Solo una fan #38 ¿Qué sabes sobre ella?
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#38 ¿Qué sabes sobre ella?

¿QUÉ SABES SObrE ELLA?

Mi teléfono sigue vibrando sobre la cama. Llevo un rato ignorándolo, sabiendo que terminaré respondiendo. He evitado a Susan durante demasiado tiempo, y hasta ella sabe que las noches de victoria siempre tengo un poco más de tiempo libre.

Doy un trago a la botella en mi mano y aguardo a que el picor de mi garganta desaparezca. Entonces contesto, y mi amiga aparece en la pantalla.

—¡Por fin! Espero que tengas una buena excusa para haber pasado de mí todos estos días.

Yo alzo mi botella para que pueda verla.

—La tengo. —Doy otro trago.

—¿Nena? ¿Estás bebiendo? —Hay una mezcla entre preocupación y sorpresa en su voz.

—Sin ti no es tan divertido, y necesito divertirme; un jueves de chicas. No creo que pueda soportar otra noche llorando.

—Vale, espera.

Sin hacer ni una pregunta, desaparece de la imagen. La veo alejarse, y más tarde vuelve a la habitación desde donde hablaba conmigo. Trae consigo una botella como la mía.

—Me gusta esto de los jueves a distancia. Deberíamos hacerlo siempre, incluso los de partido —dice luchando contra el corcho. Cuando consigue sacarlo, se fija en la pantalla—. Vale, ¿por qué bebemos?

Yo me quedo mirando la bebida en mis manos, girándola mientras pienso el mejor brindis, o el peor.

—Por las ilusas que creen en el amor y por los corazones rotos.

Procedo a dar un largo trago, hasta que el escozor en mi garganta me obliga a parar.

—Ay madre, ya sabía que era grave. ¿Qué ha pasado?

—¡No! —digo cambiando de idea e ignorando la pregunta de mi amiga—.

Por las idiotas que se creen lo suficientemente buenas como para gustar al jugador más engreído de la NFL.

—Alzo el cristal, pero, antes de acercármelo a la boca, elijo otro brindis—.

O por las madres acosadoras que son la excusa perfecta para que ese idiota te mande a la mierda.

—¡Nena! Para un poco, porque no te sigo —me dice, y yo doy un suspiro. Tampoco es que esperase guardarlo en secreto; solo evitarlo un poco más.

Al final, le cuento todo. Desde la plaza de Northpoint hasta la noche anterior, cuando encontré a Aurora Kelscot en mi habitación, y la forma tan cruel en la que Tyler me despachó.

Mi amiga me interrumpe con alguna duda que le surge a medida que le cuento la historia. Por lo demás, se mantiene en silencio. Es decir, he sacado todo sin darle ni un pequeño respiro a mi corazón, y ahora lo siento arrugado en mi interior.

Cada palabra, cada recuerdo, es un golpe que le he propinado, y no sé cuántos más podrá aguantar.

—Vale, ¿cuál es vuestro próximo destino? —es su respuesta a todas mis aventuras de los últimos días, dejándome descolocada.

—¿El próximo destino?

—Voy a comprar un billete. Necesitas que esté allí contigo.

Me tiembla el pulso al respirar hondo. Tiene razón: la necesito a mi lado, aunque solo sea para escucharme o darme un abrazo.

Sin embargo, niego con la cabeza.

—No tendría tiempo para estar contigo. Tengo trabajo. Algo que, por lo visto, he olvidado, y para lo que no valgo.

—¡Nora! —me reprende ella, y yo la corto antes de que pueda engañarme con más cumplidos que no pienso creer.

—No, es muy gracioso, en realidad. Yo iba a ser la mejor jefa de comunicación de los Stallions.

Hasta Matthew me dio la oportunidad cuando dejó libre su puesto por el ascenso.

—Sacudo mi cabeza—. Siempre con delirios de grandeza.

¿Y qué he conseguido? —Me levanto de la cama, molesta con todo lo que me ronda—.

¿Cómo lo llamaste? Ser la escort de un idiota.

—¡Nena! —escucho la voz de Susan intentando frenarme, sin conseguirlo. Las palabras salen como un torrente. He cogido carrerilla y no puedo parar.

—¡Ni eso! Ni siquiera me quiere para eso.

—¡Nora! ¡Deja de ser tan dura contigo misma!

—¿Por qué? —grito desesperada—. ¡Me lo merezco! ¡Merezco ser tan dura, por haber sido una estúpida! En serio, ¿cómo he sido tan idiota? —Doy vueltas por la habitación mientras sigo hablando—. Creía que era buena en mi trabajo, que no caería como otra de sus fans, pero eso es lo que soy para él.

Se me rompe la voz con la última palabra atravesada en mi garganta. Caigo de rodillas contra el suelo, y ni siquiera soy capaz de sentir el impacto de mi peso contra la alfombra.

El pecho se me contrae cuando un dolor agudo se instala entre mis clavículas por el esfuerzo de evitar mi llanto. Aun así, las lágrimas caen por mis mejillas, silenciosas, dolorosas hasta que se liberan de mis ojos.

—Nora, oye…

—Era solo trabajo. ¿Por qué ha tenido que pasar? ¿Por qué he tenido que enamorarme? —Esa maldita pregunta lleva escondida en mi cabeza desde ayer por la noche. He logrado retenerla tanto como he podido, y ahora estalla cruzando mis labios como el golpe final en una ardua lucha.

Apoyo mis manos en el suelo y me permito llorar desconsolada.

El nudo en mi garganta se afloja, y mi respiración se vuelve entrecortada, presionando mi pecho como un corsé apretado.

El aire se queda al inicio de mis pulmones, sin llegar a llenarlos del todo, y mis sollozos son lo único que logro emitir.

No veo nada, todo es oscuridad. Mis ojos, anegados en lágrimas, se han cerrado con dureza en un intento vano de contenerlas.

—Me duele demasiado, Susan. Aquí… —Me llevo la mano al pecho donde mi corazón sigue latiendo.

El físico. El otro muere, cada segundo un poco más, desprendiendo un dolor que me envuelve y que no puedo soportar—.

¡No puedo aguantarlo más! —Digo arañándome justo donde más me atormenta—.

Necesito que pare. No me dijiste que podía doler tanto —sigo llorando—.

No puedo respirar. No puedo hacer nada sin pensar en él.

Ni siquiera puedo enfadarme con él. —Mi pelo ha caído por mi cara, mezclándose con mis lágrimas, quedándose pegado a mis mejillas.

Por más que trato de limpiarlas, se siguen empapando—.

Quiero cabrearme, pero solo me ahogo, y sigo esperando que sea mentira, que sea un malentendido.

Hundo mis dedos en la alfombra bajo mi cuerpo. La tortura es insoportable. Me aplasta, me ahoga. Necesito pararlo, y no sé cómo hacerlo.

—Nora… Nena… Cuanto lo siento. —Mi amiga sigue a mi lado.

Yo me agarro el pecho una vez más, llevándome mi camiseta con mis dedos. Ojalá pudiera sacar mi corazón de ahí. Que dejase de palpitar, que dejase de sentir.

—¡Duele mucho! —Grito llorando. ¿Por qué nadie viene a ayudarme? ¿Por qué nadie acaba con esto? —Quiero odiarlo. ¿Por qué no puedo?

Sigo encogida sobre la alfombra, logrando a duras penas que un poco de aire cruce más allá de mi garganta.

—Nena, porque lo quieres. Lo quieres de verdad.

Susan responde con una voz suave, como el abrazo que necesito de su parte; pero no está a mi lado. Estoy sola, llorando en el suelo de un hotel demasiado lujoso para mí tras la victoria de mi equipo.

—¡No quiero quererlo! El amor es una mierda —sentencio.

—A veces lo es… —dice mi amiga.

Me quedo mirando la alfombra bajo mis manos, en tonos grises y negros, y sigo dejando que mi llanto colme esta habitación.

Solo pasados unos minutos, con dolor de cabeza y sin más lágrimas disponibles en mi cuerpo, consigo relajarme un poco.

Supongo que necesitaba sacar todo esto, y Susan se ha quedado escuchándome durante mi crisis.

—¿De verdad es tan difícil quererme? —El susurro escapa de mi boca antes de que pueda contenerlo.

—Nena, nada de esto es culpa tuya. Tú eres maravillosa, de verdad. Ojalá te vieras como lo hace la gente, como lo hago yo. Simplemente hay personas malas en el mundo que hacen daño por placer.

«Como su madre», pienso para mis adentros. Sin embargo, ella tenía un motivo, y, aunque estuvo a punto de explicármelo, no llegó a hacerlo.

«¡Porque no quiero estar contigo!», reproduzco la respuesta de Tyler de nuevo. No ha dejado de sonar en mi cabeza durante todo el día. La forma en que me gritó furioso, capturando mis ojos para hacer que lo entendiera. Esa vez no le hizo falta sujetarme por la barbilla.

—¿Por qué no me basta esa respuesta?

—¿Qué? —Susan me saca de mis cavilaciones, y regreso a mi habitación del hotel—. Te has quedado pensando.

—Sí, perdona. Creo que voy a intentar dormir. Me está doliendo la cabeza.

—¿Seguro? No me importa quedarme hablando —me ofrece ella.

Me cuesta un poco conseguir que cuelgue debido a su preocupación. He tenido que prometerle varias veces que la llamaré si necesito hablar, sin importar la hora. Estoy cansada de llorar.

Aun así, no he sido del todo sincera. No planeo irme a dormir. Tengo una idea muy distinta en mente.

Aurora Kelscot tenía una razón para todo el daño que hacía a su hijo. Una razón que Tyler no quería que conociera. Quiso que saliera de la habitación en varias ocasiones, y cuando pregunté, saltó como un animal enloquecido.

Quiero saber qué pretexto tiene su madre para lo que ha hecho. Si ella tiene uno, puede que Tyler también lo tenga. Quizás así pueda entender su reacción.

Me acerco a por mi ordenador, cierro todo lo que tiene que ver con trabajo y empiezo a investigar.

Después de media hora, no he encontrado nada sobre ella, salvo sus fotos en las presentaciones y firmas de contrato de Tyler. No ha durado más de dos años en sus equipos, así que hay bastantes de estas.

Me queda claro que no tenía ningún problema en cambiar de equipo, pero, si de verdad quería venir a los Stallions, como me dijo en nuestra primera cita, ¿por qué tardó tanto en hacerlo?

Recuerdo la conversación que tuvimos.

«Quería venir con mis condiciones»

«¿Lo conseguiste?»

«Sí»

Se puso serio cuando saqué ese tema, pese a lo feliz que me había confesado que era en los Stallions. Y, por todo lo que hablamos del equipo, era difícil no creerle.

Quizás la clave estaba en esas condiciones que consiguió establecer para su llegada.