#35 ¿Por qué te importa tanto? #2
—Qué mona… —se ríe él poniendo los codos en la mesa y apoyando la cabeza en sus manos mientras pestañea. Luego, recupera el semblante serio—. Quiero una con vosotros dos cuando esta historia salga a la luz. Quiero toda la información y a los dos juntos.
Miro a Tyler por dos motivos. Primero, para saber cómo de interesado está en encontrar al acosador, porque siento que ya he tenido bastante exposición en los medios para toda mi vida. Y segundo, para ver qué opina de que nos hagan una entrevista juntos.
Cuando me fijo en él, no encuentro nada. No sé qué quiere hacer.
Su brazo se mueve sobre mi espalda y sus dedos cosquillean mi piel. Entonces, deja claro que la elección recae en mí al elevar uno de sus hombros, todavía observándome.
¿Y qué quiero yo? Claro que quiero acabar con quien me está haciendo la vida imposible. ¿Estoy dispuesta a pagar el precio?
—Sin imágenes —digo, buscando que mi pago sea lo menos doloroso posible.
—Al menos, una —contraoferta el reportero sin perder un segundo.
—¡Patrick! —me quejo poniendo mis labios enfurruñados. No me creo que me esté presionando tanto.
—¿Qué? Vuestro amigo me manda varias cada semana.
—Vale, está bien.
Llegados a este punto, únicamente pienso en las ganas que tengo de acabar con el maldito acosador que, incluso en sus últimos momentos y sin saberlo, hace que todo sea más difícil.
—De estudio —se asegura Patrick.
—Sí, lo que tú quieras. —Asumo que ha ganado con el trato.
Solo espero que merezca la pena.
Ya había perdido la esperanza de tener noticias de mi amigo cuando recibo el mensaje que me ha tenido de los nervios todo el día.
Al abrirlo, encuentro una hora y una dirección, como nos prometió.
Por supuesto, no tengo ni idea de dónde se encuentra ese lugar, pero imagino que Tyler no tendrá problema en llevarnos sin necesidad de un mapa.
Termino de recoger todas mis cosas y busco a Chris, al que encuentro en la sala de estar con su ordenador sobre el regazo, como ha permanecido casi todo el día. Le explico que ya he dejado las maletas en recepción, para que pueda encargarse de ellas en caso de que no llegue a tiempo.
Cuando le pregunto por el paradero de Tyler, me muestra una sonrisa y alza una de sus cejas, dejando claro lo que piensa que va a ocurrir. Algo bastante alejado de la realidad.
Unos minutos más tarde, encuentro al jugador en el gimnasio, junto a otros miembros del equipo.
No es un gimnasio lo bastante amplio para todos, así que el entrenador estableció horarios, y por eso Chris ha sabido decirme dónde se encuentra, ya que no contesta a ninguno de mis mensajes.
Me acerco a la máquina donde está trabajando y casi me atraganto cuando lo veo sin camiseta. No sé muy bien a dónde mirar, aunque, al parecer, mis ojos sí, porque no pierden detalle de cada músculo que se contrae en su abdomen.
Cuando termina, se queda observándome con la diversión pintada en la cara.
—¿Qué tal el espectáculo? —me pregunta, haciendo que el calor que había conseguido mantener a raya, fluya sin tregua hasta mi rostro.
—Te he estado escribiendo. Ya tengo la dirección. La reunión es en media hora.
Le enseño el mensaje y, como suponía, sabe de qué lugar se trata. Me recuerdo, una vez más, que debería prestar atención a mi alrededor cuando paseo con él.
Sin embargo, al movernos por la ciudad, de nuevo agarrados de la mano, me cuesta ver algo que no sea su figura a mi lado. Incluso cuando no lo estoy mirando directamente, lo único que percibo es su cuerpo junto al mío.
Apenas puedo concentrarme. En mi cabeza baila el deseo de rodearlo con mis brazos, de hacer parar sus pasos para que se mueva únicamente hacia mí. Imagino mis dedos cubriendo el abdomen que hace unos minutos estaba tonificando con tanto éxito.
—Aquí es —dice, sacándome de mis fantasías de golpe.
Tira de mi brazo para frenarme de una forma mucho más sutil que como yo estaba imaginando hace unos momentos y nos lleva hasta un banco de madera apartado, junto a una papelera y un árbol, donde nos sentamos.
Estamos de espaldas a la librería donde Patrick nos ha dicho que intercambiarían la información, y me giro para poder observar.
—Tienes que disimular un poco mejor —se mofa Tyler.
Yo lo miro, molesta, porque pensaba que estaba siendo discreta. Si estamos de espaldas, no sé cómo pretende que vigilemos la entrada de la librería.
Como si pudiera escuchar lo que digo en mi mente, se le escapa una pequeña carcajada.
Había olvidado lo bonitas que sonaban.
—Ven —me dice, agarrándome de la cintura y acercándome a él. Me hace girar, abriendo mis piernas y poniendo una sobre las suyas y la otra por detrás de su espalda.
Yo ahogo un pequeño jadeo cuando mi cuerpo choca contra el suyo.
—Ahora, esto fuera. —Me quita la gorra y mueve el pelo que se me había quedado apelmazado bajo ella.
—¿Y qué pasa si me ve?
—El acosador ya estará alerta. Llevar una gorra solo le dará la pista de que intentas esconderte. A veces, lo que está a plena vista es lo que menos se ve.
Dice la última frase tan lento como el dorso de su mano recorre mi cara, desde la sien hasta el cuello, apartando un mechón de mi pelo.
Yo no puedo evitar caer en sus ojos, descubriendo una vez más que no son completamente verdes, como la gente piensa, sino que tienen un subtono marrón que los hace todavía más bonitos.
Entonces, le quito a él la suya.
—Supongo que eso también va por ti.
Su única respuesta es una pequeña risa que hace bailar las mariposas de mi estómago.
—¿Y ahora? —pregunto.
No lo he querido admitir, pero colocándome de este modo tengo una mejor visibilidad de la entrada de la librería.
Tyler se agacha sobre mí al tiempo que sus brazos rodean mi cintura, empujándome hacia él.
—Ahora —se acerca a mi oído lentamente—, tenemos que parecer una pareja de enamorados enrollándose en un banco.
Definitivamente, mi respiración se opone a seguir funcionando.
Lo hace tan solo a un ritmo suficiente para llevar el aroma de Tyler, recién duchado, a cada célula de mi cuerpo, dejándola obnubilada, indefensa y deseosa de rendirse ante su mayor enemigo, la persona que me dejó destrozada hace unos días.
Si tan solo fuera capaz de fingir con su misma entereza.
Mi forma de hacerlo es dejarme llevar. Olvidar que estamos mintiendo y permitir que mi cuerpo se mueva a su libre albedrío, llevando mis manos hasta su cuello, sintiendo su calor en mis dedos cuando lo envuelven lentamente.
Él me empuja más hacia sí, y mis piernas cierran el agarre alrededor de su cintura.
—¿Ves mejor así? —me pregunta en un susurro, y yo tengo que pestañear varias veces para recordar que estamos esperando a que su acosador aparezca por allí.
Mierda. Espero que no haya pasado aún, porque no he estado atenta.
—Sí, así está bien —digo, orgullosa de mantener mi voz firme, al contrario que el resto de mi cuerpo.
Nos quedamos en esta postura, abrazados. Él se mueve de vez en cuando, escondiendo su cara en el hueco de mi cuello o moviendo mi pelo.
Con cada gesto, yo tengo que poner un gran empeño para mantenerme serena, recordando la misión que nos tiene aquí.
—Se nos acaba el tiempo —dice Tyler.
¿Por qué tiene que hablar tan sexy, incluso para decir algo así? No es como si el acosador fuera a escucharnos. Y al bajar su tono de voz, consigue que se derrita hasta el último rincón de mi cuerpo.
De pronto, me pongo tensa, y él guarda silencio.
—Está ahí —le informo con un hilo de voz. El único que mi garganta, de pronto bloqueada por los nervios, me permite liberar.
Veo la figura que se mueve con un libro verde en la mano, donde según Patrick llevaría las nuevas filtraciones.
—Es…
Tyler me mueve rápidamente para poder ver él también. En el mismo momento en que encuentra a la persona que buscamos cruzando la plaza, noto sus manos aferrándose a mi cintura.
Cuando trato de levantarme, él me retiene en mi sitio, impidiéndome todo movimiento.
Trato de zafarme, pero no me lo permite.
—Espera, no te precipites —me dice con una voz calmada que nada tiene que ver con su estado de ánimo.
—¡Tenemos que acercarnos a ver quién es! —respondo yo acelerada, manteniendo a duras penas el volumen bajo de mi voz.
—Primero debe darle la información a Patrick.
Sus manos siguen apretando mi cintura, a pesar de que ya no intento moverme, y sé que algo no está bien.
Cuando lo miro, su mandíbula está tensa, y su respiración, aunque silenciosa, se va agitando.
—Oye, ¿qué te pasa? —le pregunto sosteniéndolo por cuello, esperando relajarlo.
—Nada —responde sin mirarme. Tiene la vista fija en el infinito, pero, por cómo se mueven sus ojos, puedo intuir que su cabeza va a demasiada velocidad.
—Tyler…
Escuchar su nombre lo trae de vuelta a mí, y entonces afloja el agarre sobre mi cintura. Estoy segura de que me saldrán marcas donde sus dedos apretaban.
—Nos vamos —dice de pronto, levantándome con él.
—¿Ahora? —No soy capaz de frenar su movimiento mientras me aleja del banco desde donde vigilábamos.
—Ya habrá otra oportunidad. Vamos a perder el avión.
—Tyler, está ahí. Solo tenemos que acercarnos un momento y… —Tiro para liberarme, y su mano no cede. Sigue desplazándome hasta el extremo de la plaza—. ¡Tyler!
Entonces para y me observa. No entiendo qué bicho le ha picado, salvo una idea que no quiero creer. Una idea que empieza a tomar forma en mi cabeza y que hunde un poco más el agujero que se abrió en mi pecho hace unos días.
—¿Y si es lo que quiere? Que perdamos el avión, que tenga otro problema con el equipo... Por eso habrá escogido esta hora.
Yo le dejo ganar, porque no estoy preparada para afrontar la realidad en este momento: que Tyler conoce a la mujer que cruzaba la plaza.
Llegamos al avión por los pelos.
Escudándonos en las prisas y el estrés, no hemos hablado desde que dejamos atrás el banco de madera.
Una vez en el avión, sigo a Tyler hasta su asiento y me quedo en el contiguo.
Después de un rato, sigue sin decir ni una palabra, aunque imagino que su cabeza está llena de ellas.
La mía únicamente repite la imagen de aquella mujer. Con tacones infinitos, una melena negra larguísima, y una gabardina tipo trench escondiendo su silueta, al más puro estilo gánster.
No dejo de repetirme que Tyler la ha reconocido. Que por eso ha querido irse de allí, dejando de lado nuestra oportunidad de detenerla.
Cuando lo miro, está con los ojos cerrados, sujetándose el puente de la nariz. Su mandíbula sigue tan tensionada como cuando me arrastró fuera de la plaza.
—Oye, ¿estás bien? —le pregunto poniendo mi mano sobre la suya.
Él la aparta y se despeina el pelo, que regresa al mismo lugar un segundo más tarde.
Ignoro el daño que me supone su rechazo en un momento en el que me preocupaba por él; o que siga sin mirarme.
—Tyler, conseguiremos detenerla, sea quien sea —le prometo.
Entonces, él se gira hacia mí, observándome por primera vez desde que nos subimos al taxi de camino al aeropuerto.
—¿Por qué te importa tanto? —me pregunta molesto, conteniendo vagamente el volumen de su voz.
—¿Qué?
No entiendo su pregunta, ni su actitud conmigo. Yo no soy la ex enfadada que trata de hundirle la vida. Soy la ex abandonada que está intentando arreglársela.
Se acerca a mí, tanto como para que las palabras se queden entre nosotros y no lleguen a oídos de sus compañeros.
—¿Crees que eso me hará volver contigo?
El aire se me escapa en una bocanada y no logro recuperarlo, provocándome una asfixia de la que ni siquiera soy consciente.
Su pregunta me ha golpeado tan duramente, que todo ha desaparecido a mi alrededor, quedándose en silencio, excepto mi corazón.
Este todavía es capaz de moverse, pero duele tanto contra mi pecho que preferiría que parara.
No soy capaz de contestar nada, preocupada por mantener a raya mis ojos y las lágrimas que arden buscando su paso a través de ellos.
Abro la boca, porque el oxígeno que fluye por mi nariz no es suficiente para mantenerme en pie y, entonces, Tyler se aparta de mí, rehuyendo de nuevo mis ojos, ahogándome un poco más.
—No sé por qué me has convencido para buscar fantasmas. No lo necesito. No me interesa saber quién es, así que déjalo —me exige.
—¿Por qué dices eso? Esa mujer…
—¡He dicho que lo dejes! —Su voz se eleva, y yo me siento pequeña en mi asiento. No tengo dudas de que todos a nuestro alrededor nos miran, y me alegro de estar de espaldas, porque no podría soportar sus caras de lástima hacia la fan tonta enamorada de un idiota.
Tyler se acerca para mascullar sus palabras contra mi boca.
—Deja de fingir que te preocupas. No hay medios grabando.
Por más que pestañeo, mis ojos se resisten a mantenerse secos.
—¿Nora? —mi nombre suena a lo lejos y me fuerzo a mostrarme firme, pese a que lo único que quiero es irme al baño a llorar.
—¿Sí? —respondo a Chris, que está sentado al fondo del avión, mientras asomo la cabeza para buscarlo con la mirada y, de paso, coger aire.
—Tengo ya las fotos —me dice, totalmente obtuso a lo que estaba ocurriendo unos asientos por delante de él.
Me levanto del mío, notando cómo la falta de aire y mi presión alterada hacen que el pasillo que tengo que recorrer me resulte más largo y estrecho, y me dirijo hacia donde se encuentra.
Necesito volver al trabajo y frenar mi cabeza, que me hace dar tumbos hasta mi nuevo asiento.
Cuando miro a Tyler, se está poniendo los cascos y se recuesta en su sitio, aislándose de todos.
Procuro centrarme en Chris y en seleccionar las fotos que estamos viendo. Sin embargo, sigo dando vueltas a lo que ha ocurrido esta tarde y a la pregunta de Tyler: «¿Por qué te importa tanto?».
Después de pensar distintos motivos a los que no quiero hacer frente en este momento, encuentro una respuesta que, sin ser toda la verdad, me parece lo suficientemente buena: su acosadora también me ha expuesto a mí y, en su intento de hundir a Tyler, ha convertido mi vida en un caos.
Por eso mismo no pienso dejar que siga dificultando mi trabajo. Y si Tyler no quiere ayudarme, lo haré yo sola.
Especialmente ahora, que tenemos las de ganar. Patrick ha conseguido engañarla y podemos seguir aprovechando esa baza.
Me levanto de mi asiento, ignorando las preguntas de Chris, y me dirijo al final del avión para poder hacer una llamada.
—Joder, sí que has tardado en llamarme. ¿Lo habéis conseguido? —La voz de Patrick suena emocionada al otro lado de la línea.
—Tuvimos que irnos. —Acabo rápidamente con su buen humor.
—¿Qué? ¿Estás de coña?
—Es una larga historia. Pero creo que podemos conseguir algo en Brentwood —le explico, y paso a comentarle la idea que se me ha ocurrido.
Esta vez seremos esa acosadora y yo, y no pienso permitir que se escape.