#26 ¿Quién lleva el 89?
El ruido de una puerta cerrándose me despierta. Aun así, mis ojos se resisten a abrirse por el momento. Me giro sobre mi cama y me deleito en lo cómoda que estoy, zambullida en un sinfín de cojines y edredones. Finalmente me estiro con un suspiro y los abro, obligada por la luz a mi alrededor.
Me abrazo a uno de los cojines que tengo a mi derecha y una fragancia que me es familiar, y que me gusta demasiado, cosquillea mi nariz al estrujarlo, sin reconocer todavía su procedencia.
Me apoyo sobre mis codos, y el pelo cubriendo mi cara me impide ver mucho más de lo que me rodea.
Sábanas blancas, impolutas, y no de flores, como las que tengo en mi casa.
En un segundo, imágenes de la noche anterior me atraviesan como una flecha, dejándome sin aire. Y por más que lo intento, no soy capaz de pensar en otra cosa.
Las manos de Tyler acariciando mi espalda, luchando contra sus ganas de deshacerse de mi vestido; su boca cubriendo cada parte de mi cuerpo a la vista: mis brazos, mi cuello, mis labios.
Noto la electricidad en mi estómago al recordarla sobre la mía, su lengua acabando con mi débil defensa.
Sacudo la cabeza. No puedo seguir pensando en ello. Y menos en esta cama.
Salgo de ella de un salto y encuentro mi vestido rojo sobre el sillón claro que hay al lado de la puerta. Solo entonces me doy cuenta de que voy vestida con un albornoz tan blanco como las sábanas que me arropaban.
Junto a él hay una camiseta blanca de los Stallions con el número 89 en rojo y unas mallas cortas.
Me lanzo a por la ropa deportiva y me meto corriendo en el baño.
Cuando me veo en el espejo, mis mejillas delatan mi nerviosismo, mostrándose del mismo color de mi vestido abandonado.
Los recuerdos de anoche se hacen hueco en mi cabeza, y me cuesta no dejarme llevar por ellos. Pero debo centrarme y marcharme de allí cuanto antes.
Empiezo a vestirme rápidamente, ignorando lo que cada roce de la ropa sobre mi cuerpo me hace rememorar.
Al ponerme la camiseta, la situación es peor de lo que esperaba. Mi ropa de los Stallions es de la talla más pequeña; la de Tyler, es enorme.
Las mallas que me ha traído, en cambio, se ajustan mejor, por lo que a simple vista parece que únicamente llevo puesta su camiseta de partido. Por más que intente hacer que se vean, es imposible; es demasiado larga, y yo parezco una muñeca disfrazada.
Trato de olvidarme de ello y me lavo la cara, borrando los restos de máscara que quedan alrededor de mis ojos. De mi pintalabios no ha sobrevivido nada. Sería extraño, después de todo. Aun así, se ven rosados e incluso un poco hinchados.
Ay, por Dios.
Me tapo el rostro durante un momento, y luego intento recogerme el pelo.
No tengo ninguna goma a mano, ni tampoco encuentro en los cajones que reviso, así que al final lo peino con mis dedos hasta que me veo bien o, al menos, aceptable.
Cuando ya no puedo hacer más, me despido de mi reflejo en el espejo y me dirijo de vuelta al dormitorio.
Tras hacer la cama, pese a que probablemente echen las sábanas a lavar, empiezo a ordenar la estancia.
Está claro que nuestras ganas de besarnos anoche arrasaron con todo. Voy colocando cada lámpara, mueble o decoración que arrollamos en nuestro apasionado intercambio mientras los recuerdos y el calor me van abrumando.
Entonces encuentro mi bolso sobre la mesa de café. Me quedo por un momento congelada, porque fue la razón por la que vine a aquí. No sé cuándo habrá vuelto al hotel a recogerlo.
Busco en él mi móvil. Tengo demasiadas notificaciones de Susan, y no estoy mentalmente capacitada para responder todos sus mensajes ahora mismo. Así que descarto sus avisos y solicito un coche para volver a casa.
Me siento en el sofá y me calzo las zapatillas tan rápido como puedo, si bien no alcanzo la velocidad a la que me da vueltas la cabeza. Lo peor es que no tiene que ver con una resaca, sino con lo predispuesta que estaba a rendirme ante el jugador más sexy de la NFL.
En parte, me siento decepcionada por no haberlo encontrado aquí al despertarme. Sin embargo, no me sorprende.
Seguramente en estos momentos se esté preguntando por qué quiso traerme a mí y no a su modelo rubia.
Y me da miedo descubrir el motivo, descubrir que lo hizo porque estaba borracho o, peor aún, que sea alguna especie de revancha por nuestras disputas con la que vaya a dejarme devastada.
Porque yo me dejé ganar, y volvería a hacerlo de nuevo.
Cuando salgo, no me cruzo con ninguno de sus trabajadores, y doy gracias mentales por ello. Creo que pasaría demasiada vergüenza, segura de que me verían como una más de las conquistas de Tyler.
Al llegar a la entrada, la puerta al exterior se abre. Alguien ha debido accionarla, y yo no me vuelvo para saber quién ha sido. Agacho la cabeza al salir y encuentro el coche que he pedido aparcado delante de mí. El conductor confirma mi nombre y me meto en el vehículo sin mirar atrás.
Tardo menos de media hora en llegar a mi casa y suspiro aliviada al encontrar las llaves en mi bolso.
Una vez dentro, descubro que no voy a poder descansar como había planeado. Susan me espera sentada en el sofá del salón y, por cómo me mira, sé que espera que le cuente hasta el último detalle de la noche.
Debería haber mirado los mensajes antes de regresar. Quizás así podría haber evitado el interrogatorio que estoy a punto de sufrir.
Su saludo es un grito agudo que profiere al abandonar el sofá de un salto y venir corriendo hacia mí.
—¿Quién lleva el 89?
Sin esperar a mi respuesta, lucha conmigo para ver el nombre en la espalda de la camiseta, aunque ambas sabemos que no necesita hacerlo.
Se echa a reír y me gira con un movimiento brusco.
—Así que al final te ha hecho touchdown —se jacta feliz.
—¡Ay por Dios, Susan! —la regaño.
Yo estoy roja como un tomate y corro a sentarme en el sofá.
—¡Empieza a largar! ¿Dónde ha sido? ¿En su casa? ¿En el coche? ¡En el hotel! ¡Fijo que no llegasteis ni al coche!
Cada imagen que pone en mi cabeza es peor que la anterior.
Resoplo.
—Nos besamos.
—Hasta ahí había llegado yo solita. Nena, necesito más salseo.
—No, quiero decir que… solo nos besamos.
—¿Qué? —La cara que muestra Susan me agobia un poco más—. ¿Solo os besasteis? ¿Por qué?
—No sé —miento.
Lo que no le digo a mi amiga es que esos besos no eran simples besos. Cada vez que su cuerpo rozaba el mío, sus manos, su boca, incluso su aliento me dejaban completamente extasiada. Como si una corriente me atravesara en un segundo, llenándolo de energía y, al mismo tiempo, drenándolo.
Creía que después de, por fin, besar a Tyler, se me habrían quitado esas ganas que me han estado agotando desde hace tanto tiempo. En cambio, mi cuerpo me dice que no ha sido suficiente.
Nunca había sentido nada similar, y temo haberme hecho adicta a ello en tan poco tiempo.
—Ay nena, a ti te gustó —dice Susan, sacándome de mis pensamientos.
—Mucho —respondo derrotada, y mi amiga estalla en risas.
—¡Sabía que ese vestido iba a funcionar!
Me cubro los ojos cuando los recuerdos vuelven a elevar la temperatura en mi interior.
—Por cómo hablaba de él, puedes estar segura de que sí.
—¿Cómo te lo quitó? ¿Con la boca? —Susan se abalanza sobre mí para sacarme la respuesta.
Yo simplemente niego bajo su mirada, intentando frenar las escenas que mi amiga me hace imaginar.
—Bueno, con las manos también me vale.
—No me lo quitó. No pasó.
—¿Cómo? Es imposible que no quisiera hacerlo.
—Claro que quería. Pero… —dejo la frase inacabada, porque no sé qué excusa poner más allá de mi cobardía.
Susan se levanta del sofá y pone una de sus manos sobre su frente, murmurando algo que estoy segura de que no quiero oír. Luego, dirige su incredulidad hacia mí.
—¡Nena! —me reprende—. ¡No lo entiendo! Tenías el cuerpo y el móvil.
—Esto no es un crimen, Susan.
—¡No! ¡El crimen es lo que tú has hecho! —Después de un momento se arrodilla a mi lado—. ¿De verdad que no pasó nada?
Yo niego otra vez con la cabeza, sin decir nada más.
Si le cuento lo que ocurrió, directamente me mata. Así que opto por no hablar más del tema.
—Nora, ¿cuál es el problema? Estabas pibón, en una fiesta en la que te saliste, que lo he visto esta mañana en las noticias, y con el jugador más cañón de toda la maldita NFL. En serio, ¿cuál es tu problema?
—¡Que es Tyler Kelscot! —respondo cansada.
Sé que es el jugador más guapo de toda la NFL, lo he visto muy de cerca.
Pero también es el soltero de oro, el que toda chica quiere cazar.
El que pasa cada noche con una modelo distinta.
Modelos a las que no me parezco en absoluto.
No quiero ser el mayor error de su vida o el hazmerreír entre sus amigos.
No quiero hacerme unas ilusiones que nunca se cumplirán, porque, al final del día, él sigue siendo Tyler Kelscot.
—¡Ay, de verdad! —dice Susan exasperada—. Si no tuvieras tanto éxito en tu carrera, te juro que pensaría que eres imbécil.
Resoplo, porque estoy empezando a pensar como ella. Estaba muy segura de haber hecho bien al irme esta mañana, de no haberme dejado engatusar, de haber sido lo suficientemente fuerte. Esa seguridad, en cambio, se desvanece poco a poco, dejándome la frustración de no haber aprovechado la ocasión.
—Me voy a la ducha —anuncio, levantándome y desapareciendo tras la puerta de mi dormitorio.
—Sí anda, ¡date una buena ducha fría! Luego me la daré yo —escucho a mi amiga gritar desde el salón.
Cuando me encierro en el baño, esa decepción que he estado tratando de mantener a raya desde que abandoné la casa de invitados de Tyler, me atosiga sin contemplación, impidiéndome respirar.
Me miro en el espejo, vistiendo su camiseta blanca, la de los partidos fuera de casa. No sé si es una especie de chiste. Yo sonrío al pensar que seguramente sí lo sea. Me abrazo a ella, dejando que su peculiar olor me envuelva. Cuando cierro los ojos, casi puedo sentir que es él quien me rodea.
Puede que haya sido una estúpida, después de todo.