, unas manos rodean mi cintura. Debería apartarlas, seguir moviéndome, pero mis fuerzas han desaparecido.
Esas manos me hacen girar lentamente, y encuentro a Kylen frente a mí, vestido con unos pantalones claros y una camisa del mismo color. Lleva los botones desabrochados hasta la cintura, dejando a la vista varias cadenas plateadas y un cuerpo muy definido.
Me alegro de que no sea ningún baboso intentando aprovecharse.
—Nora, ¿estás bien?
Lo escucho porque se acerca lo suficiente para hablarme al oído.
Mi respuesta viene con mis brazos, moviéndose rápidamente para rodear su cuello. Me digo que es por el mareo, por el miedo a que mis piernas fallen o, simplemente, porque me alegro de encontrar una cara amiga en el infierno que se ha desatado a mi alrededor.
—Kylen —es todo lo que digo, esperando que el inalterable buen humor que posee haga su magia conmigo.
Sus brazos suben por mi espalda, sosteniéndome junto a él.
—¿Has bebido? —me pregunta confuso.
No digo nada, y me escondo en el hueco de su cuello. Huele a perfume, uno más suave que el de Tyler, aunque no reconozco el aroma. Nunca he sido buena con eso.
—Siento haberte mandado esas fotos —se disculpa, y la realidad vuelve a aplastarme. ¿Habrá pasado ya la rubia al reservado?
Me separo un poco de él, evitando su mirada.
—No te preocupes.
Él pone su mano en mi mejilla, haciéndome girar la cabeza hasta él.
—No quiero que te haga daño —me dice—. Ninguno lo queremos. Es un imbécil.
Sin pretenderlo, mi mirada vaga por la discoteca hasta encontrarlo sentado en el sofá del reservado. Sus ojos permanecen fijos en mí, y, si no supiera que le soy indiferente, diría que nos mira cabreado.
«Yo no comparto», escucho su voz en mi cabeza.
Aparto a Kylen, que todavía sostenía mi cara acariciándome la mejilla con el pulgar.
—Mejor me voy —le digo, porque creo que, si no lo hago, Tyler va a terminar lo que empezó esta tarde en el vestuario, y más líos con la prensa es lo último que necesito.
Me alejo hasta que el rookie del equipo me retiene.
—Oye, si quieres hablar… —deja la frase inacabada, no su oferta.
Yo hago lo posible por sonreír sin derrumbarme.
—Gracias.
Después, salgo de allí tan rápido como mis pies me permiten, dejando en aquella discoteca un trozo de corazón que nunca recuperaré.