#37 Has ganado #2
Apenas he dormido, imaginando qué estaría haciendo Nora. Quizás por fin le hubiese prendido fuego a mi camiseta. Salvo que, cuando la he visto hoy en la banda, la llevaba puesta.
Me siento todavía más rastrero por las cosas que le dije.
Tengo que hablar con Riley para que termine con nuestra relación falsa.
Me encantaría seguir con las citas para disfrutar de su sonrisa un poco más.
Esa que no puede evitar regalarme por muy mal que me porte.
Pero no sería justo para ella. Soy yo quien lleva la mochila de mierda, y no quiero que nadie me ayude con el peso. Mucho menos, ella.
También estuve dando vueltas a cómo solucionar la situación con mi madre. Lo único que se me ocurrió fue raptar a Nora, subirla en un avión a una isla perdida y pasar el resto de mi vida a su lado. Quizás, si le contase toda la verdad, accedería a fugarse conmigo.
De todas formas, dudo que mi madre se diera por vencida en ese caso. A pesar de haberla echado de mi vida, ha conseguido volver a ella creándome más problemas de los que esperaba.
Ni siquiera me sorprendió descubrirla en Northpoint. Tampoco me dolió. Supongo que, de algún modo, imaginaba que sería ella. Tenía que haber adivinado antes que era ella.
Por eso no dejo que la gente se acerque a mí. Cuanto más te conocen, más daño pueden hacerte. Lo aprendí por las malas con mi madre.
Con Nora, en cambio, olvidé todas mis reglas.
No solo es que le haya permitido acercarse a mí.
Es que he dejado que me cautive por completo, y ni siquiera he sido consciente.
Eliminé mis defensas, cada día un poco más, porque nunca me sentí en peligro.
Mi cuerpo y mi mente bajaban la guardia cuando estaba con ella, y estar a su lado me ha hecho confiar; algo que no sabía que podía hacer.
Y ahora, nada de eso importa. No, mientras mi madre esté cerca. No puedo ponerla en peligro por haber sido descuidado.
Mi mirada vaga por entre la gente de la banda. La encuentro de nuevo con la vista fija en el teléfono que sostiene entre sus manos. Alza una de ellas para llevársela a la nuca y coger uno de sus mechones que luego retuerce en su dedo.
Al menos es capaz de evadirse en su trabajo. Yo estoy jugando este partido, y mi cabeza sigue encerrada en la habitación del hotel donde todo se desmoronó. Donde grité a Nora para que se alejara. Donde fui más cruel de lo que merecía.
Siento mi estómago encogiéndose ante el recuerdo pese a estar convencido de que hice lo correcto, de que debería volver a hacerlo si se diera la misma situación.
No he podido ver si tiene los ojos rojos de llorar, o si ha conseguido recomponerse tras una noche de sueño.
Y la rabia vuelve a hacer temblar mis brazos. La necesidad de golpear o de ser golpeado. De sentir algo que no sea este vacío en mi interior. Cualquier cosa.
Butler grita y comienza la jugada. En esta ocasión no me toca hacer carrera, así que voy con todo contra el defensa de los Howlers y le hago un placaje con extrema dureza, haciendo que se eleve por los aires a pesar de ser más grande que yo.
El problema es que lo he hecho agarrándole del casco, lo que ha supuesto una penalización de quince yardas para nuestro equipo. Los gritos que he dado después, diciendo la primera gilipollez que me ha venido a la mente, me han valido otra sanción de quince yardas más.
El resultado ha sido una pitada monumental en el estadio.
Nos colocamos en la nueva línea. Otra jugada de pase para Dax. Así que otra vez tengo vía libre para tocar los cojones al linebacker que cree que puede cubrirme. Antes de que me bloquee el paso, me lanzo hacia él, y embisto su casco con el mío.
Caigo al suelo aturdido por el golpe y me quedo allí, sin ganas de moverme.
Mis compañeros se acercan para ver si me encuentro bien. No quiero estarlo. Me levanto, ignorando su deseo de ayudar, y me aparto de ellos. Sacudo mi cabeza tratando de centrar la vista, que permanece borrosa.
Butler me empuja hacia la banda. Es obvio que no van a dejarme jugar. Lo más seguro es que haya conseguido otras quince yardas de penalización, poniéndoles el partido en bandeja a los Howlers.
Cuando salgo del campo, el entrenador no para de gritarme.
Yo no le hago caso. Busco a la Chica del Móvil, que continúa en el mismo sitio, invisible para todos menos para mí.
Sus ojos han abandonado la pantalla para seguir mi movimiento, y yo no sé qué dicen.
Seguramente que soy tan gilipollas como esperaba; como lo fui ayer.
Voy a sentarme al banco mientras un médico me persigue con una linterna y empieza a estudiar mis ojos. Lo aparto de un manotazo para que capte el mensaje. Aun así, no se aleja de mí. Supongo que quiere confirmar que no me desmayo o algo por el estilo. Sin embargo, he sufrido golpes peores.
Me fijo en el campo. Mis compañeros se están reorganizando para arreglar lo que acabo de hacer, y yo me prometo templarme. No voy a conseguir nada con más faltas.
El mareo va mitigando, y puedo ver la formación de forma más clara.
Entonces escucho a Butler gritar la jugada y el fuego que empezaba a enfriarse en mi interior resurge con una llamarada dispuesta a reducir todo a cenizas.
—¡No me jodas! ¡¿Qué están haciendo?! —grito como un loco arrollando al médico en mi camino hasta el entrenador—. ¡Esa es mi jugada! ¡¿Estás de coña?! ¡Es mi jugada!
Sigo comportándome como un energúmeno, con McKillen y Johnson sujetándome y vociferando mi nombre, tratando de hacerme entrar en razón. Si no me estuvieran reteniendo, seguramente estaría ya expulsado del equipo, porque me mueve una ira incontenible.
Veo al novato en mi posición, preparándose para hacer la carrera que yo mismo diseñé.
Empujo un poco más a mis compañeros.
—¿Me cambias por él? ¡¿Me cambias por él?! —pregunto enojado con la respuesta delante de mí.
Kylen sale corriendo y consigue atrapar el balón unas cuantas yardas más avanzadas. Echa a correr y recupera el terreno que yo he perdido, hasta que los Howlers lo placan echándolo del campo.
Cuando vuelvo a buscar al entrenador con la mirada, lo encuentro frente a mí.
—¡Sal de mi campo! ¡Sal. De. Mi campo, chico!
Masculla sus palabras con la mandíbula tensa. Sé que le gustaría gritarme, puede que incluso golpearme y, en cambio, mantiene la entereza a su modo.
Y yo, en lugar de moverme, lo encaro, cabreado hasta la médula.
—Tyler, tío —McKillen sigue inmovilizándome, conteniéndome para alejarme de la situación de mierda en la que me estoy metiendo—. No lo hagas.
Yo ceso en mi fuerza y dejo que me separen del entrenador. Cuando este se centra de nuevo en el partido, me deshago del agarre de mis compañeros con un movimiento brusco.
—Suéltame, joder —le digo a McKillen, que, en cambio, me persigue de cerca para que no vuelva a liarla. Solo deja de ser mi sombra cuando entro en el pasillo que lleva hasta el vestuario.
Una vez allí, empiezo a desvestirme. Me quito el casco y las hombreras y las lanzo con furia. Cuando ya no me queda nada más que arrojar, me siento en mi casillero, esperando a que se me pase la rabia.
Escucho los vítores de la gente, y me pregunto si mi equipo habrá conseguido remontar mi cagada.
Espero que sí, aunque no me hace tanta gracia que haya sido por el novato, y menos con mi jugada.
Joder, la diseñé con mi abuelo para cuando llegase a los Stallions.
Hace años que la tengo guardada, y el día que puedo usarla, lo jodo todo.
Me quedo pensando en él, en lo que me diría el viejo Harold si viera lo que he hecho con mi vida. He estado tan cerca de tenerlo todo…
Sin duda, su mayor regañina sería por dejar ir a Nora.
«No podía hacer otra cosa, abuelo. No puedo arrastrarla conmigo», me excuso en mi mente, como si pudiera hablar con él.
Escucho la música del estadio dando por finalizado el partido y me levanto a recoger el casco que he lanzado unos minutos antes. Al menos ahora estoy más templado.
Por el pasillo me llegan gritos celebrando la victoria. Puede que no la haya cagado del todo.
—¡Qué partidazo cabrón! —oigo decir a uno de mis compañeros.
—Solo te falta la pibita por la noche —dice otro entre risas. Por supuesto, después del partido saldrán de fiesta. Quizás hoy me una, porque quedarme en el hotel significa morirme del asco.
—Sí. No me importaría quitársela también a Tyler —escucho al novato.
De pronto, toda la calma que había conseguido introducir en mi cuerpo se esfuma, porque sé de qué «pibita» está hablando. Me acerco hasta él dando grandes zancadas justo en el momento en el que cruza la puerta del vestuario y lo agarro de la camiseta.
Parece más grande que yo porque todavía lleva las protecciones.
Lo estampo contra la pared, y no sé si se debe a la ropa que lleva puesta, pero veo todo rojo.
Alguien me sostiene por el brazo y tira de mí sin conseguir que me mueva un centímetro. No sé quién es, ni tengo intención de saberlo. En mi campo de visión solo entran Kylen Blaze y mis ganas de destrozarlo.
—¿Qué has dicho? —dejo salir las palabras a pesar de mi boca apretada. Está tan rígida que apenas puedo moverla—. Repítelo si te atreves, gilipollas —lo reto, esperando que lo haga, que me dé una excusa para partirle la cara y dejar salir esta rabia que me está consumiendo.
Y, de pronto, las llamas que me devoraban se apagan.
Unas manos se posan sobre mi torso, recorriéndolo hasta llegar a mi pecho y luego mis hombros.
No son las manos, sino el perfume, lo que delata a la persona detrás de mí.
—¡Para, por favor! —Me duele escuchar su voz, tan preocupada como la de ayer en su habitación.
—Nora, aléjate —le ruego, deseando a partes iguales que lo haga y que se rebele contra mi advertencia.
Ahora que la tengo abrazándome, solo me apetece darme la vuelta y rodearla, sentir su cuerpo junto al mío un poco más, acompañar el movimiento de sus dedos haciendo estragos en mi piel.
—No. —No se mueve ni un centímetro.
—No quiero hacerte daño —le digo, sujetando un poco más fuerte a Blaze.
—Pues no lo hagas.
Me quedo en silencio.