#27 Déjame verte #2
Entonces siento su mano reteniéndome, sumiendo la mía en un calor que pronto recorre mi cuerpo. Cuando me giro, por fin soy capaz de respirar hondo. Aun así, me da un momento más para recomponerme.
—Oye, de verdad que estoy bien. —Aprieta sus dedos alrededor de los míos.
—Si llega a hacerte daño… —dejo la frase inacabada, porque tantas ideas cruzan mi cabeza, que no puedo escoger una.
—Se la hubiera devuelto —dice segura de sí misma, y su gran sonrisa hace que la mía aparezca.
Alzo mi mano hasta rozar levemente su mejilla. Entonces me doy cuenta de que hay mucha gente a nuestro alrededor y la bajo contra mi voluntad.
—Por supuesto que sí.
—Tyler, Hunter es quien filtró tu contrato a la prensa.
Cierro los ojos durante un momento.
—Lo sé —confieso al fin.
Nora me mira con las cejas fruncidas, como si le estuviera costando entender lo que digo.
—¿Lo sabes? ¿Desde cuándo?
Yo me paso la mano por mi pelo indomable.
—Unos días antes de la fiesta.
Abre los ojos sorprendida, y me duele ver cómo la he fallado, pese a que intentaba justamente lo contrario.
—Vaya. Y yo vengo corriendo a contártelo. Ahora sí que me siento estúpida. —Se aleja de mí, enfadada, y yo no le permito poner espacio entre nosotros.
—Nora, no es eso.
—No, se supone que íbamos a trabajar juntos. Supongo que te referías a que no me metiera en tus asuntos, como me dejaste muy claro al principio.
—Que no es eso, ¿vale?
—¿Entonces qué es? —pregunta alzando la voz.
Miro a nuestro alrededor. Todos han decidido darnos un poco de espacio mientras hablan con Norman acerca de lo ocurrido.
—Tenías mucho con la fiesta. Apenas comías o dormías. No quería soltarte otra bomba.
—Ya bueno, pues es que se suponía que íbamos a compartir la información. Desconocía que había un calendario de confianza.
—Seguimos juntos en esto.
—¿Seguro? Porque acabo de enterarme de que hace días que sabes quién es tu acosador.
—¡Seguro! —replico sin apartar la mirada de ella.
Es ella quien lo hace al final, resoplando. Al menos, no se marcha mandando todo a la mierda, incluido a mí.
—Deberíamos ir a la policía —dice después de un momento.
—Hoy no —respondo tajante.
—Tyler…
—Tenemos una cita, ¿recuerdas? —Las ganas que siento de acercarme a ella y besarla son casi incontenibles. Está preciosa, de una pieza y un poco cabreada conmigo. Si no es suficiente para volverme loco, no sé qué lo será.
Además, veo el color que coge su cara en cuanto le recuerdo nuestro plan de esta noche. El que confirmamos entre besos en los pasillos.
—Si, claro que lo recuerdo, pero…
—Entonces paso a buscarte luego —digo, con la firme intención de olvidar todo lo relacionado con Hunter. Ha resultado ser más molesto de lo que esperaba, y ahora solo quiero perderlo de vista.
—¡Tyler! ¡A la sala de conferencias! —me grita McKillen, que ya se está alejando con el resto de personas que estábamos en el aparcamiento.
Me giro hacia Nora y le echo un rápido vistazo a todo su cuerpo, buscando algo que se me haya podido pasar.
—¿Seguro que estás bien? —le pregunto al no encontrar nada.
—Sí, tranquilo. Puedo aguantar unos cuantos gritos. Matthew me tiene bien entrenada.
La curva en su boca vuelve a aparecer, acabando con el nubarrón que se había instalado sobre mí unos minutos antes.
—Terminaré matándolo también —le aseguro.
Ella me empuja, como si no quisiera seguir escuchando nada de eso.
—Venga, vete.
Cubro sus manos, que ha puesto sobre mi pecho, reteniéndolas un poco más.
—Me muero por besarte —le digo en voz baja, pese a que todos están demasiado lejos como para escucharnos.
—Yo también quiero. Un poco.
—¿Un poco?
—Mh-mh —me contesta sin abrir la boca. Puedo percibir su sonrisa detrás de sus labios apretados. Unos labios que, como no deje de mirar en este mismo instante, van a ser mi perdición.
Así que la suelto y doy unos pasos hacia atrás, prometiéndome castigarla más tarde por su pequeña arrogancia. Ya veremos quién tiene más ganas de besar a quién.
Cuando salgo del coche, a unas calles de distancia de mi destino, empiezo a notar el fresco que siempre acompaña a la noche en Redmont.
Una de las cosas que más me gusta de este lugar.
Da igual el calor que haga durante el día, las noches siempre dan tregua.
Tanto, que decido llevar mi chaqueta. Sobre todo, por el plan que tengo en mente.
Me acerco a casa de Nora con mis pasos impacientándose, y lanzo miradas furtivas a mi alrededor para comprobar que no hay ninguna cámara a la vista que pueda cazarnos.
No estamos haciendo nada prohibido, pero no quiero que tenga que enfrentarse a mi mierda si no está preparada, o si no quiere hacerlo.
Bastante me ha costado estar cerca de ella como para ponérselo más difícil.
No tardo en ver el porche de su casa. Creo que no podría confundirlo en la vida. Especialmente la puerta azul contra la que estuve a punto de besarla. «Esta noche no fallaré», me prometo.
Subo las escaleras, incapaz de esconder la sonrisa que ese único pensamiento dibuja en mi rostro y doy unos golpes contra la madera azul, esperando que sea suficiente para que venga abrirme. Después de un momento, confirmo que así es.
El único problema es que no es Nora quien abre.
—Vaya, vaya. Mira quién está aquí. El príncipe encantador en persona. —Su amiga Susan me echa un vistazo de arriba abajo, y yo no logro esconder mi decepción. Esperaba encontrar a Nora, y me preocupa que se lo haya pensado mejor.
—Susan —la saludo, no muy cortésmente debido a mi inquietud. Ella no se lo toma mal. De hecho, diría que se alegra de verme.
—Sí, te has acordado. Venga, pasa.
Vacilo un poco antes de entrar. Es la primera vez que estoy en su casa y me encanta lo que despierta en mí. Puedo ver su esencia en cada rincón. Esperaba un poco más de rojo, dado su historial de camisetas; en cambio, todo son colores suaves.
Al cruzar la entrada, llegamos al salón. La mesa de café está llena de chucherías, aunque no me imagino a Nora comiendo todo eso. Puede que la Nora fuera del trabajo sea distinta a la que estoy acostumbrado, y me muero por conocerla.
Al fondo está la cocina con una mesa de comedor redonda. Sobre ella hay un ordenador abierto y mil papeles a su alrededor. Eso me pega más con La Chica del Móvil.
Tras echar un rápido vistazo a la estancia y comprobar que mi cita no está por allí, me saltan las alarmas. Antes de que pueda preguntar por ella, una puerta a mis espaldas se abre.
—¡Hola! —Nora aparece atropelladamente, como si hubiera estado corriendo desde que llamé a la puerta.
Yo solo me fijo en lo guapa que está. Lleva una camiseta de tirantes, bastante más finos que los de su vestido en la fiesta, por lo que tengo una vista perfecta de sus hombros, su cuello, sus clavículas... Y con su pelo recogido, no hay ni un centímetro que se me escape. Está preciosa.
—Hola —saludo ensimismado. Me cuesta mantener los pies pegados al suelo, porque lo único que cruza mi cabeza es sostenerla, besarla, y posiblemente hacer un destrozo similar al que hicimos en mi casa de invitados.
Nora se mira nerviosa la ropa, y me pregunto qué es lo que está mal.
—No me diste mucha información, así que no sé…
—Estás perfecta —la corto. Más que perfecta, de hecho.
—Buena respuesta —me alienta Susan dándome un golpecito en el hombro—. ¿Nos dejas un momento? —pide después.
Acabo de caer en la cuenta de que sigue en la habitación.
Me aparto de ellas dándoles espacio, a pesar de que el salón no es tan grande como para que no oiga sus cuchicheos. Si bien lo primero que dice Susan escapa a mi oído, puedo hacerme una idea por la reacción de Nora.
—¡Susan, por favor! —Le quita el bolso de las manos con un siseo.
—¿Qué? Me preocupo por ti. Y la precaución…
—Vale, ya está —la interrumpe Nora de pronto—. Nos vamos —dice alcanzándome y empujándome fuera de la casa.
Hago lo posible por mantener mi carcajada a raya, pese a que, cuanto más nerviosa se pone, más adorable me resulta.
Únicamente deja de moverme cuando llegamos al porche y la puerta azul se cierra detrás de nosotros.
—¿Susan se queda aquí? —pregunto cuanto consigo sofocar mi risa.
Al fijarme en Nora, la encuentro mirándome como si acabara de descubrir una nueva especie ante sus ojos. No sé qué será lo que le llama tanto la atención. Pestañea y se centra en la conversación.
—No, se irá ahora. Pero no voy a esperar a que me ponga más nerviosa.
La rodeo por la cintura para acercarla a mí. Sin pensarlo, ella se apoya en mis brazos, y escucho cómo su respiración se silencia. Una sonrisa de satisfacción me ilumina la cara. Me encanta cuando reacciona así.
—¿Estás nerviosa? —pregunto con un tono divertido. Sé que lo está.
—Bueno, un poco. —dice después de un momento. Su sinceridad me desarma. Es como si hubiera decidido dejar la máscara en casa, y tengo más ganas de besarla que nunca.
—¿Por qué?
Mientras aguardo a que me responda, paso mi pulgar por su labio. Necesito tenerlo bajo los míos cuanto antes.
—Pues porque… Porque eres tú.
Paro en mi movimiento de pronto. No tengo muy claro que me guste su respuesta.
—¿Y eso qué significa? —No sé si mi tono suena molesto o preocupado; no me esfuerzo en suavizarlo.
Estoy seguro de que lo nota cuando su boca se curva hacia arriba.
Mueve sus manos hasta mi cuello y me empuja hacia ella lo suficiente para que mi autocontrol llegue a su límite.
Me gustaría pensar que el suyo también, porque se queda contemplando mis labios durante más tiempo del que consideraría oportuno. Más tarde, vuelve a buscar mis ojos.
—Que aún no sé si puedo fiarme de ti, 89.
Me río levemente. La forma en que se dirige a mí, con esa seguridad, ha terminado de noquearme por completo.
Y, entonces, me doy cuenta de algo: ese puede ser el motivo por el que se ha estado resistiendo tanto, incluso cuando era obvio que quería rendirse.
Sonrío hasta que casi la pierdo de vista cuando mis ojos se cierran, porque sé que puede fiarse de mí, y para mí ha desaparecido todo obstáculo entre nosotros, aunque ella todavía no lo sepa.
Acorto el poco espacio que nos separa en busca del aire que mi cuerpo necesita. Su esencia, su piel, sus labios; y los recorro lentamente, diciéndome que voy a tener mucho tiempo para disfrutarlos.
Mis manos la envuelven a la vez que las suyas se mueven sobre mí, dejando un reguero de electricidad por donde pasan.
Cuando termina nuestro beso, me sabe a poco.
—Y, aun así, aquí estás —susurro contra su boca.
Me separo para observarla, todavía turbada. Alcanzo su pelo y empiezo a deshacer su recogido. Sueño con hacer esto desde hace mucho tiempo, y la forma en la que contiene su respiración, o sus manos se apoyan en mi abdomen, hace que sea mucho mejor de lo que había imaginado.
Paso mis dedos por su pelo, dejando que caiga enmarcando su rostro, y descubro lo suave que es cuando sus mechones acarician mi piel.
Saco la gorra que llevaba en el bolsillo trasero y se la coloco. Toda precaución es buena.
—¿Qué es esto? —Mueve la visera para poder verme bajo ella.
—Hoy vamos de incógnito —le digo, dándole un golpe en la gorra para que vuelva a bajarla.
Se queda un momento en silencio, y me preocupa que se lo tome a mal.
Cuando salgo en público, suelo llevar mi gorra.
Entiendo que para ella no sea lo idóneo en una cita, pero cuando los fans empiezan a pedir fotos, vídeos y autógrafos, cualquier plan se va al traste.
Y me gustaría pasar la noche con ella sin interrupciones.
Además, no sé qué planea hacer Hunter para castigarnos por su despido, y estaré más tranquilo cuanto más difícil sea reconocerla.
Alcanzo su mano, y hago que dé una vuelta bajo mi brazo hasta quedar pegada a mí.
—¿Lista? —pregunto.
Cuando hago descender la mirada, casi puedo percibir sus pulsaciones acelerándose. Me va a costar no pasarme la noche besándola.
—¿A dónde? —pregunta ella cuando bajamos los escalones.
—No seas impaciente, jefa —le digo, viendo cómo tuerce el gesto ante la forma en que me dirijo a ella.
Me va a costar mucho.