Solo una fan #34 No somos tan buenos mentirosos #2
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#34 No somos tan buenos mentirosos #2

Sin embargo, no estoy seguro de que se lo parezca, pues agarra la prenda con fuerza y no es capaz de aguantar mi mirada.

—¿Qué ocurre? —pregunto finalmente.

Ella rompe su sonrisa al morderse el labio inferior. Me cuesta demasiado no quedarme observándolo, no acercarme y ser yo quien lo tenga apresado entre mis dientes.

—Nada. Es que… En realidad, tengo en la maleta el regalo original.

—¿Sí? —pregunto sorprendido.

Sabía que no habría quemado mi camiseta. Destrozar algo de los Stallions debe ir en contra de su ADN. Pero no esperaba que hubiera pensado en ponérsela por sí misma.

Su risa corta me devuelve junto a ella.

—Sí. Supongo que ambos hemos tenido la misma idea, aunque yo un poco antes —me dice orgullosa.

Estoy a punto de mandar todo a la mierda. Cada palabra y gesto suyo me empujan a cruzar la puerta.

—Por eso eres la jefa de comunicación y yo solo un jugador.

—Solo… —dice con su mejor tono de incredulidad y de buen humor.

Entonces me mira intensamente, como si se perdiera en mis ojos; y yo quiero perderme en los suyos.

Quiero entrar en su dormitorio, besarla, olvidar todo salvo a ella, su cuerpo, su olor, los sonidos que salen de su boca cuando la devoro.

Y entonces, mi cabeza recuerda por qué no la cubro de besos y caricias. El peligro al que la sometería. La posibilidad de acabar con su carrera y con su vida.

Doy un paso hacia atrás, asustado de mí mismo, de no ser capaz de controlarme.

—Bueno, entonces…—dejo la frase inacabada, porque no tengo ni idea de qué decir.

—Podemos dársela a un fan, si quieres. Ganarías…

—Es tuya —la interrumpo, volviendo a mi papel de capullo y alejándome del marco de la puerta—. Haz con ella lo que quieras.

—Vale.

Intenta imitar mi tono seco, pero no lo consigue. Sé que le duele cuando me comporto tan frío como el muro que necesito levantar entre nosotros, aunque no puede ser más que a mí.

—Te veo mañana, jefa —me despido, dándome la vuelta.

—Descansa, 89.

Me quedo parado durante un segundo, sin permitirme girarme a mirarla. Solo ladeo un poco la cabeza.

—Tú también.

El primer partido de la pretemporada ha sido un paseo. Los equipos no suelen sacar a las estrellas por miedo a las lesiones, y los jugadores tampoco se lo toman muy en serio, porque no nos jugamos nada.

Así que, al final, no hemos tenido demasiada oposición. Ganar a los Guardians ha sido más fácil de lo esperado.

A pesar de que McKillen se ha quedado al margen, he tenido una buena conexión con Butler, el quarterback suplente.

He conseguido anotar touchdown en cada jugada a la que me ha sacado el entrenador, volviendo loca a la afición.

Mis ojos, en cambio, se desviaban hacia cierta aficionada, esperando que se olvidase del móvil y celebrase mis carreras.

Cuando volvía a la banda, la encontraba inmersa en su teléfono, y yo reprimía mis ganas de acercarme a ella.

Ha cruzado su mirada con la mía en pocas ocasiones, y en todas me ha dejado claro que hoy está más guapa que nunca.

Puede que tenga que ver con que lleva puesta mi camiseta y, por el tamaño, diría que es la que se llevó de mi casa.

La que le regalé ayer era más pequeña, pensando en los comentarios de la gente y en cómo todo el mundo creyó que no llevaba nada debajo.

Cuando el partido termina, nos dirigimos al vestuario.

El entrenador nos dedica unas palabras de felicitación y otras de motivación de cara a la temporada que está por comenzar.

Yo me cambio rápidamente, deseando salir de allí, sobre todo cuando nos informan de que el avión no saldrá hasta el día siguiente por la tarde y tenemos la noche libre para celebrar con moderación.

A mí se me ocurre el mejor plan para hacerlo.

Salgo del vestuario a la carrera y casi paso por alto a la chica que permanece apoyada en la pared, oculta detrás de su móvil.

Regreso sobre mis pasos y me acerco hasta donde está, vestida con mi camiseta.

—¿Qué haces aquí escondida?

Nora se sorprende al verme y luego me enseña el teléfono que tiene en la mano, a modo de explicación.

—Qué raro —le respondo con mi sonrisa incontenible.

—Se te ve feliz —me acusa, curvando sus labios de forma similar a como lo hacen los míos.

—Ha sido un buen partido. —«Y llevas puesta mi camiseta»—. ¿Te apetece salir?

La pregunta escapa de mi boca antes de que pueda retenerla o pensar que es una mala idea; que debería irme al hotel y no seguir con este juego que nunca podré ganar.

—¿Ahora? —pregunta sorprendida. Casi tanto como yo.

—Hace tiempo que no tenemos una cita, ¿no? No quiero que empiecen a salir rumores ahora que todo parece ir mejor.

Me asombra la capacidad que tengo para engañarme a mí mismo por permanecer unos minutos más a su lado.

—Claro —accede algo torpe—. Pues ¿me cambio y quedamos?

Me fijo de nuevo en cómo va vestida. Con mi camiseta, varias tallas más grandes que la suya, metida por un lado, para que puedan verse sus pantalones debajo; unas zapatillas blancas y su particular recogido, con algunos mechones sueltos.

—Estás perfecta así —le digo con sinceridad. Luego, tiro de ella para empezar a movernos—. Vamos.

Nora avisa a sus compañeros de que no vamos a volver al hotel con el equipo, cosa en la que yo no había caído. Lo único en lo que pienso es en salir con ella, seguir fingiendo, tener un rato más juntos antes de que todo termine.

En seguida es ella quien tira de mí dirigiéndome por el estadio y, tras hablar con una chica que le da algunas indicaciones, nos desplazamos por más pasillos.

Llegamos a una salida de emergencia no muy concurrida y, en el exterior, me doy cuenta de que no llevamos nuestras gorras. Me siento desprotegido. Otro motivo por el que esto es una locura.

Ella, en cambio, se muestra más cómoda que otras veces. Supongo que porque todavía no hay fotógrafos que nos atosiguen. En mi interior, deseo que se olvide de llamarlos, que podamos tener una cita real.

Conseguimos un taxi y le pido que nos lleve al centro de la ciudad.

—¿A dónde vamos? —me pregunta Nora. Casi creo ver la expectación que tenía en nuestras citas, las reales; entonces, comprendo que lo que quiere es avisar a los medios.

—No lo sé aún —digo molesto.

—O sea, ¿que tu plan es perderte en una ciudad que no conoces?

—Exactamente.

—Ya, no sé si me convence.

Yo agarro su mano, colocada en el asiento central, y la acerco hasta mí de un tirón. Tanto, que puedo sentir su aliento mentolado sobre mi cara. Cuando sus ojos bajan hasta mi boca en un movimiento rápido, todo mi cuerpo se pone alerta.

—Prometo devolverte al hotel sana y salva —le aseguro en un susurro.

Me acerco levemente hacia ella, atraído por sus labios como si fueran mi peor droga. Tan lento, que apenas soy consciente de estar haciéndolo.

Quiero besarla. Quiero sentir su boca bajo la mía, acariciar sus labios con un beso lento y cálido. Saborearlos.

Entonces, me separo a duras penas y escucho cómo el aire entra en sus pulmones al ser liberada de mi asedio silencioso.

Debería controlarme mejor, acabar con todo esto. «Solo puedo hacernos más daño a los dos», intento recordarme.

Entonces sus dedos se colocan entre los míos, y todo desaparece.

Una vez en el centro urbano, la noche transcurre con rapidez. Paseamos y nos perdemos entre las calles de una ciudad tranquila. Cuando encontramos un food truck , nos acercamos en busca de la cena.

He salido con tantas prisas del vestuario, que me he olvidado por completo de lo hambriento que estaba, y me pido cuatro perritos calientes bajo la atónita mirada de Nora.

Continuamos recorriendo las calles menos transitadas hablando del partido y de lo que queda de la pretemporada, y me descubro con ganas de seguir conociendo la opinión de Nora.

No solo es una máquina del marketing y las comunicaciones.

Sabe más de fútbol que mucha gente con la que trabajo, y de nuevo me asalta el pensamiento de que mi abuelo Harold la adoraría.

En nuestro improvisado paseo, llegamos hasta un parque. Está iluminado por farolas escondidas entre los árboles, pero nos conduzco a una zona más oscura.

Le hago cruzar unos arbustos en la linde del parque, y ella se sujeta a mí con fuerza, pues el final del parque viene con el final del terreno y una gran caída. Echo un rápido vistazo y encuentro un sitio donde sentarnos.

Frente a nosotros se expanden unas vistas impresionantes de las afueras de la ciudad. Es como si Northpoint estuviera rodeada de pequeñas ciudades iluminadas en la noche. Y, bajo nosotros, una gran autovía demasiado transitada para las horas que son.

—Reconozco que me ha gustado el plan —me dice Nora dándome un pequeño empujón con el hombro—. Nunca se me habría ocurrido hacer algo así.

—¿Conocer las ciudades que visitas? —pregunto en un intento de picarla. Sé que le ponía un poco nerviosa salir sin plan por una ciudad que no conoce.

—Visito algunos museos o monumentos, si saco tiempo —se defiende.

—Así no conoces la ciudad.

Ella suspira.

—Supongo que no. Solo su historia.

Me recuesto en el césped, apoyándome sobre mis codos, observando la imagen iluminada que tenemos ante nosotros.

—Tienes que perderte para encontrar sitios especiales como este.

Ella continúa sentada y envuelve sus rodillas con los brazos. Luego, apoya la cabeza sobre ellas y me mira.

—¿Lo haces en cada ciudad?

—Sí. Un paseo conmigo mismo.

—¿Solo? —pregunta confundida. Posiblemente esperaba otra respuesta, pero ella es la única con la que he compartido esta extraña afición.

—Siempre me ha ido bien solo. —Me encojo de hombros.

Ella se centra en la autovía bajo nuestros pies.

—Claro —dice con tono suave—. Siento que tengas que compartirlo conmigo.

Muevo mi pierna para dar un golpecito a sus pies.

—Así tengo alguien con quien hacerme el interesante.

Veo su sonrisa desde donde estoy sin necesidad de que se gire para mostrármela. Continúa inmersa en las vistas cuando escucho gente hablando cerca de nosotros.

Encuentro a varias personas a nuestra derecha sacándonos fotos de forma poco sutil. Abandono mi postura para sentarme cerca de Nora, y, de paso, cubrirla un poco de los fotógrafos.

—Casi me había olvidado de ellos —dice después de dar un suspiro. Veo en su gesto que se da cuenta de las palabras que acaba de pronunciar—. Quiero decir…

—Yo también —la interrumpo, satisfecho porque la Nora que buscaba haya hecho su aparición—. Se está bien aquí.

Extiendo mi mano para atrapar un mechón de pelo que le acaricia la mejilla, despertando celos en mí. Al menos cuando hay gente delante, tengo una excusa para acercarme un poco más a ella.

—¿Quieres…?

—No quiero tener que preguntarte cada vez que quiera abrazarte o tocarte —confieso, perdido en sus ojos marrones.

—No tienes que hacerlo.

Su voz escapa en un susurro que se cuela debajo de mi ropa y de mi piel, acercándome más a ella, hipnotizándome, haciéndome olvidar todo lo que me había prometido.

Me muevo hasta alcanzar la suave piel de su cuello, rodeándolo en busca del calor que sé que desprende.

—Y cada vez que quiero besarte.

Mis ojos vuelan hasta su boca, muy cerca de la mía. Quieta, esperando a que su belleza me venza, llevándome a caer en la mentira que nos mantiene juntos.

—Puedes hacerlo, si quieres.

Sus palabras me acercan más a ella, a mi derrota. Siento la necesidad de rendirme, empujando mi cuerpo hacia el suyo. Sus manos se deslizan sobre mis piernas, apoyándose mientras ella también cae hacia mí.

—Quiero, todo el rato.

Me agacho sobre ella, dispuesto a caer en combate bajo un beso que está tardando demasiado en llegar.

—A los medios les encantaría —me recuerda con un suspiro, dejando escapar el aire de sus pulmones junto a sus palabras.

Entonces, me aparto molesto. El calor que atravesaba mi cuerpo se transforma en un fuego con ansias de devastar todo a su paso. Siempre los putos medios.

—Claro —coincido recobrando la poca cordura que me queda. El enfado que siento me hace volver a poner los pies en la tierra, a recordar todo por lo que estamos aquí—. Creo que ya han tenido suficientes fotos por hoy.

Me levanto, dejando a Nora pestañeando en el suelo y respirando agitada.

Joder, es que soy un verdadero cabrón. Debería marcharme, no caer más en esta trampa que me pongo a mí mismo, a la que arrastro a Nora cada día.

Le ofrezco la mano para ayudarla a levantarse y ella la observa sin atreverse a elevar más la mirada. La agarra, y tiro de ella para ponerla en pie, olvidando que no es uno de los jugadores de mi equipo y que debe pesar la mitad.

Casi la hago volar del tirón, y aterriza contra mi cuerpo.

Frena el empujón sosteniéndose sobre mi pecho, irradiando un calor asfixiante que solo una cosa podría sofocar.

Mis manos se han colocado en su cintura buscando el espacio bajo la camiseta por el que colarse, por el que robar un poco de ese calor que desprende su piel.

Cuando las yemas de mis dedos lo consiguen, los ojos de Nora se encadenan a los míos. Nos miramos durante un segundo eterno en el que ninguno se atreve a respirar.

Y, sin poder contenerme más, caigo en sus labios.

Son tan suaves y delicados como los recordaba.

Me cuesta refrenar la necesidad que despiertan en mí.

Los saboreo lentamente, temiendo que sea la última vez que pueda hacerlo.

Los aprisiono con los míos y los recorro con mi lengua, empujando a que me abra paso a su boca.

Y ella lo hace con un pequeño gemido que hace vibrar todo mi cuerpo.

Mis brazos envuelven su cintura, atrapándola con la firme intención de no liberarla jamás.

La desesperación crece en mi pecho, sabiendo que este beso acabará y yo seguiré necesitando su piel contra la mía, su boca bajo la mía, y cada gemido involuntario que tiñe sus mejillas pecosas de un precioso tono rosado.

Sus manos han subido por mi pecho al mismo ritmo que el gruñido que no consigo ahogar. Se posicionan a ambos lados de mi cuello, sosteniéndolo con sus dedos finos cubiertos de anillos; prohibiéndome partir, ignorando que tengo todavía menos ganas que ella de alejarme.

Este beso debería ser una farsa, una pose para los que a lo lejos inmortalizan todo con sus cámaras. Y, en cambio, no me parece una mentira. No puede serlo. No somos tan buenos mentirosos.

Y, antes de que pueda decidir su veracidad, se acaba.

El sonido de un teléfono termina con la mejor mentira que nos hemos dicho. Tan falsa, que parece real.

Nora se separa y echa un vistazo a la pantalla de su móvil. Mis manos rehúsan abandonar su cuerpo.

—¿Qué ocurre? —pregunto preocupado cuando su respiración se silencia.

Ella alza la vista, mostrándome la pequeña línea que separa sus cejas.

—Es un mensaje de Patrick Crawford, de Game On . Dice que sabe cómo pillar a tu acosador.