#34 No somos tan buenos mentirosos
NO SOMOS TAN BUENOS MENTIROSOS
A medida que pasan los días voy perdiendo este pulso un poco más. Se supone que tengo que alejarme de Nora. Es lo que había decidido. Pero tener que jugar a las parejitas frente a las cámaras se me está yendo de las manos.
Me cuesta mucho no dejarme llevar, no pensar que cuando se sonroja, lo hace por mí. Únicamente cuando comenta algo sobre los medios, recuerdo que estamos en un show.
Aun así, poco a poco empiezo a olvidar por qué solo podemos fingir, por qué no puedo estar con ella como lo hacía las últimas semanas.
Me cuesta centrarme y recordar que lo hago por su bien. Que no puedo arrastrarla conmigo a los secretos que he estado ocultando durante tanto tiempo, y que cada día amenazan con arruinar mi vida. Y, si ella está cerca de mí, también la suya.
Los entrenamientos, con un mayor nivel de exigencia, me ayudan a olvidarme de la batalla que libro en mi cabeza sin descanso. Se nota que se acercan los partidos de la pretemporada y estamos todos con ganas de saltar al campo.
El primero es en Northpoint, contra los Guardians.
Pensaba que así podría alejarme de Redmont y de Nora.
Luego descubrí que los de comunicación siempre viajan con el equipo, incluida ella.
Y, pese a que me había propuesto enfriar lo nuestro, no pude evitar la alegría de pasar más tiempo con ella, pese a que sea un tiempo envuelto en mentiras.
Sobre todo, porque a veces me parece que su fachada se derrumba. En cada cita busco conseguir que ocurra, que aparezca la Nora que todavía siente algo por mí.
—Ahí viene. —Eddie me despierta de mis pensamientos y dirijo mi mirada más allá de la ventana del coche.
Salgo rápidamente y alcanzo el porche de Nora antes de que baje los escalones para ayudarla con su maleta. Aunque el tema de los paparazzis se ha relajado un poco, los dos acordamos llegar juntos al aeropuerto.
Me agradece nerviosa la ayuda, y yo no puedo quitar la vista de ella.
—¿Qué ocurre? —me pregunta con un inicio de sonrisa curvando sus labios. Por supuesto, no tiene ni idea de lo preciosa que es, de lo mucho que me gusta. Después de comportarme como un gilipollas con ella, tampoco puedo esperar otra cosa.
—Nada, siempre espero a ver con qué camiseta de los Stallions me sorprendes. Debes tener un millón.
Ella se mira la camiseta incómoda y se la estira un poco, sin saber qué hacer con sus manos o con mi comentario.
—Supongo que no soy muy original. Siempre voy igual.
Un dolor agudo en mi pecho me regaña por hacerla sentir así. No solía actuar de este modo cuando estaba conmigo, antes de que empezaran las mentiras.
Los comentarios de la gente hacen mella en cualquiera que los lea. Yo he estado haciéndolo los últimos días para saber a qué se está enfrentando sola, y cada noche termino más cabreado que la anterior.
—A mí me gusta —le aseguro—. La de hoy la recuerdo.
Ella vuelve a mirarse la ropa.
—Me la habré puesto otro día.
—No, no lo has hecho. Pero mi abuelo Harold tenía una igual. Un poco menos estropeada. La trataba como oro en paño —explico, guardando sus cosas en el maletero.
Nombrar a mi abuelo tiene algún efecto, porque Nora me está sonriendo.
—¡Ahora me siento un poco mal! Yo echo todas juntas a la lavadora, de cualquier manera.
Eso explicaría por qué están desgastadas, aunque me inclino más por pensar que es de su uso.
Me río con ella mientras se sienta en el coche y la escucho saludar a Eddie.
Yo doy la vuelta y me siento a su lado. Sin darme cuenta, alargo mi mano hasta alcanzar la suya y acariciarla con mi dedo pulgar. De hecho, tardo un rato en percatarme de mi movimiento, pero no me aparto.
No debería estar disfrutando de su tacto y, sin embargo, lo hago. Quiero pensar que ella también, porque no se ha separado a pesar de que no hay nadie que pueda fotografiarnos dentro del coche.
El camino al aeropuerto se me hace corto a pesar de la distancia. Si hubiera conducido yo, seguramente lo habría alargado un poco más.
Apenas hemos cruzado algunas palabras, o Eddie con Nora.
Y, durante todo el trayecto, su mano sigue presa de la mía. En algún momento, sus dedos se han movido hasta entrelazarse con los míos, y no sé hasta qué punto se ha percatado de ello.
Al salir del coche, la cosa cambia. Con la gente y los medios haciendo fotos, Nora se muestra más inquieta.
Sé que no le gusta mentir a los fans, y por eso esto de la farsa le está costando. Me hace admirar su búsqueda de la sinceridad. Esa que yo no soy capaz de encontrar.
—¿Todo bien? —le pregunto, y veo su mirada ansiosa. Casi puedo oír su corazón latiendo con insistencia.
—Sí, todo bien —me miente. Una mentira más.
Cuando subimos al avión, está aún más tensa. Todos la saludan, y ella responde con vergüenza.
—Voy a sentarme con Chris —me informa, y solo sus palabras bastan para despertar al lobo dentro de mí.
Mis manos se abalanzan sobre su cintura, y la arrastro hasta que su espalda choca contra mi pecho.
No quiero soltarla, ni que se aleje de mí, y ni siquiera soy consciente de cómo me muevo. Justo lo contrario de lo que debería hacer. Pero estamos fingiendo, ¿no?
—Creía haber sido claro: yo no comparto —susurro junto a su oído.
—Solo es Chris. —Al igual que yo, intenta que nadie más nos oiga.
—No me importa quien sea. Ahora estás conmigo.
—Vaya, ¿resulta que ahora vas a ser un celoso, 89? No te preocupes, solo necesito ver unas cosas de la llegada a Northpoint. Además, no es como si pudiera afectarte realmente. No estamos juntos, ¿no?
Se pone de puntillas para darme un beso casto en la mejilla que, junto con su comentario, me enciende todavía más.
Da un paso para alejarse y yo la hago girar en un movimiento brusco que hace que se tropiece consigo misma y acabe apoyada en mi pecho.
Peino unos mechones que se le han escapado de su recogido y los pongo detrás de su oreja.
—No tardes.
Nora abre la boca, pero ningún sonido sale de ella.
Después, me quedo mirando cómo se marcha, luchando contra mis ganas de retenerla.
Tarda otra media hora tras el despegue en sentarse a mi lado y, cuando lo hace, se pone a trabajar con su móvil. Yo saco mi libro de jugadas para repasarlas, aunque me cuesta mantener la concentración teniéndola tan cerca.
No hablamos durante todo el viaje. Sin embargo, nuestros brazos se tocan de vez en cuando, y es suficiente para dejarme con ganas de más, para hacerme olvidar que la estoy poniendo en peligro.
En el hotel, tenemos habitaciones separadas.
Que todo el mundo crea que tenemos una relación, no significa que venga de viaje romántico con mi novia falsa.
He venido a jugar con mi equipo, a debutar con los Stallions.
Lo que siempre había querido y que, por fin, este año he conseguido.
Y, aun así, no siento la ilusión que debería.
No vuelvo a ver a Nora durante el resto del día. Me imagino que se ha encerrado a trabajar con Chris.
Me acerco a la rueda de prensa previa al partido. Hoy no me toca hablar, pero me paso igualmente solo por verla.
La encuentro en una esquina, como siempre, escondida tras su teléfono. Mi Chica del Móvil.
¿Por qué nadie se da cuenta de que está allí? Para mí es imposible apartar la vista. Su figura me atrapa, como la luz a un mosquito.
Tras la rueda de prensa, el equipo sale a dar un paseo en grupo por la ciudad.
Nora no aparece por allí. En cambio, Chris, su compañero, sí ha venido para sacar algunas fotos y vídeos del equipo.
Así que yo aprovecho para centrarme en el partido de mañana y me aíslo de ellos poniéndome los cascos y evadiéndome con la música.
Solo es un partido de pretemporada; no nos jugamos nada.
Sin embargo, es el primero que juego con los Stallions y quiero hacerlo bien.
Estos encuentros son, sobre todo, para que el entrenador pueda ver qué jugadores van a ser los elegidos para el equipo final.
Y, aunque yo tengo mi sitio asegurado, quiero demostrarles que me importa estar aquí.
Durante la cena, tampoco hay rastro de Nora y me noto cada vez más ansioso por encontrarme con ella. También me preocupa que no vaya a cenar, como ya hacía antes de que saliéramos juntos.
Me paso la velada ideando distintas excusas para verla. Mis compañeros deben pensar que estoy centrado en el partido de mañana, y apenas me molestan con comentarios estúpidos.
Finalmente, termino mi plato y me levanto de la mesa con prisa.
Tras una pequeña parada en mi habitación, me dirijo a la de Nora, esperando que nadie me pille.
Una cosa es que se permita nuestra relación, y otra que pueda estar vagando por los pasillos del hotel antes de un partido.
Me imagino el número de dominadas con las que me castigaría el entrenador Taylor, y me da un escalofrío.
—¿Tyler? —me saluda sorprendida al verme.
—¿Estabas dormida? —le pregunto. Por la cantidad de luz que proviene de su habitación, me da que no es así.
—No, repasaba algunas cosas para mañana.
—¿Mucho curro? —Señalo con la cabeza el interior de su dormitorio mientras me apoyo en el marco de la puerta.
Ella echa la mirada hacia atrás, y se gira hacia mí incómoda, moviendo sus dedos sobre la cerradura de la puerta.
—No sé si debería invitarte a pasar…
—No te preocupes, no hay fotógrafos que puedan vernos —le confirmo, recordando el único motivo por el que deberíamos estar juntos.
Ella asiente lentamente.
—Claro.
Alargo la mano para ofrecerle la bolsa que he recogido de mi habitación.
—Venía a traerte esto para mañana.
Su cara se le ilumina en un segundo y encuentro a la Nora que echaba de menos. La que disfrutaba de mi presencia, aunque fuera durante unos días.
—¿Un regalo? —pregunta, y juraría que reprime un pequeño salto.
—Un re-regalo. Ya te lo regalé una vez —le explico sin darle más detalles. Quiero que lo abra.
Cuando lo hace, su sonrisa sigue presente en su rostro, y yo dejo que la mía también se expanda.
—Tu camiseta.
—Para que te la pongas mañana. Habrá muchos medios.
—Claro, es una buena idea.