#39 Siempre quiero más
SIEMPRE QUIERO MÁS
No sé qué es lo que me lleva a seguir la flecha de mi teléfono. Puede que simplemente sea masoca y necesite verlo con mis propios ojos. O que algo dentro de mí espera que, al mirarnos, todo se arregle.
Me digo que es por trabajo. Que pretendo evitar la reacción de Matthew si alguna de esas fotos sale a la luz.
A lo largo del camino se me ocurren distintas excusas para no detener mis pasos.
En cuanto llego, me salto la cola para entrar en la discoteca bajo la mirada furiosa de quienes llevan allí esperando horas. El carné de los Stallions da más ventajas de las que me gustaría admitir, aunque no suela utilizarlas.
Una vez dentro, el mogollón de gente sumado al largo paseo que me he dado hasta llegar amenazan con dejarme sin respiración. También, el miedo a encontrar a Tyler enrollándose con otra chica. No sé si podría soportarlo.
Intento hacerme a la idea, decirme que es lo que he venido a ver, que en algún momento iba a ocurrir porque yo no soy nada para él. Pero eso no consigue ralentizar mi corazón ni suavizar los golpes furiosos que lanza contra mi esternón.
Me doy una vuelta por la discoteca y encuentro a algunos de los jugadores con sus conquistas nocturnas. McKillen está en la barra, hablando con otros chicos del equipo, y yo sigo buscando a Tyler, con tanto miedo como deseo por encontrarlo.
Finalmente, varios chicos haciendo el idiota llaman mi atención y me permiten encontrar el espacio VIP que han reservado. Junto a ellos encuentro a Tyler en un sofá, solo.
Todo el aire que había estado conteniendo se me escapa de pronto. Está recostado con un vaso en la mano. Me dan ganas de sacar una foto. Apuesto a que cualquier marca de alcohol pagaría una fortuna por una campaña como esa.
Lleva una camisa negra, remangada hasta los codos, y algún botón abierto de más. Me preocupa que se lo haya desabrochado aquella chica de las fotos.
Siento el dolor agudo al que ya estoy acostumbrada atravesando mi garganta cuando me dirijo a la entrada del reservado.
Hablando con el segurata está la chica de las fotos, con el vestido plateado más corto que he visto nunca.
Seguramente engatusándolo para que la deje entrar y pueda terminar de abrir la camisa de Tyler.
Me acerco rápidamente cruzando el mar de gente que me empuja al bailar, y vuelvo a sacar mi carné de los Stallions frente al hombre vestido de negro.
Se me queda mirando durante un momento, como si no tuviera muy claro si de verdad formo parte del equipo.
Echa un vistazo a mi ropa, que tiene poco que ver con el escaso atuendo de la chica a mi lado, y parece que eso lo convence.
Abre el cordón granate que divide el espacio y me permite pasar. Le doy las gracias con la mirada, sin decir nada. Tampoco es que la música atronadora le pudiera hacer llegar ninguna de mis palabras.
Me dirijo al sofá donde está sentado Tyler, mirándome como si fuera una alucinación después de a saber cuánto ha bebido, y me obligo a apagar mi cerebro.
Paso mi pierna por encima de las suyas y me siento sobre su regazo. No sé de dónde sale la confianza con la que me muevo, con la que pongo mis manos sobre su pecho, con la que mis dedos suben hasta su cuello.
Apenas me reconozco cuando estoy con él. Es como si las cadenas que tengo a mi alrededor, siempre conteniéndome, desaparecieran.
No tiene sentido, sabiendo su rechazo hacia mí, pero no me importa. Me aferro a ello igualmente. He venido a por respuestas, y quiero conseguirlas.
Echo un vistazo a la entrada del reservado, y una pequeña curva transforma mis labios. Si la rubia de la entrada nos ve, mejor.
Por suerte, Tyler no me empuja para alejarme, sino que desliza sus manos alrededor mi cintura, metiendo los pulgares entre mis vaqueros y mi cuerpo, acercándome más a él. Luego, su gesto cambia, mostrándose severo.
—¿Qué haces aquí? —Lanza sus palabras contra mi oído, para que pueda escucharlo por encima de la música—. Creía haber sido claro. No te quiero cerca.
Su golpe arrasa con mi interior en un instante, y me hago la misma pregunta: «¿Qué hago aquí?». ¿Por qué sigo intentando salvarlo cuando se empeña en alejarme de la forma más dolorosa posible?».
Recuerdo cómo estaba hace unas horas en la habitación del hotel, y me pregunto si puedo afrontar otro momento así. También recuerdo por qué dejé de llorar: quiero saber su motivo. Si entiendo todo, quizás sea más fácil aceptarlo.
—Fuiste muy claro, tranquilo —digo enfadada, felicitándome mentalmente por ser capaz de mostrar una reacción decente—. Pero va a ser un poco difícil. Trabajamos juntos.
Tyler me mira con una sonrisa que hace brillar su dentadura perfecta bajo la tenue luz de la discoteca. Está demasiado guapo, y yo demasiado molesta porque me lo siga pareciendo después de comportarse como un idiota conmigo.
—Y esto tiene que ver con trabajo, ¿verdad? —pregunta divertido, buscando con sus dedos mi piel debajo de mi camiseta.
—Me necesitas para mejorar tu imagen, por si no lo recuerdas.
Él se ríe y, aunque no puedo escuchar el sonido, lo recuerdo a la perfección viendo cómo sus hombros se mueven.
—Así que es solo trabajo —se cerciora.
—¿Qué otra cosa, si no? —le pregunto, pese a que no quiero saber la respuesta. Ni la suya, ni la mía.
Sin embargo, él está deseando dármela.
Me desplaza sobre sus piernas, haciendo que mi cuerpo quede más pegado al suyo, y recorre mis muslos lentamente.
Hago todo lo posible por mantener mi respiración a raya. Mi pecho, en cambio, me delata moviéndose arriba y abajo sin mi consentimiento.
Tyler se acerca a mí para responder en un susurro, a pesar de la música, mientras termina de deslizar sus manos sobre mis piernas.
—Que estás loca por mí, Appaloosa.
Cuando se separa, y el olor de su perfume mezclado con el del alcohol me da algo de libertad, respondo.
—Sigue soñando, 89 —le digo, haciéndole creer que no pienso caer en su juego. Ocultando que he caído ya.
—Lo hago cada noche, contigo.
Su nariz recorre mi mandíbula y yo me abrazo a él para que no pueda ver en mi rostro lo mucho que me está afectando su movimiento.
—No seas idiota —respondo, apenas conteniendo la respiración—.
Te están haciendo fotos. He venido por eso.
Me iré si prometes no hacer ninguna tontería en público —le ofrezco, esperando que lo rechace.
No quiero dar opción a esa rubia de acercarse a él.
Quiero que me escoja a mí, aunque mañana duela más.
Sus manos deshacen mi abrazo para verme la cara, y yo me mantengo tan serena como soy capaz. Me maldigo cuando desciende la vista hasta mi boca y, sin querer, mi lengua sale a humedecer mis labios.
Tyler los acaricia con su pulgar lentamente, dejándolos tan secos como estaban hace un momento. Luego, vuelve a mirarme a los ojos y, sin previo aviso, nos lanzamos el uno al otro en busca del beso que nos estábamos negando.
Mi respiración se descontrola, y mi pulso me golpea tan fuerte que lo siento palpitar hasta en las puntas de mis dedos. He dejado de luchar contra mi cuerpo, contra la necesidad de seguir cerca de él.
Sus manos cubren mi espalda con el calor que compartimos, empujándome hacia él, estrechándome contra su pecho, como si quisiera evitar que escapara. En un rápido movimiento que me roba el aire, tira de mis piernas con fuerza, eliminando cualquier espacio que quedara entre nosotros.
Cuando nos separamos, todo en mí es un caos, y me alegro de que al menos la escasa luz que nos rodea pueda mantener oculto el color que sube por mi cuello y mejillas.
—Creo que deberías quedarte —dice antes de darme un pequeño mordisco en el hombro—. Voy un poco bebido y quién sabe lo que puede ocurrir si no.
—Puede que te dé por gritarme —le digo mordaz, sin caer en su trampa, al menos no de forma tan obvia.
—Puede que consiga que tú lo hagas.
Me mira satisfecho, poniendo sus manos sobre mis piernas, esta vez moviéndolas por la parte interna.
—¡Para! —Sujeto sus brazos.
—Venga, Appaloosa —me dice, despertando una furia desmedida en mí al llamarme con ese nombre.
Creía que era un apodo especial, como él mismo me había dicho. Y ahora, al escucharlo, algo en mi interior se rompe.
—No vuelvas a llamarme así, mentiroso —le ordeno en un siseo, agarrándolo por la pechera.
Pero no lo intimido en absoluto. Puede que sea porque mis ojos se cuelan durante un segundo por la abertura de su camisa, echando un vistazo a sus definidos pectorales, y él se percata de ello.
Me sonríe, como si le hubieran gustado mi pillada o mi enfado repentino, y mueve su mano hasta esconderla detrás de mi cuello. Me empuja hacia él de forma que nuestras caras quedan demasiado juntas.
—No te pongas así. No es como si te hubiera robado la inocencia —me dice, y yo espero que esté lo suficientemente borracho como para decirme algo así.
Puede que no me robara la inocencia, pero sí la confianza que tanto me había costado construir y entregar.
Me prometió que no desaparecería, y esto es mucho peor: coincidir con él cada día, tan cerca que puedo tocarlo, tan lejos que no debo sentirlo; ponerme la miel en los labios para luego llevársela, dejándome con el hambre de lo que podría haber sido.
Su robo es mucho más sucio.
Cuando retorno a sus ojos, lo que siento se debe reflejar en mi cara, porque detiene su cruel juego de hacerme daño.
Así que cambio el gesto rápidamente, evitando que pueda seguir leyéndome, y cruzo el poco espacio que separa nuestras bocas para besarlo con toda la pasión que encuentro en mí.
La que se está empeñando en hundir y destruir.
Lo beso porque necesito que se calle, que deje de mentirme, que me demuestre que sus palabras no dicen lo mismo que sus besos. Necesito encontrar la verdad entre nosotros, la que no se permite admitir por un motivo que todavía desconozco.
Y la encuentro. Esa verdad está en sus manos abrazándome, en su lengua saboreando mi boca lentamente, en el gruñido que reverbera en su pecho bajo mis dedos. ¿Por qué sigue mintiéndome? ¿Y por qué dejo que lo haga?