#30 ¿Y qué te ha dado la pista?
¿Y QUÉ TE HA DADO LA PISTA?
Los quince minutos de trayecto hasta el trabajo se me suelen pasar rápido pensando en las tareas del día. Hoy, con la despedida de Tyler reproduciéndose sin descanso en mi cabeza, apenas me parece un suspiro.
Estaba recogiendo mis cosas para salir cuando se ha acercado a mí, sin decir nada, y me ha quitado el bolso del hombro. En un segundo, sus labios estaban sobre los míos, y, de pronto, había olvidado que tenía que marcharme.
No tardó en alzarme en brazos y yo en rodear su cuerpo con mis piernas. Acabé contra la puerta de mi casa, incapaz de contener el gemido que escapaba de mi garganta y despertando un poco más su hambre.
Todo lo que no hicimos la noche anterior parecía estallar con ese beso, como un calor asfixiante que únicamente nuestro tacto podía disipar.
Cuando me separé en busca de oxígeno, Tyler apenas me dio unos centímetros, recorriendo mis labios con su pulgar.
«Que tengas un buen día», susurró después sobre mi boca, como si ese hubiera sido un beso de despedida normal.
Me pregunto si podría acostumbrarme a ellos, a sus manos cubriendo mi cuerpo, a él… Y algo me dice que no. Que, como mucho, me haría aún más adicta.
Me estoy metiendo en un buen lío, porque cada vez me es más difícil controlar todo lo que mi cabeza imagina.
Habría sido más fácil si siguiera en su papel de mujeriego con pasotismo crónico respecto a todo lo que ocurre a su alrededor, pero, o finge muy bien, o puede que ese Tyler únicamente exista de cara a la galería.
Mi felicidad matutina se esfuma cuando llego a mi mesa y mis compañeros me avisan de que Matthew quiere hablar conmigo. Las veintitrés llamadas perdidas en mi línea y los siete emails que tengo en mi bandeja de entrada, también me han dado la pista.
Los reviso rápidamente, y no encuentro en ninguno nada de información. Tan solo su impaciencia creciendo.
Supongo que porque normalmente llego una hora antes de que comience mi jornada, y hoy me he retrasado un poco. «Aunque no lo suficiente», pienso para mis adentros, recordando la despedida que compartimos.
Salgo hacia su despacho para no hacerlo esperar más, cruzando los pasillos a la misma velocidad que procuro centrarme en el día que tengo por delante.
Como si me hubiera leído la mente en la distancia, mi móvil vibra en mi mano.
Paro un momento en mi camino y veo la foto de un demonio enfadado, junto al nombre «Tyler Kelscot».
Debería cambiar esa imagen, aunque no puedo negar que Susan hizo una buena elección.
Hasta se parece a él en cierto modo, salvo por la piel roja y el pelo negro.
Tyler Kelscot:
Deberíamos despedirnos más a menudo. Que tengas un buen día, Appaloosa.
Me quedo mirando como una tonta el mensaje, segura de que, si no estuviera apoyada contra la pared, me habría derretido sobre el suelo.
A mí tampoco me importaría despedirme de nuevo. Aun así, dudo si responder o no. No debería mostrarme demasiado pillada por él. No debería estarlo.
Finalmente, decido concentrarme y apagar la pantalla justo en el momento en el que Matthew sale de su despacho y me halla frente a él.
—Entra de una vez —me dicta impaciente, obviando el saludo y abriendo la puerta.
Paso rápidamente y encuentro a tres personas en su mesa de reuniones. Me miran y me saludan con amabilidad, y me da la sensación de que los he interrumpido.
—Perdona, no sabía que estabas reunido. He visto tus mensajes…
Mi jefe hace oídos sordos a mi frase inacabada y se sienta en la silla que preside la mesa.
—Venga, cierra y siéntate. Están aquí para hablar contigo.
—¿Conmigo? —pregunto confusa, acercándome a uno de los asientos vacíos frente al inesperado comité.
Únicamente reconozco a Julen, de recursos humanos, que pronto me presenta a las otras dos personas sentadas junto a él: Lauren y Robert, también de recursos humanos.
El sudor comienza a cubrir mis manos, porque sus sonrisas no me auguran nada bueno.
—Pensaba que íbamos a hablar de la rueda de prensa de Hunter —intento ganar tiempo con Matthew. Si al menos ve que tengo eso pendiente por hacer, quizá se replantee lo de echarme.
Mientras Julen abre la carpeta que tiene delante, doy vueltas a qué es lo que he hecho mal para tener a un equipo completo de recursos humanos en el despacho de mi jefe, y solo me viene a la cabeza cierto tight end y la noticia que salió ayer.
No recuerdo si existe alguna restricción en cuanto a las relaciones entre personal de trabajo, porque nunca lo he visto necesario. Tendría que haberme informado antes de dejarme engatusar por el jugador más famoso de toda la NFL.
—Estamos aquí por ti, Nora. Será un momento.
—Claro —respondo incómoda, escondiendo mis manos temblorosas bajo la mesa. Me felicito por haber conseguido que ese temblor no llegase a mi voz, aunque no estoy segura de poder mantenerlo de tal modo.
—Como ya sabes, no hay ninguna ley ni estatuto en los Stallions que prohíba las relaciones entre dos personas en el espacio de trabajo, salvo por los jugadores con las animadoras —comienza explicándome.
Yo asiento con la cabeza en silencio, a pesar de que es la primera vez que pienso en este asunto—.
Pero, aun así, aquí nos tomamos en serio que esas relaciones interpersonales no interfieran en la imagen de la entidad…
—sigue hablando. Mi cerebro ha dejado de funcionar al escuchar «relaciones interpersonales».
Ni siquiera hemos llegado a nada de eso.
Solo nos hemos besado. Mucho. Y puede que haya sentido más con esos besos que con otras cosas en toda mi vida.
—... por eso queremos hacerte algunas preguntas —termina Julen. Vuelvo a centrarme en sus palabras, consciente de que me he perdido la mitad del estatuto que estaba leyendo.
Anoto en mi agenda mental que debo buscar ese epígrafe y revisarlo. Cuando miro a Julen, este espera alguna respuesta de mi parte.
—¿Perdona? —pido que me lo repita.
—Tenéis que formalizar vuestra relación —me dice Lauren, con un gesto tan amable como falso.
—¿Formalizar? Nuestra… —no soy capaz de seguir hablando. Mis piernas han decidido unirse al movimiento de mis manos y no paran quietas.
—Vuestra relación —me explica Julen, tomando la palabra de nuevo—.
Para que se pueda hacer un seguimiento, comprobar que no hay abuso de poder o influencia.
Por ejemplo, si realmente no quisieras estar con el señor Kelscot y él te fuerza de alguna forma, amenazándote con acabar con tu trabajo; o lo contrario: que tú lo amenaces a él con dinamitar su imagen o patrocinios.
Robert, que hasta ahora se ha mantenido en silencio, debe haber visto mi cara de circunstancia, porque sale en mi apoyo antes de que termine hiperventilando por escuchar todo aquello.
—Nora, estas situaciones se han dado en el pasado.
Estos protocolos se han creado para que no pueda ocurrir otra vez.
No estamos aquí para regañarte, para prohibirte nada o para decirte que es una mala o buena idea.
Estamos aquí para protegeros a ti, al señor Kelscot y a los Stallions. Ese es nuestro trabajo.
—Sí, claro —digo, todavía incapaz de controlar el calor que recorre mi cuerpo.
Cuando miro a Matthew de reojo, lo veo concentrado en su móvil, y su aparente falta de interés me permite respirar un poco más hondo, si bien el aire no termina de llegar a mis pulmones.
—¿Entonces? ¿Empezamos? —pregunta Julen, mostrándome una gran sonrisa.
—La cosa es que… creo que… no… —me cuesta decir la frase entera, porque no tengo muy claro qué decir.
¿Que no hay nada entre nosotros? Eso no es cierto.
Pero tampoco sé qué es lo que hay, o si se le podría llamar relación.
No sé qué quiere Tyler. Ni siquiera me he parado a pensar en lo que quiero yo.
—¿No qué? —pregunta Lauren, lanzándome una mirada que parece todo menos cordial—. Solo tienes que rellenar el formulario. Desde cuándo os veis, qué tipo de relación tenéis…
«Ay, por Dios».
—¡Creo que se está sacando todo de quicio! —digo con voz aguda. La frase cruza mi garganta como un escudo que me comprometo a mantener en alto pese a todo.
—¿A qué te refieres? —pregunta Matthew, interesándose en la conversación.
—¿No estuviste con Tyler en su casa, y saliste de ella con su camiseta y nada más puesto? —pregunta Lauren, y no me queda ninguna duda de que cada palabra que pronuncia la lanza con maldad.
—Sí y no. Fui a su casa, a… revisar unas campañas —miento descabelladamente esperando que no corroboren esa información —y me tiré el café encima. Él me dejó su camiseta, y sí llevaba unos pantalones debajo, aunque en las noticias lo omitieran. No pasó nada entre nosotros. Solo estuvimos hablando.
Mi boca no deja de mentir, deseando salir de allí cuanto antes. Necesito hablar con Tyler y hacer coincidir nuestras versiones respecto a las fotos de los medios.
—¿Y tampoco os liasteis en el hotel, la noche de la fiesta? —pregunta Lauren, tratando de acorralarme.
—No, claro que no —respondo rápidamente. Al menos en esto no necesito mentir, porque todo ocurrió en su casa de invitados, no en el hotel.
Por supuesto, el calor sube por mi cuello solo de recordarlo.
—Pues se os veía muy acaramelados en las fotos.
«¿Las fotos?»
—Nora, no te estamos juzgando —me asegura Robert. Yo no lo tengo tan claro con su compañera—, pero las fotos son bastante explícitas.
—¿Qué fotos? —pregunto, esta vez en voz alta.
—¿No las has visto? —pregunta Julen. Su cara amable tendría más efecto si no estuviera a punto de asfixiarme por la tensión.
Matthew me lanza su móvil desde el otro lado de la mesa antes de darme tiempo a contestar. Cosa innecesaria, pues mi cara ya lo dice todo: no tengo ni idea de a qué fotos se están refiriendo.
Cuando sostengo el teléfono, confirmo lo que en parte esperaba: que es la imagen que me mandó el acosador, y que le pedí que no compartiera.
Mi corazón se pone a bombear como loco, llevando la sangre de mi cuerpo a trompicones, lanzándola contra mis oídos sin ninguna delicadeza.