#30 ¿Y qué te ha dado la pista? #3
Cuando por fin me deja libre, me dirijo corriendo a la puerta de atrás. Por suerte, los paparazzi no saben que hay otra salida y me siento más tranquila. Aunque me sabe mal dejar a Ryan y Susan con el problema.
Según salgo, me choco contra un muro. Iba con tantas prisas que ni me he fijado en que Tyler estaba delante de mí.
—Eh —llama mi atención, sosteniéndome contra su cuerpo. ¿Es posible que haya echado de menos su aroma en unas horas? Porque me envuelve y embriaga a partes iguales, y no quiero separarme de él, si bien lo hago a regañadientes—. Se te ve un poco desesperada, Appaloosa —me pica con mi misma broma.
—Huyo de Susan antes de que siga diciendo tonterías.
Tyler se ríe a mi lado, seguramente imaginando el tipo de cosas que mi amiga suele decir cuando estoy cerca de él. Así que tiro de su mano para alejarnos.
Cuando llegamos hasta su coche, que por supuesto no he reconocido porque cada día trae uno distinto, me apoya contra él y sostiene mi cara.
Me observa durante un momento, como si hubiera olvidado mi rostro y necesitara recordarlo.
Aprovecho para recorrer su torso con mis dedos, como si yo también hubiera perdido en mi memoria cada curva de su cuerpo.
—¿Vas a besarme ya? —pregunto. Me falta poco para abalanzarme sobre él.
Entonces se agacha y mi boca por fin puede derretirse bajo la suya. Especialmente con el movimiento tan lento con el que besa cada milímetro de mis labios.
Cuando los libera, he olvidado el día, la hora e incluso el lugar en el que estoy. Solo sé que no quiero dejar de sentir su boca sobre la mía.
Antes de poder reclamar más, Tyler pone una gorra sobre mi cabeza. Esta vez me he soltado el recogido, pensando en ello, así que me la coloca sin problema. Luego, mueve mi pelo hasta dejarlo detrás de la oreja, y alinea la visera con el centro de mi cara.
—¿A dónde hoy? —pregunto expectante.
—Ahora lo verás —responde llevándome hasta el otro lado del coche. Me abre la puerta y espera a que tome el asiento del copiloto.
Cuando se sienta a mi lado, me mira como si se planteara volver a besarme, pero, al final, parece contenerse y arranca, para mi decepción. No me hubiera importado otra sesión de besos dentro del coche, como un par de adolescentes.
Y me quedo pensando en eso mientras cruzamos la ciudad a medida que las farolas se encienden y el cielo se oscurece.
Aparca el coche en una calle que no recuerdo haber transitado en mi vida, y nos movemos cogidos de la mano como dos fugitivos, mirando a los lados para comprobar que nadie nos sigue.
—Creo que no hay nadie por aquí —comento, en un intento de tranquilizar la situación.
—Ya, digamos que no llevas un modelito que pase desapercibido. Prefiero ser precavido —dice andando, sin mirarme; así que ha tenido que fijarse en el look en otro momento, y se me escapa una pequeña sonrisa.
—Si quieres me separo —bromeo, distanciándome un poco.
Él, en cambio, se lo toma muy en serio, y tira de mí con fuerza hasta que me retiene contra la pared de ladrillo de un antiguo edificio.
—Eso ni se te ocurra —masculla contra mi boca, de pronto muy cerca de mí.
Lo siguiente que percibo es un beso ardiente que me sabe a amenaza si se me pasa por la cabeza alejarme de él esta noche. Por suerte, no tengo ninguna intención de hacerlo.
—Entonces venga, empiezo a tener hambre —susurro cuando termina.
Seguimos caminando durante unos minutos más, cruzando el tumulto de gente y llegando hasta otro callejón de los que suelo evitar, y por los que Tyler parece tener predilección. Tira de mí hasta que llegamos a un lugar que reconozco.
Apenas pude fijarme en él la última vez que estuve allí por la adrenalina que recorría mi cuerpo, pero identifico la pared de hiedra con la escalera escondida detrás. En esta ocasión, no digo nada y sigo a Tyler en silencio.
Abre la verja para mí y me deja pasar. Comienzo a subir las escaleras mientras escucho el ruido de la puerta al cerrarse detrás de nosotros. Poco después, los pasos apresurados de Tyler me alcanzan justo cuando llego al último escalón.
Ante nosotros se abre su terraza secreta, aunque me cuesta reconocerla. Está muy cambiada respecto a como la recordaba. En mi última visita estaba sucia y oscura, con hierbas silvestres por todas partes.
Ahora parece la terraza de un bar de lujo.
Hay pequeñas lucecitas colgadas por distintas zonas, creando un ambiente mágico; no las suficientes como para llamar la atención de los viandantes. Su secreto sigue quedando oculto.
También está todo más limpio. Y en el lugar donde nos quedamos dormidos, cerca de la barandilla, hay una alfombra con un sinfín de cojines de distintos tamaños y colores.
A su lado, varias bolsas de comida: nuestra cena.
Tyler se acerca a mí por detrás y envuelve mi cintura con sus brazos.
—Qué cambio. —No sé bien qué decir, porque, si ha preparado esto por nuestra cita, es lo más romántico que he visto nunca, más allá de las películas de los jueves con Susan—. ¿Has hecho esto tú solo?
—Maly compró algunas cosas y Eddie me ayudó a meterlo en el coche. El resto es cosa mía —responde orgulloso.
Entonces me giro hacia él con una sonrisa ladeada.
—Pensaba que íbamos a estudiar jugadas. No se parece mucho a una oficina.
—Vaya, creía haber sido más sutil —responde con su habitual tono socarrón.
—Para nada.
Se agacha para besarme, con un beso tan dulce como el espacio que ha creado para nosotros. Poco después, esa dulzura se va transformando en algo más sofocante según me dejo empujar a través de la terraza hasta llegar a la barandilla.
Suelto un grito ahogado cuando siento que me voy a caer, y me sujeto a su camiseta a la vez que cierro los ojos.
—No te voy a soltar —susurra en mi oído, y, por un segundo, creo que no se refiere únicamente a este momento.
Parpadeo cuando deja un pequeño beso en mi cuello, y luego, me hace girar sobre mí misma para ver la ciudad frente a nosotros. Se oye el bullicio lejano, que no llega a ser tan ruidoso como en el fin de semana.
Las manos de Tyler me rodean y se quedan jugando con el borde de mi falda, acariciando mi piel sin darse cuenta.
Apoya la cabeza en mi hombro y luego lo recorre con su nariz, dejando mis pobres nervios al borde del colapso.
—¿Quieres cenar? —escucho sus palabras susurradas, y yo tengo que concentrarme para entender qué me ha preguntado.
—¿Qué hay?
—No sabía qué querías, así que he traído de todo. Pizza, sushi, ensalada…
Sigue enumerando la lista demasiado larga de comida que no vamos a comer, porque es imposible que dos personas puedan engullir tanta cantidad, y yo me pierdo en el detalle romántico del hombre que tengo enfrente.
Me asusta tener que regresar a la realidad en algún momento, donde él conozca a una chica más acorde a sus posibilidades; que esto únicamente esté ocurriendo en mi imaginación. Sería un sueño muy cruel.
Pero, si es solo una ilusión, pienso disfrutarla antes de que se convierta en pesadilla.
Tiro de su camiseta para que se acerque un poco más a mí, si es posible, y subo mis manos por su nuca, empujándolo a alcanzar mi boca.
—Suena a que se puede tomar frío —respondo con una sonrisa tímida.
La suya tarda en aparecer el mismo tiempo que le lleva entender que no es cenar lo que quiero.
—Oído cocina —dice entonces, dispuesto a saciar ese otro tipo de hambre.
Un hambre que crece entre besos, caricias y gemidos que soy incapaz de controlar. Las manos de Tyler se deslizan por cada centímetro de mi piel mientras me aleja de la barandilla y de la vida nocturna de Redmont.
—Reconócelo, ni siquiera has traído el libro de jugadas —le digo, tratando de recuperar el aliento.
Mi pecho se agita con la misma desesperación que siente mi cuerpo por encontrarse con el del jugador que tengo enfrente.
—Tú tampoco es que hayas venido con ganas de estudiar.
No puedo evitar reírme por los nervios ya incontenibles.
—¿Y qué te ha dado la pista?
Tyler resopla antes de seguir besando mi cuello de forma lenta y desquiciante.
Sus dedos se alejan de mi cintura para aterrizar sobre mi pierna, la que está al aire.
Una descarga la recorre en el mismo momento en que su piel entra en contacto con la mía, y se intensifica a medida que va ascendiendo por ella.
Creo que he dejado de respirar, pero no quiero concentrarme en otra cosa que no sea la mano de Tyler sobre mí.
—Esta maldita falda —susurra en mi oído un segundo antes de que sus dedos lleguen al borde de la prenda, y desaparezcan bajo ella.
Mi boca busca la suya con un hambre renovado y enloquecido, y Tyler se agacha frente a mí en un movimiento que me invita a saltar sobre él. Su mano continúa bajo mi falda, sosteniéndome, acelerando mis pulsaciones.
—Es de Susan —jadeo, porque no soy capaz de hablar con normalidad.
Mis piernas rodean su cintura y mis brazos su cuello. Lo mantengo apresado junto a mí, mientras él me desplaza, no sé a dónde.
—Tendré que decirle que tiene buen gusto. Pero, puestos a llevar ropa de otra persona, prefiero que sea la mía, Appaloosa.
Un segundo más tarde, noto los cojines bajo mi espalda, envolviéndome en su comodidad.
—Entonces debería quitarme esto. También es suyo —digo, deslizando el tirante de mi top. No sé de dónde sale la seguridad con la que me muevo, porque nunca he sido así. Mi confianza suele quedarse en territorio de trabajo.
Pero Tyler me mira de una forma que me hace sentir que de verdad merezco esa admiración, que me hace creer que puede ser cierto.
Y me gusta sentirme así, sin las dudas, sin machacarme, sin repetirme que es imposible. Me gusta creerlo, y él es el único que lo consigue.
—Joder, Nora… —masculla sin perder de vista el movimiento de mi tirante.
Se recuesta sobre mí. Nuestras bocas vuelven a encontrarse y nuestras manos a buscarse.
Tyler solo deja de lado mis labios cuando necesita poner su atención en los botones de mi falda, y mis nervios se disparan más de lo que ya estaban. Casi comienzo a hiperventilar, y, para mi desgracia, él se percata de ello.
Me mira preocupado, y yo bajo mi mano hasta cubrir la suya, que ha dejado de luchar contra los botones.
—¿Prometes que no vas a desaparecer? —permito que la preocupación se transforme en unas palabras que no tenía planeado pronunciar y que escapan de mi boca sin previo aviso.
Veo las cejas de Tyler unirse levemente mientras sus dedos se cuelan entre los míos, olvidándose de los botones y sujetándome con fuerza.
—No me iré de tu lado, Appaloosa —me promete. Y lo hace mirándome; sin moverse, sin seguir intentando nada. Como si quisiera dejarlo claro, como si esperara a que lo creyera.
Y lo hago.