#37 Has ganado #3
«¡Joder!».
—Por favor —vuelve a pedirme, su voz bailando sobre mis oídos en un susurro.
Y yo obedezco. Hago lo que me pide y aflojo mi mano, que permanecía aferrada a la camiseta del novato.
Este desaparece de mi vista en cuanto se ve liberado. No me importa lo que haga. Únicamente me concentro en el cuerpo que permanece pegado al mío, el que debería apartar. Es peligroso el poder que tiene sobre mí, y no puedo dejar que lo conozca. Nadie puede conocerlo.
—¡Kelscot! —La voz del entrenador nos despierta a ambos de nuestro trance, y la única calma verdadera que he conocido en dos días se disipa.
Me giro para verla. Está preciosa con mi camiseta sobre sus hombros.
Ella me mira desde abajo, buscando algo en mí que no puedo dejarle encontrar.
Tengo ganas de peinar los mechones que se le escapan del recogido, colocarlos detrás de su oreja y acariciar su mejilla con ese movimiento.
En lugar de eso, respiro hondo y paso por su lado.
—Vete a buscar otro juguete roto que arreglar —le aconsejo en un susurro tan bajo como fulminante.
«Aléjate, antes de que sea tarde».
La música me atrona los oídos, aunque no lo suficiente como para que mi cabeza deje de funcionar. Para eso tengo el vaso en mi mano, más cargado que de costumbre. Quizás así lo consiga.
La discoteca que han escogido mis compañeros está muy oscura. Solo algunos haces de luz morada y azul que se mueven aleatoriamente entre el público me permiten ver la imagen frente a mí.
Tras un rato vagando por el espacio, echando un vistazo a ver si encontraba alguna distracción y viendo como la mayoría de mis compañeros daba con la suya, decido quedarme cerca del centro de la pista, apoyado en una de sus columnas, mirando a la gente bailar y divertirse. Algo que yo no soy capaz de hacer.
Mi mirada se cruza con la de una chica preciosa. Rubia, con un cuerpazo envuelto en un vestido plateado, y que sabe que puede conseguir lo que quiera entre tanto baboso que hay en este sitio. Esta noche, ha decidido conseguirme a mí.
Después de varios bailes en los que no ha dejado de mirarme y sonreírme, se atreve a acercarse.
—¿Está por aquí tu novia? —Se aproxima para hablarme al oído, apretando bien su cuerpo contra el mío en el proceso, mientras una de sus manos recorre mis pectorales.
—No —le confieso, ignorando el vacío que me sacude en un segundo. Bebo más. Un trago largo.
La chica me mira y se muerde el labio de forma sexy. El problema es que no siento nada.
—Respuesta correcta.
Acto seguido, busca mi mano libre y la lleva hasta su cintura sin dejar de moverse junto a mí, haciendo que su vestido brille con diminutos destellos al balancearse de un lado a otro al ritmo de la música.
Se acerca un poco más con cada estrofa sin apartar los ojos de los míos, y yo procuro concentrarme en su baile, y no en lo poco que estoy disfrutando.
Cuando se percata de que mi mano continúa en el mismo sitio en que la dejó, la agarra de nuevo y la hace descender, recorriendo con ella su vestido hasta llegar al final. Mis dedos alcanzan sus piernas bajo él, y esa altura le parece adecuada para seguir bailando.
Sujeto la tela de su vestido para colar mis dedos por debajo, desesperado por sentir algo. Ella me mira con una sonrisa que debería hacerme querer besar sus labios carnosos y devorarlos hasta saciarme.
No ocurre.
Entonces, una sombra surge de la nada, empujándome y alejándome de la chica.
—¿Qué haces, tío? —Encuentro a McKillen delante de mí—. ¿Qué pasa con Nora?
—Déjame —le aviso. Joder, estaba consiguiendo olvidarme de ella, y otra vez vuelta a empezar.
Intento regresar a donde mi bailarina me espera, pero el maldito quarterback me retiene.
—No pienso dejar que le hagas esto.
Yo muevo mi brazo liberándolo de su agarre bruscamente y perdiendo la poca paciencia que tenía.
—He dicho que me dejes. Ya lo he solucionado con ella.
Básicamente, he hecho que me abofetee, que me odie, y que se aleje de mí tanto como pueda.
Por lo visto, el capitán del equipo no queda satisfecho con mi respuesta.
—¿Qué ha pasado? —pregunta con cara de extrañeza.
—Nuestras familias no congenian.
—¿En serio?
—En serio —respondo tajante—. ¿Vas a dejar que beba tranquilo, o planeas joderme toda la noche? Porque no estoy de humor.
McKillen me mira como si fuera un completo imbécil, y yo no pienso contradecirle; también creo que lo soy.
—Ya… Ninguno lo hemos notado —me dice en tono de burla.
No tengo ganas de discutir, así que simplemente levanto mi vaso como si brindase por su comentario de mierda y me voy.
Me acerco a la chica, que sigue bailando al ritmo de la música con movimientos sinuosos. Me recuerda a las serpientes encantadas, con sus curvas ondeando bajo la tenue luz de la discoteca.
Dejo mi vaso en la barra que tiene a sus espaldas y escondo mi mano en su pelo. Cuando separa sus labios para coger aire, yo agarro con fuerza su melena, llevando su cabeza hacia atrás y haciendo que su boca esté más accesible.
La beso con fiereza, moviendo mis labios insistentemente sobre los suyos, buscando arrasar su boca con mi lengua, volcando todos mis problemas en ella, como si pudiera hacer que desaparecieran con un beso. Pero no es el beso correcto.
¿Por qué no puedo enrollarme con una tía sin que se me revuelvan las tripas?
Finalmente me alejo de ella sin dar más explicaciones.
Me dirijo a la barra del bar y pido otra bebida. De nuevo, bien cargada. Empiezo a notar cómo mi cuerpo pierde su estabilidad; la sensación de vacío, en cambio, no me abandona.
Llego hasta la zona vip que han reservado los chicos, y me dejo caer en uno de los sofás; el único que queda libre, sin parejas enrollándose como putos depravados.
Saco mi móvil y encuentro un mensaje del número oculto, mi acosador, mi madre.
Número oculto:
Te dije que sin mí no tendrías nada.
Me quedo mirando el mensaje.
Yo:
Has ganado, mamá.
Cuando voy a guardar el teléfono, me llega su respuesta.
Número oculto:
Cariño, el partido no termina hasta el
último cuarto.
Lo siguiente que recibo es una imagen que me deja tan paralizado como pretendía su remitente.
Debe ser de esta tarde. Kylen Blaze y Nora hablando animadamente en el partido. Posiblemente lo esté felicitando por mi puta jugada.
Apago el móvil con ganas de volver a liarla, y solo me contengo porque ya me he metido en suficientes problemas por un día. El entrenador está a nada de echarme, y no puedo permitirme cagarla más.
Así que vuelvo a beber, y no dejo de hacerlo hasta que acabo mi vaso.
Lo lanzo sobre el sofá y, cuando miro al frente, me pregunto si el alcohol habrá hecho su efecto, porque veo a Nora acercándose con la vista fija en mí, sin titubear. Como hace cada noche en mis sueños.
Me restriego los ojos y, al abrirlos, su perfume me alcanza al mismo tiempo que ella se sienta a horcajadas sobre mi regazo.