Solo una fan #29 Lo nuestro #2
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#29 Lo nuestro #2

Chica del móvil:

Te dejó traumatizado.

Yo:

Destrozado.

Pasan varios minutos, y Nora no vuelve a escribirme. No sé si está buscando más comentarios, si se ha dormido, o si, directamente, pasa de hablar conmigo. Yo, en cambio, no quiero que nuestra conversación termine ahí.

Yo:

¿Podemos vernos?

Un segundo más tarde, veo los puntos parpadeando, indicándome que está escribiendo. Sin embargo, no me llega su respuesta.

Yo:

Me estás matando con tanto escribir.

Desaparecen los tres puntos y reaparecen un momento después. La respuesta que los sigue llega más rápido.

Chica del móvil:

He pasado la tarde con Susan.

Añade un emoji de una copa de vino.

Vuelvo a sentarme de un salto en la cama, aunque esta vez no es emoción lo que me mueve, sino preocupación. Sé que Nora no aguanta bien el alcohol. Apenas la vi beber nada en la fiesta y dio más tumbos de los que quiso admitir. Y eso no tiene que ver con una tarde tomando vino.

Yo:

¿Dónde estás?

Dime dónde estás. Voy a por ti.

Chica del móvil:

Casa.

Respiro hondo. Al menos no tengo que preocuparme de eso. Escribo mi respuesta mientras una pequeña risa se escapa de mi boca.

Yo:

¿Hoy tienes llaves?

Chica del móvil:

Sí. Estoy en el sofá.

Yo:

Déjame ir a verte.

Su mensaje tarda una eternidad en llegar.

Chica del móvil:

No creo que sea buena idea. Tengo varios periodistas en la puerta de mi casa.

Resoplo al leer su mensaje. Lo de periodistas es demasiado amable por su parte. Son paparazzis rastreros que buscan cualquier fotografía como buitres en la carroña. ¿Qué hacen en la puerta de su casa a estas horas? Aparte de molestarla.

Yo:

¿Puedes escapar de ellos? ¿Hay otra salida?

Chica del móvil:

Como no sea la ventana de la cocina…

Hago memoria de su casa. La cocina estaba al fondo, por lo que debe dar a la parte trasera de su casa. Quizá a un patio o a un callejón.

Yo:

Es una buena opción.

Chica del móvil:

No voy a saltar por la ventana, Tyler. ¿En qué estás pensando?

Me quedo un momento leyendo su mensaje, y contesto con la única verdad que se me ocurre, imaginando el rubor de sus mejillas al leer mi respuesta.

Yo:

En que tengo demasiadas ganas de verte.

Nora se toma un momento antes de retomar la escritura, por lo que me imagino que, efectivamente, se ha sonrojado. Y me muero por verlo en persona.

Chica del móvil:

Hay más de tres metros hasta el suelo. Verías mi cadáver. Y, además, tengo que trabajar.

Yo:

Deja abierta la ventana.

Es el último mensaje que le mando antes de levantarme de la cama.

Media hora más tarde, estoy aparcando mi coche a tres calles de distancia de la casa de Nora. Siento los nervios cosquilleando mis dedos por las ganas de verla.

Nunca había tenido ganas de ver a ninguna mujer, y con Nora me ocurre constantemente. Me cuesta creer que alguien me haga sentir así.

Llego al callejón que debe dar a la parte trasera de su casa, sin tener muy claro a qué altura puede estar. Entonces, me fijo en la única ventana con la luz encendida, y sé que he localizado mi objetivo.

Los tres metros que decía se quedan cortos. Echo un vistazo alrededor, buscando la forma de subir.

El canalón no va a aguantar con mi peso, así que lo descarto. Algo más alejado encuentro un contenedor, y decido que tendrá que servir. Lo empujo hasta colocarlo debajo de la ventana encendida, y subo por él, esperando que el mal olor no se me pegue.

Una vez arriba, quedo casi a la altura de la ventana, aunque tengo que impulsarme para colgarme del alféizar. Me empujo con un pie en el canalón, que se mueve peligrosamente, y con el otro, consigo mantener el equilibrio apoyándolo en los huecos entre los ladrillos rojos de la fachada.

Me asomo, y encuentro a Nora sentada en el sofá, con la vista fija en su ordenador. Esa imagen es suficiente para que por mi pecho se desplace un calor que en pocos segundos inunda mi cuerpo.

La veo echando un vistazo a su móvil y lo deja molesta en la mesa. Sonrío pensando que lo que espera es un mensaje mío. Llamo entonces al cristal.

Tengo que hacerlo varias veces antes de que abandone la pantalla del ordenador y dirija su mirada hacia mí. Cuando lo hace, sus ojos se abren desorbitados y cruza la casa corriendo.

Abre la ventana a toda prisa y aprovecho para sujetarme un poco mejor.

—¡Tyler! —me saluda nerviosa.

—Te dije que la dejaras abierta —la regaño sin mucha gana. El pie que tengo contra el canalón lleva un rato amenazando con escurrirse, así que me apresuro a impulsarme, haciendo que se mueva.

—¿Qué haces aquí? —pregunta mientras trata de ayudarme a cruzar el umbral.

Yo me quejo del esfuerzo. El hueco es más pequeño de lo que había pensado, y me cuesta hacer pasar mis hombros.

—Evito… a los paparazzi —digo luchando por entrar en la casa.

Debo estar mal de la cabeza. Jamás había hecho nada así.

Nunca me ha importado que los paparazzi me hicieran fotos, y ahora estoy colándome por la ventana de la cocina de la chica que me gusta.

Es como si volviera a tener quince años—.

Lo que no sé es si conseguiré evitar el hospital.

Nora tira de mi brazo y de mi camiseta, ayudándome a entrar. Cuando consigo pasar la primera rodilla, no encuentro nada en lo que apoyarme salvo en ella.

—Espera, ¡cuidado! —digo, preocupado por aplastarla bajo mi cuerpo. La acerco a mí tanto como puedo, protegiendo su cabeza con una mano, y frenando con la otra nuestra caída contra el suelo.

Al menos he conseguido pasar.

Me levanto un poco para poder verle la cara, que continúa escondida contra mi cuello. Joder, cómo echaba de menos esta sensación. Y por cómo se agarra a mí, quiero pensar que ella también lo extrañaba.

—¿Estás bien? —pregunto, buscando algún indicio de dolor en su gesto.

—Sí.

Su voz llega a mis oídos como la canción de una sirena. Hipnotizándome, llamándome a besar sus labios. Me contengo un poco más.

—Vale, ¿quieres levantarte? —No sé por qué, la mía se queda en un susurro—. Por mí no hay problema en quedarnos en el suelo de tu cocina.

Y, sin esperar a su respuesta, me acerco por fin a ella en busca del premio que con tanto esfuerzo creo haberme ganado. Rozo sus labios y estos responden, envolviendo los míos en un beso cálido y suave.

Siendo mi piel ardiendo bajo su tacto hasta que sus manos empujan mi pecho.

Me separo de ella y me doy cuenta de que le está costando respirar. Consigue hacerlo cuando levanto mi peso del suelo y de su cuerpo.

—Vale, arriba —le digo enrollando mi brazo alrededor de su cintura.

Con un simple movimiento, nos levanto a los dos del suelo.

Suelta un grito ahogado y se abraza a mí. Incluso sus piernas se han colocado alrededor de mi cuerpo, manteniéndose fuertes en su agarre, al tiempo que reprime un jadeo.

Yo me río levemente y cruzo la sala hasta el sofá donde estaba antes de que llegara. Me siento en él, con Nora todavía encima de mí.

Me recuesto en el asiento mirándola como si fuera un sueño del que no me he despertado, con el color cubriendo su rostro. Aprieto su cintura y la empujo entonces hacia mí para robarle otro beso. No tengo dudas de que soy adicto a su boca, y da igual las veces que la bese, siempre quiero más.

—¿Qué hacías? —le pregunto con una sonrisa.

Ella, en cambio, se muestra un poco turbada.

—Lo que te dije: trabajar.

—¿A estas horas?

—Sí, tengo bastante lío debido a… ya sabes.

Me entran ganas de reír cuando se atraganta con sus propias palabras.

—¿A que se sabe lo nuestro? —pregunto moviendo mis dedos debajo de su camiseta, recorriendo su piel.

—Lo nuestro… —repite ella distraída.

—Que estoy loco por ti, tú por mí, y todo eso —le explico divertido. Me maravilla su reacción cuando soy cariñoso con ella. Como si no lo esperase o no lo supiese gestionar. Debería molestarme, y, sin embargo, lo disfruto.

Abre su boca para contestar, pero se lo piensa mejor y la cierra. Aparta mis manos, que seguían recorriendo su cintura, y se sienta a mi lado.

—Tengo que trabajar —me dice encendiendo su portátil sobre la mesa.

Yo le doy un beso rápido en el hombro y vuelvo a echarme contra el respaldo sin decir nada más.

Después de un momento en el que parece no saber qué hacer, se acerca a su ordenador, concentrándose enseguida. Sé que está inmersa en su trabajo cuando su dedo índice sube hasta alcanzar uno de los mechones de su pelo. Lo retuerce entre sus dedos antes de volver al teclado.

Yo me quedo mirándola, disfrutando de sus pequeñas manías sin interrumpirla.

Me fijo en el dedo que tiene sin adornar, y me llevo la mano al pecho, donde cuelga su anillo bajo mi camiseta.

Tras lo que parece una eternidad sin parar de teclear, Nora también se recuesta en el sofá, dando un largo suspiro y restregándose los ojos.

Aprovecho su pequeño descanso para tirar de ella y acercarla a mí.

—No puedo más —se queja.

—Trabajas demasiado.

Se apoya en mí para darse un respiro y yo pongo el brazo sobre sus hombros, acariciando lentamente su piel.

Un momento más tarde, su respiración suena más pesada y, al mover su cabeza, la encuentro dormida. Me quedo observando cada línea de su rostro como si fuera el cuadro más bonito de una galería. No entiendo lo que esta chica está haciendo conmigo.

Cuando ya he memorizado cada centímetro de su cara, la aprieto junto a mí y hago que nos recostemos en el sofá. Ella rodea mi cintura y alza la cabeza para darme un beso.

La he despertado con el movimiento.

—¿Por qué no has intentado acostarte conmigo? —me pregunta con voz suave, llevando su mano hasta mi mejilla.

Mi primera respuesta llega en forma de resoplido largo y tendido mientras me restriego la cara.

—No me vengas con esas —la aviso.

Ella se ríe, llevando hasta mis oídos el sonido más maravilloso que he escuchado nunca. ¿Cómo es posible que hasta su risa despierte esta sensación extraña en mi estómago?

—¿Por qué? —pregunta inocente, y algo me dice que en verdad no tiene idea de lo que está preguntando.