#28 Parece adictivo #2
Cuando termino de enumerar las razones por las que deberían llegar a la Super Bowl, encuentro a Tyler mirándome casi sin pestañear, de una forma tan intensa que me paraliza.
Bajo la vista hasta mi plato de ensalada de pasta y pincho un macarrón con mi tenedor.
—Me recuerdas a mi abuelo —dice de pronto, y agradezco no haberme metido el macarrón en la boca, porque esa frase y mi saliva bastan para ahogarme.
—Como cumplido deja un poco que desear —me quejo. Tampoco es que pueda esperar uno mejor. Llevo parloteando de fútbol desde que hemos salido de mi casa, y no es el tema más femenino o romántico. Además, debe estar harto de gente hablando de fútbol a su alrededor.
Ahora sí, me llevo el tenedor a la boca. Un segundo después, Tyler se agacha junto a mí para dejarme un rápido beso en el cuello.
—Es de los mejores. Mi abuelo Harold era la persona a la que más admiro, y en parte pienso que, si he conseguido estar aquí, ha sido por él.
Su respuesta me anima un poco más, y no me pasa desapercibido que es la primera vez que me habla de su familia.
—¿En serio? —es todo lo que digo, con la esperanza de que extienda un poco más su historia.
—Era fan acérrimo de los Stallions. Habría estado orgulloso de verme aquí.
—¿Habría? —pregunto al darme cuenta de que habla de él en pasado.
Él asiente y selecciona una de las tartaletas saladas que tenemos entre los dos.
Yo alargo la mano hasta su antebrazo y hago lo posible por ignorar la electricidad que me hace sentir.
—Lo siento, Tyler.
Se queda quieto durante un segundo en el que sus cejas se unen. Luego, se deshace de mi tacto y se lleva la tartaleta a la boca. Se la come rápido, y ambos permanecemos en silencio.
—Le habrías encantado —retoma el tema de su abuelo—.
Creo que te habrías llevado bien con él.
—Suelta una risa mirando hacia el río, y de pronto el pensamiento de que es demasiado guapo para ser real cruza mi cabeza.
Tengo ganas de pellizcarle las mejillas para comprobar que no es fruto de mi imaginación.
Entonces, se gira hacia mí, y veo sus ojos rasgados rememorando algún recuerdo de su abuelo que todavía no conozco—. Él siempre me decía que acabaría aquí.
—Aun así, te hiciste de rogar. —Le recuerdo los cuatro años que estuvo mareando con su fichaje, y por los que aún no he decidido si perdonarlo.
Se ríe, posiblemente incrédulo tras el comentario que acabo de soltar.
Se pasa la mano por el pelo, y me pregunto si es un signo de nerviosismo.
Sé que es un tema del que nunca habla. Por más entrevistas que he buscado, nunca se supo realmente el motivo.
Especulaciones había demasiadas, pero cuanto más conozco a Tyler, más estúpidas me resultan todas.
—Quise hacerlo con mis propias reglas —dice. Unas reglas que no creo que quiera compartir conmigo, por lo que no lo intento. Prefiero que esconda sus secretos si eso me permite seguir disfrutando de su compañía un poco más.
—¿Lo conseguiste?
—Sí.
Continuamos en el silencio de la noche, interrumpido únicamente por el sonido del agua bajo nuestros pies y por la música de los estudiantes de arte. Entonces, decido que yo también puedo hablarle sobre mi familia.
—Mi abuelo era otro fanático de los Stallions.
Se gira hacia mí con una sonrisa que me hace entrar en calor, a pesar del frío que empiezo a sentir. Tan cerca del río, y con un top de tirantes, estoy a punto de tiritar, pese a que no me había percatado hasta ahora.
Me froto disimuladamente el brazo, como si así pudiera borrar la piel de gallina que comienza a recubrirlo.
Tyler se levanta y se sienta detrás de mí, colocando sus piernas a ambos lados de mi cuerpo.
Acerca la chaqueta por la que no me he atrevido a preguntarle y la pone sobre mis hombros.
Después, rodea mi cintura con sus brazos, y estoy segura de que no necesito nada más para entrar en calor.
El Tyler Kelscot amable es mi mayor debilidad.
—Así que tu obsesión tiene un origen —me susurra al oído antes de darme la opción a agradecerle el gesto.
—Eso parece.
—Me siento un poco decepcionado. —Lanza las palabras contra mi cuello mientras lo roza con sus labios—. Pensaba que era yo quien te había vuelto una loca de los Stallions.
—Puede que un poco loca sí me hayas vuelto, aunque no sé si en el buen sentido —digo antes de que mi respiración se descontrole. ¿Cómo es capaz de hacer eso? Únicamente estando cerca de mí, murmurando contra mi piel, es capaz de hechizarme.
—Con eso me basta —dice, y tras apartar el pelo que oculta mi cuello, me da un pequeño mordisco, haciendo que se me escape un gemido. Me encojo de la vergüenza por no ser capaz de controlar nada de lo que hago o digo cuando estoy con él, y menos cuando se comporta de esta forma.
Él estrecha un poco más su abrazo y se ríe en silencio; el movimiento de su cuerpo contra el mío lo delata.
Se separa y saca de su bolsillo algo que no me enseña. Me sostiene por la barbilla y me hace girar la cabeza para darme un pequeño beso. Luego, mueve mi pelo y me lo sujeta con lo que sea que ha sacado del pantalón.
Cuando alzo la mano para tocarlo, reconozco el caballo plateado que llevé en la fiesta de los Stallions.
—¡Pensaba que lo había perdido! —Me giro hacia él, poniendo mis piernas encima de una de las suyas. Sus brazos no han dejado de rodear mi cintura—. Fue un regalo de mi abuelo. ¿Lo sabías?
Me muestra la sonrisa más dulce que le he visto nunca, y algo ocurre en mi pecho.
Como si, de pronto, hubiera un peso que no solía estar ahí.
Pongo mi mano en su mejilla y me acerco para besarlo.
No con el ardor al que estoy acostumbrada, sino distinto.
Tan lento como el movimiento del agua junto a nosotros, o del frío aire que nos rodea.
Siento sus labios suaves, relegados a mi beso, y sus dedos recorriendo mi cuerpo con la misma calma con la que yo lo saboreo.
Y alargamos ese beso como si el tiempo no fuera nuestro enemigo.
Me olvido de todo a mi alrededor, de una forma que nunca me había ocurrido. No es deseo lo que estamos compartiendo ahora mismo, aunque este sigue ahí. Es algo diferente, algo que no quiero que acabe.
—No lo sabía —susurra contra mi mejilla—. Ha sido un buen momento para devolvértelo.
Me quito la joya del pelo para poder observarla con él.
—Apuesto a que no sabías que el caballo de los Stallions fue originalmente un Appaloosa. ¿Conoces esa raza?
Él sacude la cabeza levemente, y con los ojos me insta a que continúe con mi explicación.
—Son unos caballos moteados. El del equipo era blanco, con manchas marrones.
Por eso este caballo tiene tantas. —Paso mi dedo por las pequeñas joyas que recubren el caballo, fijándome en las de color negro, en contraste con los cristales blancos del resto de la figura—.
Luego lo cambiaron por el caballo blanco que tenemos ahora. Más limpio y elegante.
—Infravaloras el encanto de unas pecas bonitas —me dice, y empieza a besar mis mejillas y mi nariz, con pequeños toques rápidos hasta que cubre cada una de las mías—. Me gusta más el original.
Cuando termina, soy incapaz de mirarlo. Siempre me han molestado mis pecas. Me parecía que estropeaban mi cara. Y, sin embargo, Tyler se dedica a besarlas, como si fueran su parte favorita de mi rostro.
—Aún voy a querer algo a cambio —dice escondiendo su cara en el hueco de mi cuello.
—¿A cambio de qué?
—De tu horquilla de Appaloosa. —Y, para mi sorpresa, no me niego, sino que espero a que no pida nada complicado, porque me veo dispuesta a concederle cualquier cosa.
Levanta una de mis manos y juega con mis anillos.
—¿Cuál es tu favorito? —me pregunta.
Yo levanto el dedo corazón frente a su cara, mostrándole un fino anillo dorado con un pequeño cristal rojo en el centro.
—Este —le digo con una sonrisa socarrona.
Él me agarra el dedo con delicadeza y arrastra con él mi mano hasta ponerla alrededor de su cintura mientras se acerca para robarme un beso fugaz.
—Por qué no me sorprende —dice con una pequeña risa—. ¿Fue un regalo?
Yo asiento.
—De Susan. Cuando conseguí el trabajo en los Stallions.
Descubro que no es una respuesta que le gusta cuando resopla a mi lado.
—Vale, escoge otro. No quiero tener que vérmelas con ella.
No puedo evitar reírme al escucharlo hablar así de mi amiga. La misma que se quedó embobada con él cuando lo conoció, y con la que se llevaba tan bien para fastidiarme. Puede que todas las historias que le he contado hoy sobre ella lo hayan asustado un poco.
—No me digas que tienes miedo, 89 —lo reto.
—Creo que cualquier hombre que quiera acercarse a ti debería temerla.
Me quedo congelada por un momento. Da igual las veces que me haga ver que está interesado en mí; mi cabeza cortocircuita, luchando contra los recurrentes pensamientos de que no soy suficiente para nadie, y menos para alguien como Tyler Kelscot.
Aparto la mirada.
—En realidad está deseando que alguno lo haga —murmuro, y al segundo me arrepiento de haber dicho eso. Al menos, hasta que Tyler hace que me gire hacia él y lo veo concentrado en mis labios, recorriéndolos con su dedo pulgar.
Luego, me mira a los ojos.
—Entonces quizá me anime —dice, recortando el espacio hasta mi boca y cubriéndola con un beso tan cálido como el anterior.
Cuando cierro la puerta detrás de mí, todavía me cuesta un rato dar un paso más allá de la entrada.
Me quedo apoyada en la vieja madera, reviviendo cada uno de los momentos de la velada tan perfecta que he pasado con Tyler.
Especialmente nuestro último beso, tan dulce que he estado a punto de caerme al suelo, literalmente.
Si esto continúa, si no es solo un sueño, voy a tener que hablar seriamente con él para que mantenga a raya su versión amable, porque me hace perder la cabeza por completo.
Me toco el dedo desnudo, notando la falta del anillo que ha decidido quedarse. El primero de mi colección, dorado, con forma de nudo y la banda muy fina.