Solo una fan #25 A eso se le llama secuestro #2
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#25 A eso se le llama secuestro #2

Me mira con timidez y se gira para perderse en las imágenes que pasan frente a su ventana, con sus dedos llenos de anillos todavía entrelazados con los míos sobre el asiento.

Va a ser muy difícil no malinterpretar nada.

Tardamos media hora en llegar a mi casa. Me hubiera quedado dormido en el coche con el traqueteo y la música somnolienta que tiene puesta Eddie, si no fuera por cada descarga que los dedos de Nora encienden sobre mi piel.

Cuando la miro, creo que algo parecido le ha pasado a ella.

Mi amigo deja el coche en la entrada y salgo de él rápidamente para poder volver a lucirme como hombre educado. Abro la puerta de Nora y la ayudo a bajar del coche.

Según se pone en pie, se tambalea. No iba muy desencaminado cuando la acusé de haber bebido de más. Se apoya en mí y la rodeo con mis brazos hasta que recobra el equilibrio. Su aroma a flores me atiza sin piedad, y me cuesta apartar mis manos de ella.

Después, nos conduzco hacia la casa de invitados.

Mientras lo hago, pienso en cómo ha cambiado todo entre nosotros desde la última vez que cruzó mi jardín. Lo hizo con ganas de matarme, vestida con un diminuto pijama blanco de tirantes del que no me pude quitar la imagen de la cabeza en días.

Nora mueve su brazo y lo enrolla alrededor del mío, haciendo que mis pensamientos se descontrolen imaginando a La Chica del Móvil envolviendo mi cuerpo con el suyo.

Bajo la mirada hasta ella, que parece concentrada en algo que no tiene delante. Su belleza vuelve a sorprenderme, como si no hubiera sido testigo de ella desde que la conocí.

—¿Todo bien? —le pregunto.

Alza sus ojos hasta mí, y su mirada me roba la respiración una vez más.

—Sí, todo bien. —Desvía la vista de vuelta al edificio que bordeamos—. Tienes una casa muy bonita —dice distraída.

—Gracias —respondo yo, sin saber qué se dice en estos casos. Ni siquiera la escogí yo.

Entonces aprieta su brazo alrededor del mío y veo cómo esas dudas se desvanecen. Todo me da exactamente igual, excepto ella a mi lado.

No tardamos en llegar a la casa de invitados. He visto el exterior de la de Nora, y sé que la mía le resultará ostentosa y exageradamente grande. A mí me lo pareció cuando Riley me la enseñó, y estoy más acostumbrado a estos tamaños.

Ella, en cambio, no dice nada. No sé si le gusta o no. No sé qué piensa. Si cree que es demasiado o si le parece normal en alguien como yo. Y me muero por preguntarle todo, por saber qué opina, en qué se fija.

Cuando llegamos a la entrada, muevo el picaporte, y este sí cede.

La casa está iluminada tenuemente con algunas lámparas pequeñas. Maly ha debido dejar todo preparado. Incluso ha encendido algunas velas. Noto mi presión aumentando cuando Nora se fija en ellas.

Joder, se debe pensar que ha sido idea mía.

Me paso la mano por la cabeza.

—Maly lo ha preparado todo para que estés cómoda.

La entrada da directamente al gran salón comedor cocina. Es más pequeño que el de la casa principal, y, aun así, es enorme. Observo la estancia a la vez que Nora, porque apenas la recuerdo. Llevo poco tiempo en Redmont, y, aparte del día en que Riley me enseñó esta vivienda, no he vuelto a aquí.

Todo está decorado en madera y colores claros. Resulta incluso hogareña, no como la casa principal.

Guío a Nora por la estancia, llevándola de la mano.

Bastaría con mostrarle dónde están el dormitorio y el baño, pero decido enseñarle cada pequeño rincón, a pesar de que conozco esta vivienda casi tanto como mi invitada.

Es la única forma que tengo de pasar un poco más de tiempo a su lado, hasta que decida que quiere irse a dormir.

—Es una casa preciosa —me dice cuando nos quedamos sin más espacios que ver.

Debería desearle buenas noches y dejarla tranquila, y, sin embargo, no lo hago. Su mano sigue enredada en la mía. Me fijo entonces en la pared del fondo, y pienso que quizá pueda encontrar otra excusa para no despedirme. Al menos, de momento.

La llevo hasta el final de la estancia.

—Esto te va a encantar.

Apago las luces y ella da un paso atrás asustada cuando escuchamos el leve ruido de un motor.

La pared que tenemos enfrente empieza a moverse.

Son puertas correderas, que se abren dejando a la vista la noche frente a nosotros.

A lo lejos podemos ver la ciudad iluminada, como pequeñas luciérnagas sobre un campo enorme.

Es la misma imagen que puedo ver desde mi dormitorio principal, aunque un poco menos impresionante por la menor altura.

Nora se gira hacia mí, y decido darle un poco de tiempo ignorándola en contra de mis deseos, contemplando la ciudad. No me dice nada, solo se queda observándome. Y cuando por fin me rindo a su mirada, esta se esfuma, desviándose hacia el ventanal descubierto ante nosotros.

La luz de la noche se refleja en su rostro, y las ideas en mi cabeza van en todas direcciones. Ninguna se asemeja a una despedida.

—¿Y bien? —le pregunto. No, le susurro. Como si mi voz pudiera estropear el momento entre nosotros; la calma en la que estamos sumidos y la belleza que hay a mi alrededor.

—Tienes razón, me encanta —dice sin levantar la vista del paisaje nocturno que hay ante sus ojos. Su voz suave y dulce recorre mi piel, buscando dónde anidar.

Me muevo a su lado, acercándome a ella, y trato de concentrarme en el paisaje, fallando estrepitosamente. Alargo uno de mis dedos para acariciar su brazo y bajar por él lentamente hasta colarme dentro de su mano y enredarlo con su meñique.

He dejado de escuchar su respiración, y la mía no va mucho mejor. De pronto, se separa de mí. Mi meñique la echa de menos al instante. Todo mi cuerpo lo hace.

—Creo que… necesito ir al baño —dice distraída echando un vistazo alrededor para recordar por dónde se iba.

Se da la vuelta para marcharse, y la agarro antes de que se vaya. Se queda quieta por un momento, pero no se aleja. La aproximo hacia mí lentamente. Únicamente se detiene cuando está muy cerca de mí, más de lo que había planeado.

—¿Vas a potar? —le pregunto. Deslizo mi mano por su cintura, hasta llegar a su espalda, como hice en la pista de baile. Y las descargas que entumecían mis dedos entonces, resurgen.

Me mira en la oscuridad, y no sé si es consciente de sus brazos recorriendo los míos hasta descansar sobre mis hombros.

Me mantengo tan quieto como puedo por miedo a que vuelva a intentar contenerse, como lleva haciendo toda la noche.

Sin embargo, cuando me acerco a ella, todo su cuerpo responde.

Sé que quiere estar aquí, conmigo, aunque su cabeza le dice que no.

La mía solía hacerlo, pero olvidé hace tiempo el motivo.

Muevo mi pulgar sobre su espalda.

Todavía no me ha contestado.

—Preferiría besarte antes —le informo sin disimulo.

Veo cómo hace un esfuerzo por respirar. Me lo está poniendo muy difícil.

—¿Y quién dice que vamos a besarnos? —pregunta, intentando sonar dura. Sigue apoyada en mí, y yo deseo, con demasiadas ganas, descubrir el sabor de sus labios.

Mi mano abandona su espalda y veo la reacción en su rostro. Entonces muevo su corta melena detrás de su hombro.

—Lo dice este caballo plateado, dejando tu cuello a la vista —acerco mis labios a su piel, depositando un suave beso bajo su oreja—.

Y este maldito vestido, que lleva torturándome durante toda la noche —confieso mientras me agacho para dejar otro beso sobre su hombro—. Y tus ojos, cada vez que miras mi boca.

Puedo imaginar sus mejillas sonrojándose, porque no puede negar lo que he estado viendo desde que empezó la fiesta. El deseo que ella también siente, por mucho que trate de ignorarlo, de engañarme, o incluso de engañarse a sí misma.

Ahora mismo, sigue mirando mis labios, y, al darse cuenta, aparta la vista con rapidez.

—No voy a potar —dice. No es la frase más romántica para rendirse a ser besada, pero ahora mismo me valdría cualquier cosa. Incluso esa respuesta.

Escondo mi mano bajo su pelo hasta alcanzar su cuello y rodearlo con mis dedos. Me agacho sobre ella y la empujo hacia mí.

—¿Por qué no me has ofrecido ir a por mis llaves a la fiesta? —Intenta sabotear el momento de nuevo. Una mala costumbre que ya no le va a funcionar.

—Puede que no sea tan buen caballero. —Estamos tan juntos que mi susurro choca contra sus labios—. ¿Por qué no lo has dicho tú?

Contengo mi sonrisa, porque conozco la respuesta. Y, aun así, espero a que me la dé.

—Esperaba que no fueras tan buen caballero.

Sus palabras hacen que se me escape todo el aire de los pulmones y me aferre más fuerte a ella.

—Joder, Nora… —gruño, y sin esperar más, mis labios encuentran los suyos.

Todo el aire que ella ha estado conteniendo llega hasta mi boca en forma de suspiro cuando se rinde bajo mi beso. Mi mano rodea su cuello con delicadeza mientras su calor me hace apretar mis dedos a su alrededor, para asegurarme de que no desaparece de pronto.

Mi cuerpo arde junto al suyo, y ninguno de los dos tenemos intención de disipar la llama.

La beso lento, tanto como puedo, saboreando el momento a pesar del ansia que me devasta por dentro, especialmente cuando se le escapa un pequeño gemido.

Abandona mi chaqueta, a la que se sujetaba con fuerza, para colarse por debajo de ella y rodear mi cintura tanto como abarca, y, de paso, robar la poca lucidez que me queda.

Estoy seguro de que nunca había besado así a alguien. Como si nada fuera suficiente, como si quisiera devorarla por completo, sentirla más, conseguir que su piel se derrita como lo hace la mía, hasta que se fundan en una sola.

¿Qué estás haciéndome, Nora?

En mi deseo de obtener más de ella, la empujo hacia mí, ignorando el hecho de que apenas hemos respirado desde que nuestros alientos se han unido. Pero no necesito el aire para respirar. La necesito a ella.

Hago rehén de su labio superior hasta que separa ambos, entregándome lo que buscaba. Cuando siento su lengua contra la mía, una explosión me atraviesa en una fracción de segundo. De pronto, me siento estúpido por haber tardado tanto en besarla.

La envuelvo en un abrazo mientras mis dedos se cuelan por debajo de su vestido, recorriendo su espalda y costados, impaciente por sentirla más.

Se separa de mí con un resuello, su respiración completamente agitada, y me mira de una forma que me hace perder la cabeza.

Está preciosa, entre mis brazos, aferrándose con fuerza, quizá porque la falta de aire pueda estar minándola.

Alzo mis dedos hasta acariciar su cara, y ella gira su cabeza, recostándose más en el interior de mi mano. Mi corazón se estrella con dureza contra mi pecho, ahogándome en el camino.

El suyo se mueve con velocidad según recobra el aire.

Entonces, abre los ojos y me dedica una media sonrisa.

—Dijiste que no lo ibas a malinterpretar —me acusa entre jadeos.

Lo que ese sonido hace con mi cerebro debería ser ilegal.

—No lo hago —le digo antes de besarla de nuevo, tan lentamente que no sé si pretendo que se recupere, o todo lo contrario—. Creo que estoy interpretando perfectamente las ganas que tengo de besarte.

Ella se relame los labios antes de dejar el inferior sujeto con sus dientes.

—Sí, yo también —dice con una risita.

Esa dulce vibración me basta para descubrir que voy a ser incapaz de controlar lo que esta chica lleva despertando en mí desde el primer día que la vi, escondida detrás de un móvil.

Su gesto pícaro me desarma cuando dirige sus ojos brillantes hacia mí.

—¿Y qué opinas de mis ganas, 89? —Usa una voz tan dulce y a la vez tan sexy, que me cuesta concentrarme en su pregunta.

—Opino que, con tal de seguir besándote, te daría lo que quisieras, Nora. —Mis manos se sujetan al escote de su espalda, controlando a duras penas mi necesidad de deshacerme del vestido.

Sus dedos se cierran sobre mi camisa, atrapándola con firmeza, y me empuja hacia ella. No tiene que hacer esfuerzo, porque no hay nada que desee más en este momento.

—¿Entonces por qué no sigues haciéndolo? —me reta.

Soy incapaz de contener el gruñido que sube por mi garganta y me lanzo hacia su boca, con el único objetivo de reclamar cada rincón de ella.