#36 Se llama trabajo en equipo
SE LLAMA TRABAJO EN EQUIPO
Retuerzo mis manos sin darme cuenta, hasta que el dolor de mis dedos llama mi atención. Estoy clavando mis anillos en mi piel, dejando marcas de todos ellos.
Vuelvo a asomarme para ver la puerta de mi dormitorio desde mi escondite en el pasillo contiguo, a pesar de que no debería hacerlo hasta recibir la señal de Patrick.
Tracé con él un plan para sorprender a la acosadora en cuanto llegásemos al hotel de Brentwood, esperando que nos siguiera; y, por suerte, lo ha hecho.
Separo mis manos, pero la tensión que invade mi cuerpo no desaparece. Ahora que están cerradas en puños, es mi labio lo que muerdo sin control hasta el punto de hacerme daño.
Entonces, algo punzante ataca mi costado haciéndome dar un bote. Un chillido escapa de mis labios, y me tapo la boca demasiado tarde.
Encuentro a Tyler frente a mí, con el ceño fruncido. No ha dejado de tenerlo así desde que abandonamos Northpoint. Ni siquiera el hotel más lujoso en el que he estado nunca ha conseguido cambiar su humor.
Por mi parte, no he intentado hablar con él. No necesito que me rechace otra vez. Con una fue suficiente. Y sus palabras en el avión me dejaron tan echa polvo que apenas he podido dormir esta noche.
—¿Qué haces aquí? —pregunta serio, porque debe hacerse una idea y no le gusta.
De todos modos, no pienso echarme atrás.
Después de que volviera a dejarme de la forma más cruel, decidí que esto no iba solo de él.
Esa mujer, su acosadora, ha estado afectándome a mí también, y, si él no quiere ayudarme, lo haré yo sola.
—¿Por qué te escondes aquí? —intenta de nuevo, ya que no he contestado a su pregunta.
En lugar de responder, tiro de su brazo y nos hago entrar en el armario de limpieza que tenemos detrás; el escondite en el que tendría que haber esperado en un primer momento.
—Calla —le pido antes de que hable, cubriendo su boca.
Sé que está hablando alto para molestarme, porque es justo lo que no necesito.
Noto su mano sobre la mía y, de pronto, soy consciente de dónde estamos: encerrados en un pequeño cuartucho rodeados de productos de limpieza y con una única luz de emergencia brillando sobre nuestras cabezas.
Agarra mi mano y la hace descender. Puede que sea el estar a oscuras, pero siento que se mueve con lentitud. Demasiada para mantenerme serena.
—¿Vas a decirme qué estás haciendo? —pregunta, esta vez en un susurro.
—Nada —le digo de forma seca, recordando lo idiota que ha sido conmigo. Debería echarlo de allí a patadas y, sin embargo, me encuentro deseando que el armario fuera más pequeño, que nuestros cuerpos estuvieran más cerca.
—A mí me parece que te estás escondiendo.
Ladea su cabeza, como si al ver mejor mi gesto pudiera descubrir lo que estoy ocultando.
Abandona mi mano para alzar la suya, y desliza mi pelo detrás de mi oreja.
El cosquilleo que siento al contacto con su piel hace que me tiemblen las piernas, y termino apoyada contra la pared. ¿Por qué me hace esto? Es como si supiera que mi cuerpo deja de responder cuando está cerca, incluso cuando sé que ha sido un imbécil.
—Nora —dice mi nombre lento, liberando un sonido de sus labios que consigue hipnotizarme. Mis manos se mueven por sí solas hasta su cintura—, dime qué estás haciendo aquí.
Me siento perdida. He olvidado por qué estaba enfadada con él y, sin pensarlo, confieso, esperando que me recompense con un beso, o con otra caricia.
—He tendido una trampa a tu acosadora.
La mano que recorría mi cuello, transformando mi piel en un campo de minas saltando por los aires a cada centímetro que rozaba, se queda congelada de repente, despertándome de mi estúpido estado de trance.
—¿Qué? —pregunta, y su tono deja de ser adulador para convertirse en una palabra llena de ira.
—Que he…
—¡Te he escuchado bien! —me dice enfadado. Sus ojos se han vuelto duros y me miran con fiereza—. ¿Qué te crees que haces? ¿Ahora eres 007?
—Mira, si tú no quieres seguir adelante, vale, pero lo que hace esa mujer también me afecta a mí. Me amenaza cada día y publica noticias sobre mí, además de dejarme fatal en mi trabajo —recito una vez más la excusa que he estado repitiendo en mi cabeza durante las últimas horas.
—Y tú solita vas a pararla. —Tyler suelta una carcajada seca que me duele tanto como sus palabras de incredulidad.
—Al menos voy a intentarlo.
—Nora, nos vamos. Podría ser peligroso.
—¡No pienso irme! —me coloco delante de la puerta, aunque dudo que pudiera frenarlo si de verdad quisiera sacarme de allí—. Esa persona lleva queriendo hundirte demasiado tiempo, y no le importa llevarme a mí por delante.
—No sabemos si lleva un arma, por ejemplo —me dice, y me quedo en silencio por un momento, porque no había pensado en ello. En mi mente era mucho más sencillo.
De todas formas, no me muevo.
—¿Tienes miedo, 89? —Trato de sonreír, a pesar de mis crecientes nervios.
Sin embargo, no lo engaño. Nunca lo hago. Da igual lo mucho que me esfuerce.
Se agacha sobre mí hasta que su cara queda a escasos centímetros de la mía, robando la poca energía que conservaba para seguir discutiendo.
—No merece la pena jugársela —deja sus palabras sobre mi boca, y sé que, si no me mantengo firme, dejaré que me bese y que acabe así con esta oportunidad que he creado de terminar con todo.
—¿No quieres saber quién es? —consigo preguntar entre las bocanadas de aire que mueven mi pecho arriba y abajo sin control.
—Me da igual.
No aparta sus ojos de los míos cuando su mano tira de mi camiseta para después colar sus dedos por debajo, buscando mi piel y mi rendición.
—¿Por qué…? —Es todo lo que soy capaz de decir antes de que sus labios choquen con los míos.
Y yo me rindo, sabiendo que nunca he tenido una oportunidad frente a él. Que lo deseo tanto que dejaría que acabase conmigo una y otra vez, agotando las últimas esperanzas de que la verdadera mentira sea la que nos tiene separados, y no la que nos une.
Su boca se mueve voraz sobre la mía, estrechándome contra la puerta a mis espaldas, aproximando su cuerpo más al mío, como si necesitara sentirlo por completo.
Y yo le dejo, porque no creo esta mentira. Creo en nosotros, en la atracción que sentimos y que me ha transformado. Creo en sus manos sobre mi piel, sosteniendo mi cara mientras su lengua busca hacerme suya en su movimiento.
Esta no es la mentira que fingimos, esto es real. Y no sé qué es lo que nos separa, pero tengo que descubrirlo.
La notificación de un mensaje me devuelve a la realidad. Me separo de golpe, porque si no, sé que voy a caer de nuevo. Deseo hacerlo. Por eso saco el móvil de mi bolsillo con premura. No puedo darme ni un segundo.
Tyler espera según leo el mensaje de Patrick.
—Ya está en mi habitación —le informo. Debería estar feliz por haber conseguido que mi plan funcionara. En cambio, me encuentro aterrada. Está ocurriendo de verdad.
El cuerpo de Tyler me abandona, dejando el mío frío y desolado por los centímetros que nos separan.
—¿Qué narices has hecho para que vaya a tu habitación?
Su voz cabreada hace acto de presencia una vez más, consiguiendo que se me encoja el estómago.
¿Cómo puede cambiar tan rápido de humor? Me niego a creer que solo finja amarme. Ya había decidido que lo que hay entre nosotros no se puede fingir. Pero, cuando actúa así, como si de pronto todo lo que soy y hago le molestase, me cuesta creerlo.
—Patrick le ha insinuado que estaría bien una grabación de los dos destapando nuestro montaje —le explico, ignorando lo que esta última palabra hace con mis entrañas.
Tyler se lleva la mano a los ojos, respirando profundamente.
—Y ella lo va a hacer, por supuesto —dice para sí, olvidando que estoy frente a él y puedo escucharlo—. Joder, estáis como putas cabras los dos. ¡Esto no es Misión: Imposible! —de nuevo dirige su enfado hacia mí.
—Se llama trabajo en equipo —le digo de mala gana, y me giro para salir por la puerta contra la que me estaba besando apasionadamente hace unos segundos.
En un instante, su mano se coloca sobre el marco, a la altura de mi cabeza, encerrándome entre sus brazos.
—No voy a dejar que vayas —me promete en un tono amenazador.
De lo que no se ha percatado es de que estamos en un armario, y se abre hacia fuera, así que hago oídos sordos a sus palabras y giro el picaporte, lanzándome hacia el pasillo.
Salgo corriendo tan pronto como abro, pero solo logro dar dos pasos antes de que Tyler me rodee con sus brazos, pegando mi espalda a su pecho.
Hace unos segundos le habría dejado que lo hiciera. Ahora, necesito deshacerme de él, y no veo la forma de conseguirlo. No tengo ninguna oportunidad.
—¡Tyler, suéltame! —le pido, haciendo lo posible por no alzar la voz, porque la acosadora sigue en mi habitación, al otro lado del pasillo.
—No.
—¡Me pondré a gritar! —lo amenazo.
Siento su risa cuando su pecho se mueve contra mi espalda.
—Adelante, Appaloosa. A ver cómo explicas eso a los medios.
Que use ese nombre conmigo me deja noqueada durante un segundo, y no puedo evitar preguntarme si lo ha hecho a propósito. ¿Hasta qué punto pretende romperme?
—¡Me haces daño! —miento. Da igual lo mucho que pelee, su agarre es como una caricia sobre mi cuerpo. Otro signo de que no puedo hacer nada frente a él. Ni siquiera estoy obligándolo a esforzarse para retenerme.
Aun así, gimo, como si me estuviera causando dolor en las muñecas al sujetarme, y parece que funciona.
Me sostiene pegada a él y separa sus dedos lentamente, liberando mis brazos.
—Pues estate quieta —susurra detrás de mí.
Yo continúo con la pantomima, abrazando mis brazos con un pequeño sollozo mientras aprovecho para dar unos pasos y alejarme de él. Todavía me quedan unos cuantos metros por delante. Solo tendré una oportunidad.
—Nora… —pone su mano sobre mi hombro, y yo me alejo de él sin mirarlo. Me ha dado la ocasión de acercarme otros pasos más a mi destino—. Oye…
Sin esperar más, echo a correr, como si fuera lo último que pudiera hacer en mi vida.
Escucho cómo me llama a través del pasillo, pero ya es tarde. Tengo mi mano sobre la manija y he pasado la tarjeta junto al lector.
La puerta hace clic en el momento en el que Tyler me alcanza, y encuentro a esa mujer en el centro de mi habitación.
Lleva la misma gabardina y los mismos tacones que en la plaza de Northpoint. Su melena larga y negra no está sobre su cabeza, sino encima de mi cama. Y, cuando se gira, siento que el suelo bajo mis pies deja de existir.
—¿Señora Kelscot?