#32 Solo una fan
SOLO UNA FAN
El entrenamiento de hoy ha ido como la seda. Empiezo a entenderme bien con McKillen, y hacer las jugadas resulta muy fácil, siempre y cuando llegue a tiempo en mis carreras.
Mi humor, sin embargo, no tiene que ver únicamente con los buenos entrenamientos, sino con cierta chica con pecas a la que me muero por ver.
Cruzo los pasillos corriendo con ganas de repetir la rutina de comidas que he creado con ella. Consigo que pare a comer y, además, me llevo de regalo unos cuantos besos y abrazos que me cargan de energía hasta la noche. Me siento totalmente hechizado por ella. Como si todo girase a su alrededor.
Por eso se me instala un nudo en el estómago cuando descubro su mesa vacía. Sus compañeros me indican que ha salido a comer, aunque no saben decirme nada más.
Busco el móvil en mi mochila y encuentro su mensaje.
Echo a andar hacia la salida del Complejo mientras pongo en el navegador el restaurante que me ha indicado. Está a tres minutos andando. Dos, si me doy prisa.
Pero cuando llego y la veo sentada junto a mi madre, todo lo que pensaba y todo lo que sentía un momento antes, desaparece. En su lugar, un fuego empieza a brotar en mi pecho, y me siento incapaz de mitigarlo. Ni siquiera la imagen de Nora consigue distraerme de lo que está ocurriendo.
—¿Qué coño te crees que haces? —grito furioso, sin medir mis palabras, mi volumen o mi actitud. Mis piernas me llevan a grandes zancadas hasta plantarme delante de ellas.
Miro a Nora buscando la forma de calmarme, sin conseguirlo. Necesito acabar con esa reunión ahora mismo.
—¡Tyler! —me saluda ella entre nerviosa y asustada.
Sé que todos a nuestro alrededor están mirando. Estoy acostumbrado a ello, y ahora mismo me importa una mierda.
—¿En serio? ¿Qué es esto? ¿La familia feliz? —Empiezo a soltar veneno por la boca. Nora se tensa cada vez más y, mi madre, por el contrario, se muestra tan tranquila como siempre, haciendo que me hierva más la sangre.
—Solo estamos comiendo —responde Nora a mis preguntas retóricas. Escucho el enfado en su voz; su cara, en cambio, sigue agobiada. Como si no supiera qué ha hecho mal.
Eso me cabrea aún más.
—Levántate —le ordeno. Ni siquiera se lo pido, porque no tengo tiempo para esta mierda.
—Hijo, por favor —dice mi madre con su tono más suave y conciliador, que nunca ha tenido un buen efecto sobre mí.
—¡Cállate! —le contesto de malas formas.
—Tyler, cálmate —intenta Nora, pero el fuego que me abrasa por dentro no tiene solución mientras sigan juntas, compartiendo mesa.
—¡No me digas lo que tengo que hacer! He dicho que te levantes y salgas de aquí —le exijo de nuevo.
No se oye ni un tenedor en la sala, a pesar de estar llena de gente. Finalmente, Nora se levanta enfadada. Se despide de mi madre y echa a andar en dirección a la puerta, sin dirigirme otra mirada.
—¿Nora? —Un camarero con el que se cruza la mira con preocupación. Ella cambia su gesto en un instante, volviendo a ser la chica encantadora que es con todos menos conmigo. Tengo recuerdos de nuestros inicios al verla comportarse así.
—No pasa nada, Sergey. Mandadme la cuenta y os la pago —responde ella. Luego, continúa andando en dirección a la entrada, y yo la sigo.
Una vez fuera, me pongo a su altura y coloco mi mano en la parte baja de su espalda.
—Te llevo a casa —le digo. Quería que fuera una pregunta. Sin embargo, sigo demasiado cabreado, y las palabras me salen con brusquedad.
Ella me aparta y continúa caminando, un poco más veloz de lo que suele hacer.
—¡No me toques! —me dice de mala gana.
Yo tiro de ella hasta escondernos en el callejón contiguo al restaurante. La aprisiono contra la pared de ladrillo rojo y coloco mis brazos a ambos lados de su cabeza.
—¿Que no te toque? No decías eso anoche.
Ella me empuja, posiblemente con todas sus fuerzas, pero no me muevo.
—Bueno, anoche no te comportabas como un idiota. ¿Puedes decirme qué te pasa?
Se queda mirándome, esperando que le dé una respuesta que no le va a gustar, porque necesito establecer unos límites que yo mismo me he saltado. Hasta este momento no me he percatado de cómo Nora se ha ido colando en mi vida.
Verla comiendo con mi madre, me ha abierto los ojos.
—No quiero esto.
Mis palabras llegan hasta ella como un puño cerrado golpeándola. Expulsa el aire de sus pulmones y cierra las manos, quizás para controlarlas y que no se dirijan a su estómago, o quizás para evitar golpearme con ellas.
—¿Por qué? —pregunta con un hilo de voz, como si se hubiera quedado sin fuerzas.
Algo dentro de mí se retuerce por hacerle esto, pero no voy a ceder. Esto ha ido demasiado lejos.
Decido recuperar la rabia que la imagen del restaurante ha despertado en mí, a pesar de que el olor a flores de Nora bajo mi cuerpo me lo pone difícil.
—Tyler, ¿por qué? —insiste cuando no respondo—. ¿Por qué no puedo saber nada más de ti? ¿Tan horrible es que coma con tu madre? ¿Que me conozca? ¿Que…
—¡Sí! —respondo frío, alzando mi voz y cortando la suya.
—Vale, ¡pues lo siento! —me grita ella de vuelta—. No estábamos planeando nuestra boda, ¿vale? Me preguntó por algún sitio para comer, y…
—¿Nuestra boda? —replico cabreado, porque es lo único que se me ha quedado en la cabeza—. ¡Apuesto a que sí! ¡No me jodas! —digo para mí mismo, más que para ella. Puedo imaginarme a mi madre sacando ese tema con su sonrisa más cordial.
—¡Te estás comportando como un idiota! —me dice Nora enfadada.
—¡Dime algo que no sepa!
Nos quedamos mirándonos el uno al otro durante un instante, esperando a que nuestra respiración agitada se calme.
Veo el esfuerzo de Nora por mantenerse entera.
Mi cuerpo confunde la rabia que incendia cada una de mis células con el deseo de conquistar su boca.
Me cuesta pensar en otra cosa que no sean sus labios o su respiración sobre los míos, y no debería ser así.
Finalmente, me alejo de la pared y de ella.
—Vamos, te llevo a casa —le digo una vez más, acabando esta conversación. Antes de que pueda buscar su mano, se aparta.
No dice nada. Solo se aleja de mí con la mirada perdida. No sé en qué está pensando; nunca lo sé. Seguramente en que soy un cabrón.
Alza su vista por un momento y, como si le doliera mirarme, se da la vuelta y empieza a caminar.
—¡Nora! —Su nombre sale de mi boca antes de que pueda contenerlo.
Sus pasos no cesan, y noto en mi pecho el vacío que deja su ausencia.
Está a un metro de distancia, y mi cuerpo siente que hay kilómetros hasta ella—.
¡Espera! —le pido mientras la alcanzo, preguntándome por qué no dejo de perseguirla; por qué no dejo que se vaya.
—¿A qué? ¿A qué quieres que espere, Tyler? —Su voz se rompe al terminar la frase, y veo como aprieta sus labios. No hay furia en sus ojos. Su brillo esconde algo más desgarrador que no quiero descubrir.
Espera mi respuesta, pero ni siquiera yo la sé.
¿Podría explicarle todo? ¿Por qué nunca contesto a sus preguntas? ¿Por qué no dejo que me conozca? Si lo hago, me vería peor de como lo hace ahora.
Ante mi silencio, vuelve a tomar la palabra.
—Mira, pensaba que lo de ocultarme era de los medios porque yo no soy como las chicas que acompañan a los jugadores. No tengo su pelo brillante, sus largas piernas o su piel perfecta. Pero…
—¿En serio crees que haría algo así? —La corto antes de que siga diciendo tonterías.
—Es lo que estás haciendo. Tyler, lo entiendo, ¿vale? No es que esperara… Quiero decir: sabía que iba a ocurrir.
Su mano se ha alzado hasta su pecho, presionándolo al hablar. El mío, se hunde con cada una de sus palabras.
¿Por qué me pasa esto? Es solo otra chica con la que no quiero nada más.
—Está bien, Tyler —dice en un susurro. No necesita alzar la voz para que me atraviese como un cuchillo afilado.
Cada frase que ha dicho desde que salió del restaurante está mal y, aun así, me mantengo inmóvil mirando cómo su figura se distancia, dejándome solo en el callejón.
No la sigo. No puedo hacerlo. Es lo que había decidido.
«Cuanto menos te conoce la gente, más difícil es que te haga daño».
Mi pesar se transforma en cabreo al recordar ese mantra que me he repetido demasiadas veces en el pasado, y decido volver al restaurante, donde mi madre sigue comiendo.
Me posiciono delante de ella, de pie, sin importarme que la gente continúe mirándonos.
—¿De qué iba esto? —le pregunto con dureza, aunque mi enfado nunca tiene el efecto deseado sobre ella. Ella me sonríe con cariño.
—Solo quería conocerla. Es más guapa que en las fotos.
—No quiero que comas con ella. Ni que quedes con ella —continúo con mi tono más grave.
—¿Por qué no, hijo? Soy tu…
—¡Porque es solo una fan! —Me apoyo sobre la mesa enfadado, consciente del error que ha sido acercarme a Nora. Hasta mi madre ha podido ver lo que había entre nosotros. ¿Cómo he dejado que pasara? —Trabaja en el equipo y la necesito para la publicidad, nada más.
—¿Eso es lo único que hay entre vosotros?
—Es lo único que me interesa —Expulso las palabras como si ardieran en mi garganta, haciendo caso omiso al vacío que se ha instaurado en mi estómago, a la sequedad en mi boca, al palpitar enojado de mi corazón; mientras mantengo la mirada a mi madre.
Ella no replica, así que imagino que ha entendido lo que digo.
Después, me dirijo al mostrador a pagar la maldita comida que acaba de destruir mi mundo.
Desde que salí del restaurante, siento una sombra encima de mí, aguardando a engullirme, pero no lo hace. No dejo de dar vueltas a todo, y me encuentro en más de una ocasión esperando un mensaje de Nora que nunca llega. Tampoco yo me decido a escribirla. Sigo pensando que lo correcto es alejarme.
Durante el día siguiente, me paso la mayor parte del entrenamiento en el suelo, soportando más placajes de los que quiero recordar.
Es lo mínimo que me merezco, así que no hago nada por evitarlos. Por supuesto, eso hace que me gane más gritos del entrenador.
En casa, Eddie y Maly tardan poco en entender que es mejor desaparecer de mi vista; así que no me cruzo con ellos.