Solo una fan #28 Parece adictivo
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#28 Parece adictivo

PARECE ADICTIVO

Dos horas más tarde sigo pensando en lo que le dije en el porche: que no sabía si podía fiarme de él. La forma en que sonrió debería haberme aterrado, como si supiera que iba a convencerme tras esta cita.

Y yo me estoy dejando convencer. De momento, el plan ha sido pasear por la ciudad, algo que siempre me ha encantado hacer.

En nuestro paseo, veo comercios que no reconozco.

Y pese a que Tyler es el turista aquí, soy yo la que lo sigue.

Me lleva por calles que apenas he transitado en los últimos años, y siempre que hay un rincón solitario, aprovecha para robarme uno o varios besos.

Y yo se los entrego sin resistencia, esperando encontrar pronto otra calle oscura donde quiera atracarme.

Mi corazón no se ha calmado desde que cerré la puerta de mi casa y, llegados a este punto, he perdido la esperanza de que lo haga.

No me ha llevado a ningún restaurante caro a cenar. Ni siquiera me ha subido a uno de sus exuberantes coches. No sé muy bien cómo tomarme eso.

De todas formas, he de reconocer que el plan que ha escogido me gusta muchísimo más. Estoy cómoda a su lado, hablando de los Stallions, de nuestros trabajos, de nuestra vida. A veces, incluso olvido que es la estrella de la NFL.

Me ha preguntado por Susan, y por lo que hago fuera del Complejo. Lamentablemente, no tengo demasiado que contarle en ese ámbito.

También me he dado cuenta de que él tampoco responde a muchas preguntas. Les quita importancia y me mueve a su alrededor, llevándose mi aire con él. Aunque no mis ganas de saber.

Después de nuestro largo paseo, entramos en un restaurante. No es el típico restaurante de lujo en el que te esperas encontrar a una estrella de la NFL y, de nuevo, no sé cómo tomarme eso. Supongo que Tyler sabe mejor que nadie que no encajaría en lugares así.

Según me dirijo hacia la zona de las mesas, me retiene y me lleva hasta la barra de bar.

—No tan rápido, jefa. Tengo otros planes para esta noche.

Me pone de espaldas a la barra y coloca sus brazos a ambos lados de mi cuerpo, apoyado en ella.

—Sabes que no me gusta que me llames jefa —le recuerdo—. ¿Por qué lo haces?

Seguramente porque le encanta molestarme, y a mí me gusta que lo haga. Es parte de nuestro tira y afloja. Lo de jefa, en cambio, no consigo superarlo.

—La costumbre. —Se encoge de hombros.

—Pues no es mi favorita —lo reprendo. Luego, alargo mis manos hasta que se cuelgan de las trabillas de su pantalón. Siento la tentación de meterlas debajo de su camiseta, pero Tyler hablando me distrae.

—¿Prefieres que te llame amor? Cariño, preciosa, princesa —susurra cada una de esas palabras contra mi cuello, dejándome totalmente bloqueada. Creo que, si me llamase con cualquiera de esos apelativos, directamente me derretiría sobre el suelo.

—¿Qué tal Nora?

Él se ríe, y atrapa suavemente mi cuello entre sus dientes.

—No —responde tajante. Se yergue para mirarme a los ojos—. Aunque me encanta cómo reaccionas cada vez que te llamo por tu nombre, todo el mundo te llama así. Quiero algo especial, algo que diga que eres mía y de nadie más. Un nombre solo para mí.

Me sostiene por la barbilla para que no pueda evitar su mirada, y sé que no bromea.

Mi corazón se ha desbocado en mi pecho. Que sea solo suya . No puedo haber oído bien.

—Tyler… —empiezo a decir, sin tener ni idea de qué palabras debo pronunciar.

—Hablo en serio. Escoge uno, el que quieras —me dice, y acaricia mi cara con el dorso de su mano. Está concentrado en mis mejillas, al igual que toda la sangre de mi cuerpo, que ha decidido reunirse ahí y sofocarme de calor.

Lo empujo, tratando de deshacerme de él.

—Te encanta ponerme nerviosa.

Me muevo para salir de su celda hasta que su brazo se coloca alrededor de mi cintura, impidiéndome dar un paso.

—Me encanta hacerte sentir cosas que nadie más consigue. Me encanta el rubor que cubre tus pecas cuando estás cerca de mí. Me encanta tanto, que espero no acostumbrarme nunca a ello.

Dice cada una de sus palabras con un tono grave, haciendo que el sonido se cuele dentro de mi piel, llegando hasta mi estómago y animando el revoloteo de cientos de mariposas dentro de él.

Lo miro, intentando mitigar el hechizo que deja en mi piel.

—No me llames jefa —es todo lo que soy capaz de decir, y apenas mantengo un tono serio.

Él se lleva la mano a la frente y me hace el gesto que tanto me ha molestado en el pasado.

—Pensaré en algo —dice, y enrolla sus brazos a mi alrededor mientras la chica que aparece en el mostrador comienza a traer nuestra cena.

Salimos del restaurante con una bolsa cada uno, pero, según cruzamos la puerta, Tyler me quita la mía y se encarga de llevar todo el peso, a pesar de que le digo que puedo con ello.

Él me mira de arriba abajo con un gesto exagerado de duda.

—Quizá cuando hayas comido un poco más.

Así que camino a su lado hacia nuestro próximo destino.

Cruzamos un parque que no está muy bien iluminado, y al que no me atrevería a entrar a estas horas si no fuera por el acompañante que tengo.

Unos minutos más tarde, empezamos a oír música.

No recuerdo que hubiera ningún bar por allí, y no sé realmente dónde estamos, ni a dónde vamos, porque la cena ya la tenemos con nosotros.

Cuando el parque llega a su fin, descubro el origen de la música. Hay varios grupos de chicos colocados en círculo, frente a sus caballetes, pintando a la luz de las farolas. No debe ser la mejor luz para hacerlo, pero el ambiente es una pasada.

Detrás de ellos, el río Thorne se desliza en silencio. Nunca había estado a este lado del río, y menos tan tarde.

Nos movemos entre los distintos lienzos viendo las obras de cada uno. Más de una vez encuentro a Tyler observándome, como si quisiera descubrir mi reacción o si estoy disfrutando del lugar al que me ha traído.

Y yo intento mostrarle que es así. No hay nada que me guste más que conocer la vida de mi ciudad; un plan al que renuncié hace tiempo. De hecho, si no fuera por Susan, es posible que no tuviera ni un momento de desconexión.

Suelo estar siempre pensando en el trabajo y con mucho que hacer. Y cuando la cosa está tranquila, busco nuevas ideas para conseguir una mejor imagen del equipo o una mayor relación con los fans.

Me encanta mi trabajo, aunque no lo estoy echando de menos en este momento.

Vuelvo a encontrar a Tyler con su mirada puesta en mí, y muevo mis brazos alrededor del suyo. Lo tiene flexionado, cargando con nuestra cena, si bien no creo que su tamaño fuera mucho menor sin la bolsa en su mano.

—Me encanta —murmuro a su lado, temerosa de que cualquiera de los artistas allí reunidos me escuche.

Un temor que Tyler no siente.

—Estudiantes de arte. Es el mejor sitio para pillar hierba en Redmont.

—¡¿Qué?! —pregunto, de pronto alterada.

Tyler se ríe a mi lado y me arrastra hacia otro punto.

—Lo sé por Louis, que se empeñó en traerme un día. Pero no es algo que me interese.

—¿Así que en tus fiestas no hay drogas? —pregunto incrédula. Conozco la clase de fiestas que tienen los jugadores, y poco se puede hacer contra ellas, aparte de calmar las noticias que salen en los medios y esperar que los chicos no sean tan idiotas como para colocarse en plena temporada.

—Oh, sí que las hay. Más de las que me gustaría. Pero no va conmigo.

Se encoge de hombros bajo mi abrazo. Al parecer hemos llegado a nuestro destino, la orilla del río, donde Tyler deja las bolsas en el suelo.

—¿Y qué va contigo? —pregunto curiosa antes de poder contener mis palabras.

En realidad, conozco su respuesta, porque la he visto demasiadas veces: modelos rubias de uno ochenta de alto y pechos enormes.

Básicamente todo lo contrario a mí, con mi uno sesenta y siete, pelo castaño y cuerpo esmirriado; demasiado delgado para Tyler, como se encarga de recordarme con sus incesantes ganas de cebarme.

Él se acerca a mí y me rodea con sus grandes brazos. Su perfume, más fuerte que cualquier otro día, hace que algo dentro de mí se derrumbe. Tengo que controlarme para no pasear mi nariz por sus brazos o su cuello, porque siento un irrefrenable deseo de hacerlo.

Entonces me quita la gorra para verme bien, y coloca mi pelo detrás de mi oreja. Lo hace tan lento, que tengo la impresión de que todo a nuestro alrededor se ha congelado. O puede que sea solo mi corazón.

—He descubierto hace poco mi última obsesión. Una chica siempre pegada a un móvil, obsesionada con los Stallions y con una boca demasiado irresistible.

—Parece adictivo —digo, sin saber de dónde salen esas palabras. En mi cabeza únicamente están Tyler y mis ganas de besarlo. No queda ninguna otra neurona funcional por allí que pueda reprimirme de hacer el ridículo.

Sin embargo, sé que le gusta mi respuesta cuando veo la enorme sonrisa expandiéndose en su cara según se agacha hacia mi rostro.

—No te haces a la idea —susurra. Y, un momento después, todo a mi alrededor se esfuma. El río, la luz de las farolas, incluso la música tenue que nos llega de los grupos de artistas. Únicamente existen él, sus manos, su boca sobre la mía…

No sé cómo lo hace, pero consigue hacerme olvidar todo. Incluso cómo respirar.

—¿Quieres cenar? —me pregunta, y su voz suena como un ronroneo. No quiero hacer nada salvo estar muy cerca de él. Aun así, me obligo a asentir.

Nos sentamos en el suelo de piedra, colgando las piernas hacia el río, que está unos cuantos metros bajo nuestros pies.

Sacamos la comida de las bolsas y descubro que hay demasiada.

Continuamos hablando de cualquier tema que Tyler saca a relucir con sus preguntas constantes y sus respuestas escuetas.

Pese a ello, siento que lo conozco de una forma diferente.

Como si fuera una persona real, no solo el producto estrella de la NFL.

Y eso me pone todavía más nerviosa, porque me gusta de verdad.

Así que, para no pensar en ello, sigo hablando sin filtro sobre los Stallions y lo que espero para la próxima temporada.